DOCTRINA CATÓLICA
La Familia Cristiana - 02  
S. S. Pío XII

   VI

VIRTUDES DOMÉSTICAS

31 de Mayo de 1939. (DR, I, 143.)

.

   Al dirigir, como de costumbre, nuestro paterno saludo en primer lugar a los recién casados, no podemos hoy menos de reclamar su atención sobre una especial circunstancia de esta audiencia pública, de la cual son ellos una parte tan importante.

   Está a punto de terminar el mes de María, que vosotros, amados hijos, siguiendo la piadosa tradición de todo el pueblo cristiano, habéis pasado rindiendo obsequios particulares y más devotos a la Santísima Virgen: mes en el que respondiendo con fervoroso anhelo a nuestro llamamiento, os habéis unido a Nos en la oración por la paz del mundo.

   Es cierto que está para acabar el mes de María: pero no debe terminar en vuestros corazones, ni disminuir en vosotros la devoción, tan saludable y suave, hacia la Madre de Dios; puesto que de la constante fidelidad en practicarla es de donde sobre todo os podréis prometer los frutos más preciosos de bendiciones y de gracias.

   Que quede Ella por lo tanto en las manifestaciones públicas y en la vida privada, en el templo y entre las paredes domésticas. A María el tributo diario de vuestra veneración y de vuestras plegarias, el homenaje de vuestra filial confianza y ternura como a Madre de piedad y de misericordia.

   Pero no olvidéis, esposos cristianos, que la devoción a María, para que se pueda decir verdadera y eficaz, debe estar vivificada por la imitación de las virtudes de aquélla que queréis honrar.

   La Madre de Jesús es, en efecto, un perfectísimo modelo de las virtudes domésticas, de aquellas virtudes que deben embellecer el estado de los cónyuges cristianos. En María encontramos el afecto más puro, santo y fiel, hecho de sacrificio y de atenciones delicadas, a su santísimo esposo: en Ella la entrega completa y continua a los cuidados de la familia y de la casa: en Ella la perfecta fe y el amor hacia su Hijo Divino: en Ella la humildad que se manifestaba en la sumisión a José, en la inalterable paciencia y serenidad frente a las incomodidades de la pobreza y del trabajo, en la plena conformidad a las disposiciones, con frecuencia arduas y penosas, de la Divina Providencia, en la dulzura del trato y en la caridad hacia todos aquellos que vivían junto a los santos muros de la casita de Nazareth.

   He aquí, amados hijos, hasta qué punto debéis llevar vuestra devoción a María si queréis que ella constituya una fuente siempre viva de favores espirituales y temporales y de verdadera felicidad: favores y felicidad que Nos pedimos para vosotros a la misma Santísima Virgen y de los cuales os damos una prenda en Nuestra paternal bendición.   

KKKKKKKKKKKKKKKKKKKKKK

VII

EL ALIMENTO CELESTIAL

7 de Junio de 1939. (DR. I, 167.)

.

   Al proponernos invocar la abundancia de las bendiciones del cielo sobre los recién casados, nos sonríe el pensamiento de que, al menos para muchos de ellos —diríamos que para todos—, el rito nupcial habrá tenido su plenitud en la Comunión eucarística, según la piadosa costumbre de las bodas cristianas: pero en todo caso, aprovechando la fausta coincidencia de la fiesta del Corpus Christi que mañana celebra la Iglesia, queremos indicaros, amados hijos, en la Santa Comunión un medio eficacísimo para conservar los benéficos frutos de la gracia recibida en el sacramento del matrimonio.

   Toda alma cristiana necesita la Eucaristía, según la palabra de Nuestro Señor Jesucristo: "Si no comiereis la carne del Hijo del hombre y no bebiereis su sangre, no tendréis la vida en vosotros. El que come mi carne y bebe mi sangre, tiene la vida eterna"[1].

   La Comunión eucarística tiene, por tanto, como efecto suyo, alimentar la unión santificante y vivificante del alma con Dios, mantener y fortificar la vida espiritual e interior, impedir que en el viaje y en el combate terreno venga a faltar a los fieles aquélla vida que les ha sido comunicada en el Bautismo.

   Con estos bienes tan preciosos quiere Jesucristo enriquecer a las almas en la sagrada comunión; y felices aquellos que, secundando sus amorosas intenciones, saben valerse de este medio tan eficaz de santificación y de salud.

   Pero de todos estos auxilios tienen particular necesidad los esposos y padres cristianos que, dándose cuenta de la grave responsabilidad que han echado sobre sí, se han propuesto corresponder a ella con seriedad.

   La familia necesita, como base suya, la íntima unión no sólo de los cuerpos sino sobre todo de las almas, unión hecha de amor y de paz mutua. Ahora bien, la Eucaristía es, según la bella expresión de San Agustín, signo de unión, vínculo de amor, "signum unitatis, vincuium caritatis", y une por eso y suelda entre sí los corazones.

   Para sostener las cargas, las pruebas, los dolores comunes, a los que no puede sustraerse familia alguna, por bien ordenada que esté, os es necesaria una energía diaria: la Comunión Eucarística es generadora de fuerza, de valor, de paciencia, y con la suave alegría que difunde en las almas bien dispuestas, hace sentir aquélla serenidad que es el tesoro más precioso del hogar doméstico.

   Pensamos con gozo, amados hijos, que cuando volváis a vuestras ciudades, a vuestras campiñas, a vuestras parroquias, daréis este bello y edificante espectáculo de acercaros con frecuencia a la Sagrada Mesa y volveréis de la Iglesia a vuestras casas llevando al hogar doméstico a Jesús y con Jesús toda clase de bienes.

   Vendrán luego los hijos, los pequeños que vosotros educaréis y formaréis en vuestra misma fe, en la fe y en el amor de la Eucaristía; y les acercaréis en edad temprana a la Comunión, persuadidos de que no existe medio mejor de salvaguardar la inocencia de vuestros niños: y les conduciréis con vosotros al altar para recibir a Jesús, y vuestro ejemplo será para ellos la lección más elocuente y persuasiva. Pensamos con gozo todo esto, y os lo auguramos, esposos cristianos: y para que este augurio sea una consoladora realidad, os damos como prenda de ella la bendición paterna que de corazón os impartimos.

KKKKKKKKKKKKKKKKKKKKKK

VIII

EL REY DE LA FAMILIA

14 de Junio de 1939. (DR. I, 175.)

   A vosotros, recién casados, se dirigen como de de costumbre nuestras primeras palabras y nuestros primeros saludos, que queremos vayan acompañados como siempre por nuestra bendición, ya que es esto especialmente lo que esperáis de Nos y lo que habéis venido a demandar y recibir.

   Pero a las palabras de saludo y bendición nos es grato añadir una palabra de exhortación que nos sugieren las circunstancias de esta audiencia que precede en un día a la fiesta del Sagrado Corazón de Jesús.

   La devoción al Sacratísimo Corazón del Redentor del mundo, que en estos últimos tiempos se ha difundido tan admirablemente por toda la Iglesia en las más elevadas y varias manifestaciones, ha sido establecida y querida por el mismo Salvador divino, al solicitar y sugerir El mismo los obsequios con los que deseaba que fuese honrado su Corazón adorable.

   Jesús determinó el fin de esta querida devoción, cuando en la más célebre de las apariciones a Santa Margarita María Alacoque prorrumpió en aquellas doloridas palabras: "He aquí el Corazón que tanto ha amado a los hombres y de tantos beneficios les ha colmado, que no ha rehusado nada hasta agotarse y consumarse por testimoniarles su amor: y en cambio no recibe de la mayor parte de ellos sino ingratitudes".

   Amor y reparación: esto es lo que de modo especialísimo pide esta devoción: amor para corresponder al que tanto nos amó; reparación para resarcir los ultrajes inferidos a este amor infinito.

   Y para incitar a los hombres a que acojan estos deseos suyos, Jesús se dignó confirmarlos con las más largas promesas.

   Entre éstas hay algunas que dicen especial relación a las familias cristianas, y por tanto a los esposos, a los padres y a los hijos que mañana vendrán a alegrar vuestro hogar doméstico.

   "Yo traeré y conservaré la paz en sus familias. Bendeciré las casas en que la imagen de mi Corazón sea expuesta y honrada."

   De estas promesas puede decirse que tiene su origen aquella manifestación de culto familiar que se llama la Consagración de las familias al Sagrado Corazón de Jesús, y que en esta circunstancia queremos recomendaros a vosotros, esposos cristianos, que acabáis de iniciar nuevas familias al pie del altar de Dios.

   Esta consagración significa una entrega completa al divino Corazón: es un reconocimiento de la soberanía de Nuestro Señor sobre la familia: expresa una confiada súplica para obtener sobre la propia casa sus bendiciones y el cumplimiento de sus promesas. Al consagrarse la familia al divino Corazón, protesta querer vivir de la vida misma de Jesucristo y hacer florecer las virtudes que El enseñó y vivió. Él preside las reuniones, bendice las empresas, santifica los goces, alivia los afanes, conforta a los moribundos, infunde resignación a los que aquí quedan. 

   Así, en vuestras familias consagradas a Él, Jesús será la regla soberana de vuestra conducta y el protector vigilante de vuestros intereses. Que pueda alcanzaros todo eso Nuestra paterna bendición que de corazón os impartimos.

KKKKKKKKKKKKKKKKKKKKKK

IX

LA MISIÓN EDUCADORA

21 de Junio de 1939. (DR. I, 201.)

   Con verdadera alegría notamos este número siempre considerable de recién casados, que vienen a los pies del Vicario de Cristo para pedir de él una bendición que los acompañe en el camino radiante que se abre ante sus esperanzas. Deseamos sinceramente y auguramos que estas bellas, alegres y santas esperanzas se hagan realidad en  un porvenir de felicidad verdadera y perfecta, no sólo para ellos, sino para los hijos que la Providencia les mande, ya que ellos no viven sólo para sí mismos, sino para los que de ellos han de nacer. Los esposos verdaderamente cristianos, viven, quieren vivir y sienten deber vivir especialmente para el bien de sus hijos, sabiendo siempre que su bienestar personal dependerá finalmente del de sus hijos. 

   Ahora bien, queridos recién casados, la felicidad de vuestros hijos está, al menos en parte, en vuestras manos, pues está en relación estrecha con la educación que deis a vuestros hijos desde los albores de su vida, dentro de las paredes domésticas.

   Precisamente hoy celebramos la fiesta de San Luis Gonzaga, gloria brillantísima de la juventud cristiana, no hay duda que la gracia de Dios previno y acompañó a esta alma privilegiada, con dones extraordinarios, los primeros años; pero no es menos cierto que encontró una atenta, delicada e industriosa cooperación en Doña Marta, la madre afortunadísima de nuestro amable Santo. ¡Tanto puede una madre que siente toda la sublimidad de su misión educadora!

   Y para ayudaros en el cumplimiento de esta misión, Nos place poner de relieve a este angélico joven como modelo que debéis proponer a los hijos que el Señor os dé, y como Patrono a cuya tutela confiéis estas queridas prendas de vuestro amor. Cierto que han cambiado los tiempos, han mudado las costumbres, han variado aspectos y métodos de educación; pero la verdadera y genuina figura de Luis Gonzaga queda y quedará siempre como sublime modelo cuyos ejemplos y rasgos se adaptan a los jóvenes de todos los tiempos. Por eso Nuestro predecesor Pío XI, de venerable memoria confirmando cuanto ya habían decretado Benedicto XIII y León XIII, quiso nueva y solemnemente proclamar a Luis Gonzaga como Patrono celestial de toda la juventud cristiana. Y al convocar a esta electísima parte de la familia cristiana bajo la tutela y protección de aquél, le exhortaba vivamente y le rogaba paternalmente que tuviese fijos sus ojos en este joven maravilloso, ejemplar de naturaleza y de gracia, que consagraba a la rápida conquista de una consumada santidad, vivacidad de ingenio, vigor de carácter, fuerza de voluntad, fervor de obras, generosidad de renuncia, hecho un verdadero ángel de pureza y un verdadero mártir de caridad.

   Id hoy, si os es posible, a la Iglesia de San Ignacio, aquí en Roma, y arrodillados junto a la urna que encierra los sagrados huesos de San Luis, rogadle que quiera recibir desde ahora bajo su protección a los hijos que esperáis de Dios.

   Nos os acompañaremos con el pensamiento y el corazón a aquella tumba veneranda, ante la cual hemos orado personalmente tantas veces, especialmente cuando, siendo joven, frecuentábamos las aulas escolares del vecino Colegio Romano, testigo de la santa vida y de la preciosa muerte de Luis Gonzaga.

   Que Nuestra bendición sea auspicio de aquellas gracias que de corazón pedimos para vosotros, por la intercesión de este angélico santo, a quien se ha reservado en la Iglesia una perenne misión en favor de la juventud.

KKKKKKKKKKKKKKKKKKKKKK

a

Índice "Familia Cristiana"

PORTADA


NOTAS
  • [1] Io., VI, 54, 55.

  • [2] Acta Apostólica; Sedis, 1S26, págs. 258-267.

1