DOCTRINA CATÓLICA
La Familia Cristiana - 03  
S. S. Pío XII

X

EL PATROCINIO DE LOS SANTOS APÓSTOLES

28 de Junio de 1939. (DR. I, 219.)

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   Si siempre venimos con íntimo gozo a vosotros, queridos recién casados, nos es particularmente grata la audiencia de hoy, que asume una solemnidad de importancia especial por el hecho de coincidir felizmente con la vigilia de la festividad de los Santos Apóstoles Pedro y Pablo: fiesta de Roma, que la inefable disposición de Dios quiso designar como sede del primer Papa y de sus sucesores.

   Pero fiesta también de toda la Iglesia, que esparcida por todas partes del mundo, conmemora el glorioso triunfo de aquél a quien Jesucristo nuestro Señor dijo las memorables palabras: "Tú eres Pedro, y sobre esta piedra edificaré mi Iglesia, y las puertas del infierno no prevalecerán contra ella".

   Habéis venido para pedir y recibir la bendición apostólica: bendición verdaderamente apostólica, porque os la imparte el sucesor, aunque indigno, de Pedro. Lo que Jesucristo dispuso, dura aún; y Pedro, perseverando en aquella solidez de piedra que le fue comunicada, no deja el timón de la Iglesia que una vez empuñó. 

   Así ahora desempeña más poderosa y vigorosamente el cargo que se le confió, y ejercita todos los deberes de su oficio y de sus cometidos en Aquél y con Aquél con quien fue glorificado[1].

   De esta Bendición Apostólica esperáis vosotros gracias y favores celestes, protecciones y ayudas sobre las nuevas familias que vais a fundar. Tened fe: el patrimonio y el ejemplo de Pedro y del gran Doctor de las Gentes, San Pablo, serán valederos y eficaces para todos vosotros.

   San León Magno (como otros Padres de la Iglesia) llega a llamar a los dos santos Apóstoles, con estupenda imagen, los ojos del cuerpo místico cuya cabeza es Cristo[2], ojos fúlgidos y esplendentes, ojos paternos y misericordiosos, ojos benignos y vigilantes, ojos que siguen nuestro camino espiritual, ojos que se vuelven hacia acá abajo para alentar y animar, y hacia arriba para interceder e implorar gracia a quien aún se fatiga en la tormenta peligrosa y dura de la vida.

   Vosotros, amadísimos recién casados, conservad esta fe, y transmitidla incorrupta a los hijos que la Divina Providencia quiera concederos: conservad y transmitid esta esperanza en la protección de los Príncipes de los Apóstoles, y con ella la devoción y la adhesión inquebrantable, sea cualquiera su persona, al Vicario de Cristo, sucesor de San Pedro.

   Recibid, pues, nuestra paterna Bendición, que os impartimos con afecto, extendiéndola a todas las personas" y cosas queridas sobre las cuales deseáis que descienda largamente.   

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XI

LAS ENSEÑANZAS DE LA LITURGIA

5 de Julio de 1939. (DR. I, 231.)

   Siempre nos resultan gratas, queridos recién casados, estas vuestras bellas y numerosas reuniones en torno al Padre común, y tanto más si se reflexiona que en lo íntimo de vuestro ánimo, junto al deseo de recibir la bendición del Vicario de Cristo, aflora el delicado pensamiento de hacernos partícipes de vuestro gozo y de vuestras fiestas nupciales. 

   El matrimonio cristiano es un acontecimiento penetrado sin duda de santa alegría, cuando se ha contraído con las disposiciones requeridas, como es justo pensar lo habéis hecho.

   Tales disposiciones, junto con los efectos preciosímos propios de este sacramento, las encontramos expresadas con elocuencia en las ceremonias con que la Iglesia lo ha circundado, y éstas son lo que hoy nos place recordar por unos instantes a vuestra memoria y a vuestra consideración, oh esposos cristianos, para que os parezca cada vez más elevada la dignidad y la santidad de este sacramento grande, del que habéis sido los ministros. 

   Tres son los momentos en los que mayor relieve tiene aquel conmovedor y expresivo rito sagrado: el primero, el esencial, es el consentimiento mutuo que manifestado por la palabra de los esposos y recibido por el sacerdote y por los testigos, es confirmado y ratificado por la bendición y entrega del anillo, símbolo de entera e indefectible fidelidad. 

   Todo esto se desarrolla con una solemnidad a la vez grandiosa y sencilla: los esposos se hallan arrodillados ante el altar del Señor: están en presencia de los hombres (testigos, parientes y amigos); en presencia de la Iglesia, representada por el sacerdote; en presencia de Dios que, rodeado invisiblemente por los ángeles y santos, convalida y sanciona los contratos solemnemente jurados.

   Viene entonces la parte, por decirlo así, instructiva sobre el matrimonio cristiano: Pablo, el gran Doctor de ls Gentes, se adelanta, y en la epístola de la misa nupcial recuerda con voz firme los deberes que los nuevos esposos han contraído mutuamente, y recuerda la naturaleza del Sacramento, símbolo de la unión mística de Cristo con la Iglesia.

   Después, el Apóstol cede reverente el puesto al Maestro, y Jesús mismo dice en el Evangelio de la misa, la grande y definitiva palabra: "Quod Deus coniunxit, homo non separet"[3]. ¡Lo que Dios ha unido, que no lo separe el hombre!

   Mas para que el pensamiento de los grandes deberes y de las graves responsabilidades adquiridas no les oprima con su peso, ahora ruega la Iglesia por los nuevos esposos, implora gracias sobre la nueva familia, recuerda los premios reservados, aun en la tierra, a los esposos verdaderamente cristianos.

   Y hay un detalle importante en la liturgia de esta santa misa: después del Pater Noster, el sacerdote se vuelve hacia los esposos, e invoca sobre ellos las bendiciones divinas en una oración que toca las fibras más íntimas del corazón y rebosa de los más conmovedores augurios.

   Sigue su curso la misa y pide, con la liberación del mal, la paz, el bien más grande de la vida terrena.

   Y Nos, recogiendo esta oración, formulamos el mismo augurio a los nuevos esposos: paz, que significa real y cristiana felicidad. Que los días de vuestra vida se sucedan todos tan felices como el de la boda, alegrados con la sonrisa de los seres queridos, prendas de amor.

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XII

GARANTÍA DE SANTIDAD

12 de Julio de 1939. (DR. I, 245.)

   Entre las filas de hijos queridos que se suceden con tanta frecuencia ante el Vicario de Cristo, notamos particular satisfacción las numerosas parejas de recién casados. Don inestimablemente precioso son estas familias cristianas, que han comenzado a existir por razón y en virtud de un gran sacramento, instituido por Nuestro Señor Jesucristo para santificar las bodas, y con esto la familia, en su misma raíz y consiguientemente en sus brotes y en sus frutos.

   Reflexionad, queridos recién casados, en lo que os enseña el mismo catecismo y Nos deseamos recordaros en esta audiencia: que en la base de la familia cristiana está un sacramento. Lo cual quiere decir que no se trata de un simple contrato, de una simple ceremonia o de un aparato externo cualquiera para señalar una fecha importante de la vida: sino de un verdadero y propio acto religioso de vida sobrenatural, del cual fluye un derecho constante a impetrar todas aquellas gracias, todas aquellas ayudas divinas que son necesarias y oportunas para santificar la vida matrimonial, para cumplir los deberes del estado conyugal, para mantener los propósitos, para conseguir los más altos ideales[4].

   Por su parte, Dios se ha hecho fiador de todo esto, elevando el matrimonio cristiano a símbolo permanente de la unión indisoluble de Cristo y de la Iglesia, y por ello podríamos afirmar que la familia cristiana, verdadera y prácticamente cristiana, es garantía de santidad. Bajo este benéfico influjo sacramental, como bajo un rocío de la providencia, crecen los hijos a semejanza de los renuevos de olivo en torno a la mesa doméstica[5]. Reinan allí el amor y el respeto mutuo, los hijos son esperados y recibidos como dones de Dios y como sagrados depósitos que hay que custodiar con temeroso cuidado: si entran allí el dolor y la prueba, no llevan la desesperación o la rebeldía, sino la confianza serena que, a la vez que atenúa el inevitable sufrimiento, hace de él un medio providencial de purificación y de mérito. "Ecce sic benedicetur homo, qui timet Dominum"[6]. Así será bendecido el hombre que teme al Señor.

   Estos frutos los podréis recoger sólo en la familia cristiana, porque con frecuencia, cuando la familia no es sagrada y vive alejada de Dios y privada por ello de la bendición divina, sin la que nada puede prosperar, flaquea por su misma base y está expuesta a caer, antes o después, en el desmoronamiento y en la ruina, como lo demuestra una continua y dolorosa experiencia.

   Todas estas cosas ya las sabéis vosotros, amadísimos hijos y por eso habéis venido a pedir y recibir la bendición del Vicario de Cristo: en esta bendición veis vosotros cómo se renueva y confirma la que habéis sentido descender del cielo en el día de vuestras recientes bodas, y de ella esperáis ulteriores energías y nuevos auxilios para dar a vuestras familias aquel carácter profundamente cristiano que es garantía de virtud y de santidad.

   Dirigiendo vuestro pensamiento a la casa que os vio nacer, a los rostros queridos que primero encontrasteis en vuestra niñez, y repasando desde entonces los años y las vicisitudes de la vida, sentís que todo lo bueno que encontráis en vosotros lo debéis en gran parte a un padre prudente, a una madre virtuosa, a una familia cristiana. De estos sentimientos de gratitud que experimenta viva y sinceramente hacia el Señor y hacia aquellos padres que fueron fieles a su misión, nos place deducir el augurio de que así sean también vuestras nuevas familias, sobre las cuales imploramos con paterno afecto las bendiciones celestiales.

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XIII

LOS TESOROS DE LA INTIMA UNIÓN CON DIOS

19 de Julio de 1939. (DR. I, 257.)

   El augurio que se suele repetir a los recién casados es siempre y en todas partes el mismo: augurio de felicidad. Él quiere ser la expresión primera y entera de los sentimientos y de los deseos de los padres, de los parientes, de los amigos y de cuantos participan en su gozo. 

   Es también la súplica con que la Iglesia termina la misa por los esposos: "quos legitima societate connectis, longaeva pace custodias". Dios omnipotente, custodia, te suplicamos, con una paz de larga duración a aquellos que has unido con el vínculo legítimo.

   Y es ese mismo el voto paterno que Nos hemos acostumbrado dirigir a los esposos que vienen a Roma para implorar la Bendición Apostólica; bendición que es prenda de los favores celestes, de paz y de felicidad para todos estos carísimos hijos.

   Al dirigirlo también hoy a vosotros, nos place poner de relieve el alto significado de este augurio profundamente cristiano, preciosa herencia que nos dejó el divino Maestro: "Pax Vobis".

   La paz, fuente de verdadera felicidad, no puede venir sino de Dios, no puede encontrarse sino en Dios: "Oh Señor, nos has hecho para Ti y nuestro corazón está inquieto hasta que repose en Ti". Por eso la tranquilidad absoluta, la felicidad completa y perfecta no se tendrá sino en el cielo con la visión de la divina esencia. Pero también durante la vida terrena, la condición fundamental de la paz verdadera y de la sana alegría es la dependencia amorosa y filial de la voluntad de Dios: todo lo que debilita, lo que rompe, lo que quiebra esta conformidad y unión de voluntad, está en oposición con la paz: ante todo y sobre todo el pecado. El pecado es rotura y desunión, turbación y desorden, remordimiento y temor, y los que resisten a la voluntad de Dios no tienen, no pueden tener la paz: "Quis restitit Ei et pacem habuit?"[7], mientras la paz es la feliz herencia de los que observan la ley de Dios: "Fax multa diligentibus legem tuam"[8].

   Sobre esta base sólidamente establecida, encuentran los esposos cristianos y los padres cristianos el principio generador de la felicidad y el sostén de la paz en la familia. En efecto, la familia cristiana, huyendo del egoísmo y de la búsqueda de las propias satisfacciones, está toda impregnada de amor y de caridad; y entonces, aunque lleguen a desaparecer los fugaces atractivos de los sentidos, aunque caigan marchitas una tras otra las flores de la belleza juvenil, aunque se desvanezcan los engañosos fantasmas de la imaginación, quedará siempre entre los esposos, entre los hijos y los padres, intacto el vínculo de los corazones; permanecerá inmutable el amor, el grande animador de toda la vida doméstica, y con él la felicidad y la paz.

   Porque quien estima el rito sagrado de las bodas cristianas como una simple ceremonia exterior que hay que observar para seguir una costumbre, quien lleva a él un alma en desgracia de Dios, profanando así el sacramento de Cristo, seca el manantial de gracias sobrenaturales que en el designio admirable de la providencia están destinadas a fecundar el jardín de la familia y a hacer germinar en él juntamente las flores de la virtud y los frutos de la verdadera paz y del gozo más puro. 

   Familias inauguradas en la culpa, a la primera tormenta darán consigo en los escollos, o bien andarán como nave abandonada a merced de las olas, a la deriva de doctrinas que, en la llamada libertad o licencia, preparan la más dura esclavitud. Los profanadores de la familia no tendrán paz; sólo la familia cristiana concorde  con la ley del Creador y del Redentor, ayudada por la gracia, es garantía de paz.

   He aquí, queridísimos recién casados, la significación del augurio paterno que nos brota férvido y sincero del corazón: paz con Dios en la dependencia de su voluntad, paz con los hombres en el amor de la verdad, paz consigo mismo en la victoria de las pasiones: triple paz, que es la única felicidad verdadera de la que es posible gozar, durante la peregrinación terrena. Que sea auspicio de tanto bien la bendición paterna que de todo corazón os impartimos.

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NOTAS
  • [1] S. Leonis Magni Serm. III, cap. 3, Migne, FL., t. 54, col. 146.

  • [2] Serm. LXXXII, cap. 7. Migne, PL., t. 54, col. 427.

  • [3] Matth, XIX, 6. 

  • [4]  Carta encíclica "Casti Connubii", en "Acta Apostoli-cae Sedis", 1930, págs. 554-555.

  • [5] Ps., CXXVII, 3. 

  • [6] Ps., CXXVII, 4.

  • [7] Job., IX, 4.

  • [8] Ps., CXVIII, 165.

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