DOCTRINA CATÓLICA
La Familia Cristiana - 15  
S. S. Pío XII

   XXIX

ANSIAS Y ESPERANZAS

19 de Junio de 1940. (DR. II, 115.)

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   Hace cuarenta y un años, en una hora difícil para la sociedad cristiana, pero menos angustiosa que la presente, nuestro glorioso predecesor León XIII recordaba en su Encíclica "Annum sacrtim", corno, cuando la Iglesia se encontraba oprimida bajo el yugo de los Césares, la cruz se apareció en lo alto a un joven emperador, como auspicio y causa de la próxima victoria; y añadía: "He aquí que hoy se ofrece a nuestra mirada otra divina señal llena de auspicios: el sacratísimo Corazón de Jesús, coronado por la cruz y brillante de espléndido fulgor entre las llamas.. En Él se deben colocar todas las esperanzas: a Él se debe pedir, y de Él se debe esperar la salvación de los hombres"[1].

   En el actual mundo revuelto y en este mes dedicado al Sagrado Corazón, os repetimos estas palabras a vosotros, queridos recién casados, que tenéis más necesidad que otros de mirar con confianza al porvenir. Consagraos a este Corazón, divino y esperad de Él vuestra salvación y vuestra felicidad.

   Dios, que ha creado al hombre para amarle y para ser amado de él, no ha hecho una llamada solamente a su inteligencia y a su voluntad; para tocar su corazón, ha tomado Él mismo un corazón de carne, y porque el signo más manifiesto de amor entre dos corazones es el don total del uno al otro, Jesús se digna proponer al hombre este cambio de corazones: Él ha dado el suyo en el calvario, lo da todos los días, millares de veces, pobre el altar, y en cambio pide el corazón del hombre: "Praebe, fili mi, cor tuum mihi"[2]. ¡Hijo mío, dame tu corazón! Este llamamiento universal se dirige particularmente a la familia, porque son especiales los favores que a ésta le otorga el Corazón divino.

El hombre, obra maestra del Creador, está hecho a imagen de Dios[3]. Ahora bien, en la familia esta imagen adquiere, por decirlo así, una peculiar semejanza con el divino modelo, porque como la esencial unidad de la naturaleza divina existe en tres personas distintas, consustanciales y coeternas, así la unidad moral de la familia humana se actúa en la trinidad del padre, de la madre y de su prole. La fidelidad conyugal y la indisolubilidad del matrimonio constituyen un principio de unidad que puede parecer contrario a la parte inferior del hombre, pero es conforme a su naturaleza espiritual; por otro lado, el mandamiento dado a la primera pareja humana: creced y multiplicaos[4], haciendo de la fecundidad una ley, asegura a la familia el don de perpetuarse a través de los siglos, y pone en ella como un reflejo de eternidad.

Las grandes bendiciones de la antigua Ley fueron prometidas y dadas a la familia. Noé no se salvó sólo del diluvio; entró en el Arca "con sus hijos, su mujer y las mujeres de sus hijos"[5], para salir de aquélla incólume con ellos[6]; después de lo cual, Dios bendijo a él y a su descendencia, a la que ordenó crecer y multiplicarse hasta llenar la tierra[7]. Las promesas hechas solemnemente a Abraham, se dirigían, como recordaba San Pablo en su carta a los gálatas[8], no solamente a él, sino a su progenie, que poseería la tierra prometida y se multiplicaría hasta hacer del patriarca el padre de muchas gentes[9]. Cuando Sodoma fue destruida a causa de su iniquidad, y precisamente de sus delitos contra la familia, el fiel Lot, advertido por los ángeles, fue librado con sus hijas y con sus yernos[10]. Heredero de las promesas y de las predilecciones del Altísimo, el rey David cantó la misericordia divina que se derramaba sobre su estirpe[11] de generación en generación[12], porque después de haberlo llamado cuando era un pastorzuelo y andaba tras de su rebaño, haberle dado un grande nombre y haberle librado de todos sus enemigos, el Señor le anunció que "formaría una casa", es decir, una familia, y que tomaría cuidado de ella paternalmente: "cuando se cumplan tus días y tú duermas con tus padres, Yo suscitaré después de ti a tu posteridad"[13].

   En la nueva Ley todavía se conceden a la familia nuevas gracias. El sacramento hace del matrimonio mismo un medio de mutua santificación para los cónyuges y un manantial inagotable de ayuda sobrenatural; hace a su unión símbolo de la unión entre Cristo y su Iglesia; les convierte en colaboradores de la obra creadora del Padre, de la obra redentora del Hijo, de la obra iluminadora y educadora del Espíritu Santo. ¿No es acaso ésta una verdadera predilección de Dios, un amor de su corazón, como cantaba el salmista al ver los pensamientos del Corazón divino a través de las generaciones humanas: "Cogitationes coráis eius in generatione et generatio-nem"?[14].

   Pero no es esto todo. Este Corazón da y promete a las familias cristianas todavía más. Ante todo, ha querido ofrecerles un modelo, por decirlo así, más tangible e imitable que la sublime e inaccesible Trinidad. Jesús, "autor y consumador de la fe", que renunció a los gozos humanos y> "dejando la alegría sostuvo la cruz, sin hacer caso de la ignominia"[15], gustó sin embargo la dulzura del hogar doméstico en Nazaret. Nazaret es el ideal de la familia, porque en ella la autoridad serena y sin asperezas se junta con una obediencia sonriente y sin indecisiones; porque la integridad se une allí a la fecundidad, el trabajo a la oración, el buen querer humano a la benevolencia divina. Éste es el ejemplo y el ánimo que Jesús os ofrece. Pero su Corazón os reserva a vosotros, cabezas de familia de los siglos nuevos, bendiciones todavía más explícitas.

   A las familias que se consagran a Él, este Corazón divino se ha comprometido a asistirlas y protegerlas cuando se encuentren en cualquier necesidad. ¡Ah, cuántas necesidades, a veces bien duras, oprimen hoy a las familias, y cuántas las amenazan! Ninguna, acaso, puede decirse sin desventuras en el presente y sin preocupaciones en el porvenir, además de que en la familia el peligro de cada uno es inquietud de todos, y el peligro de todos aumenta la ansiedad de cada uno.

   Ahora es por lo tanto más oportuno que nunca el momento de dirigiros al Sagrado Corazón y de consagraros a Él con todo lo que os es querido. Confiadle el nuevo hogar que habéis fundado y que no espera sino desenvolverse en la calma, aun en medio de las agitaciones del mundo exterior. Confiadle la casa que tal vez habéis debido abandonar, dejando a vuestros padres ancianos privados en adelante de vuestro apoyo. Confiadle la patria cuya tierra, fecundada con el sudor y acaso también con la sangre de vuestros abuelos, os pide que seáis generosos en servirla. Confiadle con Nos la santa Iglesia que tiene promesa de vida eterna y sabe que no sucumbirá a los asaltos del infierno, pero que llora como Raquel sobre muchos de sus hijos que ya no existen[16], sobre tantos de sus templos destruidos, de f.us sacerdotes impedidos en el ejercicio de su ministerio, sobre innumerables almas pobres, ovejas errantes entre las ruinas de su redil destruido o en el desierto del destierro, mientras las energías unidas del engaño y de la seducción se esfuerzan por apartarles del único verdadero pastor divino.

   Confiad, en fin, al Sagrado Corazón, la humanidad entera, esta humanidad dividida, lacerada, ensangrentada. Millares de hombres se han olvidado de su bautismo, acaso también de la ley esculpida por el Creador en el fondo de toda conciencia humana; que puedan volver a encontrar su recuerdo con un sentimiento de confusión dolorosa y, después de sus prevaricaciones, entrar de nuevo en su propio corazón: "Mementote istud et confundamini: redite, praevaricatores, ad cor!"[17]. Que puedan, en este retorno a su pasado y al de sus abuelos, acordarse de que no hay sino un Dios y que Él es sin rival: "Rcordamini prioris saeculi, quoniam ego cum Deus... nec est similis mei"[18]. Pero sobre todo, que mirando con amor la imagen del Sagrado Corazón, se acuerden de que este Dios s'n igual se hizo igual a los hombres; que tiene un corazón semejante al suyo y herido de amor por ellos; que este Corazón, vivo en el tabernáculo, está siempre pronto a acoger su arrepentimiento y sus oraciones, siempre abierto para derramar sobre ellos, con la efusión de su sangre, la abundancia de sus gracias, únicas capaces de curar todas las miserias, de enjugar todas las lágrimas y de disipar todas las ruinas.

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NOTAS
  • [1] Actas de León XIII, XIX, págs. 78-79.  

  • [2] Prov. XXIII, 26. 

  • [3] Gen., I, 26-27.

  • [4] Gen., I, 22.

  • [5] Gen., VII, 7.

  • [6] Gen., VIII, 18.

  • [7] Gen., IX, 1.

  • [8] III, 16.

  • [9] Gen., XV y XVII.

  • [10] Gen., XIX, 12-14. 

  • [11] Ps., XVII, 51.

  • [12] Ps., LXXXIX, 1.

  • [13] II Reg., VII, 8-12

  • [14] Ps., XXXII, 11.

  • [15] Hebr., XII, 2.

  • [16]  Ier., XXXI, 15. 

  • [17] Is. XLVI, 8. 

  • [18] Ib., IX.

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