Papas, Padres de la Iglesia y Santos luchan contra los judios y los condenan. La verdadera doctrina de la Iglesia sobre los judios judaismo

COMPLOT CONTRA LA IGLESIA

Maurice Pinay

Cuarta Parte
LA QUINTA COLUMNA JUDÍA EN EL CLERO

Capítulo Cuadragésimo Segundo

PAPAS, PADRES DE LA IGLESIA Y SANTOS LUCHAN CONTRA LOS JUDÍOS Y LOS CONDENAN. LA VERDADERA DOCTRINA DE LA IGLESIA SOBRE LOS JUDÍOS

   El gran Papa Gregorio VII, el famoso Hildebrando, gran reformador y organizador de la Santa Iglesia, en carta dirigida al rey Alfonso VI de castilla, decía textualmente:

   "Nosotros amonestamos a su Alteza, para que cese de tolerar que los judíos gobiernen sobre los cristianos y ejerzan autoridad sobre ellos. Ya que permitir que los cristianos estén subordinados a los judíos y estén sujetos a su arbitrio, es lo mismo que oprimir a la Iglesia de Dios y exaltar a la Sinagoga de Satanás. Desear agradar a los enemigos de Cristo, significa ultrajar a Cristo mismo" (351).

   Sin embargo, este gran Papa se opuso terminantemente a que se presionara a los hebreos para que se bautizaran, ya que sabía lo peligrosas que eran las falsas conversiones; debido a ello, tomó medidas para evitar este tipo de errores, protegiendo a los judíos en contra del excesivo celo proselitista de algunos fanáticos.

   El gran Papa Gregorio VII luchaba, pues, sin descanso por impedir que los judíos ejercieran dominio sobre los cristianos, ya que según él, eso equivalía a oprimir a la Santa Iglesia y a exaltar a la Sinagoga de Satanás. Pero es más: afirmaba que agradar a esos enemigos de Cristo era ultrajar a Este. ¿Qué podían decir sobre esto los quintacolumnistas que están haciendo en la actualidad todo lo contrario de lo que ordenó el Papa Gregorio VII? Lo mismo que sostenía firmemente este famoso Pontífice, uno de los más célebres que haya tenido la Iglesia en toda su historia, es lo que propugnan quienes luchan actualmente contra el imperialismo judaico y que por ello son llamados antisemitas, es decir, impedir que los israelitas ejerzan dominio sobre los cristianos, ultrajando con ello a Cristo y a su Iglesia y perjudicando gravemente a las naciones cristianas.

   San Ambrosio, Obispo de Milán y gran Padre de la Iglesia, dijo a su grey que la sinagoga era:

   "...una casa de impiedad, un receptáculo de maldades, que Dios mismo había condenado..." (352).

   Y cuando las masas cristianas, debido a las pérfidas acciones de los hebreos, no pudieron reprimir su ira y quemaron una sinagoga, San Ambrosio no sólo les dio todo su respaldo, sino que señaló:

   "Yo declaro que prendí fuego a la sinagoga o que cuando menos yo ordené a esas personas que lo hicieran...Y si se me objeta que yo no prendí personalmente fuego a la sinagoga, yo contesto, que empezó a ser quemada por juicio de Dios" (353).

   Y no debemos olvidar que San Ambrosio de Milán está reconocido en la Santa Iglesia como modelo de obispo, digno de imitar y como uno de los ejemplos más preclaros de la caridad cristiana. Esto demuestra que la caridad no debe utilizarse para proteger a las fuerzas del mal.

   Santo Tomás de Aquino, conociendo el peligro que significaban los judíos en la sociedad cristiana, aceptaba que los hebreos fueran sujetos a perpetua servidumbre.

   Un escritor filosemita que se queja de esto, afirma textualmente:

   "...Aquino aceptó el punto de vista imperante en esos tiempos, que ellos deberían ser obligados a vivir en perpetua servidumbre..." (354).

   La opinión a este respecto de Santo Tomás de Aquino está plenamente justificada. Si los judíos en todo el país que habitan, están constantemente conspirado por mandato de su religión para conquistar al pueblo que les brindó generosa hospitalidad, si además pugnan por despojarlo de sus bienes y por destruir sus creencias religiosas, no existe otra disyuntiva que: o expulsarlos del país o dejarlos vivir en él, pero sujetos a dura servidumbre, que los tenga atados de manos y les impida causar tanto mal.

   Otra gran lumbrera de la Iglesia Universal, Juan Duns Escoto, el Doctor Subtilis, fue todavía más lejos que Santo Tomás de Aquino al proponer a la Cristiandad una solución del problema judío sobre la base de la destrucción completa de la diabólica secta. A este respecto, un famoso rabino se queja de que Juan Duns Escoto:

   "...sugirió que los niños judíos fueran bautizados a la fuerza y que los padres que se rehusaran a convertirse fueran transportados a una isla donde se les permitiera seguir observando su religión hasta el cumplimiento de la profecía de Isaías (10, 21) acerca de que `los residuos se convertirán´ " (355).

   Como se ve, la idea de confinar a los judíos de todo el mundo en una isla donde vivan segregados, sin poder hacer daño a los demás pueblos, no es original de Hitler, sino de uno de los más famosos y autorizados Doctores de la Santa Iglesia.

   San Luis Rey de Francia, modelo de santidad y de caridad cristiana, que tuvo la generosidad de devolver a un rey vencido los territorios que le había capturado, cosa que nadie hacía espontáneamente en esos tiempos, en tratándose de los judíos opinaba que cuando ultrajaran a la religión cristiana, lo mejor que podía hacerse era hundirles una espada en el cuerpo lo más profundo que fuera posible (356). Para entender el punto de vista de San Luis, hay que tener en cuenta que en esos tiempos toda acción subversiva y toda conspiración de los hebreos contra las naciones cristianas, tomaba principalmente el aspecto de herejía y ataque a la religión cristiana, lo que se explica en una época en que la cuestión religiosa era fundamental para cristianos y judíos, quedando todos los asuntos políticos subordinados a ella. El imperialismo judaico, aun en nuestros días, sigue conservando una base profundamente religiosa, como ya lo demostramos con anterioridad.

   San Atanasio, gran Padre de la Iglesia, sostuvo que "...los judíos ya no eran el pueblo de Dios, sino los jefes de Sodoma y Gomorra" (357).

San Juan Crisóstomo, otro gran Padre de la Iglesia, refiriéndose a todas las calamidades ocurridas a los judíos en distintas épocas, afirmó:

"Pero son los hombres, dice el judío, quienes nos han acarreado estas desgracias y no Dios. Y ha sido todo lo contrario, pues de hecho Dios quien las acarreó. Si vosotros (judíos) las atribuís a los hombres, se deduce que aun suponiendo que los hombres se hayan atrevido a realizarlas, ellos no hubieran tenido fuerza para ejecutar tales acciones si Dios no lo hubiera deseado" (358).

   San Juan Crisóstomo, hace más o menos mil quinientos años, definió claramente lo que eran los judíos, denunciándolos como "nación de asesinos, lujuriosos, rapaces, voraces, pérfidos ladrones".

   Luego, refiriéndose el gran Padre de la Iglesia a la tradicional táctica judaica de quejarse de que los hombres les hacen la guerra y los destruyen, queriéndose presentar siempre como víctimas inocentes de los demás hombres, afirma:

   "Siempre que el judío dice a vosotros: fueron los hombres los que nos hicieron la guerra, fueron los hombres los que conspiraron contra nosotros; contestadles: los hombres no os hubieran hecho la guerra si Dios no lo hubiera permitido" (359).

   Otro de los puntos de doctrina católica sostenida por San Juan Crisóstomo es que "Dios odia a los judíos", porque Dios odia el mal; y los judíos, después de haber crucificado a Cristo Nuestro Señor, se convirtieron en le mal sumo. Sostiene en general el ilustre santo la tesis doctrinal de que "un hombre crucificado por vuestras manos, ha sido más fuerte que vosotros y os ha destruido y dispersado...", afirmando que los judíos seguirán siendo castigados por sus crímenes hasta el fin del mundo. Las cosas terribles que hemos visto en este siglo, dondequiera que los judíos han impuesto su dictadura comunista, han comprobado ampliamente lo que hace más de mil quinientos años afirmó San Juan Crisóstomo al señalar que los judíos son una criminal banda de ladrones y asesinos, siendo comprensible que el justo castigo de Dios sancione con frecuencia sus sangrientas maldades. Confírmase también, en nuestros días, lo dicho por ese gran Padre de la Iglesia, en el sentido que siempre que Dios los castiga destruyéndolos o echándoles encima las calamidades profetizadas por la Sagrada Biblia, culpan a los demás hombres de los terribles sucesos que ellos con sus propios crímenes han provocado.

   El célebre Bossuet, Obispo de Meaux, escritor y orador sagrado cuya posición en la historia de la Santa Iglesia es bien conocida, luchó también enérgicamente contra los judíos a quienes maldecía desde el púlpito:

   "¡Oh raza maldita! Vuestra petición será contestada con mucha eficacia; la sangre os perseguirá hasta vuestros más remotos descendientes, hasta que el Señor, cansado ya de castigaros, tome cuidado de vuestros miserables restos en el fin de los tiempos" (360).

   Como se ve, el ilustre teólogo del catolicismo considera que sólo serán salvos en los últimos tiempos unos restos miserables del judaísmo y coincide con San Juan Crisóstomo y otros Padres de la Iglesia en que los desastres que sufren los judíos son fruto del deicidio y de sus maldades. En sus "Discursos sobre la Historia" y en diversos sermones, llama repetidamente Bossuet a los hebreos "raza maldita" sobre la que ha caído y seguirá azotando la "venganza divina" y que será siempre objeto "de desprecio por parte de los demás pueblos" (361). Bossuet también sostuvo que "los judíos eran objeto del odio de Dios" (362).

   Bossuet en esto no hizo más que repetir la doctrina tradicional de la Iglesia sobre los judíos, que ahora quieren reformar los agentes de la sinagoga en el alto clero, sustituyéndola por una doctrina filojudía completamente herética.

   Si Bossuet, piadoso y sabio obispo, lumbrera de la Iglesia Católica, hubiera vivido en nuestros días, también habría sido acusado por los clérigos criptojudíos de ser racista y antisemita.

   Bossuet conocía a fondo la perfidia judaica, como la conocían bien todos los Padres de la Iglesia. Si los hebreos desde la crucifixión del Señor no hubieran observado a través de los siglos una conducta tan criminal, nadie se ocuparía de acusarlos y condenarlos por sus maldades. Ellos, con su manera de obrar, son los únicos responsables de las reacciones que en su contra surgen por doquier. Si un hombre no quiere que lo tilden de asesino y ladrón, basta con que se abstenga de cometer esa clase de delitos; pero si por el contrario roba, mata o conspira, nada de extraño tiene que los pueblos afectados por sus crímenes se los echen en cara. Sin embargo, los judíos tienen el cinismo de protestar y poner el grito en el cielo simplemente porque se les imputan sus propias conspiraciones y sus múltiples delitos contra los demás hombres y naciones.

   Se necesita tener bien arraigada la hipocresía farisaica que les viene de herencia, para rasgarse las vestiduras cuando se les señalan las verdades.

   Otro gran santo de la Iglesia, famoso por su piedad y caridad cristiana, que a la vez fue uno de sus más ilustres Papas, San Pío V, en el primer año de su pontificado, alarmado por la acción subversiva de los hebreos, manifestó de forma enérgica su convicción de que era preciso obligar a los judíos a llevar una señal visible que les distinguiera de los cristianos, para que éstos pudieran cuidarse de sus ponzoñosas prédicas. Al efecto, en Bula de fecha 19 de abril de 1566, confirmaba lo ordenado por bulas de Papas anteriores y por los santos concilios, mandando que todos los judíos debían llevar identificación, los varones un birrete y las mujeres una simple señal, aclarando:

   "3. Y para acabar con toda duda acerca del color del birrete que han de llevar los varones y de la señal de las mujeres, declaramos que ese color ha de ser el que comúnmente se llama gialdo (amarillo)". Y después de ordenar a los prelados que hicieran publicar y observar la Bula, dice:

   "5. A todos los príncipes seculares y a los demás señores y magistrados temporales les rogamos, instamos y conjuramos por las entrañas de misericordia de Jesucristo, imponiéndoselos como en orden a la remisión de sus pecados, que en todo lo antes dicho, apoyen y favorezcan a los patriarcas, primados, arzobispos y obispos, y castiguen a los violadores con penas aún temporales". (363).

   Además, como los judíos de los Estados Pontificios, por medio de fraudes y usuras, se estuvieran adueñando de la propiedad raíz, este Papa canonizado y santo, se vio obligado a promulgar la bula "Cum nos nuper" el 19 de enero del año 1567, segundo de su pontificado, confirmando las de Papas anteriores, al prohibir a los israelitas adquirir bienes raíces, obligándolos a venderlos en un plazo perentorio, so pena de que al desobedecer a este respecto una vez más las bulas papales, se les confiscaran dichos bienes raíces. De tan interesante documento tomamos partes muy elocuentes:

   "Como hace poco Nos, renovando la Constitución de nuestro predecesor el Papa Paulo IV de feliz memoria, publicada contra los hebreos, entre otras cosas habíamos establecido y mandado que los hebreos, tanto en nuestra ciudad de Roma como en algunas otras ciudades, territorios y lugares sujetos al dominio temporal de la Santa Iglesia Romana, estaban obligados a vender a los cristianos los bienes raíces por ellos poseídos, dentro del plazo que les fijare el magistrado...Y que si dichos hebreos faltaran en algo acerca de esto y de lo anterior, decretamos...que podían ser castigados según la calidad del delito, en dicha ciudad, por Nos o nuestro Vicario u otros que delegaremos; y en las ciudades, territorios y lugares susodichos por los magistrados, como rebeldes y reos del crimen de lesa majestad, y que desconfíe de ellos el pueblo cristiano, conforme al arbitrio nuestro y del Vicario, delegados y magistrados".

   En otra parte de la bula, refiriéndose Su Santidad a diversos fraudes cometidos por los judíos, ordena:

   "Así pues Nos, queriendo como conviene, remediar estos fraudes y proveer a aquello que hemos ordenado produzca su efecto en lo dicho, espontáneamente, con perfecto conocimiento y en pleno ejercicio de la potestad apostólica, quitamos completamente a los hebreos y de su dominio (y negamos cualquier derecho y acción) todos los bienes raíces, cualesquiera que aparezcan como pertenecientes a los hebreos que vivan tanto en esta Ciudad de Roma como en todos los lugares sujetos a nuestros dominios y al de la Sede Apostólica". (364).

   Ya se podrá comprender hasta qué grado habían llegado las usuras y fraudes de los judíos y el acaparamiento de los bienes raíces, para que este piadoso y virtuoso Papa se haya visto obligado, en defensa de los cristianos, a tomar medidas tan enérgicas. No debe olvidarse que el Papa Pío V es uno de los pontífices que más destacaron por su reconocida cantidad, y que por ello fue justamente canonizado por la Santa Iglesia. Si hubiera vivido en nuestros aciagos días, los jerarcas eclesiásticos que están al servicio de la Sinagoga de Satanás lo hubieran condenado por racista y antisemita, y de haber podido, hasta lo habrían incluido entre los criminales de guerra de Nuremberg, ya que en nuestros tiempos los obispos, arzobispos y cardenales quintacolumnistas fulminan condenaciones contra todos los que pretenden defender a sus pueblos o a la Santa Iglesia del imperialismo político o económico de los israelitas.

   Las santas bulas mencionadas y su ejecución no bastaron para contener las maldades de los judíos, que como en todas las tierras que les brindan hospitalidad llegan a constituir un peligro mortal para los pueblos cristianos y gentiles; entonces este Papa, modelo de santidad y de piedad, tuvo la energía suficiente para intentar una solución radical del problema: cortar por lo sano, y el 26 de febrero de 1569 promulgó la fulminante Bula "Hebraorum Gens", expulsando a los judíos de los Estados Pontificios. De este valioso documento, sólo publicaremos las partes que nos parecen más importantes.

   Al efecto, el santísimo Papa dice:

   "El pueblo judío en otro tiempo, depositario de las divinas palabras, participante de los misterios celestiales y cuanto aventajó a los demás en gracia y dignidad, en esa proporción por su posterior incredulidad se hizo acreedor a ser precipitado de lo alto, de modo, que llegado el tiempo de la plenitud, ingrato y pérfido, condenó indignamente a su Redentor a ser muerto con muerte ignominiosa...Pero la piedad cristiana compadeciéndose desde un principio de esta inevitable realidad, sufrió que se aloja en su seno con bastante más comodidad...Esto no obstante, su impiedad imbuida con todo género de artes execrables, ha llegado a tal grado, que se hace necesario, en vista de la salud de los Nuestros, restringir por la fuerza una enfermedad de tal naturaleza con remedio rápido. Porque omitiendo las numerosas modalidades de usura con las que por todas partes, los hebreos consumieron los haberes de los cristianos necesitados, juzgamos como muy evidente ser ellos encubridores y aun cómplices de ladrones y asaltantes que tratan de traspasar a otro las cosas robadas y malversadas u ocultarlas hasta el presente, no sólo las de uso profano, mas también las del culto divino. Y muchos con el pretexto de tratar asuntos propios de su oficio, ambicionando las casas de mujeres honestas, las pierden con muy vergonzosos halagos; y lo que es más pernicioso de todo, dados a sortilegios y encantamientos mágicos, supersticiones y maleficios, inducen a muchos incautos y enfermos a los engaños de Satanás, jactándose de predecir el futuro, tesoros y cosas escondidas... Por último tenemos bien conocida e indagada la forma tan indigna en que esta execrable raza, usa el nombre de Cristo, y a qué grado sea dañosa a quienes, habrán de ser juzgados con dicho nombre y cuya vida pues está amenazada con los engaños de ellos. Movidos en efecto por estas y otras gravísimas cosas, y conmovidos además por la magnitud de los crímenes que aumentan diariamente para desgracia de nuestras ciudades, pensando además que la mencionada raza, a excepción, de insignificantes grupos de oriente, no es de utilidad alguna para nuestra República... 1.- Con autoridad por medio de las presentes letras ordenamos, que dentro del término de tres meses a partir de la publicación de ellas que todos los hebreos de ambos sexos establecidos en toda nuestra jurisdicción temporal y en la de las ciudades que la forman y de los territorios y lugares, lo mismo que en la de los domicelli, de los barones y la de otros señores temporales, incluidas las de los señores que tienen sólo poder, poder mixto, poder de vida y muerte, o cualquier otra jurisdicción y exención, que salgan de los mismos límites, sin apelación".

   Pero el Santo Padre Pío V, conocedor de que ha sido costumbre de los hebreos en todo el mundo burlar en diversas formas los edictos de expulsión como el presente, y con el objeto de evitar que en esta ocasión volvieran a eludir los mandatos de esta santa Bula, decreta en la misma, penas severísimas para los que no salgan del país en el plazo fijado, estableciendo en ella que:

   "2. – Transcurridos los cuales, dondequiera que se encuentren radicados o peregrinos, los presentes y los futuros, en cualquier ciudad de la citada jurisdicción en cualquier territorio y lugar, aun de domicelos, Barones, señores o de otros ya dichos, sean despojados de todas sus cosas y aplicadas al fisco y sean hechos siervos de la Iglesia Romana adjudicarse sobre ellos aquel mismo derecho que los demás señores se adjudican para sus siervos y posesiones. Exceptuándose sin embargo las ciudades de Roma y Ancona, donde permitimos sean tolerados los judíos que ahora las habitan, a fin de excitar más el recuerdo antes mencionado y proseguir las negociaciones con los orientales y los mutuos intercambios con los mismos, a condición de que se obliguen a observar nuestras constituciones canónicas y las otras de nuestros predecesores; de lo contrario, por el mismo hecho caerán en todas las penas que contienen dichas constituciones y que renovamos en este documento" (365).

   Esta santa bula trae una importante innovación respecto a las expulsiones de judíos realizadas en los estados cristianos durante los siglos anteriores. Como recordaremos, se ponía a los israelitas ante el dilema de ser expulsados o de convertirse, con el resultado de que la mayoría, para burlar la expulsión, se convertía fingidamente al cristianismo, constituyendo un peligro mayor para la Iglesia y los estados cristianos. San Pío V, sin duda conocedor de esto, decreta ya la expulsión lisa y llana de los Estados Pontificios, sin dejarles el recurso de la conversión con que siempre la burlaron. Se percibe que este santísimo Papa conocía mejor el problema judío que muchos de los jerarcas civiles y religioso que le precedieron. Pero se ve que hubo también presiones que convencieron a Su Santidad de que había que exceptuar de la expulsión a los hebreos de Roma y Ancona, para que nos e lesionara el comercio con Oriente. Se valieron pues, una vez más, de este recurso para burlar en parte la expulsión.

   Otro ilustre santo y figura principalísima de la Iglesia de los primeros siglos, San Gregorio de Nisa, que tan importante papel desempeñó en la defensa filosófica de la fe cristiana, en su célebre "Oración de la Resurrección de Cristo", acusa a los judíos de ser:

   "Asesinos del Señor, asesinos de los profetas, enemigos de Dios, hombres que odian a Dios, hombres que desprecian las leyes, adversarios de la Gracia, enemigos de la fe de sus padres, abogados del Diablo, raza de víboras, calumniadores, burladores, hombres cuyas mentes están en las tinieblas, levadura de los fariseos, asamblea de demonios, pecadores, hombres perversos, lapidadores, enemigos de la honradez" (366).

   Es indudable que ni Hitler lanzó jamás en tan pocas palabras tantas acusaciones contra los israelitas, como lo hizo hace casi mil seiscientos años este santo obispo de Nisa, hermano del gran Padre de la Iglesia San basilio, canonizado también como éste, por sus virtudes. Y si las incluyó en la oración citada es porque, como otros muchos santos, quiso dar la voz de alerta a los cristianos para que se cuidaran de esta cuadrilla de ladrones y asesinos, cuyo éxito depende sólo de la ignorancia que tengamos los cristianos acerca de su terrible peligrosidad; ignorancia que quieren fomentar los quintacolumnistas, clérigos y seglares, que en vez de estar al servicio de Cristo, están bajo las órdenes de la Sinagoga de Satanás para hacer posibles los triunfos del judaísmo al amparo de la ignorancia. Por ello, es tan fácil localizar y reconocer a los judíos secretos infiltrados en la Acción Católica o en el clero, ya que cuando se trata del peligro judío, con sospechosa insistencia afirman que no existe, que es un mito, un invento de los nazis o cualquier otra fábula que le reste importancia, sin más finalidad que la de encubrir y defender a la cuadrilla a la que secretamente pertenecen esos falsos católicos, los cuales a menudo, como descendientes de los fariseos, hacen alarde de mucha piedad y apego a nuestra santa religión, mientras por otra parte tratan de impedir que ésta se defienda de su enemigo mortal.

   Su Santidad el Papa Gregorio IX en el siglo XIII, en la lucha que entabló el judaísmo en defensa de la Cristiandad, promulgó el 5 de marzo de 1233 su famosa Bula "Sufficere debuerat" de la que copiamos lo siguiente:

   "Habría debido bastar a la perfidia de los judíos, el que la piedad cristiana volviera a aceptarlos en atención únicamente a su benevolencia. Ellos que persiguen la fe católica y que han ignorado el nombre del Señor... Ellos, ingratos a las dádivas y olvidando los beneficios, muestran desprecio de tal benignidad con impía retribución y a cambio de dádivas nos hacen ultraje... Así pues habiendo establecido en el Concilio Toledano y confirmado en Concilio General, que no debe darse preferencia al blasfemo de Cristo, pues es absurdo en exceso que un tal sea encargado de tener poder sobre los cristianos. No obstante, se les confían cargos públicos, por medio de los cuales se ensañan contra los cristianos... Tienen además nodrizas y sirvientas en sus propias casas donde se entregan a cosas inauditas que son motivo de abominación y horror para quienes lo saben. Y aunque en el Concilio General citado se cuida de que los judíos de ambos sexos se distingan de los demás en todo tiempo y en todas partes, por su vestido; sin embargo, crece en Alemania una gran confusión porque no se les distingue por prenda alguna. Siendo abominable que lo que renació con el agua del sagrado bautismo, sea manchado con las prácticas de los infieles o con su trato y que la religión cristiana sea hostilizada por el poder de los pérfidos (lo que sucedería) si el blasfemo de la sangre de Cristo, mantiene sujeto en servidumbre al redimido; por lo tanto, con precepto mandamos a todos nuestros hermanos en el Episcopado, que hagáis reprimir absolutamente los excesos citados y otros parecidos, de los judíos de vuestras diócesis, iglesias y parroquias, para que no se atrevan a levantar la cerviz sometida al yugo de la esclavitud perpetua, para ultrajar al Redentor; evitando con más rigor que nos e atrevan a disputar sobre sus prácticas en ninguna forma con los cristianos, para que discusiones de tal naturaleza, no sean ocasión de que los ignorantes resbalen en el lazo del error, que ojalá no suceda; invocando para esto a ser necesario, el auxilio del Brazo Seglar" (367).

   Como se ve, el Papa Gregorio IX se lamenta amargamente de la ingratitud de los judíos, que a la bondad contestan con ultraje y envenenan las conciencias de los cristianos, persiguen la fe católica, se ensañan en contra de los cristianos al ejercer cargos públicos y se entregan a actos que son motivo de abominación y horror; en una palabra, han estado haciendo lo mismo de siempre durante los últimos diecinueve siglos. Por lo mismo, encarece que se cumpla con lo dispuesto en el Concilio Toledano y confirmado por el Ecuménico (de Letrán), excluyendo a los hebreos de los puestos públicos, obligándolos a que lleven la señal en el vestido y sometiéndolos a esclavitud perpetua, es decir, encadenar a la feroz bestia para que no pueda causar perjuicios. Se ve pues, que esta vez fue en Alemania donde, por no cumplir los cánones de los citados concilios se había desatado la bestia y estaba causando estragos al amparo de la tolerancia dispensada.

   Como puede verse, los Papas eran quienes acaudillaban la defensa de la sociedad cristiana en contra de los judíos, y ese debe ser en realidad su verdadero papel, consistente en defender a sus ovejas de las asechanzas del lobo y no entregarlas en las garras de éste. Que no digan los judíos que la Iglesia tiene la culpa de todo lo que en el pasado les sucedió, ya que ellos con su ingratitud y su acción imperialista provocaron tales hechos, siendo evidente que tanto la Santa Iglesia como los pueblos agredidos, han tenido y tienen siempre el derecho de hacer uso de la legítima defensa. Si los hebreos no quieren sufrir las consecuencias de sus actos de agresión, lo primero que deben hacer es no cometerlos.

   El Papa Martín V, que ascendió al trono pontifical influenciado por las intrigas de los judíos, al hacerse éstos aparecer como víctimas de los cristianos, empezó observando una política de tolerancia desastrosa para la Cristiandad, por lo que pronto dicho Sumo Pontífice se vio obligado a rectificar, si bien al parecer presionado también por el claro descontento de su política.

   Cualquiera que haya sido la causa del cambio de actitud de dicho Sumo Pontífice, su famosa Bula "Sedes Apostólica" nos da una idea de la forma en que los judíos correspondieron a la protección que durante algún tiempo les dispensó dicho Papa. La referida bula, después de mencionar su política benévola hacia los israelitas, dice:

   "Sin embargo, vino hace poco a nuestro conocimiento por relatos dignos de fe, no sin grave turbación de nuestro ánimo, que algunos judíos de ambos sexos que moran en Cafasse y Cannas y en otras ciudades de regiones de ultramar y en tierras y lugares sujetos a la jurisdicción de los cristianos, no satisfechos con su obstinación y para encubrimiento del fraude y la malicia, no llevan ninguna señal especial en su vestido, por lo cual se les pueda conocer como judíos. Y no temiendo aparentar ser cristianos, ante muchísimos cristianos de ambos sexos de las ciudades, territorios y lugares mencionados, que por lo mismo no los pueden identificar, cometen en consecuencia diversas cosas nefandas y crímenes: entre otros, cuya sola enumeración es horrenda, los crímenes de los Zachi, los Rossi, los Alani, Mingrelli y Anogusi, que bautizados según el rito griego y bajo profesión del nombre cristiano compran las personas de ambos sexos, que pueden, y después de compradas a su vez las venden despiadadamente a los sarracenos y otros infieles, enemigos ferocísimos y eternos del nombre cristiano, por un precio aún diez veces mayor que el precio de compra; convirtiéndolas con toda exactitud en mercancías, llevan a dichas personas a los territorios sarracenos o infieles" (368).

   Pero la ingratitud de los hebreos para quienes los protegen, saltará más a la vista si leemos lo que sobre el Papa Martín V dice oficialmente el judaísmo en su enciclopedia castellana ya citada:

   "La amistosa actitud de Martín se debió probablemente, en su mayor parte, a los ricos obsequios que los delegados le hicieron. Sin pago al contado, nada se podía obtener de él; cubriendo el importe, era fácil lograrlo todo. En la corte papal la amistad cesa cuando se agotan las monedas, escribió el enviado de Alemania ante el Vaticano (Graetz). Sea cual fuere el motivo de la benevolencia papal, ésta continuó bajo Eugenio IV (1431-1447), a pesar de algunas bulas hostiles, que confirmaron hasta cierto punto la legislación antijudía antigua. Particularmente su "Dudum ad nostram" era hostil y contribuyó a crear una atmósfera de guetto para la comunidad judía. Se vio obligado a ceder ante la presión del clero español y del Concilio de Basilea" (369).

   Es evidente que aun suponiendo que fuera cierto que los hebreos compraron a precio de oro la protección del Papa Martín V, por un elemental sentimiento de gratitud debían callarlo y abstenerse de enlodar su honra en la forma en que lo hacen, incluyendo en una enciclopedia semejantes insinuaciones.

   En cualquier forma, en éste como en otros casos, la política projudía de un Papa que contraría los cánones de los concilios ecuménicos, las bulas y doctrina de Papas anteriores y de los Padres de la Iglesia, condujo una vez más a resultados catastróficos, que estuvieron a punto de hundir a la Iglesia y a Europa entera, en la primera mitad del siglo XV.

   En efecto, encadenada la bestia por la enérgica política de papas y concilios anteriores, martín V medio la desató con sus condescendencias; y al mismo tiempo que el judaísmo readquiría rápidamente en Europa un poder gigantesco, la gran revolución criptojudaica de los husitas, que se creía aniquilada en Constanza, adquiría proporciones gigantescas, amenazando con hundir a la Iglesia y tragarse toda Europa.

   La indignación del episcopado mundial contra el Papa aumentaba en forma alarmante, tomando creciente poderío la tesis de la superioridad del Concilio Ecuménico sobre el Pontífice, pues se decía que era más fácil que fallara un hombre y no todo el conjunto del episcopado; que además la asistencia de Dios a la Santa Iglesia se producía a través del Concilio y no del Papa. En tales condiciones, Su Santidad fue presionado para que, cumpliendo lo acordado en el Concilio de Siena, se convocara en Basilea a un nuevo Concilio Ecuménico.

   Es explicable que en tales condiciones, como dice Juan de Ragusa, el solo vocablo de Concilio horrorizara inmensamente al Papa ("In immensum nomem concilii abhorrebat") (370).

   Convocado por el Pontífice el Concilio, y ya para reunirse, una muerte súbita arrebató la vida a Martín V, quedando la nave de la Santa Iglesia abatida por un mar tempestuoso en manos de Eugenio IV, que sufrió las consecuencias de la política de su antecesor.

   Reunido el sínodo de Basilea, pronuncióse éste por las tesis aprobadas en el Concilio de Constanza, referentes a que el Concilio Ecuménico recibía su autoridad directamente de Dios, representado en la Iglesia católica militante, por lo que cualquier fiel, incluso el Pontífice, estaba obligado a obedecer al Concilio Ecuménico en todo lo relativo a la fe, a la extirpación de cismas y a la reforma de la Iglesia, aprobando también que cualquier católico, incluyendo al Papa mismo, que desobedeciera los acuerdos del sínodo universal, debía ser adecuadamente castigado, y que el Concilio no podía ser disuelto por el Papa (371).

   Además de confirmar la doctrina aprobada en Constanza, el Concilio de Basilea prohibía al Papa nombrar nuevos cardenales mientras durara el sínodo. Las cosas se agravaron cuando el Sumo Pontífice, después de disolver el Concilio, revocó posteriormente el decreto de disolución para volverlo a disolver más tarde; y a su vez, el Concilio condenó al Papa y lo destituyó.

   En medio de esta tempestad, al revolución husita, organizada y financiada por los criptojudíos, hacía progresos aterradores en Europa. Todo parecía perdido para la Santa Iglesia cuando la Divina Providencia, como siempre, le dio su asistencia por conducto de la acción de hombres extraordinarios que la salvaron del desastre y lograron no sólo consolidar su unidad, sino derrotar por completo a la Sinagoga de Satanás y a su gran movimiento revolucionario del siglo XV. Entre estos clérigos que sirvieron de instrumento a la Divina Providencia para salvar a su Iglesia, destacó sobre todos un humilde franciscano, Fray Juan Capistrano, quien acaudilló la gigantesca lucha que tuvo por resultado la victoria completa de la Iglesia sobre el judaísmo.

   Este piadoso franciscano combatió a la bestia con sus prédicas y también con su espada, que hundió en las fauces del dragón hasta abatirlo. Por ellos, los hebreos le llaman "el azote de los judíos". En realidad podemos afirmar –y esto es mucho decir- que San Juan de Capistrano fue el caudillo cristiano antijudío más enérgico y eficaz que haya surgido después de Cristo Nuestro Señor y los apóstoles. La destrucción que causó en la Sinagoga de Satanás es considerada por algunos hebreos de lo más catastrófico. Sin embargo, la Santa Iglesia ya dio su juicio final sobre dicho luchador, canonizándolo como santo.

   San Juan Capistrano, salvador de la Iglesia y de Europa en el siglo XV, merece ser considerado por las organizaciones patriotas que combaten actualmente contra el judaísmo como su santo Patrono. En el cielo él, que ganó una lucha similar, será el más valioso intercesor cerca de Dios a favor de quienes siguiendo sus santas huellas luchan en la actualidad por defender a la Iglesia y a sus naciones del imperialismo revolucionario de la Sinagoga de Satanás.

   San Agustín, gran Padre de la Iglesia, en su "Tratado sobre los Salmos", sostiene y demuestra claramente que fueron los judíos quienes dieron muerte a Cristo y no los romanos (372).

   Melitón, Obispo de sardes, en Libia y una de las figuras de la Iglesia más veneradas en el siglo II, afirmó:

   "Pero los judíos como lo anunciaban las profecías, rechazaron al Señor y lo mataron, y, aunque su muerte estaba predicha, su responsabilidad fue voluntariamente aceptada. Ellos están perdidos, pero los fieles a los que Cristo predicó (y que ahora están) en los infiernos, al igual que los que están sobre la tierra, participan del triunfo de la resurrección" (373).

   San Hipólito de Roma, contemporáneo de Orígenes, hace responsables a los judíos de sus propias miserias y desgracias. Fue mártir de la Santa Iglesia y canonizado por la misma (374).

   Santo Tomás de Aquino, comprendiendo la necesidad de encadenar a la bestia hebrea para que no siguiera haciendo daño, sostuvo doctrinalmente que:

   "Los judíos deben portar el signo distintivo según el estatuto del Concilio General...Los judíos no pueden lícitamente retener lo adquirido por usura, estando obligados a restituir a quienes hayan extorsionado...Los judíos por razón de sus culpas están en perpetua servidumbre, los señores pueden por lo tanto, tomarles sus cosas, dejándoles lo indispensable para la vida, a no ser que lo prohíban las leyes santas de la Iglesia" (375).

   Es indudable que los quintacolumnistas que pretenden que se condene a los antisemitas, sentarían también a Santo Tomás de Aquino en el banquillo de los acusados.

   Tertuliano, en su Tratado "Adversus Judaeos", lanza contra los israelitas muy duras acusaciones; en "Scorpiase", afirma que:

   "Las Sinagogas son los puntos de donde salen las persecuciones contra los cristianos". Y en "Ad Nationem", refiriéndose siempre a los sucesos ocurridos hace mil ochocientos años, pero que asombrosamente coinciden con los de hoy en día, afirma: "De los judíos es de donde salen las calumnias contra los cristianos" (376).

   Todas esas campañas de difamación y calumnia, que tienen por objeto anular a los caudillos anticomunistas y antijudíos, siguen utilizándose actualmente, como hace mil ochocientos años, por los israelitas, sobre todo por aquellos que viven cubiertos con la máscara de un falso cristianismo o que usurpan posiciones de importancia en las jerarquías del clero, en las asociaciones católicas de seglares o en los partidos derechistas. De los oscuros conventículos de las sinagogas salen también ahora, como hace dieciocho siglos, las persecuciones contra los cristianos, sobre todo contra aquellos que luchan con eficacia frente al comunismo o al imperialismo judaico.

   El destacado filósofo católico del siglo pasado, Jaime Balmes, acusó a los mercaderes hebreos de introducir de Francia a España, a pesar del celo de la Inquisición, las biblias calvinistas, ocultas en las botas de vino francés (377).

El propio San Agustín, gran padre de la Iglesia, consideró ciertas matanzas de los judíos como castigo de Dios, afirmando que por haber crucificado a Cristo, muchos hebreos han sido después crucificados. Así, Tito, en el sitio de Jerusalén, mandaba crucificar a quinientos judíos diariamente (378).

   Orígenes también acusó a los judíos de haber clavado a Cristo en la Cruz (379).

   Su Santidad el Papa Paulo III se refiere claramente a la perfidia hebraica en su Bula "Illis Vices" del 12 de octubre de 1535, en la que condena a los cristianos que en secreto practican el judaísmo. Tomamos de tan importante bula el siguiente párrafo:

   "Se ha recibido información que en la mayor parte del reino de Portugal, algunos conversos de la perfidia hebraica, denominados cristianos nuevos, vuelven al rito de los judíos..." (380).

   Su Santidad el Papa Paulo IV, en su célebre Bula "Cum Nimis Absurdum" del 12 de julio de 1555, dice:

   "Siendo demasiado absurdo e inconveniente que los judíos, a quienes su propia culpa sujeta a perpetua esclavitud, so pretexto de que la piedad de los cristianos, aguanta y tolera su convivencia, pagan a los cristianos con enorme ingratitud, ya que a las gracias recibidas, devuelven afrentas y procuran trocar en dominación, la servidumbre que les deben".

   Pasa luego a ordenar la santa bula que los judíos deben llevar el distintivo ordenado y deben habitar en aljamas (guettos) (381).

   Este ilustre Papa, además de hablar una vez más de la ingratitud judaica y de la necesidad de tenerlos sujetos a servidumbre, menciona cómo hacía más de cuatrocientos años que los judíos intentaban dominar a los cristianos, aprovechándose de la generosa hospitalidad que éstos les brindaban al admitirlos en sus territorios; en consecuencia, dictó al orden relativa a su reclusión en aljamas y dispuso que llevaran el famoso distintivo para su identificación. Indudablemente que si este ilustre Papa hubiera vivido en nuestros tiempos, los quintacolumnistas lo habrían acusado y condenado de racismo y antisemitismo.

   Hace más de setecientos años Su Santidad el Papa Inocencio IV, en su importantísima Bula "Impia Judaeorum Perfidia", decía textualmente lo siguiente:

   "La impía perfidia de los judíos, de cuyos corazones por la inmensidad de sus crímenes, nuestro Redentor no arrancó el velo, sino que los dejó permanecer todavía en ceguedad cual conviene, no parando mientes en que por sola misericordia, la compasión cristiana los recibe y tolera pacientemente su convivencia; cometen tales enormidades que causan estupor a quienes las oyen, y horror a quienes son relatadas".

   Considerando dicho Papa que el Talmud y otros libros clandestinos de los hebreos, los incitaban a cometer toda clase de maldades, ordena en la misma Bula que sean quemados públicamente, "Para confusión de la perfidia de los judíos" (382).

   Uno de los Papas que con mayor energía luchó contra el criptojudaísmo fue Nicolás IV, quien fulminó contra ellos su famosísima Bula "Turbato Corde", en que encarecía a los inquisidores, clérigos y autoridades seglares, que procedieran contra ellos con ahínco y también contra los que los defendieran, los favorecieran o encubrieran. Esta bula fue una de las bases más firmes de la Santa Iglesia medieval en su lucha contra la quinta columna judías introducida en la Cristiandad, ya fuesen los quintacolumnistas clérigos o seglares, ya se les identificase como criptojudíos o como fautores de encubridores de ellos. Es decir, bastaba con que alguien defendiera a un criptojudío o a un hereje, aunque se mantuviera el defensor ortodoxo, o que alguien los favoreciera o encubriera, para que cayeran bajo la acción de la Inquisición Pontificia. Ya se comprenderá que mientras los Papas apoyaron firmemente lo dispuesto en esta santa bula, como en otras por el estilo y en los cánones ya estudiados de los Concilios de Letrán, fue muy difícil que la Bestia judaica pudiera perforar la ciudadela cristiana. Sólo cuando Martín V y León X desacataron lo ordenado por estas bulas y concilios, fue cuando la Sinagoga de Satanás pudo desgarrar, primero temporalmente y después en forma hasta ahora definitiva, a la Cristiandad.

   Del texto de la interesante Bula del Papa Nicolás IV tomamos lo siguiente:

   "Turbado el corazón oímos y narramos que no sólo algunos conversos del error de la ceguedad judaica, a la luz de la fe cristiana, han tornado a la perfidia de antes; sino que también muchísimos cristianos, renegando de la fe católica, la trocaron por el rito judaico, cosa digna de condenación...Contra todos los que tal hayan cometido, como contra los herejes, y también contra sus favorecedores, encubridores y defensores, proceded con ahínco. En cuanto a los judíos que hayan inducido a cristianos de ambos sexos a su execrable rito, o los sonsacaren, castigadlos con merecida pena" (383).

   Los autores judíos aclaran que estos cristianos convertidos al judaísmo eran por lo general los descendientes de los conversos, que bautizados en la infancia eran introducidos después secretamente al judaísmo.

   Por tener que cerrar ya el primer tomo de esta obra (*), nos vemos en la necesidad de suspender la inserción de otras innumerables bulas que existen de los Papas más ilustres y que en una forma u otra condenan al judaísmo o constituyen importante episodio de la lucha gigantesca que la Santa Iglesia ha tenido que librar durante siglos contra los hebreos. En la siguiente parte de este libro seguiremos estudiando tan importantes documentos. Por ahora, y saltando provisionalmente a los tiempos casi contemporáneos, transcribiremos lo que el judaísmo, por medio de su citada enciclopedia, dice oficialmente del Papa León XIII, lumbrera de los tiempos modernos:

   "León XIII (1878-1903) fue uno de los pontífices más ilustres, pero nunca perdonó a los judíos su apoyo al liberalismo italiano y europeo en general. Los identificaba con la masonería y las corrientes revolucionarias, y apoyó a los reaccionarios antijudíos de Austria y de Francia" (384).

   Aquí tenemos una vez más la posición firme de defensa de la Santa Iglesia y del mundo cristiano, sostenida por uno de los Papas más grandes de todos los tiempos, que por lo visto conocía el problema judío a fondo y hacía responsables a los hebreos de la acción masónica, la cual jugó un papel destacado en las revoluciones liberales.

   Con lo expuesto en el presente y en los demás capítulos de este primer tomo, basta para demostrar que lo que pretenden los quintacolumnistas del clero, al pugnar por la condenación del antisemitismo y del racismo, es sentar en el banquillo de los acusados no sólo a Cristo Nuestro Señor y a los apóstoles, sino a los Padres de la Iglesia, a sus más famosos concilios ecuménicos y provinciales y a sus más ilustres Papas; en un palabra, a la propia Iglesia. Sus perversas intenciones se ven alentadas por la ignorancia imperante, por desgracia, en el respetable clero que desconoce la verdadera historia eclesiástica. Creen los Judas Iscariotes del siglo XX que al amparo de tal ignorancia pueden meter en la ratonera, con hábiles engaños, a los más piadosos y bien intencionados jerarcas de la Iglesia; pero sabemos que la Divina Providencia impedirá un crimen tan atroz y que nunca permitirá que su Santa Iglesia se vea condenada tácitamente por sus propios jerarcas. Por nuestra parte, siguiendo el ejemplo de San Bernardo, hemos creído conveniente contribuir con nuestro grano de arena a impedir el triunfo de la conspiración, de acuerdo con su histórico apotegma: "A Dios rogando y con el mazo dando".

   El sólo hecho de que la Santa Sede, contradiciendo la doctrina establecida por la Santa Iglesia en la forma que hemos demostrado, declarara que los judíos réprobos son amadísimos a los ojos de Dios, como lo tiene planeado en la sombra la Sinagoga de Satanás, y que aceptara transigir y pactar con quienes ni Cristo Nuestro Señor, ni los apóstoles, ni la Iglesia en casi 20 siglos aceptaron pactar jamás, además de constituir una desautorización manifiesta y una condenación implícita de la doctrina y de la política observada al respecto por Nuestro Divino Salvador, los apóstoles, los Papas, los santos y los concilios, que tanto lucharon contra la Sinagoga de Satanás, conduciría a la Iglesia a una falsa situación, en la cual sus enemigos podrían demostrar que se contradecía a sí misma, que lo que en un tiempo dijo que era negro, ahora dice que es blanco, con las consecuencias catastróficas que es fácil imaginar. Pero esto es imposible que suceda; los pérfidos judíos que creen que ya tienen dominada a la Santa Sede y que cuentan con un bloque de cardenales y prelados suficientemente poderoso para destruir las tradiciones esenciales de la Iglesia, para abrir las puertas al comunismo y realizar reformas que preparen la ruina de Catolicidad, acelerando así la caída del mundo libre, no cuentan con la asistencia de Dios a su Santa Iglesia, la cual hará surgir entre sus jerarcas los Ireneos, Atanasios, Crisóstomos, Bernardos o Capistranos, que con la ayuda de la Divina Providencia la salven una vez más de la borrasca.

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NOTAS  

  • [351] Papa Gregorio VII, Regesta IX-2.  

  • [352] San Ambrosio, Obispo de Milán. Gran Padre de la Iglesia. Carta IX al Emperador Teodosio.

  • [353] San Ambrosio, carta citada.

  • [354] Malcolm Hay, Europe and the Jews. Boston: Beacon Press, 1960. Cap. IV, p. 91.

  • [355] Rabino Jacob S. Raisin, obra citada. Cap. XIX, p. 525.

  • [356] Rabino Louis Israel Newman, obra citada, pp. 61-62; Rabino Jacob S. Raisin, obra citada. Cap. XVIII, pp. 482, 483.

  • [357] San Atanasio, Crta X (A. D. 338).

  • [358] San Juan Crisóstomo, Sexta homilía contra los judíos.

  • [359] San Juan Crisóstomo, Homilías contra los judíos.

  • [360] Jaques Benigne Bossuet, "Sermón para el Viernes Santo", Obras, 1841, II, p. 628.

  • [361] Jaques Benigne Bossuet, Discours sur l´Histoire Universelle, 1724, parte II, Cap. XXI; Jules Isaac, Jésus et Israel, p. 372.

  • [362] Jaques Benigne Bossuet, citado por Malcolm Hay, obra citada, p. 174.

  • [363] Papa San Pío V, Romanus Pontifex, 19 de abril de 1566, compilada en el Bularium diplomarum et privilegiorum Sanctorum Romanorum Pontificum. Turín, 1862. Tomo VII, p. 439.

  • [364] Papa San Pío V, Cum Nos Super, 19 de enero de 1567, compilada en el Bullarium antes mencionado, tomo VII, pp. 514 y ss.

  • [365] Papa San Pío V, Hebraorum Gens, 26 de febrero de 1569, compilada en el Bullarium mencionado, tomo VII, pp. 740, 741, 742.

  • [366] San Gregorio de Nisa, Oratio in Christi resurrectionem, p. 685.

  • [367] Papa Gregorio IX, Sufficere debuerat, 5 de marzo de 1233, compilada en el Bullarium antes citado, tomo III, año 1233, p. 479.

  • [368] Papa Martín V, Sedes Apostolica, año 1425, compilada en el bulario citado, tomo IV, año 1425.

  • [369] Enciclopedia Judaica Castellana, tomo VIII, vocablo Papas, p. 347, col. 2.

  • [370] Juan de Ragusa, Monumenta Conciliorum Generalium saeculi XV, tomo I, p. 66.

  • [371] Juan de Segovia, Historia gestorum generalis synodi Basiliensis.

  • [372] San Agustín, Tratado sobre los Salmos. Salmo 63, v.2.

  • [373] Johannes Quasten, Patrología. Madrid: Biblioteca de Autores Cristianos, 1961. Tomo I, p. 232.

  • [374] Johannes Quasten, Patrología, edición citada, tomo I, p. 470.

  • [375] Tomás de Aquino, Opera Omnia. Edición Pasisills, 1880. Tábula 1 a-o, tomo XXXIII, p. 534.

  • [376] Tertuliano, Adversus Judaeos; Scorpiase; Ad Nationes.

  • [377] Jaime Balmes, S.J. El protestantismo comparado con el catolicismo, tomo I, p. 466.

  • [378] San Agustín, Gran Padre de la Iglesia, citado por Fray Francisco de Torrejoncillo en Centinela contra los judíos en la torre de la Iglesia de Dios, edición citada, pp. 175 y 176.

  • [379] Orígenes, De Principiis, IV, 8.

  • [380] Papa Paulo III, Illius vices, 12 de octubre de 1535, Caroli Coquelines, Bullarum privilegiorum ac diplomatum Romanorum Pontificum. Amplissima Collectio. Roma, 1739-1753. Tomo IV, parte I, p. 132.

  • [381] Papa Paulo IV, Cum nimis absurdum, 12 de julio de 1555, Caroli Coquelines, bulario citado, edición citada, tomo IV, parte I, p. 321.

  • [382] Papa Inocencio IV, Impia Judaeorum perfidia, 9 de mayo de 1244, Caroli Coquelines, bulario citado, edición citada, tomo III, parte I, p. 298.

  • [383] Papa Nicolás IV, Turbato corde, 5 de septiembre de 1288, Caroli Coquelines, bulario citado, edición citada, tomo III, parte II, p. 52.

  • * NOTA DEL EDITOR: Recordamos al lector que la presente obra apareció en Roma, Italia, al inicio del Concilio Vaticano II, en el otoño de 1962, para ser repartida entre los padres conciliares con el fin de denunciar oportunamente las maquinaciones judaicas, masónicas y comunistas, en el mencionado concilio.Por la premura con que fue elaborada esta obra, los autores remiten a los lectores a un segundo tomo, que desarrollaría más ampliamente algunos tópicos ya esbozados en el contexto del libro, y que debía aparecer con posterioridad, pero desgraciadamente la enfermedad y muerte del Emmo. Cardenal Alfredo Ottaviani dejó sin el completo desarrollo la obra "Complot contra la Iglesia", obra única en su género.

  • [384] Enciclopedia Judaica Castellana, tomo VIII, vocablo Papas, p. 351, col. 2. de la pag. 351.

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