"Vanguardia y Electrónica": un sábado en Recoleta

Operador, Viisor y E-Men, tres bandas vinculadas a la música electrónica, tocaron el sábado 30 en Recoleta. Una noche que entre samplers y cadencias, dejó entrever un par de mensajes musicales perfectamente atendibles.

Cerca de las 23.30 horas del sábado 30 de noviembre, los sonidos de tres conjuntos que tocan en nuestro país distintas variantes de música electrónica comenzaron a llenar El Sótano Pub, de Recoleta. El local, cuyo subterráneo acoge cada tanto a variopintas bandas y a sus respectivas audiencias cautivas, había comenzado a recibir a los asistentes de la noche sabatina.

Cuando faltaba poco para la medianoche, entonces, fue que los conjuntos que invitaban al evento “Vanguardia y Electrónica” partieron con la música. Un selecto grupo de espectadores esperaba ya, bajo el primer piso, mientras otro contingente juvenil permanecía en el nivel tierra del pub que se ubica a la altura del tres mil de Recoleta.

Arriba, una pantalla gigante transmitía la última noche de la Teletón. Abajo, los sintetizadores, los samplers y los computadores con diversos software, se tomaban el espacio a punta de sonidos.

Abrió la velada Operador. Una serie de computadores y sintetizadores sobre cuyo teclado se desplazaban furtivamente los dedos de Raúl Carmona, argentino que otrora fue miembro de bandas como El Hombre de la Atlántida y Total Mosh. Un sonido zigzagueante que reventaba a ratos en una explosión, abriendo campos. Verdaderos campos donde la música tomaba la forma de imágenes.

Un par de ascensiones y descensos, donde ya la intensidad, ya el tono, hacía el contrapeso A la base rítmica, espirales que generaban y clausuraban un momento dramático. Se sucedieron las composiciones. Diversas piezas que se debatían entre una conjunción de elementos más bien experimental, y líneas musicales definidas, con clímax y respiros incluidos. Esto, sobre todo en el segundo tercio cronológico de la presentación del trasandino.

Los aplausos fueron claros. Un bis, y la sonrisa eterna del argentino. Una figura que en su actuación siguió con su cabeza el vaivén de cada acontecimiento sonoro, y que se alegró con cada interjección que dejó escapó algún asistente. Con la frase “Veinte minutos, y Viisor con ustedes”, concluyó la primera parte.

Un voz que reina con plenas facultades

En el segundo piso del pub, la gente seguía llegando. Algunos bajaban al sótano y se ubicaban para ver lo que restaba de la noche. Otros se parapetaban en el nivel tierra, frente a la pantalla gigante. La Teletón seguía su suerte, aún faltaba para la meta. Un ruido enorme sacudió el silencio en que los miembros de Viisor aprontaban cada instrumento en ese trámite ineludible de las tocatas colectivas. El televisor reemplazó a la música de moda del nivel superior, y los acordes de Los Prisioneros descendieron al subsuelo. “Quieren dinero, ¡qué apropiado!”, exclamaba con desdén un veinteañero.

Jorge González y su mea culpa que todos tomaron como nuestra culpa chilena, desconcertaba un poco a quienes en el pub ejercitaban esa rutina buscar pareja, como hace años denunció el trío sanmiguelino, un Sábado en la noche. Para los que estaban abajo, en cambio, no era el lugar ni el momento de la reflexión. Viisor arrancó sin miramientos, y sin miramientos conquistó a la audiencia.

Una armonía aletargante, y la profunda y versátil voz de Caro Lizana, se abrieron espacio lentamente. Como quien introduce una cuña. Una frase, dos frases, tres acordes. La batería seca que recuerda que estamos en vivo, y las guitarras que sólo a veces se despiertan. Entre Cocteau Twins, Dead can Dance y Jesús and Mary Chain, si en tres nombres se captura una sensación sonora. Sí, la combinación es posible.

Carlos Lazcano en bajo y programaciones, Ricardo Mazuelos en guitarra, y Rodrigo Astaburuaga en batería, el conjunto hizo una presentación unitaria, identificable. Más que atendible. Las referencias, siempre se dirá, pueden volverse su peor pecado, pero para eso queda tiempo, hasta ahora sólo su tema Imperando ha rotado insistentemente en las radios.

La voz de Lizama merece una mención especial. Se conjuga especialmente bien con los bajos, cuando es aguda, sobre todo en la conclusión de la frase musical. Y cuando la vocalidad se mantiene en los sonidos graves, y la batería se acelera o la guitarra se arriesga en un ruido que rompe esa sensación de zumbido permanente que tiene como característica la música cuyo estilo aquí llaman Goth Rock, en ese momento, la profundidad es cierta.

Unos diez temas toca en total la agrupación. Bien noise y bien armada cada composición. “Media hora, y con ustedes, E-Men”, concluyen en lo que parece ser el estilo de la posta en vivo. Le sigue un aplauso cerrado, que demuestra que una gran cantidad de la gente había venido a ver a Visor, un grupo del que se hablará sin dudas en los próximos meses, y con frecuencia. Una señora gringa avecindada en el sector no deja de alabar la voz de Lizama, mientras los músicos del grupo se acomodan en la primera fila, esta vez como espectadores.

Las vísceras convertidas en frases

La Teletón, por un tema de hora, ya debe haber terminado a esas alturas. Pero nadie sube a certificarlo, nadie se asoma a la tierra desde el sótano. Todo lo contrario, la mantención y el cuidado de la silla propia se ha vuelto un asunto relevante desde que se abrió como gratuito el acceso al subsuelo. Cada minuto entra más gente: pub man y pub woman, multiplicados por decenas, quienes observan también el montaje escénico de E-Men.

Porque Rodrigo Sáez, el hombre del conjunto cuya pronunciación complica a los labios más pudorosos, se ha instalado silenciosamente en el escenario. Lo secunda la guitarra de Daniel Cartes, en la primera presentación después de que actuase junto a Luna In Caelo a fines de octubre. Material tiene de sobra, de sus discos Maithuna y Plethora.

Los software del equipo computacional aportan la base: batería y ciertos teclados. Se entiende por qué la guitarra está en vivo: acentúa la intención vocal, y le sigue en sus inflexiones, agudizando y suavizando las frases. La voz es tanto o más visceral que la del conjunto anterior, tanto o más cadenciosa y con ello lastimera, pero hay algo distinto. La entonación evoca, cómo no, a Joy Division, entre otros íconos de la música apesadumbrada de la vilipendiada década de los ochenta.

Las letras de E-Men, eso sí, son en inglés. November (Live June 27, 2002), y se acompañan del parental adviisory, por su contenido. Tal como en el caso de Viisor, las canciones se alzan cual poemas sobre la soledad, la incomprensión y la fatalidad, sobre todo en el amor. En E-Men, sin embargo, la guitarra rasga dolorosamente los sonidos vocales que a su vez rasguñan el micrófono.

Son contados los elementos con los cuales se construye la cadencia y, con ello, el mensaje es claro, en nada artificioso. Un oscuro pasar por aquí cantando, una alternativa que muchos aún buscan en vinilos de hace dos décadas, mientras más suenen los surcos, dándole al todo ese ambiente arrastrado, mejor.

Pero en El Sótano Pub, esta música se tocó en vivo frente a una audiencia que con el paso de la hora se hizo innegablemente mixta, a medida que bajaban los pub men y las pub women, cerveza o piscola en mano cual escudo en la justa del amor de sábado. Decenas de curiosos que se apostaron ante el músico y sus quejidos, y ante la música y su estridencia.

Toda una sorpresa debió ser para quienes ya no debían pagar entrada para hacerse parte del sótano, el descubrir un ritmo que no era Aserejé ni Arjona. Se quedaron silentes, contemplando, y sus tímidos aplausos se sumaron a los del público precedente después de que E-Men finalizó la jornada, pasadas las tres de la mañana. Una jornada de Vanguardia y Electrónica que esquivó la cadena televisiva nacional de la Teletón, y lo hizo con su gracia.

Romina de la Sotta