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Euristeo impuso
entonces otro trabajo al esforzado Heracles: apoderarse de las manzanas
de oro del jardín de las Hespérides. Era éste un jardín maravilloso,
situado hacia el Occidente, por donde se pone el Sol, y en él, crecían
unos árboles mágicos que producían durante todo el año manzanas de oro.
En el jardín vivían las ninfas Hespérides, hijas de la noche, y su custodia
estaba encomendada a un dragón inmortal de cien cabezas.
También esta
vez hubo de vencer Heracles grandes dificultades y sostener diversas
luchas; pero una de sus principales hazañas fue la de liberar a Prometeo,
que le acompañó ya en el resto de su camino.
Nadie sabía,
sin embargo, dónde se hallaba exactamente el famoso jardín y ya desesperaba
nuestro héroe de encontrarlo, cuando unas ninfas le dijeron que el único
conocedor del secreto era el dios marino Nereo. Heracles se puso en
su busca, y como tuviera la fortuna de encontrarlo dormido a la orilla
del mar, lo ató y no consintió en soltarlo hasta que le dijo dónde estaba
el jardín.
Seguro ya de
su ruta, llegó al lugar donde vivía Atlante, que estaba condenado por
Zeus a sostener eternamente el mundo sobre sus hombros. Como el dragón
que defendía las manzanas era inmortal, y por consiguiente, Heracles
no podría matarlo, por consejo de Prometeo, hermano de Atlante, le pidió
a éste que fuera en su lugar a coger las manzanas, pues era de las familia
de las Hespérides, y el dragón, que lo conocía, no le haría daño.
El gigante
consistió inmediatamente y cedió el enorme peso al héroe. Después de
haberse desentumecido los miembros, entorpecidos por la inmovilidad
y por el esfuerzo a que estaban condenados desde hacía siglos, fue al
jardín, y al poco tiempo regresó con tres manzanas de oro.
Maliciosamente,
deseoso de verse libre de su cautiverio, le dijo entonces a Heracles
que él mismo se las llevaría a Euristeo. El héroe, siempre aconsejado
por el astuto Prometeo, pareció conformarse con ello; pero le rogó que
sostuviera un momento el mundo mientras se hacía un rodete para apoyarlo
sobre sus doloridos hombros. Atlas cayó en la trampa, cargó nuevamente
con el mundo, y Heracles pudo marcharse con las manzanas para
entregárselas a Euristeo.
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