Autores: lic. Maricruz Gonzalez Perez y lic. Israel Gijalva
Perez
Introducción
El presente ensayo nos muestra los diferentes factores que engloban para poder obtener
una mejor calidad de la educación , así como las condiciones favorables de un
aula de estudio, las diferentes capacitaciones, que se le imparten al docente
durante el ciclo escolar y el papel importante que desempeñan los padres de
familia en la educación.
Desarrollo
La calidad de la educación en México , es un tema de gran importancia mundial,
ya que todo y cada uno de nosotros de una manera estamos involucrados en la
educación.
Para que una educación sea de calidad (mejor), tienen que intervenir un gran
numero de factores, tanto como familiar, ya que los padres toma un papel
importante en el desempeño diario del alumno, ya que solo pasará una parte del
día en la escuela y el resto lo pasará en su casa. Es ahí donde los padres se
involucran con el niño al apoyarlos en sus tareas, trabajos de investigación ,
el estar pendientes de ellos en todos los aspectos. Es de gran importancia que
el alumno curse una educación preescolar , para que en un futuro esto no logre
a repercutir en sus estudios. Otro factor importante es la que el aula donde el
alumno va estar parte del día, tenga las condiciones adecuadas como una buena
ventilación, iluminación, butacas en buen estado. La escuela debe contar con
una biblioteca donde el alumno pueda realizar sus investigaciones, tareas, un
centro de computo, para que el alumno se motive a participar y realizar sus
trabajos por sus propia cuenta. Que uno como docente nos estemos preparando
constantemente para lograr un buen rendimiento escolar.
Conclusión
Pensamos que nosotros como docentes, debemos analizar los factores antes
mencionados y ponemos algo de nuestra parte para llevarlos a cabo o mejorarlos,
y así, estaremos logrando lo deseado en un futuro.
Autores:
Lic. Flor Line Sánchez Castillo
C.P. Claudia Díaz Aguilar
Lic. Juan Eduardo Torres Sánchez
Lic. Guillermo Camargo Serrano
Los países desarrollados están protagonizando
un tiempo histórico una de cuyas características fundamentales es la rapidez
con la que se suceden los cambios.
Ese dinamismo propio de las sociedades avanzadas concierne a lo social, a lo
científico, tecnológico, a lo económico y a sus relaciones mutuas, haciendo más
complejo el contexto en el que han de desenvolverse tanto las personas como las
organizaciones e instituciones privadas y públicas.
El sistema educativo, en su condición de subsistema social, no es
una excepción y se ve afectado con cierta intensidad por la nueva situación, lo
que aconseja la necesaria transformación.
Sin ignorar la singularidad de la educación como tarea, ni su
elevado cometido social, ni la cuota de especificidad propia de las
instituciones educativas, lo cierto es que sin un cambio profundo en el seno de
los centros escolares en tanto que organizaciones, en su concepción de la
gestión y en las prácticas correspondientes, la Educación española tendrá
serias dificultades para adaptarse a los nuevos tiempos, lograr mejores
estándares de calidad para todos y contribuir sustancialmente al progreso
personal, social y económico.
La adaptación de cualquier institución a un entorno cambiante no
constituye un proceso espontáneo o automático. Para conducir con éxito la
operación se hace imprescindible mirar hacia adelante, reflexionar sobre el
futuro a fin de poder anticipar una imagen coherente de la institución que le
aporte una cierta seguridad, un cierto grado de estabilidad institucional
perfectamente compatible con los procesos de cambio.
La educación y la formación son elementos de carácter estratégico
y la mejora de la calidad educativa se convierte en un objetivo fundamental de
todos los países. Pero, no es sólo el conocimiento específico, directamente
vinculado al mundo del empleo, el que resulta realmente afectado, sino que el
dominio de los conocimientos básicos, las formas de pensamiento avanzado y las
competencias cognitivas de carácter general constituyen, en el momento
presente, ingredientes indiscutibles de un capital humano de calidad y la mejor
garantía de adaptación a exigencias de cualificación y a entornos profesionales
francamente dinámicos.
Esta revalorización del conocimiento y del saber como instrumentos
de progreso personal, económico y social alcanza, asimismo, a las familias y
origina, como efecto inducido, un aumento de sus expectativas con respecto al
funcionamiento de las instituciones educativas, entornos que sirven para sus
hijos de nidos fundamentales de aprendizaje.
Por otro lado, la modernidad ha llevado consigo en los países
avanzados un mayor protagonismo del individuo y una consolidación del ejercicio
de su ciudadanía. Consiguientemente, el nivel de exigencia de los usuarios ante
los bienes y servicios que les prestan tanto las entidades privadas como las
instituciones públicas ha aumentado de forma notable y su impacto se ha visto
acentuado por un contexto socio histórico en el que se han revalorizado las
libertades individuales y, en particular, la libertad de elegir.
Esta circunstancia alcanza, asimismo, a la consideración de los
derechos legítimos que el ciudadano reclama en su relación con la
Administración, en tanto que gestora de servicios de carácter público. Tampoco
en esto la educación es una excepción, sino que los centros docentes públicos
se ven confrontados a una nueva situación con ciudadanos más maduros, con
usuarios más preparados y menos condescendientes con las deficiencias en el
funcionamiento de instituciones sobre cuya calidad cifran elevadas
expectativas.
En el marco de un estudio más general, Jacques Lesourne (1993)
presenta una colección de hasta once razones qujustifican sin paliativos la
consideración de los sistemas educativos como altamente complejos:
1. La complejidad del sistema educativo procede, en primer término, de su
objeto que no es otro que el de transformar a los seres humanos. La diversidad
del ser humano, su autonomía, su capacidad autorganizativa y, en fin de
cuentas, su propia complejidad constituyen un factor primario que complica
notablemente la tarea educativa.
2. La dimensión del sistema es considerable. A consecuencia de la evolución
social y económica, y habida cuenta de la importancia adquirida por el sector
público en este ámbito, los sistemas educativos han experimentado un
crecimiento notable, factor que ha contribuido indudablemente a un incremento
de su complejidad.
3. La complejidad formal, que se manifiesta en aspectos tales como la
estructura del sistema, el organigrama funcionarial y jerárquico, la diversidad
del profesorado, la abundancia de normativa, la variedad de las titulaciones,
etc.
4. La complejidad informal, que surge de las interacciones presentes en el
interior de los centros al margen de las orientaciones que dimanan de la
autoridad central. La amplia libertad característica de la función docente se
une a la diversidad natural del alumnado, del profesorado y de los equipos
directivos, para generar fenómenos espontáneos que introducen en el sistema
otro tipo de complejidad.
5. La ambivalencia del sistema educativo que se presenta como fuertemente
cerrado y, a la vez, como extremadamente abierto a la sociedad. Cerrado por la
naturaleza de la carrera docente, por su comportamiento profesional, por la
organización burocrática del sistema y por su propensión endogámica. Abierto
por la influencia de las familias, de los medios de comunicación, del sistema
productivo, de los partidos políticos, las organizaciones sindicales, etc.
6. El sistema educativo opera en el largo plazo. Buena parte de las reformas
educativas concernientes al currículo, a los sistemas de formación del
profesorado o a la organización de los centros deja sentir sus efectos sobre
todo el alumnado no antes de una década. Y, en cualquier caso, la pretensión
del sistema es la de contribuir a la definición del individuo adulto.
7. El sistema educativo está implicado en el sistema económico, y lo está no
sólo -como señala Lesourne- por la importante participación en el PIB, en
términos de gasto, y por las correspondientes expectativas sociales respecto de
su grado de eficacia y de eficiencia, sino también por la dimensión económica
que la revalorizada formación del capital humano asigna, en la actualidad, a la
Educación.
8. La medida de los efectos del sistema educativo es imprecisa. La dificultad
de establecer estándares externos, relativamente estables, la alusión a valores
globales y las variaciones con el tiempo son tan sólo algunos de los factores
que hacen de la medida en educación algo, aunque necesario, imperfecto.
9. La dificultad de evaluar el grado de consecución de sus fines y objetivos
globales. Aun cuando existe, por lo general, un cierto consenso sobre cuáles
deben ser las grandes metas de la educación no suele existir una relación
lógica entre las declaraciones de principio y los currículos, los programas o
los métodos de enseñar.
10. La dificultad de articular políticas carentes de toda ambigüedad. Las notas
características de los sistemas educativos antes mencionadas plantean, por vía
de consecuencia, el que las políticas deseables sean, con frecuencia,
razonablemente imprecisas y que dos posiciones, en apariencia contradictorias,
puedan contener ambas un cierto grado de validez.
11. El sistema educativo constituye una zona de conflictos. Conflictos entre
las familias y sus hijos, conflictos entre los alumnos y los centros,
conflictos entre el profesorado y la administración, conflictos en la
administración de los recursos, etc.
Los procesos de enseñanza y aprendizaje, que constituyen, en buena
medida, la razón de ser de este tipo de organizaciones, no pueden aislarse del
resto de los procesos que tienen lugar en su seno y que están afectados por un
conjunto de relaciones mutuas entre ellos. Así, por ejemplo, la efectividad de
la labor docente de un profesor no es independiente de la consideración que de
él posean sus compañeros y la Dirección; la eficiencia del aprendizaje de los
alumnos está condicionada por el clima escolar de que goce el centro educativo;
ambas circunstancias están afectadas por el liderazgo de la Dirección y por la
eficacia de la acción directiva y éstos, a su vez, son estimulados por los
buenos resultados y por el reconocimiento y apoyo de la comunidad educativa. De
ahí la necesidad de situar las acciones de mejora de la calidad en una
perspectiva de gestión suficientemente abarcante.
La cuestión de los valores, tanto en el plano individual como en
el colectivo, constituye un asunto central en una aproximación global a la
calidad de las escuelas, en particular, y de las organizaciones humanas, en
general. Ignorar tal dimensión equivale a reducir, probablemente a cero, las
posibilidades de implantación y desarrollo de un programa de calidad en la
gestión y del logro de los resultados esperados.
Una observación sistemática de las organizaciones de calidad,
tanto escolares como no escolares, revela la existencia de un entramado
coherente de valores individuales y de valores compartidos que marca el ethos
organizativo, orienta las decisiones, da fuerza a los compromisos y otorga
sentido a las actuaciones de todo el personal.
Los valores centrales que han de acompañar a las escuelas de
calidad se agrupan mas bien en "racimos éticos" al incluir cada uno
una pluralidad de componentes. En lo que sigue destacaremos tres de ellos:
- Una concepción humanista de las relacionnes tanto internas como externas de la
institución escolar.
- Una revalorización de la ética de la ressponsabilidad.
- Una actualización de la ética de la proffesión docente.
En las escuelas de calidad las relaciones con las personas se
fundamentan en los principios de respeto a la dignidad del individuo, de
lealtad, es decir, de corrección ética y de confianza recíprocas. Y estos
principios presiden las relaciones de los directivos con los profesores, de las
profesores con los alumnos, de la institución con las familias y de los alumnos
entre sí y afectan, en general, a toda la esfera de relación de la institución
escolar.
Está fuera de toda duda que ninguna organización humana es un
paraíso y la escuela desde luego no es una excepción. Como en todo espacio
social, en ella se dan cita, a su escala, esas dos facetas contrapuestas que
son propias de la vida política, a saber, los antagonismos entre personas o
entre grupos y, a un tiempo, la integración de todos en una comunidad.
La faceta de conflicto constituye, con frecuencia, un capítulo
importante de la vida de los centros educativos por la confrontación de
intereses entre personas, entre departamentos o entre sectores de la comunidad
educativa, o por las diferencias existentes en las perspectivas propias de los
diferentes niveles jerárquicos o de realidad organizacional.
No obstante lo anterior, las escuelas de calidad se proponen
estimular la faceta de compromiso y lo consiguen depositando confianza en las
personas, y creando un clima de reconocimiento, de motivación y de refuerzo,
tanto de la dirección hacia los profesores como de estos hacia los alumnos,
mediante la transferencia de expectativas positivas, la valoración de sus
logros, la aceptación de sus ideas y la exaltación de los buenos resultados.
Los profesores son considerados, por principio, por la Dirección
como profesionales expertos y su liderazgo contribuye a convertir la
institución escolar en un espacio social vivo en donde el individuo puede
integrarse como protagonista de un dinamismo participativo de corte
democrático, entendiendo aquí el calificativo en su mejor sentido; esto es, la
inteligencia y las aportaciones de todos son valorados dentro de un ambiente
que combina libertad y responsabilidad, que estimula la reflexión, la expresión
y la comunicación, pero que es riguroso y exigente en cuando a la acción, a sus
resultados y a sus consecuencias. Orientada de este modo, la institución
escolar se convierte en una unidad de articulación de la sociedad, permitiendo
a sus protagonistas ejercer, cada uno a su nivel, una forma de participación
efectiva y logrando una conciliación equilibrada entre la dimensión integradora
y comunitaria y el desarrollo y ejercicio de la autonomía personal.
De acuerdo con Bosworth, el enfoque humanista de las relaciones
profesor-alumno comporta los rasgos siguientes (Bosworth,1995):
- Demostrar respeto y educación al alumno,, lo que implica escucharlo, dedicarle
tiempo y voluntad de atenderlo personalmente.
- Valorarlo como individuo, es decir, manttener una relación personal con él
reconociendo sus avances y sus logros.
- Ayudarle en sus problemas personales, ess decir, estar disponible para
dedicarle tiempo y ayuda en sus dificultades no académicas.
-Apoyarle en sus problemas académicos, aniimándole y guiándole en sus
dificultades o explicándole la materia de forma más comprensible.
El diagnóstico previo al diseño de un Plan de Mejora y la
identificación de cuáles son los puntos fuertes y los puntos débiles de un
centro educativo requiere de una herramienta de auto evaluación.
El Modelo Europeo de Gestión de Calidad constituye, como es
sabido, un instrumento de auto evaluación que asume una visión global de la
gestión y que se beneficia de una orientación humanista. El citado Modelo
combina, de forma ponderada, el interés por las personas con la importancia de
los recursos, de los procesos y de los resultados y se beneficia de una in
variancia de escala, esto es, puede ser aplicado a organizaciones de cualquier
propósito y de cualquier tamaño y también a los propios individuos.
El Ministerio de Educación y Cultura está impulsando un movimiento en favor de
la calidad en la gestión de los centros docentes. Su principal objetivo es
contribuir a la mejora de los resultados de nuestro sistema educativo mediante
el desarrollo de un conjunto de políticas centradas en la institución escolar
como referente fundamental.
El marco en el que cabe situar dicho movimiento es muy rico en
significado e integra, con un cierto grado de coherencia, las dimensiones
epistemológica, ética, pragmática y metodológica. La definición explícita de
dicho marco clarifica los fundamentos, facilita la reflexión sobre su contenido
y sobre sus consecuencias, otorga sentido a las acciones tanto individuales
como institucionales y orienta el desarrollo de los procesos de mejora.
En un contexto como el presente, corresponde a la Administración
educativa hacer llegar a los centros docentes una percepción clara de cuáles
son sus expectativas con respecto a la mejora de la calidad; recursos,
instrumentos y competencias para llevar a cabo los procesos de planificación,
su desarrollo y su evaluación; métodos para promover la mejora continua; un
seguimiento de la evolución de las instituciones escolares en sus programas de
mejora y, en general, un apoyo decidido, en todos los niveles jerárquicos, para
hacer posible el progreso.
La experiencia acumulada en estos dos últimos años proporciona
suficiente fundamento a la creencia de que estamos ante un buen camino, ante
una orientación adecuada para hacer avanzar a los centros educativos -y al sistema
escolar en su conjunto- hacia esa meta incuestionable que consiste en preparar
correctamente el futuro de las nuevas generaciones y conseguir, en fin, una
educación y una formación de calidad para todos.