RELATO

  A continuación incluyo un relato inédito escrito enteramente por mi compañera y amiga María Consuelo Rodríguez García. Aún está inconcluso y, como en todas las secciones de esta  web, cualquier sugerencia será bienvenida. Ni que decir tiene que recomiendo encarecidamente  esta historia, así que no se hable más y...¡DISFRUTA DE LA LECTURA!

 

Capítulo primeroLA CÁMARA

Sorben, el jefe de una de la cuadrillas de mineros estaba preocupado. Llevaban una semana picando en aquella pared y casi no la habían conseguido mellar, eso significaba un retraso y el capataz estaba cada vez más furioso. ¡Maldita pared! ¿De qué estaba hecha?, a simple vista era igual que las otras paredes en las que habían trabajado anteriormente, negra y con pequeñas vetas de styl, aquel extraño mineral que sólo aquella montaña poseía.

Sorben suspiró, terminó de beberse el vino que quedaba en su vaso y vio como el mesero de la taberna se acercaba con una nueva jarra de vino.

- ¿Un mal día, amigo?- Le preguntó este mientras le depositaba la jarra de vino- Dicen que todavía no habéis sacado nada esta semana, y que el capataz está empezando a considerar enviar a la cuadrilla de Smile.

- No hagas caso a los borrachos de la taberna- dijo Sorben poniéndose furioso de pie y encaminándose hacia la salida- Te pagaré mañana – le dijo al tabernero antes de salir.

Cuando salió al exterior el viento glacial de la montaña le azotó la cara, “¡maldita montaña!”, pensó mientras se encaminaba hacia la oficina del capataz, le debía entregar el reporte del día, y sabía que iba a tener problemas.

En ese preciso instante salió de una de las entradas de la mina Daúd el hijo de Halle, que llevaba apenas un mes trabajando con ellos.

- Señor, menos mal que está usted aquí, tiene que venir conmigo, ha ocurrido algo- dijo el joven jadeando al llegar a su lado.

- ¿Qué ocurre, muchacho?- dijo Sorben mirándolo preocupado- ¿qué hacías en la mina tan tarde? Sabes perfectamente que es peligroso quedarse sólo en la mina.

- Vera señor, Henk y yo decidimos continuar trabajando un poco más después de que todos os hubierais ido. Sabíamos que íbamos retrasado y que el capataz está pensando en echarnos sino cumplimos con la cuota.- Daúd tomó aire- Esta mañana, conseguí abrir una pequeña brecha en la pared, así que decidimos trabajar en ese lugar… y bueno, tenía usted razón…

- ¿Qué quieres decir?- preguntó Sorben, que cada vez aquello le gustaba menos.

- Era aquellos que usted decía sobre esa pared, que no era como las otras… y bueno cuando comenzamos a picar los dos en ese lugar a la vez… bueno que la pared se ha derrumbado…

- ¿Cómo derrumbado?

- Sí, se cayó hacia delante… y bueno, detrás de la pared había una especie de cueva, señor.- Dijo el joven nervioso.

El clérigo de la aldea estaba desayunando tranquilamente cuando picaron a la puerta. En un principio se extrañó, era demasiado temprano para que la señora Pod llegara, pero bueno seguramente era que hoy tendría prisa. Se encaminó tranquilamente hacia la puerta y la abrió, pero en el rellano no se encontraba la señora Pod, como esperaba sino que se encontraban tres hombres que debían pertenecer al campamento de la mina. A uno de ellos lo reconoció enseguida, se trataba del capataz de la mina, un hombre rudo y bastante mal encarado con el que había tenido un par de encuentros que habían terminado de forma poco amistosa. ¿Qué querrían esos hombres, y sobre todo tan temprano?

- Buenos días, padre- dijo el capataz, arrastrando las últimas palabras- sentimos molestarle tan temprano, pero verá… nos gustaría que nos acompañase a la mina… hemos encontrado algo que creemos que debería ver.

- ¿No lo puedo resolver aquí?- dijo el clérigo, poco deseoso de acompañar a aquellos hombres y menos de entrar en su mina.

- Es que verá… hemos encontrado una especie de cueva, pero no estamos seguros de que sea eso exactamente…- dijo el capataz jugando con su gorro

- ¿Qué quiere decir?- preguntó el clérigo- me parece que el hallazgo de una cueva no es un hecho tan extraño, esa montaña parece que tiene múltiples galerías

- Ya padre, pero esta cueva no es como las demás, parece haber sido construida por manos expertas, existen varias paredes talladas… y lo más extraño de todo es que en el centro de la misma se hallaba un altar con una extraña piedra tallada… la piedra es de styl, y sería el trozo de mineral más grande que hemos encontrado en la mina…

 

 

El Guardián se despertó, ¿qué era lo que le había perturbado su sueño?, abrió los ojos y trató de concentrarse en lo que había estado soñando. Entonces lo sintió de nuevo, era la señal, la señal de alarma. La señal que llevaba tanto tiempo esperando y a la vez temiendo. La misión para la que había sido entrenado acaba de empezar. La cámara había sido descubierta y con ella su contenido…, debía darse prisa e impedir que lo que guardaba aquella cámara fuera entendido y usado.

Se levantó y respiró hondo, su hora había llegado, no podía perder un momento, debía acabar con la amenaza antes de que fuera demasiado tarde.

 

Capítulo segundo: PEQUEÑOS ENCUENTROS

Sorkude volaba a lomos de su dragón rojo, sintiendo la brisa sobre su rostro. Desde las alturas podía divisar todo Armangol. Bajo sus pies se encontraban las Montañas Infranqueables del Norte, que separaban más que unían Armangol con el continente. “¿Qué habría detrás de aquellas montañas?” se preguntó Sorkude, pues ni desde los lomos de su dragón podía ver lo que las montañas escondían, sin embargo tampoco dio la orden a su dragón para que ascendiera con el fin de volar más alto que las montañas, si las leyendas que contaban eran ciertas, detrás de aquellas montañas se encontraba una tierra yerma, arrasada continuamente por terremotos y erupciones volcánicas, donde ningún ser humano podía sobrevivir, en fin nada interesante que ver, se dijo Sorkude apartando su mirada de las montañas y fijando su vista hacia al Sur, que era hacia donde se encaminaba. Ahora estaba sobrevolando el Bosque de los Elfos, el bosque más extenso de todo Armangol, y decían que también el más viejo. En sus entrañas se decía que habitaban los pocos elfos que quedaban en Armangol, sin embargo nadie los había visto jamás, y muy pocos valientes se atrevían a penetrar en aquella espesura por temor a perderse en sus senderos, y sobretodo por temor a los propios elfos, pues contaban las leyendas que aquellas criaturas poseían increíbles poderes…,Sorkude se encogió de hombros, no se podían creer en todos los cuentos de las viejas, y algún día organizaría una expedición a ese bosque para buscar a los elfos, si es que de verdad habitaban aquellos bosques, aunque Sorkude estaba segura que ya se habrían muerto del aburrimiento, tantos siglos encerrados en el mismo lugar…Bueno pero ahora no podía olvidar su objetivo, su importante misión por la que entraría en los libros de historia. Más al sur, a lo lejos, comenzó a divisar las Montañas de Kyros, su objetivo, la morada de los enanos. Las Montañas de Kyros era una imponente cadena montañosa de varios kilómetros de recorrido que llevaban el nombre del glorioso héroe de Armangol. En el interior de esa montaña vivían, o mejor dicho malvivían los enanos, los mineros de Armangol… pero eso se iba a acabar, Sorkude iba a terminar con siglos de esclavitud por parte de los enanos, los iba a liberar para que pudieran ver la luz del día…

-¡Sorkude!- una voz traspasó sus pensamientos. Aquella voz no debía de estar ahí, que hacía la voz del profesor Mengal en las alturas. De repente dos manos la sacudieron con fuerza y Sorkude salió de su ensoñación para volver a la oscura habitación en la que estaba, rodeada de libros y donde el viejo profesor Mengal la zarandeaba para que despertara.

Sorkude levantó la cabeza para ver al viejo, que dejó de agitarla cuando vio que ya había despertado.

- Me alegro que hayas vuelto a nuestro mundo- dijo el viejo- y ¿a dónde habías ido esta vez?

- Estaba volando en mi dragón rojo para liberar a los enanos de las montañas- dijo ella entusiasmada. Sabía que pese el profesor la reñía cada vez que dejaba volar su imaginación en sus clases sobretodos si lo hacía a lomos de un dragón rojo…, en el fondo le gustaban las historias que ella le contaba. Al menos eran mucho más interesantes que las que él le contaba a ella sobre la historia de Armangol.

- Espero que su padre no se entere, ya sabe que no le gusta que ande creando esos cuentos- dijo el viejo cansado- al menos algo me ha escuchado esta mañana, pues le estaba hablando de los enanos. Debe comenzar a prestar atención, la historia de Armangol es muy importante, sobretodo para la futura soberana del reino- dijo el profesor, estaba ya cansado de repetir a la joven siempre el mismo sermón. Sorkude era una muchacha inteligente, pero soñadora, además albergaba ideas que no eran aceptadas en Armangol, y el profesor estaba seguro quién le había metido esas ideas en su cabecita. ¡Volar en un dragón! Aquellas criaturas, afortunadamente habían sido extinguidas y ya no existían, ni ellas ni sus amos… esta niña, cuando crecería…

- Señor- dijo Sorkude interrumpiendo sus pensamientos- si ya hemos terminado por hoy me gustaría salir, hoy hace un día espléndido, para pasear en los jardines y no para estar en esta biblioteca- dijo mirando a su alrededor. En realidad hacía un espléndio día, pero no para pasear sino para montar en su caballo y lanzarlo a galope, o bien hacer una escapada al lago, o para practicar el tiro con arco, que hacía tiempo que lo tenía abandonado, pero eso no se lo iba a decir al profesor, que pondría el grito en el cielo si se enterase que la hija del rey hacía cosas que sólo los muchachos podían hacer…¡estúpidas normas!

- Muy bien- dijo el profesor resignado- pero mañana te preguntaré sobre lo que te he estado explicando hoy…si no lo sabes, te pasarás todo el día confinada en esta biblioteca ayudándome a poner todos los libros en orden.

Sorkude lo miró de forma divertida mientras se levantaba y cerraba los libros que tenían ante ella, siempre le estaba amenazando con lo mismo, pero siempre se libraba del castigo, terminó rápidamente de guardar sus cosas y abandonó la habitación antes de que al viejo cambiara de idea y le diera por seguir con la clase; estaba segura que aquel hombre nunca salía de esa habitación, seguro que ni se acordaba de cómo eran los rayos del sol…como los enanos, pensó. Salió corriendo al corredor iluminado por los rayos del sol. Se asomó por la barandilla para ver si había algo interesante en el patio, pero sólo vio la fuente de piedra que se encontraba en su centro, así que corrió por el corredor para internarse en uno de los pasillos laterales del palacio, con el fin de salir por la cocina sin ser vista por ninguna de las sirvientas. Sabía que no debía correr, pues como su dama de compañía, que le recordaba más a una madre que a una acompañante, se empeñaba en recordarle que una señorita de dieciséis años no corría por los pasillos, pero lo necesitaba, llevaba encerrada en aquella oscura biblioteca toda la mañana, desperdiciando el maravilloso día que hacía en el exterior, y todo para escuchar la historia aburrida de su país. Estaba harta de esas clases, por supuesto que la historia era importante, pero como decía su madre la historia que se contaba, era siempre la historia de los vencedores…, como le hubiera gustado vivir aquellas épocas en las que tantas razas vivían en Armangol, rodeada de elfos, gnomos, y otros seres; aquella época en la que los dragones vivían a sus anchas en el país dominando los aires. Aquellas criaturas le apasionaban, lo que hubiera dado por ser un dragón, volar y echar fuego por la boca, y no tener que ira ninguna clase, y menos a las de historia, ni tener que asistir a fiestas aburridas conmemorando al salvador de la raza humana, ni… Sus pensamientos se vieron interrumpidos al chocar contra un hombre.

Sin embargo, al levantar la vista se dio cuenta que había errado en su apreciación, aquel no era un hombre, o al menos ningún hombre normal que hubiera visto antes. Era alto, más alto que cualquier hombre; y era muy estilizado, como si lo hubieran cogido de las orejas y de los pies y lo hubieran estirado hasta quedar hecho una especie de espárrago gigante y con patas. Su cara era ovalada con unos ojos rasgados y sus orejas eran puntiagudas, lo que parecía dar la razón a Sorkude en cuento a su teoría de las orejas y de los pies. El extraño se quedó mirando seriamente hacia Sorkude.

Sorkude, en un principio se quedó mirando aquel ser, que no tenía los pies grandes, o lo suficientemente grandes para que su teoría fuera posible y dudaba entre salir corriendo y pedir ayuda o pedirle disculpas por haber chocado contra él… mientras trataba de decidirse sin quitarle ojo al extraño, pues pese a que no sabía si era amigo o enemigo, tenía el rostro más bello que nunca había visto; un segundo hombre se acercó, este si era un humano, para decepción de Sorkude, que esperaba que el hombre que le acompañara también tuviera algo exótico.

- Parece que tu educación desde mi partida no ha sido demasiado buena- dijo el extraño mirando a la joven. Esta se le quedó mirando como preguntándose dónde lo había visto antes, hasta que se dio cuenta.

- ¡ Tío Aldo!- dijo arrojándose a sus brazos- ¿Eres tú?

- En efecto pequeña, veo que todavía no te has olvidado de mí- dijo soltándola

- Pero ¿cómo me has reconocido?- preguntó Sorkude- Hace diez años que te fuiste, y tu no has cambiado mucho… bueno estas un poco más moreno, y te has dejado crecer el pelo…ya verás cuando te vea papá…, pero yo ya estoy hecha una mujer- dijo estirándose y sacando pecho - o por lo menos eso dicen las criadas…

- Si pero no te han dicho que eres igual que tu madre ¿verdad?, es imposible no saber quién eres...- dijo poniéndose un poco melancólico- Pero no le has pedido disculpas todavía a mi amigo por haber chocado con él – dijo cambiando de tema- además debería decirte que es de mala educación mirar directamente a una persona- Sorkude enrojeció

- Disculpe…señor- dijo sin saber bien como referirse al sujeto- No le vi, y disculpe por haberme detenido demasiado tiempo mirándolo, espero no haberle incomodado, pero es que nunca había visto a nadie como usted- Su tío estalló en carcajadas, ciertamente la educación palaciega no había hecho mella en aquella niña que seguía siendo tan sincera como hacía diez años. Miró de reojo a su amigo, que se había quedado perplejo ante el discurso de la niña, no estaba acostumbrado a que le miraran como un bicho raro…

- Mi amigo se llama Alb, y es lógico que nunca hayas visto a nadie como él…es el primer elfo que se ve en Armangol en mucho tiempo- Explicó Aldo a su sobrina.

- Disculpe señor Alb por mi ignorancia, pero es la primera vez que veo a un elfo- dijo Sorkude tratando de imitar el tono solemne de su padre cuando hablaba en la corte- Sin embargo espero que no sea usted el último, por cierto ¿se quedará mucho tiempo?, y ¿de dónde viene?, ¿del bosque de los elfos?, y…- comenzó a preguntar perdiendo su tono pomposo y saliendo a relucir su parte curiosa.

- Es un placer para mi conocerla también alteza- dijo el elfo tratando de interrumpir a la niña y a la ingente montaña de preguntas que se le avecinaba.

- Bueno Sorkude, ahora tenemos prisa, nos vamos a entrevistar con tu padre, al que le habíamos avisado de nuestra llegada, luego tendremos tiempo de hablar y de que vuelvas loco a mi pobre amigo con tus preguntas- dijo mirando de forma divertida a Alb, este alzo sus ojos al cielo como rezando para que ese momento no llegara. Sin embargo, Sorkude no vio aquella expresión en el amigo de su tío pues sus ojos brillaron ante la posibilidad de poder interrogar al elfo-…además te he traído algo de mis viajes, estoy seguro que te gustará.

- ¿Si?, y qué es- dijo la jovencita saltando de alegría- Si queréis os puedo acompañar hasta la Sala de Audiencias donde esta mi padre, así puedo escuchar los relatos de tus viajes y…

- Mejor no- dijo poniéndole una mano sobre los hombros- Tenemos que tratar asuntos serios con tu padre …y no me parece que a tu padre le guste que mi amigo haya venido…- Dijo mirando para el elfo- Vete a jugar y luego ya te buscaré para poder contarte todo sobre mis viajes.

Sorkude frunció en ceño mientras vio como los dos adultos continuaban su camino. En cierta medida, sentía como su tío la había tratado como una niña “vete a jugar”, pero no se lo podía recriminar, hacía mucho tiempo que no se veían y seguramente él la vería aún como la niña de seis años de la que se despidió en el patio una noche lluviosa. Además, ciertamente, pensó Sorkude, a su padre no le gustará demasiado la presencia del elfo. Su padre era un hombre serio, atado a las tradiciones que habían existido en Armangol tanto tiempo, tradiciones que se empeñaba en inculcar a su única hija. Estas tradiciones, que veían con temor el contacto con otras razas y otros reinos habían mantenido a Armangol totalmente aislado del resto de Paios, cerrado a la entrada de extranjeros y menos de otras razas. Elfos, gnomos y enanos habían sido perseguidos hacía siglos por haber apoyado a los magos, y por tanto habían ido poco a poco desapareciendo de Armangol, al no ser bien recibidos en ninguna ciudad, ni aldea; y siendo culpados de todos los males que ocurriesen. Algunas razas, como los enanos, reacios a abandonar sus adoradas montañas, habían corrido peor suerte al ser condenados a la esclavitud de por vida trabajando como mineros en las montañas que amaban. Eso había hecho del reino de Armangol un reino aburrido para Sorkude, que se había propuesto algún día realizar un largo viaje, como su tío para conocer lejanas tierras… y por supuesto para buscar a los dragones, si todavía existían.

 

Quirce leyó la misiva con detenimiento, y una vez finalizado miró al clérigo que se encontraba sentado frente a él. Se trataba de Mäur, el máximo dignatario de los clérigos en Armangol. Mäur era un hombre pequeño, con una incipiente calva, sus ojos estudiaban todo, tratando de sacar siempre la máxima información de todo lo que le rodeaba. Era un ser extremadamente inteligente que había luchado con gran ahínco para llegar al puesto que ostentaba y que no lo iba a ceder fácilmente. Quirce le profesaba una gran admiración, y si bien no habían trabado una gran amistad, debido a que ambos estaban demasiado ocupados en sus respectivos puestos, sus relaciones eran ciertamente cordiales, prescindiendo muchas veces de los rituales que ambos cargos requerían

- ¿Cómo nos puede afectar esto, Mäur?- inquirió Quirce. No era frecuente que Mäur le consultara los problemas de la iglesia, además que no permitiría que interviniese en ellos, por mucho rey de Armangol que fuese

Ambos se encontraban sentados en el despacho de Quirce, pues era el lugar más cómodo para tratar este tipo de asuntos, la sala de audiencias tenía demasiados ojos y oídos.

- Realmente no lo sé, señor- dijo Mäur mirando directamente a Quirce a los ojos, era un atrevimiento que pocos hombres se atrevían a hacer – sería necesario visitar esa cueva a la que se refiere el clérigo de la zona, y una vez vista, se tomaría una decisión.

- Parece un problema simple, y un problema que atañe solamente a la iglesia- dijo Quirce apoyando sus brazos en la mesa que los separaba– entonces ¿por qué has venido a mi?,- dijo frunciendo el ceño- siendo como parece un asunto de la iglesia, es algo que sueles resolver tú por tu cuenta, y además, como bien sabes, yo no me suelo inmiscuir… a no ser que no me lo hayas dicho todo.

- Lo cierto es, mi señor, que me han llegado noticias de que los enanos han comenzado a quejarse de nuevo por la explotación de esa mina… como bien sabe su alteza, los enanos se han negado siempre a extraer el Styl,  esos cuentos de niños que cuentan sobre que la montaña está embrujada y que el mineral está maldito, nos ha hecho imposible que exploten esa mina…, pero nunca habían armado ningún revuelo, pues finalmente se decidió contratar a humanos para que explotasen esa mina; sin embargo, desde que se ha descubierto esa cueva, han comenzado a armar un gran revuelo, y en algunas minas se han negado a seguir trabajando…lo cierto es que temo que armen una revuelta…

- Vamos, amigo mío- dijo Quirce sonriendo ante la perspectiva de que los enanos se levantasen contra ellos- los enanos son demasiado estúpidos para enfrentarse a nosotros, además están bien controlados por las guarniciones apostadas en las minas…, no se atreverían a luchar contra nosotros, saben que llevan las de perder…además ¿te imaginas a un enano levantando una espada?

- Señor, no debemos olvidar lo que la historia cuenta, le recuerdo, que su antepasado el gran Kyros, relató en sus crónicas que los enanos eran unos temibles luchadores…

- Esos fueron tiempo pasados… y los enanos luchadores fueron exterminados, junto con las otras razas que entrañaban peligro para nuestra supervivencia, no creo que ningún enano de los que trabajan las minas pueda recordar que algún antepasado suyo osó levantarse contra nuestros ejércitos.- dijo totalmente seguro de su discurso.- Sin embargo, si te quedas más tranquilo reforzaré las guarniciones, y mandaré orden de que estén alerta y que ante cualquier tipo de desobediencia por parte de los enanos, se tomen las medidas necesarias para que no se vuelva a repetir.

- Gracias señor por reconsiderarlo- dijo el clérigo haciendo una reverencia ante su rey- si no le importa me retiro, todavía tengo que atender a otras obligaciones…

- Si, Mäur, ve- dijo Quirce levantándose y acompañándolo a la puerta- tu cargo tiene tantas obligaciones, o incluso más que las mías…

- Sois muy amable, pero…

- Por cierto, ya sabéis que mi hermano ha vuelto- dijo Quirce – Ya le habíamos dado por muerto, después de diez años…

- Los dioses le han acompañado en su viaje- dijo Mäur- ya sabe que lo he tenido siempre en mis rezos.- dijo saliendo al pasillo – espero poder conversar con él sobre sus viajes, ha estado en otras tierras y puede ser interesante su historia.

- Precisamente esta noche, he decidido convocar una fiesta para celebrar su retorno…, por su puesto estáis invitado

- Espero poder asistir…

Quirce vio como el clérigo se alejaba por el pasillo, entró de nuevo en su despacho y cerró la puerta. Releyó de nuevo la carta que el clérigo le había enseñado, el descubrimiento de una cueva no le parecía un asunto tan importante como para que los enanos se sublevaran, sin embargo mandaría a alguien para que investigara.

Picaron a la puerta.

- Pase – ordenó Quirce, un sirviente penetró por la puerta

- Señor, su hermano Aldo a llegado al palacio, y le está esperando

- Haz que venga a mi despacho y ordena que nos traigan algo para comer y beber.- el criado se retiró realizando una leve reverencia

Al poco tiempo volvieron a picar a la puerta, pero esta vez no esperó a que le permitieran el paso. Un hombre alto y musculado entró, sus ropas denotaban que venía de un país extranjero, pues las pieles de su capa no pertenecían a ningún animal conocido en Armangol, bajo su capa, se adivinaba una cota de maya. Su rostro estaba bronceado por el sol, así como sus brazos; pero Quirce no tuvo ninguna dificultad en reconocer aquellos ojos verdes que lo miraban, ni aquella sonrisa franca que dejaba entrever los blancos dientes que resaltaban en contraste con su tez morena.

- ¡Hermano!- dijo Quirce levantándose y yendo a abrazar a su hermano. Ambos se sumieron en un largo abrazo. Cuando Quirce levantó la cabeza, se encontró con el rostro de otro hombre que seguía a su hermano, este era mucho más alto que cualquier hombre que hubiera visto antes y mucho más estilizado. Su cara ovalada y sus ojos  rasgados y sus orejas puntiagudas, le dijeron que aquel ser no era humano. Se quedó paralizado, ante aquel ser.

- Permíteme que te presente a mi amigo Alb- dijo Aldo, dándose cuenta del desconcierto de su hermano- es un elfo de la casa real de Phrýne.

 

Capítulo tercero: REFLEXIONES

 

Aldo se dejó caer en la cama cansado. Alb y él habían viajado durante semanas, sin permitirse un descanso para llegar a Armangol cuanto antes, y pese a que parte del último tramo del viaje había sido por barco, el viaje no había estado exento de peligros. Sin embargo ahora se estaba preguntado si tanto esfuerzo había sido en vano, si el viaje había valido la pena…, cuando se encontraba en la corte elfa el plan le había parecido factible, no tuvo en cuenta el carácter de su hermano, y había supuesto que en cuanto le contaran los hechos se pondría a trabajar en seguida… que equivocado había estado.

Miró a su alrededor, para intentar disipar esos oscuros pensamientos. Lo habían alojado en su antigua habitación, todo estaba tal y como lo recordaba como si por aquella estancia no hubiera pasado el tiempo… como si lo único que hubiera cambiado hubiera sido él, y entonces los recuerdos acudieron a su mente sin haber sido llamados. Regresaron aquellos sentimientos de tristeza que le habían invadido el día que había decidido marcharse en secreto…, él realmente no deseaba irse, pero ella se lo había hecho prometer, y no se había podido negar…, así que la noche en la que todo el reino lloraba la pérdida de su amada reina, abandonó aquella habitación y aquel palacio; en silencio, sin testigos…. Arropado por la oscuridad había cruzado los pasillos que le habían visto jugar de niño…, había cruzado el jardín en el que se había enamorado, y al llegar al patio una personita que lo había estaba esperando se cruzó en su camino. Sorkude estaba allí esperándolo y le había rogado que no se marchara…, era apenas una niña, y pese a ello se había enterado de su marcha ¿a caso alguien más lo sabía?, se había preguntado…, pero no había podido averiguar nada por la niña, que sólo sollozaba y le suplicaba que no se fuera…, casi llegó a convencerle, pero había hecho una promesa y debía cumplirla. Así que pese a que sentía que su corazón se desgarraba al separarse de la niña y darle la espalda, continúo caminando y salió del palacio.

Había abandonado Ermeland cuando el alba despuntaba, sabía que se había entretenido, pero era tan difícil irse…, tomó rumbo hacia al sur, en dirección al desierto de Pantápasi, la frontera sur del reino, donde no dudaba que iba a encontrar la muerte, y aquellos momentos tampoco le importaba…., que equivocado había estado.

 

Algo se rompió en la casa, y este hecho vino acompañado de una serie de gritos que consiguieron sacar al Guardian de sus cavilaciones. Suspiró y se colocó mejor sobre el tejado en el que estaba sentado. Desde ahí tenía una excelente vista de toda la capital del reino, Ermeland , la ciudad de la que todos los armangolienses estaban orgullosos, pues contaba con hermosos edificios hechos totalmente de un extraño material verde que no se encontraba en Armangol; el palacio era uno de estos edificios y el que los artesanos no había reparado en esfuerzos para que el edificio fuera el más hermosos de toda la ciudad. Durante la noche, la luz de la luna, hacía brillar el palacio así como el resto de edificios. El palacio se encontraba en el centro de la ciudad situado en una isla en el lago Ermeland y estaba unido a la ciudad por diversos puentes desde los que se podía admirar jardines flotantes construidos alrededor del palacio. Ninguna ciudad en Armangol se podía comparar con aquella y eso hacía que sus habitantes viajasen al menos una vez en su vida para poder admirarla. Sin embargo y que pese a que pocos lo recordaban, la ciudad no había sido construida por los humanos, sino por los magos en los tiempos en los que ellos reinaban en Armangol; claro que de eso sólo el Guardian podía acordarse, pues era el único en toda la ciudad que había estado presente en su construcción…de eso hacía tanto tiempo. Pero no era por la vista de la ciudad la razón por la que el Guardian había elegido precisamente ese tejado sino porque tenía una excelente vista de la entrada y gran parte del patio anterior del palacio, con lo que podía vigilar quién entraba y salía.. La casa señorial a la que pertenecía el tejado sobre el que estaba sentado, era un hervidero, llevaba toda la tarde sumida en un gran revuelo con los preparativos de la fiesta que el rey daba en honor de su hermano aquella noche. El Guardián sonrió, ¡humanos!, que simples eran, ¡cómo se podían alterar por el más nimio detalle!. Sacudió la cabeza para vaciarla de aquellos pensamientos y trató de volver de nuevo hacia el camino en el que se encontraba hacía unos pocos instantes. Había seguido al mensajero desde las minas del Styl hasta el palacio, donde le vio entregar el mensaje del descubrimiento primero a un sujeto que suponía que era uno clérigo importante en su orden, y después al rey. Sin embargo le sorprendió ver que el mensaje había causado menos interés del que esperaba, es más los pensamientos de ambos dignatarios había ido más hacia el levantamiento de los enanos que hacia el descubrimiento de la piedra; sin embargo el guardián sospechaba que el clérigo había querido restarle importancia al descubrimiento delante del rey, era evidente que sabía algo, debía averiguar qué. Tampoco estaban muy desencaminados en preocuparse en el levantamiento de los enanos, pues estos había oído la llamada, y tenían que cumplir una promesa hecha siglos atrás, y harían lo indecible por llevarla a cabo, de eso no dudaba el Guardian. Pero había un hecho que le preocupaba al margen de todo esto, y era la llegada de aquel elfo. Aquel elfo no venía del Bosque de los Elfos, de eso estaba seguro, venía del sur, hacía donde se había exiliado los elfos cuando los magos fueron derrotados, además estaba el hecho de que los elfos no tenían por qué haber acudido a la llamada, ellos no había hecho ninguna promesa, pero sin embargo este había venido, y estaba seguro que no era una casualidad; ¿sabía a caso que la piedra había sido descubierta?, posiblemente, pues aunque viniese de lejos, podría haber escuchado la llamada; y en ese caso ¿qué intenciones tenía?, porque de lo que no le cabía duda es que el elfo si sabría como usarla, y si él no había sido enseñado algún otro elfo sabría como, al fin y al cabo los elfos al ser una raza más longeva, y más sabia, no habían olvidado con tanta facilidad como lo habían hecho los humanos… ¡Humanos! ¡Cómo detestaba aquella raza! Además el elfo era portador de noticias inquietantes, algo había vuelto a Paios, algo muy antiguo, algo que los magos había derrotado hacía mucho tiempo, y ese algo también conocía la existencia de la piedra…

Empezaba a oscurecer así que el Guardian se levantó y decidió hacer algo de ejercicio, y prepararse, tenía que acudir a una fiesta, se dijo. Si al final no conseguía poner en claro las intenciones de cada uno de ellos, sabía perfectamente lo que tenía que hacer, y quizás esa fuera la salida más fácil y más sencilla…

 

 

Maür paseaba por sus aposentos tratando de poner en claro lo que le había contado su espía. ¡Un elfo!, ¡Un elfo en el palacio!, y no estaba encerrado en las mazmorras, sino que había sido recibido por el rey. ¡Recibido por el rey!. Debía de hablar con el rey cuanto antes, pero esa noche no, se iba a celebrar una fiesta en honor de Aldo…de Aldo y del elfo, se recordó, pues había venido con él.¿por qué lo había traído? ¿Qué intenciones tenía? Por lo que el espía le había contado venía a pedir ayuda al reino. ¡ayuda!, además ¿qué clase de ayuda podían requerir los elfos? Nada bueno, de eso estaba seguro. Pero él no lo iba a permitir, tenía que hablar con Quirce, saber con exactitud qué era lo que le había pedido el elfo y qué medidas iba a tomar al respecto.

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