DOCTRINA CATÓLICA
La Familia Cristiana - 01 &nbbsp;
S. S. Pío XII

I

LA PRIMERA AUDIENCIA A LOS RECIÉN CASADOS

26 de abril de 1939. (DR. I, 67*)

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   Vuestra presencia, amados hijos e hijas, llena de alegría nuestro corazón; porque si siempre es bello y consolador este acudir de los hijos en derredor del padre, nos es particularmente grato vernos rodeados por estos grupos de recién casados que vienen a hacernos partícipes de su gozo y a recibir una palabra de bendición y de aliento.

   Y tenéis ciertamente que animaros, queridos esposos, pensando que el divino Autor del sacramento del matrimonio, Jesucristo Nuestro Señor, lo ha querido enriquecer con la abundancia de sus celestiales favores. El sacramento del matrimonio significa, como vosotros sabéis, la unión mística de Jesucristo con su esposa la Iglesia (en la cual y de la cual deben nacer los hijos adoptivos de Dios, herederos legítimos de las promesas divinas). Y de igual modo que Jesucristo enriqueció sus bodas místicas con la Iglesia, con las perlas preciosas de la gracia divina, se complace en enriquecer el sacramento del matrimonio con dones inefables.

   Éstos son especialmente todas aquellas gracias necesarias y útiles a los esposos para conservar, acrecentar y perfeccionar cada vez más su santo amor recíproco, para observar la debida fidelidad conyugal, para educar sabiamente, con el ejemplo y con la vigilancia, a sus hijos y para llevar cristianamente las cargas que impone el nuevo estado de vida.

   Todas estas cosas las habéis ya comprendido, meditado y gustado vosotros y si en este momento os las recordamos es para participar también Nos en alguna manera de esta hora solemne de vuestra vida y para dar a la santa alegría que os anima una base cada vez más sólida y más segura.

   Que Dios, que es tan bueno, os conceda no enturbiar jamás la grandeza de vuestros sagrados deberes.

   Que sea prenda de favores divinos la bendición apostólica que os impartimos con efusión de corazón y que deseamos os acompañe en los días alegres y tristes de vuestra vida y quede siempre en vosotros como testimonio perenne de nuestra paternal benevolencia.

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II

EL SANTIFICADOR DE LAS BODAS

3 de Mayo de 1939. (DR. I, 89.)

   Vuestra presencia, dilectísimos esposos, trae a nuestra memoria y a la vuestra aquel episodio tan delicado y al mismo tiempo tan portentoso que leemos en el Santo Evangelio, de las bodas de Caná de Galilea, y el primer milagro obrado por Jesucristo nuestro Señor en aquella ocasión: Jesús, presente en un convite nupcial juntamente con su Santísima Madre y sus primeros discípulos. Ciertamente que el Divino Maestro no se dignó aceptar sin profundas razones y con tanta benevolencia una invitación semejante. Allí daría la primera señal de su omnipotencia para "confirmar su divina misión y sostener la fe de sus primeros seguidores, y allí comenzaría a manifestarse la eficaz mediación de María ante Dios, en beneficio de los hombres.

   Pero Él, el buen Maestro, quiso justamente traer con su presencia una particular bendición a aquellos afortunadísimos esposos, y cómo santificar y consagrar aquella unión nupcial, de igual modo que al tiempo de la creación había bendecido el Señor a los progenitores del género humano. En aquel día de las bodas de Caná, Cristo abarcaba con su mirada divina a los hombres de todos los tiempos por venir, y de modo particular a los hijos de su futura Iglesia, y bendecía sus bodas, y acumulaba aquellos tesoros de gracias que con el gran sacramento del matrimonio, instituido por Él, derramaría con divina largueza sobre los esposos cristianos.

   Jesucristo ha bendecido y consagrado también vuestras bodas, amados esposos; pero la bendición que habéis recibido ante el santo altar, queréis confirmarla y ratificarla a los pies de su Vicario en la tierra, y por esa razón habéis venido a él.

   Nos os impartimos esa bendición con todo el corazón, y deseamos que quede siempre con vosotros y os acompañe a todas partes en el curso de vuestra vida. Y quedará con vosotros si hacéis que entre vuestros muros domésticos reine Jesucristo, su doctrina, sus ejemplos, sus preceptos, su espíritu; si María Santísima, a la que invocáis, veneráis y amáis, es la Reina, la Abogada, la Madre de la nueva familia que estáis llamados a fundar, y si bajo la benigna mirada de Jesús y de María vivís como esposos cristianos, dignos de tan gran nombre y de tan alta  profesión.

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III

LA REINA CELESTIAL

10 de Mayo de 1939. (DR. I, 111)

   Saludamos cordialmente a los recién casados, que siempre vemos en gran número formando una corona en torno a Nos en estas audiencias públicas: el saludo es tanto más cordial cuanto que lo alegra la grata circunstancia de este mes de mayo que la piedad del pueblo cristiano ha querido consagrar particularmente al culto de la Virgen Santísima.

   Vosotros, amados hijos, llamados a constituir nuevas familias, queréis sin duda dar a éstas un carácter esencialmente cristiano y una sólida base de bienestar y de felicidad. Pues os garantizamos la consecución de todo esto en la devoción a María. Tantos títulos tiene María para ser considerada como la patrona de las familias cristianas y tantos tienen éstas para esperar de Ella una particular asistencia.

   María conoció las alegrías y las penas de la familia, los sucesos alegres y los tristes: la fatiga del trabajo diario, las incomodidades y las tristezas de la pobreza, el dolor de las separaciones. Pero también todos los goces inefables de la convivencia doméstica, que alegraban el más puro amor de un esposo castísimo y la sonrisa y las ternezas de un hijo que era al propio tiempo el Hijo de Dios.

   María Santísima participará por eso con su corazón misericordioso en las necesidades de vuestras familias, y traerá a éstas el consuelo de que se sientan necesitadas en medio de los inevitables dolores de la vida presente: así como bajo su mirada materna les hará más puras y serenas las dulzuras del hogar doméstico.

   Tanto más cuanto que la Santísima Virgen no se limita a conocer por experiencia propia las graves necesidades de las familias, sino que, como Madre de piedad y de misericordia, quiere de hecho venir en ayuda d ellas.

   Felices y benditos de veras aquellos esposos que inician su nuevo estado con estos propósitos de filial confiada devoción a la Madre de Dios, con el santo programa de establecer su nueva familia sobre este indestructible cimiento de piedad, que lo penetrará todo par transmitirse luego, como preciosa herencia, a los hijo queridos que Dios les quiera conceder. 

   Pero no olvidéis, amadísimos hijos, que la devoción a la Virgen, para que pueda decirse verdadera y sólida y por lo tanto portadora de preciosos frutos y gracia copiosas, debe estar vivificada por la imitación de la vid misma de Aquélla, a la que os gusta honrar.

   La Madre divina es también y sobre todo un perfectísimo modelo de las virtudes domésticas, de aquella virtudes que deben embellecer el estado de los cónyuge cristianos. En María tenéis el amor más puro y fiel hacia el castísimo esposo, amor hecho de sacrificios y delicada atenciones: en Ella la entrega completa y continua a le cuidados de la familia y de la casa, de su esposo y sobre todo del querido Jesús: en Ella la humildad que se manifestaba en la amorosa sumisión a San José, en la paciente resignación a las disposiciones ¡cuántas veces arduas y penosas! de la Divina Providencia, en la amabilidad y en la caridad con cuantos vivían cerca de la casita de Nazareth.

   ¡Esposos cristianos! Que vuestra devoción a María pueda constituir un manantial siempre vivo de favores celestes y de felicidad verdadera: favores y felicidad de los que queremos que sea prenda la paterna Bendición que de corazón os impartimos.

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IV

EL GOZO INMUTABLE

17 de Mayo de 1939. (DR. I, 127.)

   Siempre son gratas a nuestra mirada, y más gratas todavía a nuestro corazón, estas reuniones de recién casados que vienen al Padre común de las almas para recibir su bendición, que quiere ser —y es en realidad— signo y prenda de la de Dios.

   Pero nos resulta especialmente grata esta de hoy, en el día que precede a la fiesta de la Ascensión de Nuestro Señor Jesucristo. Es la fiesta del gozo puro, de la esperanza serena, de los deseos santos: de los que parece como un reflejo la solemnidad de vuestras bodas, queridos esposos, porque en el matrimonio cristiano que habéis celebrado ante el Santo altar, todo parece suscitar y anunciar gozo, esperanza, deseos, propósitos. Para que estos sentimientos que han alegrado y alegran vuestros corazones, sean profundamente sinceros y durables, unidlos a los que os sugiere la gran festividad de mañana.

   Sea puro vuestro gozo, como el de los apóstoles que se retiraron del monte de los olivos[1], después de haber asistido a la gloriosa ascensión del Señor "cum gandio magno"[2], con el corazón rebosante de alegría: de alegría por la gloria de Jesús que coronaba su vida terrena con esta triunfal entrada en el cielo: de alegría por su propia felicidad eterna que entreveían en el triunfo del divino Maestro.

   Sobre estos motivos, amadísimos hijos, debe fundarse vuestro gozo para ser verdadero y puro: y así como aquellos no pueden jamás disminuir, tampoco vuestra alegría estará sujeta a las mutaciones de los goces efímeros que el mundo promete: "Pacem meam do vobis: non quomodo mundus dat, Ego do vobis"[3], había dicho Jesús.

   El gozo de aquel día se perpetúa y se dilata en los corazones de los fieles de Cristo, porque se sostiene en la más segura esperanza: "Yo voy al cielo a preparar el puesto para vosotros"[4] dijo el mismo Señor nuestro: y añadía: "Recibiréis la virtud del Espíritu Santo, que vendrá sobre vosotros"[5]. Promesas magníficas: la promesa del cielo y la promesa de la efusión de las gracias del Espíritu Santo. Todo esto debe animar vuestra fe, alimentar y robustecer vuestra esperanza, elevar vuestros pensamientos y vuestros deseos. Ésta es la oración de la Iglesia en la Sagrada Liturgia: "Dios omnipotente nos conceda que, así como creemos que este día subió el Redentor al cielo, también nosotros vivamos en espíritu entre las cosas celestiales", y también: "Entre las vicisitudes mudables de la vida terrena, estén fijos nuestros corazones allí donde únicamente se encuentran los verdaderos gozos: "ínter mundanas varietates ibi nostra fixa sint corda, ubi vera sunt gaudia"[6].

   Y Nos os bendecimos, queridos esposos, en nombre de aquel Jesús que bendijo a los Apóstoles y a los primeros discípulos mientras subía al cielo, "dum benedi-ceret illis recessit ab eis et ferebatur in coelum"[7].

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V

FUNDADORES DE NUEVAS FAMILIAS

24 de Mayo de 1939. (DR. I, 137.)

   Nos sentimos verdaderamente contentos y profundamente conmovidos al ver que habéis venido a Nos, queridos esposos, después que en la bendición nupcial habéis santificado y consagrado vuestro afecto, y habéis depositado a los pies del altar la promesa de una vida cada vez más intensamente cristiana. Porque de ahora en adelante debéis sentiros doblemente obligados a vivir como verdaderos cristianos: Dios quiere que los esposos san cónyuges cristianos y padres cristianos.

   Hasta ayer habéis sido hijos de familia sujetos a los deberes propios de los hijos: pero desde el instante de vuestro matrimonio habéis venido a ser fundadores de nuevas familias: de tantas familias cuantas son las parejas de esposos que Nos rodean.

   Nuevas familias destinadas a alimentar un porvenir que se pierde en los misterios de la Divina Providencia: destinadas a alimentar la sociedad civil con buenos ciudadanos, que procuren solícitamente a la sociedad misma aquella salvación y aquella seguridad de las que quizás nunca se ha sentido tan necesitada como ahora: destinadas igualmente a alimentar la Iglesia de Jesucristo, porque es de las nuevas familias de donde la Iglesia espera nuevos hijos de Dios, obedientes a sus santísimas leyes: destinadas, en fin, a preparar nuevos ciudadanos para la patria celeste, cuando termine esta vida temporal.

   Pero todos estos grandes bienes, que en el nuevo estado de vida estáis llamados a producir, solamente podréis prometéroslos si vivís como esposos y padres cristianos.

   Vivir cristianamente en el matrimonio significa cumplir con fidelidad, además de todos los deberes comunes de todo cristiano y de todo hijo de la Iglesia Católica, las obligaciones propias del estado conyugal. El Apóstol San Pablo, escribiendo a los primeros esposos cristianos de Éfeso, ponía de relieve sus mutuos deberes, y les exhortaba enérgicamente de este modo: "Esposas, estad sujetas a vuestros maridos, como al Señor, porque el marido es cabeza de la esposa, como Cristo es cabeza de la Iglesia"[8] "Esposos, amad a vuestras mujeres, como Cristo amó a la Iglesia y dio su vida por ella"[9]. "Y vosotros, oh padres", continuaba el Apóstol, "no provoquéis la ira a vuestros hijos: antes educadlos en la disciplina y en las enseñanzas del Señor"[10].

   Al recordaros, amados esposos, la observancia de estos deberes, os auguramos toda clase de bienes: y os impartimos aquélla bendición que habéis venido a pedir al Vicario de Cristo, y que deseamos descienda copiosa tanto sobre las familias de que procedéis cuanto sobre las nuevas a las que dais principio.

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NOTAS
  •  [*] DR. = Discorsi e radiomessaggi di Sua Santitá Pió XII. Milano. Societá Editrice "Vita e Pensiero".
  • [1] Act, I, 12.

  • [2] Luc., XXIV, 52. 

  • [3] Io, XIV, 27. 

  • [4] Io, XIV, 2.

  • [5]  Act, I, 8.

  • [6]  Dom, IV post Pascha.

  • [7] Luc, XXIV, 51.

  • [8] Ef. V, 22,23. 

  • [9] Ibid., V, 25

  • [10] Ibid., VI, 4. 

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