DOCTRINA CATÓLICA
La Familia Cristiana - 05  
S. S. Pío XII

   XVII

LA CASTIDAD CONYUGAL

6 de Diciembre de 1939. (DR. I, 411.)

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   Unidos recientemente por sagradas promesas, a las que corresponden nuevos y graves deberes, habéis venido, queridos recién casados, junto al Padre común de los fieles, para recibir sus exhortaciones y su bendición. Y queremos hoy dirigir vuestras miradas hacia la dulcísima Virgen María, cuya fiesta de la Inmaculada Concepción celebrará pasado mañana la Iglesia; título suavísimo, preludio de todas sus otras glorias, y privilegio único, hasta el punto de que parece identificado con su misma persona: "Yo soy, dijo Ella a Santa Bernardita en la Gruta de Massabielle, yo soy la Inmaculada Concepción". 

   ¡Un alma inmaculada! ¿Quién de vosotros, al menos en sus mejores momentos, no ha deseado serlo? ¿Quién no ama lo que es puro y sin mancha? ¿Quién no admira la blancura de los lirios que se miran en el cristal de un límpido lago, y las cimas nevadas que reflejan el azul del firmamento? ¿Quién no envidia el alma cándida de una Inés, de un Luis Gonzaga, de una Teresa del Niño Jesús? 

   El hombre y la mujer eran inmaculados cuando salieron de las manos creadoras de Dios. Manchados después por el pecado, debieron comenzar, con el sacrificio expiatorio de víctimas sin mancha, la obra de la purificación, que sólo hizo eficazmente redentora la "sangre preciosa de Cristo, como de cordero inmaculado e incontaminado"[1]. Y Jesucristo, para continuar su obra, quiso que la Iglesia, su esposa mística, fuese "sin mancha ni arruga... sino santa e inmaculada"[2]. Ahora bien, queridos recién casados, tal es el modelo que el gran Apóstol Pablo os propone: "Oh hombres, advierte él, amad a la Iglesia[3], porque lo que hace grande al sacramento del matrimonio es su relación a la unión de Cristo y de la Iglesia"[4].

   Acaso pensaréis que la idea de una pureza sin mancha implica exclusivamente a la virginidad, ideal sublime al que Dios no llama a todos los cristianos, sólo a las almas elegidas. Estas almas las conocéis vosotros, pero aun mirándolas, no habéis creído que esa fuese vuestra vocación. Sin tender al extremo de la renuncia total a los gozos terrestres, vosotros, siguiendo la vía ordinaria tenéis el legítimo anhelo de veros circundados por una gloriosa corona de hijos, fruto de vuestra unión. Pero también el estado matrimonial, querido por Dios para el común de los hombres, puede y debe tener su pureza sin mancha.

   Es inmaculado ante Dios todo el que cumple con fidelidad y sin negligencia las obligaciones del propio estado. Dios no llama a todos sus hijos al estado de perfección, pero les invita a todos ellos a la perfección en su estado: "Sed perfectos, decía Jesús, como es perfecto vuestro Padre Celestial"[5]. Los deberes de la castidad conyugal, ya los conocéis. Exigen una valentía real, a veces heroica, y una confianza final en la providencia; pero la gracia del sacramento se os ha dado precisamente para hacer frente a estos deberes. No os dejéis, por lo tanto, desviar, por pretextos demasiado en boga y por ejemplos por desgracia demasiado frecuentes.

   Escuchad más bien los consejos del ángel Rafael al joven Tobías, que dudaba de tomar por mujer a la virtuosa Sara: "Escúchame, y yo te enseñaré quiénes son aquellos sobre los que el demonio tiene poder: son aquellos que abrazan el matrimonio arrojando a Dios de sí y de sus corazones"[6]. Y Tobías, iluminado por esta angélica exhortación, dijo a su joven esposa: "Nosotros somos hijos de santos, y no podemos unirnos como los gentiles que no conocen a Dios"[7]. No olvidéis nunca que el amor cristiano tiene un fin mucho más elevado que el que puede constituir una fugaz satisfacción.

   Escuchad, en fin, la voz de vuestra conciencia, que os repite interiormente la orden dada por Dios a la primera pareja humana: "creced y multiplicaos"[8]. Entonces, según la expresión de San Pablo "el matrimonio será en todo honrado, y el tálamo sin mancha"[9]. Pedid esta gracia especial a la Virgen Santísima, en el día de su próxima fiesta.

   Tanto más cuanto que María fue inmaculada desde su concepción para venir a ser dignamente Madre del Salvador. Por eso la Iglesia ora así en su liturgia, donde resuena el eco de sus dogmas: "Oh Dios, que por la inmaculada concepción de la Virgen preparaste a tu Hijo una morada digna de Él..."[10]. Esta Virgen inmaculada, que llegó a ser madre por otro único y divino privilegio, puede, por lo tanto, comprender vuestros deseos de pureza interna y vuestra aspiración a los gozos de la familia. Cuanto vuestra unión sea más santa y apartada del pecado, tanto más os bendecirán Dios y su purísima Madre, hasta el día en que la Bondad suprema una para siempre en el Cielo a aquellos que se han amado cristianamente en este mundo.

   Con tal augurio, y como prenda de los más abundantes favores divinos, os impartimos de corazón, queridos recién casados, así como a todos los otros fieles aquí presentes, la bendición apostólica.

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XVIII

JUNTO A LA CUNA DEL REY DIVINO

3 de Enero de 1940. (DR. I, 463.)

   Si hay, en medio de las tristezas de la tierra, un grupo de seres que pueden mirar con serenidad el porvenir, parece que podéis ser vosotros, recientemente unidos con los vínculos del matrimonio cristiano, y resueltos a llenar lealmente, con los auxilios divinos que el sacramento os confiere, las obligaciones que éste os impone. En los días que acaban de transcurrir, habéis realizado uno de vuestros más dulces sueños. Os resta un anhelo que conseguir para el año que ahora comienza: que vuestra unión, bendecida ya invisiblemente por Dios con la gracia sacramental, reciba la bendición visible de la fecundidad. Ahora bien, he aquí que la Iglesia propone en este tiempo de Navidad a vuestra consideración a una mujer y un hombre inclinados tiernamente hacia un niño recién nacido. Meditando el misterio de Navidad, contemplad, pues, la actitud de María y José; tratad, sobre todo, de penetrar en sus corazones y participar de sus sentimientos. Y entonces, no obstante la diferencia infinita entre la Natividad de Jesús, Verbo encarnado, Hijo de la Virgen purísima, y el nacimiento humano del pequeño ser a quien vais a dar la vida, podréis tomar con confianza para modelos vuestros, a estos esposos ideales: María y José.

   Mirad la cueva de Belén, ¿Es acaso una morada que llegue a convenir a unos modestos artesanos? ¿Qué significan estos animales, que dicen estas alforjas de viaje, por qué esta absoluta pobreza? ¿Es esto lo que María y José, habían soñado para el nacimiento del niño Jesús, en la íntima dulzura de su casita de Nazareth? Tal vez José desde hacía ya varios meses, sirviéndose de algunos trozos de madera del país, había aserrado, cepillado, pulido y adornado una cuna, coronada por un racimo de uvas entrelazadas. Y María —bien podemos pensarlo— iniciada desde su infancia en el templo en las labores femeninas, había cortado, festoneado y bordado con algún gracioso dibujo, como toda mujer a quien anima la esperanza de una próxima maternidad, los pañales para el deseado de las gentes.

   Y, sin embargo, ahora no están en su casita, ni junto a sus amigos, ni siquiera en una posada ordinaria: ¡están en un establo! Para obedecer al edicto de Augusto, habían hecho en pleno invierno un penoso viaje, aun sabiendo que el niño tan esperado estaba para venir al mundo! Y sabían bien que este niño, fruto virginal de la obra del Espíritu Santo, pertenecía a Dios antes que a ellos. Jesús mismo, doce años más tarde, debía recordárselo: los intereses del Padre celestial, Señor soberano de los hombres y de las cosas, debían anteponerse a los pensamientos del amor, por muy puros y ardientes que fueran, de María y de José. He aquí por qué aquella noche, en una miserable y húmeda cueva, adoran éstos, arrodillados, al divino recién nacido recostado en un duro pesebre, "positum in praesepio", en lugar de estar en la graciosa cuna; envuelto en pañales groseros, "pannis involutum", en lugar de las finas fajas.

   También vosotros, queridos recién casados habéis tenido, tenéis y tendréis dulces sueños sobre el porvenir de, vuestros hijos. ¡Tristes de aquellos padres que no los tengan! Pero evitad que vuestros sueños sean exclusivamente terrenos y humanos, Ante el Rey de los Cielos, que temblaba sobre las pajas, y cuyo lenguaje, como el de todo hombre que viene a este mundo, era todavía el llanto: "et primam vocem similem ómnibus emisi plorans"[11], María y José vieron —con una luz interior que aclaraba las apariencias de la realidad material— que el niño más bendecido por Dios no es necesariamente el que nace en la riqueza y en el bienestar; comprendieron que los pensamientos de los hombres no están siempre conformes con los de Dios; sintieron profundamente que todo lo que acaece sobre la tierra, ayer, hoy y mañana, no es un efecto de la casualidad o de una buena o mala suerte, sino el resultado de una larga y misteriosa concatenación de sucesos, dispuesta o permitida por la providencia del Padre celestial.

   Queridos recién casados, procurad sacar provecho de esta sublime lección. Postrados ante la cuna del Niño Jesús, como lo hacíais tan inocentemente en vuestra niñez, rogadle que infunda en vosotros los grandes pensamientos sobrenaturales que llenaban en Belén el corazón de su padre adoptivo y de su madre Virgen. En los queridos pequeñuelos que vendrán, según esperamos, a alegrar vuestro hogar joven, antes de venir a ser el orgullo de vuestra edad madura y el sostén de vuestra vejez, no veáis solamente los miembros delicados, la sonrisa graciosa, los ojos en que se reflejan los rasgos de vuestro corazón, sino sobre todo y ante todo el alma, creada por Dios, precioso depósito confiado a vosotros por la bondad divina. Educando a vuestros hijos para una vida profundamente y animosamente cristiana, les daréis y os daréis a vosotros mismos la mejor garantía de una existencia feliz en este mundo y de una reunión dichosa en el otro.

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XIX

DONES NUPCIALES

10 de Enero de 1940. (DR. I, 475.)

   La Iglesia, durante la octava solemne de la Epifanía, repite en su liturgia las palabras de los Magos: "Hemos visto en Oriente la estrella del Señor, y hemos venido con dones a adorarle"[12]. También vosotros, queridos recién casados, cuando os prometíais ante Dios al pie del Altar, visteis un firmamento lleno de estrellas que iluminaban vuestro porvenir de radiantes esperanzas, y ahora habéis venido aquí para honrar a Dios y recibir la bendición de su Vicario en la tierra, trayendo ricos dones.

   ¿Cuáles son estos dones? Nos sabemos bien que vuestro equipaje no presenta el lujo que la tradición y el arte de los siglos atribuyen a los Reyes Magos: séquito de  siervos, animales suntuosamente enjaezados, mantos, raras esencias y, como dones para el niño Jesús, el oro, probablemente de Ofir, que ya Salomón apreciaba[13], el incienso y la mirra: dones recibidos de Dios, porque todo lo que una criatura puede ofrecer es un don del Creador. También vosotros habéis recibido de Dios, en el matrimonio cristiano, tres bienes preciosos enumerados por San Agustín: la fidelidad conyugal ("Fides"), la gracia sacramental ("Sacramentum"), la procreación de los hijos ("proles"): tres bienes que a vuestra vez debéis ofrecer a Dios, tres dones simbolizados en las ofrendas de los Magos.

   I. — Vuestra fidelidad es vuestro oro, o más bien un tesoro preferible a todo el oro del mundo. El sacramento del matrimonio os da los medios de poseer y aumentar este tesoro: ofrecedlo a Dios para que os ayude a conservarlo mejor. El oro es, por su belleza, por su brillo, por su inalterabilidad, el más precioso de los metales; su valor sirve de base y de medida para todas otras riquezas. De igual manera, la fidelidad conyugal es la base y la medida de toda la felicidad del hogar doméstico. En el templo de Salomón, para evitar la alteración de los materiales, lo mismo que para embellecer el conjunto, no existía parte alguna que no estuviera recubierta de oro[14]. De igual modo, el oro de la felicidad, para asegurar la solidez y el esplendor de la unión conyugal, debe revestirla y envolverla toda entera. El oro, para conservar su belleza y su brillo, debe ser puro. De igual manera, la fidelidad entre los esposos debe ser íntegra e incontaminada; si comienza a alterarse, se ha terminado la confianza, la paz, la felicidad. Digno de lástima es el oro —como gemía el Profeta[15]— que se ha oscurecido y ha perdido su color esplendente; pero más dignos de llanto son todavía los esposos cuya fidelidad se corrompe; su oro, diremos con Ezequiel[16], se convierte en. inmundicia; todo el tesoro de su bella concordia se disgrega en una desoladora mezcolanza de sospechas, de desconfianzas, de reproches, para terminar con demasiada frecuencia en males irreparables. Por eso vuestra primera ofrenda al Dios recién nacido, debe ser la resolución de una constante y atenta fidelidad a vuestras promesas matrimoniales.

   II. — Los Magos llevaban también a Jesús oloroso incienso. Con el oro le habían honrado como a Rey; con el incienso rendían homenaje a su divinidad. También vosotros, esposos cristianos, tenéis una rica oferta de suave perfume que hacer a Dios, y para el cual el sacramento del matrimonio os aporta los medios necesarios. Este perfume que esparcirá una dulce fragancia en toda vuestra vida, y que hará de vuestras obras diarias, hasta de las más humildes, actos capaces de procuraros en el cielo la visión intuitiva de Dios, este incienso invisible, pero real, es la gracia sobrenatural. Tal gracia, que se os ha conferido con el bautismo, renovado con la penitencia, aumentado con la eucaristía, os la han dado por un título especial en el sacramento del matrimonio, con nuevos auxilios correspondientes a vuestros nuevos deberes. Y así vosotros sois más ricos todavía que los Magos. El estado de gracia es más que un suave perfume, por muy puro y penetrante que éste sea, que da a vuestra vida natural un aroma celeste; es una verdadera elevación de vuestras almas al orden sobrenatural, que os hace partícipes de la naturaleza divina[17]. ¡Qué cuidado debéis, pues, de tener para conservar y también para aumentar semejante tesoro! Ofreciéndolo a Dios no lo perdéis, sino más bien lo confiáis al mejor y más seguro guardián. 

   III. — Finalmente los Magos, queriendo honrar en Jesús no sólo a un rey y a un Dios, sino también a un hombre, le presentaron como regalo la mirra, es decir, luna especie de goma resinosa, de la que los antiguos, especialmente los egipcios, se servían para conservar los restos de aquellos que habían amado. Acaso os mostréis sorprendidos de que en este aroma veamos Nos el símbolo de vuestra tercera ofrenda, del tercer bien del matrimonio cristiano, que es el deber y el honor de la prole. Pero notad que en toda nueva generación continúa y se prolonga la línea hereditaria. Los hijos son la imagen viviente y una especie de resurrección de los antepasados, que a través de la generación presente tienden la mano a la de mañana. En ellos veréis revivir y actuar ante vosotros, aun con los mismos rasgos del rostro y la fisonomía moral, y especialmente con sus tradiciones de fe, de honor y de virtud, la doble serie de vuestros antepasados. En este sentido, la mirra conserva, perpetúa, renueva incesantemente la vida de una familia. Porque la familia es como un árbol de tronco robusto y de espeso follaje, del que cada generación forma una rama. Asegurar la continuidad de su crecimiento es un honor tal, que las familias más nobles y más ilustres son aquellas cuyo árbol genealógico extiende más profundamente sus raíces en la tierra hereditaria.

   Es cierto que el cumplimiento de este deber tiene sus dificultades, acaso mayores que las de los precedentes. La mirra, esta sustancia conservadora y preservadora, es de sabor amargo; los naturalistas, comenzando por Plinio, lo enseñan, y su propio nombre lo insinúa. Pero esta amargura no hace sino aumentar sus virtudes benéficas. En el antiguo Testamento se ve usada como perfume[18]; sus flores son un símbolo de amor puro ardiente[19]. En el santo Evangelio se lee que los soldados dieron a beber al divino Crucificado vino mezclado con mirra[20], bebida que se solía dar a los ajusticiados para atenuar algún tanto sus dolores. Otros tantos simbolismos que podéis meditar.

   Para no citar sino uno solo: las innegables dificultades que una bella corona de hijos lleva consigo, sobre todo en nuestros tiempos de vida cara y en familias poco acomodadas, exigen coraje, sacrificios, a veces heroísmos. Pero como la amargura saludable de la mirra, esta aspereza temporal de los deberes conyugales preserva ante todo a los esposos de una grave culpa, fuente funesta de ruina para las familias y para las naciones. Además, estas mismas dificultades animosamente afrontadas, les aseguran la conservación de la gracia sacramental y una abundancia de socorros divinos. Finalmente, ellas alejan del hogar doméstico los elementos envenenados de disgregación, como son el egoísmo, la constante busca del bienestar, la falsa y viciada educación de una prole voluntariamente restringida. ¡Cuántos ejemplos en torno a vosotros os harán ver un manantial, incluso natural, de alegrías y de mutuo ánimo, en los esfuerzos que tienen que llevar a cabo los padres para procurar el alimento cotidiano a una querida y numerosa pollada nacida a la luz, bajo la mirada de Dios, en el nido familiar!

   Éstos son, queridos recién casados, los tesoros que habéis recibido de Dios, y que en esta semana de la Epifanía podéis vosotros mismos ofrecer al celeste Niño del pesebre, con la promesa de cumplir animosamente los deberes del matrimonio.

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NOTAS
  • [1] I Petr., I, 19.

  • [2] Eph., V, 27.

  • [3] Eph., V, 25. 

  • [4] Eph., III, 32.

  • [5] Matth., V, 48.

  • [6] Tob., VI, 16-17. 

  • [7] Tob., VIII, 5.

  • [8] Gen., I, 22.

  • [9] Hebr., XIII, 4.

  • [10] Orat. in festo Immac. Conc. B. M. V.

  • [11] Sap., VII, 3

  • [12] Cfr. Matth., II, 2 y 11. 

  • [13] III Reg., IX, 2,8. 

  • [14] III Reg., VI, 22.

  • [15] Jerem. Thren., IV, 1.

  • [16] VII; 19. 

  • [17]  II Petr., I, 4.

  • [18] Cant, III, 6. 

  • [19] Cant., I, 12.

  • [20] Marc., XV, 23.

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