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El
lunes 7 de mayo de este año, nos encontramos con Britta Lisa Regina
Lundberg en Los Cardales, provincia de Buenos Aires en casa de uno
de sus hijos, mientras esperaba ser operada dos días más tarde.
Nos encontramos con una
mujer de cabellos blancos, ojos celestes, mirada fuerte y segura, de
palabra clara y amena.Nos
habíamos contactado con ella vía Internet a través de la página de
Warmi. Decidimos conocerla en su taller, pero el viaje a Cipolletti no
pudo ser por problemas del transporte ajenos a nuestras expectativas. |
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En
una casa cálida, a solas con ella nos contó su vida:
nacida el 6 de octubre de 1927 en Rosario, Provincia de Santa Fé, República
Argentina, hija de padre sueco. Estudió magisterio, por decisión de su
madre. Cuando se recibió a
los 17 años, su padre la mandó a Estocolmo, Suecia, para vivir con su
abuela y conocer una tía que era una experta tejedora de tapices.
Una vez allá la enviaron a estudiar técnicas en telar manual en una
escuela textil, Brünsons Väbskolla, para que se conectara de alguna
forma con el idioma que no conocía, abriéndole así
la puerta de lo que sería una
ocupación por largo tiempo en su futuro.
Pasaron dos años cuando la
hicieron volver a Buenos
Aires nuevamente. “ Yo quería seguir microbiología, en la época en
que no existía el microscopio electrónico, porque me encantaba todo lo
que tuviera que ver con la célula...” nos dijo.
A través de una amiga le ofrecieron un puesto de profesora de taller de
telar en una escuela textil de Florida,
E.N.E.T. N°1, (de éstas ahora queda una sola en Puerto Madryn).
Le costó una gran discusión con su padre el aceptar el puesto, donde
también dictó cátedras de castellano y biología (estudiando durante
el verano para empaparse en el tema pues ella no era profesora de estas
materias).
Trabajó allí treinta años hasta jubilarse. En ese lapso organizó un
curso de orientación vocacional con un equipo de especialistas, pasó
por la biblioteca mientras mantenía sus primeras horas de aula.
De allí a Cipolletti, Río Negro, con su familia para probar suerte.
“Los yuyos me llamaban”, decía. Fue probando y errando, tiñendo lanas, algodón. Probando recetas “...de mapuches que
permitían que espiara un poco, pues son muy reservados “ nos dijo.
Trajo a Buenos Aires en una
valijita marrón las fichas de trabajo que elaboró en ese tiempo, donde
asentaba todos los datos involucrados en sus experiencias. Muestrarios
de cada especie vegetal, coloridos por mordientes, matizadas
por horas de dedicación.
Quedaron en su casa una vara de la que penden unas 200 madejas de las
pruebas de sus teñidos.
Esta actividad debió suspenderla por unos años por problemas de salud
de su marido, pero a pesar de eso no podía frenar su impulso de
producir cosas con sus manos. Tejió tapices, fajas, colchas,
chalecos, almohadones.
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Nos
enseñó fotos de sus obras, sus exposiciones, su casa
decorada por sus prendas, su
telar traído de Suecia, su rueca heredada
de su abuela.
Escuchamos atentamente la explicación de
cada uno de sus tapices, con motivos Navideños, otros típicos
del país de su padre, y algunos otros relacionados con la actividad agrícola
de la zona donde residía, Cipolletti, Provincia del Río Negro.
Nos recitó poemas
propios, acababa de ser seleccionada
en un concurso de la provincia de Córdoba para editar junto a
otros autores un libro.
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