ANDRÉS SEGOVIA
Manuel M. Ponce recibió del cielo resplandeciente de México dones envidiables para la música;
del suelo, amor filial por los cantos y demás formas tradicionales del arte nativo: del "entresuelo", es
decir, de sus compatriotas, disgustos primero, reconocimiento parcial de su valor, más tarde, y
veneración unánime, al fin de su vida.
No es posible hablar del talento musical de Ponce sin mencionar también su vasta cultura y su bien
asimilada erudición, sin aludir a sus cualidades generosas de maestro, o sin hacer referencia a su
vuelo de escritor. Sobre todo no es posible hablar de Manuel Ponce sin recordar, con emoción y
respeto, la dulce rectitud de su carácter, la santidad sonriente de su alma, la espiritualidad ejemplar
de su vida y, en los últimos años, la paciencia inagotable con que sufrió el martirio de su cruel
enfermedad. La última vez que me alejé de él, su espesa cabellera blanca parecía ya un cerco de
claridad ultraterrena.
Además del domino de la técnica, natural en un trabajador del sonido tan honesto y estudioso
como Ponce, revelan sus obras plenitud de espíritu -velas hinchadas por el viento- holgura de
tiempo aguardando con calma el hallazgo del tema feliz para urdirlo y tejerlo sin prisa por concluir y
entregar la obra- y, en consecuencia, falta de preocupaciones materiales. Quienes hayan conocido
la vida franciscana de Ponce se sorprenderán al leer esta última afirmación; pero cesará la sorpresa
cuando explique que lo mismo puede estar exento de preocupaciones materiales el que haya
sobrepasado lo necesario, alcanzando el lujo, que quien se contente, del lado de acá, con lo
indispensable. El solía decir -y sentir-: "el que pone pasión en las cosas, la quita de las esencias". Y,
místico del arte, repudiaba toda labor de artista que no fuera el resultado de "Deus in nobis…"
Recuerdo que en París vivía el dulce Maestro en un minúsculo aposento -la industria y laboriosidad
de Clema, su esposa y compañera, lo tornaba alegre y acogedor- rodeado del menor número de
utensilios posible: la mesa frágil y pequeña, en donde compartía su frugal alimento con quien lo
necesitase -aquel compositor ruso, siempre acompañado de su hijo, compositor también…- el sofá
transformable en cama y algunas sillas fatigadas en las cuales nos sentábamos con mucho cuidado y
miramiento.
En este santuario de la pobreza, el piano era el altar donde oficiaba Ponce casi sin tregua,
estudiando, analizando, componiendo. Si alguna vez llegaba yo de improviso a la humilde morada y
notaba que no trascendía de ella -siempre con discreción- el sonido del piano, me sobrecogía el
temor de que estuviera enfermo. Y así sucedía. Sólo la enfermedad o la ausencia suspendían aquel
constante manar de belleza -propia o ajena.
Me gustaría hablaros de sus composiciones para gran orquesta como "Ferial", divertimento
sinfónico tan férvido y vivaz en la captación de ciertas escenas populares, en que el ritmo, el canto y
el color se entrelazan; los tres Bocetos del "Chapultepec", en los cuales penetra el rumoroso
misterio de los árboles milenarios de ese poético bosque. Igualmente, llamar la atención sobre sus
poemas para voz y orquesta, su delicioso dúo para violín y viola, su graciosa Sonatina para violín y
piano y otras obras más. La mayor parte de su producción orquestal, aunque inédita, ha sido
escuchada y aplaudida con frecuencia en numerosos lugares de Europa, Estados Unidos e
Hispano-América.
Sus composiciones para grupos pequeños de instrumentos o para solistas se conocen menos y, en
buen número, permanecen manuscritas. Hay sin embargo, una obra de Ponce, entre tantas y tan
bellas como nacieron de su amor por la guitarra, que merece mención especial. Me refiero a su
"Concierto del Sur", para guitarra y pequeña orquesta, dedicado al que esto escribe.
Con esa admirable paciencia que ennoblecía por igual todas sus ocupaciones, así las mecánicas
como las espirituales, iba escribiendo el Concierto en finísimo papel de avión y remitiéndomelo.
Cada vez que el cartero llegaba a casa con el abultado sobre, era día de fiesta para mi mujer y para
mí. Suspendíamos nuestro cotidiano estudio y nos dedicábamos a leer y releer con toda el alma lo
que acababa de salir de la pluma venturosa del Maestro.
-Maestro Ponce: de qué lugar escondido del cielo ha recibido usted la inspiración que desborda de
este pasaje? -le preguntó Kleiber la víspera del estreno del Concierto del Sur en México, dirigido
por él. Aludía a una de las frases más conmovedoras del Andante.
-Del lugar -le contesté yo- en que se hallan los que además de ser músicos insignes son almas
superiores. Ha sido un mensaje de ellos para el Hermano Terrestre…
No quiero pasar en silencio una simpática anécdota de Manuel Falla; durante el inolvidable viaje
que desde Ginebra hicimos en mi coche Falla, Pepe Segura y yo, hablábamos mucho de Ponce. Yo
trataba de informarlos con lujo de ejemplos y detalles, del carácter noble y elevado del Maestro
mexicano, de sus costumbres puras y simples, de su vida humilde… Un día en Cremona entró Falla
en mi habitación mientras yo trabajaba las Variaciones y Fuga sobre las Folías de España. Las
escuchó con profunda atención y tal era su interés, que a veces me interrumpía para preguntarme,
más con el gesto que con la voz, quién las había compuesto. Reteniendo mi respuesta hasta el final
dije: Ponce. Y del generoso pecho de Falla brotó este grito: "Cuánto me alegro que sean de él". Es
decir, se alegraba de que obra tan noble y bella hubiera nacido de alma tan bella y noble, de que la
cosa creada fuese reflejo de su creador.
Quiero dejar bien sentada la incomparable importancia que Ponce ha tenido en la renovación actual
de la guitarra. Cualquiera que simplemente sienta amor por ese instrumento -cuanto más los que
han profesado en su religión- si no es duro de corazón y estrecho de frente tiene que reverenciar la
memoria del Maestro. El la levantó sobre la escasa altura artística en que se hallaba. Al lado de
Turina, Falla, Manén, Castelnuovo, Tansman, Villa-Lobos, Torroba, etc., más copiosamente que
todos juntos, emprendió su noble cruzada con ánimo de liberar a la bella prisionera. Gracias a él,
como a los que dejo nombrados -quedó la guitarra recatada de la música escrita sólo por
guitarristas.
Desde que conocí al Maestro Ponce, hasta que el dolor físico doblegó su voluntad creadora,
compuso más de ochenta obras para la guitarra; obras de grandes o pequeñas dimensiones, pero
todas bellas y puras, porque él desconocía la malicia de escribir volviendo, como el girasol, la faz al
éxito.
Más que nadie debo gratitud al llorado Maestro porque respondió con profunda simpatía a mi
renovado anhelo de metamorfosear a la guitarra. Y gracias a las fuerzas espirituales que él -y otros
insignes amigos míos- ha puesto en acción, contemplo con intenso gozo cómo la crisálida se
convierte en mariposa.
Guitar Review 1948.
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