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LÚCIA LEÃO
COFFEE BREAK
Abrió
la heladera. Veía aquél gesto tantas veces en películas
en la televisión que ya casi era suyo. Abrió la heladera, vio
la luz prendida, se calmó. Volvió a la cama. Se durmió.
Al día siguiente hizo lo mismo, pero con la luminosidad del sol -entrando a través de la cortina blanca y las láminas finitas que, dígase de paso, estaban polvorientas - el efecto de la luz no tuvo la menor gracia.
Salió para ir a trabajar. En el trabajo, finalmente le preguntó a algunos compañeros si tenían, como ella, el hábito de abrir y cerrar la heladera porque sí nomás, como si hubiera allí algo que no supieran ni al menos nombrar.
Uno de ellos soltó una carcajada que hizo eco por los cubículos
separados por frágiles paredes divisorias, cenicientas y sucias de tanto
uso. Una amiga se limitó a mirarla y preguntarle si quería un
café. Ella también tenía ojeras, y Clarissa se quedó
sin saber si ella no había respondido porque se había identificado
con su vicio, o porque estaba cansada de nada encontrar.
Otros pasaban de largo riéndose, sin entenderla completamente, porque
ella estaba sentada en el sofá del corredor para visitantes y no en su
cubículo. Pasaban riéndose, y riéndose, y se iban derecho
a trabajar.
Ella se quedó allí sentada. Tomó el café que la amiga le había traído y miró dentro del líquido muy negro y profundo. Lo miró más profundamente, una y otra vez. Se despertó algunos minutos después con las sacudidas de la misma amiga que le había dado el café.
- Qué vergüenza dormirte aquí, y aún más que
es de mañana. Si te levantases menos para abrir la heladera, no estarías
así.
Ella se compuso, se alisó los cabellos con las dos manos, mendiga. Siguió
desaliñada por entre el laberinto de paredes hasta su puesto. Allí
era que debería pasar el día entero, y de allí saldría
sólo al final de la tarde. Bajaría a la hora del almuerzo, e iría
sola.
Sin decirle nada a nadie, entraría en la tienda de departamentos en la
planta baja del edificio, comería un pancito caliente, o un brioche tal
vez. Después iba a probar los perfumes, y volvería aún
intranquila, igual a los otros. Pero estaría perfumada.
Ese pensamiento le trajo un poco de sosiego. Miró su computadora, que
la aguardaba con una interrogación en un rincón a la derecha,
minúscula.
Pensó que era una señal. Un pedido de ayuda. La computadora, la
heladera. ¿ Y ella, qué podría hacer?
Empezó a teclear y a escribir un mensaje de respuesta. Pero le quedó
tan largo que, cuando fue a ver, ya era hora de bajar para su cita en la confitería.
Sería difícil reponer aquella mañana perdida, pero si se
esforzase, de tarde tal vez conseguiría terminar la presentación
para la reunión del día siguiente.
Imprimió lo que había escrito, dobló y colocó las hojas dentro de un sobre blanco, demasiado grande aunque no mucho, y consiguió colocar todo dentro de su bolsa.
Bajó sonriente con su tarjeta de identificación prendida del lado
izquierdo de su abrigo marrón. El pequeño rostro de la foto hacía
juego con su rostro grande y agitado. Era invierno y en la calle hacía
aquél frío delicioso que ella siempre recibía de buen humor.
En vez de entrar en la tienda, siguió caminando hasta la parada de ómnibus.
Tomó el número de bus correcto, a pesar de haberse quedado un
poco indecisa a la hora de subirse. Entró, se sentó, y abrazó
la bolsa, feliz.
Cuando entró en el edificio, vio formas difusas corriendo y notó que eran niños. Si no estaban de vacaciones, ¿qué estarían haciendo allí en aquél momento? Como estaba apurada, no paró para preguntárselo; apretó el botón del ascensor, se balanceó sobre un pie, y después sobre el otro. Abrió su bolsa para tomar la llave de la puerta y el sobre blanco. Tuvo calofríos y casi le vino hipo. Debía haber sido la ráfaga fría que sopló cuando saltó del bus, a dos esquinas de su edificio.
Se controló, colocó la llave en la cerradura. Todo parecía estar en su lugar. Se dirigió a la cocina, pero decidió ir al baño primero. Frente al espejo, se compuso una vez más.
Caminó hacia la cocina llevando con ella el sobre blanco, grande y arrugado. Se paró delante de la heladera, vio la foto de la familia que la miraba de frente, colocó el sobre allí dentro.
De alguna manera, había cumplido su tarea del día.
Preparó café y mientras esperaba que estuviera pronto, apoyó
el oído en la puerta de la heladera para intentar descubrir como iban
marchando las cosas allá adentro. Silencio.
Se sentó con el café en la mano en el sofá de almohadas sueltas y desarregladas. La casa le pareció agradable. Cerró los ojos y apretó los dedos en el asa del tazón como para que el calor no se le escapase.
Traducción de Raquel Orlovitz Levitas

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