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VERASTEGUI, ANGEL NEGRO Por
Victoria Guerrero En la mitad del camino de la vida, el poeta Enrique Verástegui (Lima, 1940) nos habla desde su soledad en Cañete, en los extramuros de un mundo construido por el espejismo de las palabras.
Silencio.
El presente está lleno de silencios, de vacíos, de libros. Pero el
pasado, repleto de viajes, de amores, de historias almacenadas en el
alma y en la mente con fechas terriblemente exactas. Tu memoria,
elogiada como un prodigio, ahora después de tanto tiempo, parece
haberse convertido en tu enemiga. Una enemiga que impide el olvido, el
olvido que te hace falta para construir tu presente. Tu nueva historia
en una Cañete perdida y anodina, en la que vives desde hace 15 años.
Entonces, qué puedo hacer para hacerte decir tu presente sino sólo oír
tus silencios o acentar con la cabeza cuando me preguntas de rato en
rato, tremendamente preocupado, si la estoy pasando bien. Pero tú sabes
que no la estoy pasando tan bien porque he venido por ti, por saber de
ti y tú no me dices nada, sino sólo tus historias de siempre: que
vives con la esperanza de obtener un trabajo y regresar a Lima; que en
1969, ingresaste a
San Marcos a estudiar economía. En 1970, formaste parte del
grupo Hora Zero. En 1971, publicaste tu primer libro, En los Extramuros
del Mundo. En 1975, te casaste con Carmen Ollé y luego te dieron la
Gugenheim y te fuiste a Europa. Cuando volviste, Lima ya no era la
misma, ya no había sueños sino violencia, te detenían en cualquier
esquina para pedirte tus papeles, te desalojaron de tu casa y te
separaste de tu mujer y de tu hija. Sin embargo, no es eso lo que me
importa, querido Jarry (como
te solía llamar tu abuela), esas historias ya me las sé porque no
haces más que repetirlas a poetas y reporteros que pasan furtivamente
por tu refugio de Cañete, donde mataperreaste y te hundiste en parques
y bibliotecas aquellos días de tu niñez y de tu adolescencia; y a
donde tuviste que volver, cosmopolita y solo. Desde
entonces vives recluido en tu pequeña biblioteca, repleta de libros, de
dibujos, de recortes amarillentos de periódicos que hablan de tu obra y
que tal vez sólo tú leas, porque no todos los días llega un cristiano
a visitarte y porque no tienes sino uno o dos amigos por allí. Todos
esos diarios hablan del pasado, incluso el más reciente no hace más
que hablar del maldito pasado. Te dan en la yema del gusto y tú solito
te jaraneas o quizá ya no tanto. Entonces te sientas a escribir, a
anudar las palabras, a sacarles la mierda y creas versos infinitos,
poemas enormes que parecen no tener fin, como si quisieras que esa
aventura nunca se terminase y la repites una y otra vez como un buen
trago ardiendo en la garganta. Y, sin embargo, todo ha de tener su fin
aunque no queramos. Y estoy casi segura que ese recomenzar es lo que te
jode. Por eso te gustan los jóvenes, porque ellos representan eso que
te cuesta tanto: la renovación de la especie, el renacer de la
humanidad, la esperanza que tanta falta te hace ahora, ahora que
recorres tu propio infierno en silencio. Te
invito a tomar una cerveza para huir de esta asfixia, de todo este
ambiente estrechísimo y repleto de humo. Titubeas porque estás
esperando a un amigo, a un odontólogo que viene de Lima, pero por fin
accedes. Me cuentas que tienes una infección dental y ya te han sacado
tres muelas en el servicio de salud de Cañete. Tienes miedo de que la
infección avance y te quedes ciego ¿y qué harías ciego y viviendo en
el pasado? ¿qué harías ciego y rodeado sólo de libros que ya no podrías
leer? Está fregado ¿no? por eso te doy la razón al preocuparte, por
eso te paso que nos dejes solos a cada rato al kike y a mí para irte a
llamar por teléfono, para saber por qué no llega, para decirle dónde
nos puede encontrar. El kike me anima y me dice que después de unos
tragos, hablarás. Pero, eso ahora es imposible porque estás tomando
antibióticos, así que no puedo insistir. Pides una gaseosa extraña,
de color rojo, llamada Fiesta. Comienzas a hablar, pero te cortas, sales
a llamar por teléfono, regresas, tomas un trago que te deja la lengua
rojiza, luego sales presuroso, rumbo a quién sabe dónde. Al fin
vuelves y empiezas a contarnos de París, era el sueño de todo artista
en aquella época ¿no? y tú lo hiciste realidad. También recuerdas
Lima, porque seguramente los años terribles y mejores los pasaste allí,
en la ciudad que te abrió las puertas hacia la felicidad y más tarde
te tiró un portazo en la cara, porque quizá a veces no hacemos lo
suficiente para mantener viva esa felicidad. Mientras toma un trago
largo se le ilumina el rostro: acaba de llegar su amigo Gerson, el
dentista. Y tu gran alegría en la vida —según me has dicho— es que
te visiten los amigos Y no quiero
estar solitario no quiero ni puedo. Y, sin embargo, llevas 15 años
solo en Cañete y muchas veces ya te has dejado abatir por el tedio:
cada vez eres menos estricto con los horarios y no sabes hacer otra cosa
más que escribir y leer. Te han invitado algunas veces al extranjero en
todo este tiempo, pero no has querido ir, tienes miedo, ya te
acostumbraste a Cañete y cada vez es más difícil, más pesado salir y
enfrentarse a la incertidumbre de lo que vendrá. Gerson
es también poeta. Trae unas plaquetas y nos las regala. Desde que llegó,
intuí que no debía de ser limeño por ese rezago de mote que le queda
al que viene de la sierra y vive desde hace tiempo en la capital,
entonces abro la pequeña publicación: nació en Huancayo y es profesor
de odontología en San Marcos. Conoce al poeta desde hace tiempo (aunque
no precisa cuánto) y cada vez que le habla se dirige a él con cariño
y respeto. Es un padre amoroso y engreidor, y tú estás feliz de la
vida, se te nota, pareces un niño. Puedes pedir todo lo que quieras,
que tus deseos se te concederán. Claro, deseos pequeños, mínimos: un
pescadito, un cigarrito más, otra Coca-Cola. ¿Pido otra cajetilla?,
por supuesto, lo que quieras —dice Gerson—. Y sí, pues, total es sólo
una tarde, unas cuantas horas para demostrarle al poeta su estima, unas
cuantas horas para hacer feliz a su amigo Enrique Verástegui, pues lo más
probable es que no regrese en un tiempo mucho mayor al de toda esta
tarde.
Conversamos de muchas cosas, sobre todo de poesía y política,
el poeta calla y observa. De vez en cuando opina, ¿Qué pasará por tu
cabeza, por debajo de toda esa maraña de melena zamba y de remolinos de
lecturas y erudición? Por dios, algo tiene que ser tu presente, porque
todavía vives y tu corazón palpita cuando llegan los amigos. Además,
me has dicho que no eres ni triste ni alegre, sino sólo un hombre
sereno. Aunque a veces hay que gritar y llorar para que sepan que estás
vivo. Así
pasan las horas, nosotros cuatro un tanto ebrios por el alcohol y la
charla, él
adormecido por los más de dos litros de Coca-Cola que ha bebido.
Me ha prometido un libro y me regala una biografía de Leopardi, el
poeta italiano del S. XIX, que murió joven. A veces piensa en la
muerte, pero no le tiene miedo —me ha dicho— a lo que le tiene miedo
es al no ser, al cambio de la vida a la muerte, a ese no existir.
Entonces, sí, sabes que existes, que por eso escribes, que por eso tal
vez quisieras miles de cosas más que no suceden, porque también hay
que hacer algo para que sucedan, hay que pedir, pues, pero tú no sabes
cómo. Los jóvenes te quieren. También tu fama de maldito ha
contribuido a eso, aunque tú no te la creas, pero ellos sólo te pueden
traer a Lima muy de vez en cuando para que les presentes sus libros,
para que te tomes unas cervecitas con ellos y los dejes revolotear
alrededor del ángel negro. Pero como ahora, cuando se acaba el dinero y
la charla, cuando comienza a amanecer, ya es hora de irse a casa. Nos
miras con nostalgia y nos arrancas una promesa: volver. Y entonces
quedas otra vez solo sin nadie con
quien cruzar una palabras, una idea. Otra vez en tu soledad, en tu
mundo construido por cantidades babélicas de palabra escrita, por tu
laberinto, que quizá algún día sea necesario desmadejar.
Y
a nosotros el corazón nos quema más
que un buen vaso de brandy en el estómago*. *
de En los Extramuros del Mundo (Editorial Milla Bartres, 1971) Lima, 12 de agosto del 2000
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