DOCTRINA CATÓLICA
La Familia Cristiana - 04  
S. S. Pío XII

   XIV

SAGRADA ALIANZA

8 de Noviembre de 1939. (DR. I, 363.)

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   Con particular benevolencia os saludamos en primer lugar a vosotros, queridos recién casados, a quienes un pensamiento de fe ha conducido ante Nos, para recibir nuestra bendición, en un momento tan importante para vosotros por las obligaciones adquiridas y por las gracias que se os han concedido.

   Porque el matrimonio impone nuevos deberes. Hasta ahora muchos de vosotros habíais vivido bajo el techo paterno, sin responsabilidad propia, limitándoos a ayudar, según la edad y las fuerzas, a un padre y a una madre queridísimos, que os aseguraban un puesto en el hogar y en la mesa doméstica. Pero ahora seréis responsables ante Dios y ante los hombres.

   Haced que desde el primer día vuestra casa sea y aparezca cristiana. Que el Sagrado Corazón de Jesús sea el Rey de ella; que la imagen del Salvador crucificado, y el de la dulcísima Virgen María, tengan allí el puesto de honor. Y esto no sólo para hacer manifiesto a los ojos de todos que en vuestra morada se sirve a Dios y que los visitantes y amigos deben, como vosotros mismos, desterrar de ella todo lo que puede violar su santa ley: conversaciones deshonestas, palabras mentirosas, cóleras o debilidades culpables; sino también para recordaros que Jesús y María son los más constantes y amadísimos testigos y están asociados a los sucesos de vuestra familia: júbilos, que os auguramos numerosos; dolores y pruebas, que nunca podrán faltar. Porque también vosotros tendréis, como tienen todos en este mundo, vuestras horas de tristeza. Acaso ahora vivís en un dulce sueño; ¿pero qué sueño resiste a la realidad de cada día?

   Contra las inevitables desilusiones y contra las dificultades inherentes a la vida conyugal, os inmunizará, , sin embargo, la gracia del sacramento. En toda circunstancia, alegre o triste de vuestra vida, sostened siempre con firmeza la grande finalidad del matrimonio cristiano. El matrimonio no es para vosotros, cristianos, una alianza puramente natural, un pacto meramente humano; es un contrato en el cual Dios tiene su puesto, y sólo el puesto que le corresponde, que es precisamente el primero. Os habéis unido ante su altar, no sólo para aligeraros mutuamente el peso de la vida, sino también para colaborar con el mismo Dios en la continuación de su obra creadora, conservadora y redentora. Dios, al recibir y bendecir vuestras promesas, os ha conferido al mismo tiempo una gracia especial que os haga cada vez más fácil el cumplimiento de los nuevos y particulares deberes. 

   Con estos sentimientos y con estos augurios os impartimos de corazón, como prenda de más abundantes favores celestes, Nuestra paterna Bendición Apostólica.

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XV

 TODA CASA ES UN TEMPLO

15 de Noviembre de 1939. (DR. I, 389.)

   Habéis venido a Roma, queridos recién casados, precisamente en la semana en que la Iglesia conmemora la dedicación de las basílicas de los Santos Apóstoles Pedro yPablo, que sin duda habéis visitado ya o que no dejaréis de visitar. El término "basílica" significa originalmente "la casa del rey", y la dedicación es el rito solemne con el que un templo se consagra a Dios, Rey y Señor supremo, para hacer de él su morada, adscribiéndolo a especiales misterios o santos, en cuya memoria u honor ha sido edificado.

   Cierto es que las maravillosas basílicas no son con todo ello dignas de acoger al Rey de reyes. Sin embargo, bien lo sabéis, Él no desdeña vivir acaso en pobres capillas, en miserables chozas de las misiones. Pensad en tan grande dignación y en tanto amor, vosotros que habéis venido a recibir del Vicario de Cristo una bendición especial para vosotros mismos y para el nuevo hogar doméstico.

   Recordad lo que desde la infancia decía a vuestro corazón esta palabra: ¡la casa! Allí estaba todo vuestro amor, concentrado en un padre, en una madre, en los hermanos, en las hermanas. Uno de los más grandes sacrificios que Dios pide a un alma, cuando la llama a un estado superior de perfección, es el de dejar la casa: "Escucha, oh hijo... olvida la casa de tu padre"[1]. "El que hubiere abandonado su casa ... por amor de mi, nombre ... tendrá la vida eterna"[2].

   Ahora bien, también a vosotros, que camináis por la vía ordinaria de los mandamientos, un amor nuevo e imperioso os hizo un día sentir su llamada: deja —os dijo a cada uno de vosotros— la casa de tu padre, porque tú debes fundar otra que será la "tuya". Y desde entonces, vuestro ardiente deseo ha sido encontrar, establecer lo que para vosotros será "la casa".

   Porque, como dice la Sagrada Escritura, "la suma de la vida humana es ... el pan, el vestido y la casa"[3]. No tener casa, estar sin techo y sin hogar, como sin embargo están no pocos infelices, ¿no es acaso el símbolo de la máxima angustia y miseria? Sin embargo, vosotros recordáis ciertamente que Jesús, nuestro Salvador conoció las dulzuras de la casa familiar bajo el humilde techo de Nazareth, quiso después, durante su vida apostólica, ser como un hombre sin casa: "Las raposas, decía Él, tienen sus madrigueras, y los pájaros del aire sus nidos; pero el Hijo del hombre no tiene dónde posar la cabeza"[4].

   Considerando este ejemplo del Divino Redentor, vosotros aceptaréis más fácilmente las condiciones de vuestra vida, aunque ellas no correspondieran por ahora o en todos los detalles a lo que vosotros habéis soñado.

   En todo caso, poned cuidado exquisito, especialmente vosotras, jóvenes esposas, en hacer amable, íntima, la morada propia; en hacer reinar en ella la paz, con la armonía de dos corazones lealmente fieles a sus promesas, y después, si Dios quiere, con una alegre y gloriosa corona de hijos. Ya hace mucho tiempo que Salomón, desengañado y convencido de la vanidad de las riquezas terrenas, había dicho: "Más vale un mendrugo de pan seco con paz, que una casa llena de carne, con discordia"[5]

   Pero no olvidéis que todos los esfuerzos serán vanos que no encontraréis la felicidad de vuestro hogar, si Dios no edifica la casa con vosotros[6], para vivir allí su gracia. También vosotros debéis hacer, por decirlo así, la dedicación de esta "basílica", esto es, debéis consagrar a Dios, bajo la invocación de la Virgen Santísima y de vuestros santos patronos, vuestro pequeño templo familiar, donde el mutuo amor debe ser el rey pacífico, en la observancia fiel de los preceptos divinos.

   Con tal augurio de verdadera y cristiana felicidad, y como prenda de los favores celestes, Os impartimos de todo corazón, queridos recién casados, nuestra paterna Bendición Apostólica.

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XVI

ARMONÍA DE LAS ALMAS

22 de Noviembre de 1939. (DR. I, 393.)

   Mientras resuena en vuestros corazones el himno eterno y siempre nuevo del amor cristiano, la Iglesia celebra hoy la fiesta de una joven romana, Santa Cecilia, tradicional patrona de la música. Es para Nos una ocasión oportuna de deciros algunas palabras sobre la importancia de una concorde y constante armonía entre esposo y esposa.

   Acaso pensaréis que es inútil recomendaros armonía en estos días en que el acuerdo perfecto de vuestros corazones ignora todavía las disonancias. ¿Pero no sabéis que con el uso hasta el mejor instrumento musical se desafina pronto y es preciso afinarlo con frecuencia con el diapasón? Así sucede también a la voluntad humana, cuyas buenas intenciones están sujetas al decaimiento.

   La primera condición de la armonía entre los esposos, y de la consiguiente paz doméstica, es una constante buena voluntad por ambas partes. Porque la experiencia cotidiana enseña que en las disensiones humanas, como dice nuestro gran Manzoni, "la razón y la sinrazón no se dividen con un corte tan neto que las partes tengan solamente de la una o solamente de la otra". Y la Sagrada Escritura, si bien es cierto que compara la mujer mala con un yugo de bueyes mal sujeto[7], que al moverse estorba el trabajo de aquellos, y asemeja a la mujer litigiosa al tejado que deja pasar las goteras en la estación del frío[8], nota también que el hombre iracundo enciende las riñas[9]. Mirad en torno vuestro y aprenderéis del ejemplo de los demás, que las discordias conyugales nacen con la mayor frecuencia de la falta de recíproca confianza, de condescendencia y de perdón.

   Así aprenderéis la dulzura del acuerdo entre los esposos. "En tres cosas, dicen, los Libros Santos, que agradan a Dios y a los hombres, se complace mi alma: la concordia de los hermanos, el amor de los prójimos y un marido y una mujer bien unidos entre sí"[10]. Vosotros, queridos esposos, defenderéis esta preciosa armonía con todo cuidado contra los peligros externos e internos de discordia; sobre todo contra dos: las desconfianzas, demasiado prontas en nacer, y los resentimientos, demasiado lentos en morir.

   En el exterior, la malignidad quisquillosa de terceras personas, madre de la calumnia, introduce acaso en la pacífica armonía conyugal, la nota turbadora de la sospecha. Escuchad de nuevo la advertencia de la Sagrada Escritura: "la lengua de un tercero echó fuera de casa a mujeres de ánimo viril y les privó del fruto de sus fatigas. El que le dé oído no estará nunca tranquilo"[11]. ¿No es cierto también que la falsa vibración de un solo instrumento basta para destruir toda la armonía de una música?

   Pero las breves disonancias, que en una ejecución musical ofenden o por lo menos sorprenden al oído, vienen a resultar un elemento de belleza cuando con una modulación se resuelven en el acorde esperado. Así  debe suceder en los enfados y disgustos pasajeros, que la debilidad humana hace siempre posibles entre los esposos. Hace falta resolver con prontitud estas disonancias, hacer resonar las modulaciones benévolas de almas prontas al perdón, y así volver a encontrar el acorde por un instante comprometido, en aquélla tonalidad de paz y de amor cristiano que hoy encanta vuestros corazones jóvenes.

   El gran Apóstol San Pablo os dirá el secreto de esta armonía conservada, o al menos renovada cada día en vuestro hogar doméstico: "Si experimentáis movimientos de ira, advierte, no cedáis a sus sugestiones; que no se ponga el sol sobre vuestra ira"[12]. Cuando las primeras sombras de la noche os invitan a la reflexión y a la plegaria, arrodillaos el uno junto al otro ante el Crucifijo que velará en la noche vuestro sueño. Y juntos, con sinceridad de corazón, repetid: Padre Nuestro que estás en los cielos. .., perdónanos ... como nosotros perdonamos ... Entonces las falsas notas del mal humor callarán, las disonancias se resolverán en una perfecta armonía, y vuestras almas recomenzarán unidas su cántico de reconocimiento hacia Dios que os ha entregado el uno al otro.

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NOTAS
  • [1] Ps., LIV, 10.

  • [2] Matth., XIX, 29.

  • [3] Eccli., XXIX, 28.

  • [4] Matth., VII, 20. 

  • [5] Prov., XVII, 1. 

  • [6]  Cfr. Ps., CXXVI, 1. 

  • [7] Eccli, XXVI, 10.

  • [8] Prov., XXVII, 15.

  • [9] Eccli., XXVIII, 11.

  • [10] Eccli., XXV, 1. 

  • [11] Eccli., XXXVIII, 19-20.

  • [12] Eph., IV, 26.

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