Lluvia.
Aunque el sol despuntaba casi por el mismo horizonte esta no era como todas las mañanas. Coches, farolas, enrejados sudaban. Escupían humedad, condensación de la algo y poco más fría noche. El suelo parecía haber sido empapado por una lluvia invisible e imperceptible. El marco superior de las entradas a las casas terreras, como escapado de un barrio chino, chorreaba un ligero goteo, escupido por el esmalte transparente de la madera. No hacía frío ni mucho menos. Tan solo se respiraba de un ambiente diferente. La atmósfera se saturó de océano, se empapó de mar, y quiso llorar esa noche y vaciar su amargura como cuando el rocío cristaliza en lágrimas congeladas tras una noche próxima al bajo cero.
Todo se cubrió por ese manto invisible, como surgido de la nada, se adentraba en todos los rincones, depositándose en las contadas palmeras, efímeros palmitos, de puntuales parques y jardines. Eran las sales que nutren y mantienen la esporádica vegetación de este desierto, de este cenicero, de estos parajes de tierra quemada.
Lluvia de un cielo claro, vacío de nubes, lluvia sin gotas, gotas que no mojan pero que empapan. Aparecida en la artificial ciudad, surgida como surge el sudor del cuerpo, transpiraciones de nuestro cuerpo, transpiraciones del frío metal, de sólidos muros y suelos. Sin charcos ni regueros, absorbida, filtrada, fagocitada, asimilada y exterminada, desapareciendo con el amanecer.
Esa sensación que desprende la ciudad, sensación de neblinas de madrugada pero sin niebla. Sonidos nítidos, diferentes, opacos. Imágenes agudas, brillantes, sordas. Tranquilidad. Esa sensación desaparece cuando amenaza el sol con echar abajo este banquete de los trópicos. Tal y como vino se fue. Se cierra el ciclo una vez más.
No hay tiempo para mucho, para nada más. Pronto la ciudad saldrá de su letargo, recuperará la vida del mismo modo que esa noche sus jardines disfrutaron de la suya.
Puedo decir que anoche llovió y no me di cuenta. Puedo decir que anoche lloré y no me di cuenta.
Fernando.
Pozo de las Nieves.
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