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Un pequeño tributo al grandioso Rey del Vals
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Si bien Joseph Lanner y Johann Strauss I son históricamente los "padres del vals", el honor de ser universalmente conocido como el "Rey del Vals" quedaría reservado para Johann Strauss II. Johann II, nacido en 1825, demostró desde pequeño poseer un talento artístico mayor que el de su padre, lo que era ya decir bastante. Empezó a componer pequeños valses a los séis años y papá Johann empezó a ponerse nervioso. Luego el chico empezó a tomar clases de violín y ello motivaría a su padre --quien podía detectar a un rival, aun tratándose de su hijo-- a emprender una acción más directa. Unas veces lo desalentaba y otras veces lo amenazaba; le contaba al niño toda suerte de historias horribles sobre las dificultades que los músicos debían enfrentar antes de alcanzar sus metas y, cuando esto no funcionaba, le quitaba su violín y lo encerraba con llave en una alacena. Strauss le prohibía a su hijo seguir tomando clases y para asegurarse de que así fuera, lo embarcó en un trabajo como empleado bancario. Los resultados eran de adivinarse. Mientras más piedras encontraba en su camino, más se determinaba a pasar por encima de ellas. Johann II siguió tomando sus clases de violín, pero en secreto --sólo para su padre, claro está, porque contaba con el cariñoso apoyo de su madre-- y finalmente en octubre de 1844, con apenas 19 años encima, contrató una orquesta y anunció por toda Viena que él también ingresaba al negocio musical. ¿Se quedaría Strauss padre de brazos cruzados?, ¡no!. Al principio trató de evitar que se realizara el concierto y, cuando vio que era inevitable, envió a varios de sus amigos a abuchear y pifear durante el debut para convertirlo en un tremendo fracaso. Bueno, ésos eran sus planes, pero cuando los hombres empezaron con sus grotescos ruidos fueron prontamente callados por la audiencia que muy pronto había quedado cautivada por el agraciado mozo que dirigía tan briosamente con el arco de su violín. La multitud escuchó, aplaudió y celebró la magia musical del joven con vivas y hasta con lágrimas de emoción. Se le hizo bisar casi todas las | piezas y entonces, cuando parecía que la temperatura no podría subir más, Strauss impuso silencio con sus brazos y empezó a dirigir "Los Ecos de Lorelei en el Rin", el vals más famoso de su padre. Ese fue el cénit. El local se venía abajo y los sentimentales vieneses --incluidos aquellos hombres que habían llegado para arruinar la presentación-- corrieron adelante, subieron a Johann sobre sus hombros y lo pasearon triunfalmente, primero alrededor del salón y, luego, por las calles en un improvisado desfile celebratorio.
Desde el momento de tan glorioso debut, la fama de Johann Strauss II, su popularidad y su éxito, crecieron a pasos agigantados. Luego, con el deceso de Strauss I en 1849, no quedaría ya ninguna duda de quién se ceñiría la corona de "Rey del Vals". Johann, muy inteligentemente, fusionó su propia orquesta con el viejo ensamble de su padre y, en algunos pocos años, había originado una enorme organización, en la que se contaba como doscientos copistas, cantantes, músicos, arreglistas, directores asistentes e, inclusive, agentes de prensa. Se llegó al punto en que, en una noche de mucho trabajo, Strauss tenía tres orquestas tocando simultáneamente en diferentes salones de baile vieneses; él mismo se detenía brevemente en cada local para hacer acto de presencia y, tal vez, dirigir uno o dos números personalmente.
Virtualmente, él hizo giras por toda Europa, incluyendo Rusia y hasta fue convencido --mediante un pago por honorarios de $100,000 además de transporte para él, su esposa, sus dos sirvientes y su enorme perro Terranova-- de afrontar la larga travesía por mar para visitar los EE. UU. Siempre se repetía la historia: un triunfo seguía a otro, un éxito venía tras otro, hasta que desde Moscú hasta Boston ya todo el mundo había saludado al Rey del Vals y su chispeante música. | En los EE. UU., a propósito de su popularidad, se convirtió en un símbolo de status el adquirir un rizo de la cabellera del compositor como recuerdo de su presencia, y literalmente llovían los pedidos. Strauss fue adulado y su sirviente llevó a cabo un verdadero trabajo de catastro para satisfacer la demanda. El único truco fue que en lugar de genuinos rizos straussianos, el sirviente los estaba sustituyendo diestramente con pelo recortado del abundante pelaje del Terranova --lo que probablemente convierte a Strauss en el primer protagonista de un cuento sobre perros peludos de la historia de la música, aunque un cuento muy verídico.
Johann Strauss II, por supuesto, fue mucho más que un proveedor de música bailable. Detrás de las atrayentes tonadas se encuentra inspiración y habilidad artística de primerísimo orden. Puede que su campo haya sido limitado, pero dentro de él reinó con total supremacía.
Está claro que no es ningún accidente que "Cuentos de los Bosques de Viena", "El Bello Danubio Azul", "El Vals del Emperador", "Vino, Mujeres y Canto", "La Polca Tritsch-Tratsch" y tantísimas de las piezas más evocadoras del compositor hayan sido inspiradas por las costumbres, la gente y los lugares de su ciudad natal. Cuando personalidades de las cuatro esquinas del mundo se congregaron para presentar sus respetos al venerable Rey del Vals con ocasión de sus bodas de oro artísticas (esto ocurría en 1894, cinco años antes de su muerte), el expresó su agradecimiento en la forma de un elocuente brindis. "Si es cierto que poseo algún talento --dijo Strauss-- le debo su florecimiento a mi amada ciudad, ¡Viena!. ¡Yo brindo por ella!, ¡que crezca y prospere!". Traducido de un artículo de Robert Sherman |