DOCTRINA CATÓLICA
La Familia Cristiana - 20  
S. S. Pío XII

   XXXIV

PROGRAMA DE VIDA SEGÚN EL
EJEMPLO DE SANTIAGO EL MAYOR

24 de Julio de 1940. (DR. II, 185.)

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   Después del tabernáculo, donde vive realmente presente, aunque invisible, Nuestro Señor Jesucristo; después de la Palestina, que conserva, además del Santo Sepulcro, los vestigios de su paso por aquí abajo; después de Roma, que guarda las tumbas gloriosas de los príncipes de los Apóstoles, no hay acaso lugar al que haya acudido, a través de los siglos, un número tan grande de devotos peregrinos, como la capital histórica de Galicia, Santiago de Compostela, donde, según una antigua tradición, reposan las reliquias del Apóstol Santiago el Mayor[1]. Y como su fiesta se celebra mañana, deseamos hoy, queridos hijos e hijas, acudir con vosotros en espíritu a aquel célebre santuario, para recoger algunas útiles enseñanzas.

   Por vía terrestre, siguiendo los senderos Visibles Todavía en varios países de Europa, que trazaron los Peregrinos de la Edad Media, vestidos de sayal y apoyados sobre su bordón, la duración del camino permitiría releer las piadosas crónicas que adornan con múltiples detalles la vida del santo. Sin embargo, para un viaje puramente espiritual, basta lo que se lee en los santos Evangelios y en los Hechos de los Apóstoles: breves noticias, pero suficientes para mostrar que Santiago comenzó bien; continuó por un momento menos bien; pero prosiguió y terminó muy bien.

   I. — Comenzó bien. El Evangelio compendia, en pocas líneas, el llamamiento que Jesús le dirigió a él y a Juan, y su respuesta: "ellos, inmediatamente, dejadas las redes y el padre, le siguieron"[2]. Es poco en apariencia, pero mucho en realidad. Porque Santiago, lo mismo que su hermano, dejando a su padre Zebedeo en la barca que se mecía en la ribera, mientras las redes para la pesca se secaban colgadas de las antenas, sumergía para siempre en las aguas del lago sus ternuras del pasado y ponía incondicionalmente en las manos del Divino Maestro sus esperanzas en el porvenir. También vosotros, queridos recién casados, debéis daros a Dios sin reserva en la nueva vida a la que habéis sido llamados. Tomad desde hoy con seriedad las graves obligaciones que ella trae consigo. Guardaos de continuar una vida quizás despreocupada y ligera; para los jóvenes, desenfrenada o indolente; para las jóvenes, frívola o melindrosa. Proyectad todas vuestras energías hacia los deberes del nuevo estado. Ha pasado el tiempo en que las muchachas iban al matrimonio casi sin conocerlo; pero dura todavía el tiempo en que ciertos jóvenes esposos creen poder permitirse al principio un período de libertad moral, y gozar de sus derechos sin preocuparse de sus deberes. Grave culpa que provoca la cólera divina; fuente de infelicidad también temporal, cuyas consecuencias deberían infundir temor a todos. El deber que se comienza por desconocer o despreciar, se retrasa siempre para más tarde, para tan tarde que se termina por olvidarlo, y con él los goces que aporta su animosa observancia. Y cuando vuelve su recuerdo y nace el arrepentimiento, se comprende acaso con inútiles lágrimas que es demasiado tarde: a la pareja infiel a su misión, no le queda más que desecarse sin esperanza, en el desierto de su estéril egoísmo.

   II.  — Comenzar bien no es todo: la salud del alma no se ha prometido sino a la perseverancia[3]. - Santiago, con su ímpetu generoso, había comenzado bien; cómo continuó, lo hace ver el Evangelio en pocos rasgos. Por parte de Jesús, cuyo amor no cambia, fue objeto de una especial predilección; él, su hermano Juan, y Pedro, su vecino y compañero de oficio, formaban una tríada a la que Jesús reservó singulares favores: sólo ellos vieron manifestarse particularmente su bondad en la resurrección de la hija de Jairo[4], su gloria en la transfiguración[5], su tristeza y su obediencia en la agonía de Getsemaní[6]. Pero precisamente aquí Santiago no fue fiel a su divino Maestro. Sí que le había amado sinceramente; le había seguido con ardor; no sin razón, Nuestro Señor había dado el sobrenombre de "hijos del trueno" a los dos hermanos hijos del Zebedeo[7]. Su buena madre, ambiciosa como muchas otras, se había atrevido un día a pedir a Jesús para sus hijos un puesto de preferencia en su reino; y habiendo el Salvador preguntado a los interesados: "¿Podréis vosotros beber el cáliz que yo beberé?", ambos habían respondido de buena fe: "sí, podemos"[8]. ¡Oh Santiago! tu hermano Juan, el Apóstol del amor, estará al rueños presente en el Calvario: pero tú, ¿dónde estarás, entonces? La defección había comenzado en Getsemaní, cuando los tres Apóstoles predilectos habían merecido este doloroso lamento del Maestro: "así que, ¿no habéis podido velar una hora conmigo?". Y Jesús había añadido: "¡velad y orad para que no entréis en tentación!"[9].

   Así, para mantener la generosidad del fervor inicial; son necesarias la vigilancia y la oración. Si habéis imitado a Santiago en la bondad de su principio, aprovechaos de esta segunda enseñanza para buscar en la vigilancia y en la oración el secreto de la perseverancia. Ciertamente, la mayor parte de los niños de nuestros países católicos lo aprenden desde muy temprano; ¡pero qué fácil es olvidarlo! Hay jóvenes que piensan que en el mundo, a partir de cierta edad, la oración es un incienso cuyo oloroso humo conviene dejar a las mujeres, lo mismo que ciertos perfumes de moda; otros acuden en alguna ocasión a la Misa, cuando les es cómodo, pero se creen, a lo que parece, demasiado grandes para arrodillarse, y no lo bastante místicos, como dicen algunos, para acercarse a la sagrada Comunión. Tampoco faltan muchachas jóvenes que, aun habiendo sido educadas con todo cuidado por sus madres o por buenas religiosas, se creen eximidas, una vez casadas, de las más elementales normas de prudencia: lecturas, espectáculos, bailes, distracciones peligrosas, todo les es permitido. Pero en una familia verdaderamente cristiana, el marido sabe que su alma es de la misma naturaleza y no menos frágil que la de su mujer y la de sus hijos; por eso añade a la de éstos su oración diaria, y así como se complace en verlos en torno suyo en la mesa familiar, no deja de acercarse con ellos a la mesa eucarística. La mujer, aun antes de que pesen sobre ella las responsabilidades de la educación de los hijos, se dice a sí misma, como deberá después decírselo a ellos, que el que juega con fuego se quema, y "el que ama el peligro, perecerá en él"[10]; escucha a la sabiduría divina, la cual proclama que la virtud de la prudencia hace de la esposa un regalo particular de Dios a su esposo[11]; y no puede pensar sin intranquilidad en la grave advertencia de la Escritura, apuntada en el Antiguo Testamento, explícitamente formulada en el Nuevo, de que el amor desordenado del mundo es enemistad con Dios[12].

   III. — La tercera enseñanza de Santiago es su muerte. Aquí la narración de la Escritura es breve: "el rey Herodes (Agripa) mató con la espada a Santiago, hermano de Juan[13]. De todo lo que el Apóstol había hecho desde la resurrección de Cristo, de sus viajes, de sus fatigas por la salvación de las almas, no se encuentra ninguna mención especial. Pero de la lectura de este texto se deduce que Santiago bebió efectivamente el cáliz que Jesús le había predicho y que él había generosamente aceptado: ¡murió mártir! Por otra parte, la debilidad del abandono en las horas tristes de la pasión fue perdonada y olvidada por el Redentor; la misma tarde de su resurrección gloriosa, Jesús, apareciéndose a los discípulos, les dirigió, en lugar de un amargo reproche, un saludo lleno de amor: La paz sea con vosotros. ¡Pax vobis![14].

   Queridos hijos e hijas, ya en otras ocasiones, durante este mes de julio, hemos hablado de la preciosísima sangre de Nuestro Señor; con tan saludable pensamiento terminaremos también hoy nuestra breve exhortación.. Por graves que sean los pecados de los hombres, el Corazón de Jesús, fuente viva de su sangre redentora, les; queda siempre abierto. Todos los discípulos, en el primer momento de la pasión, abandonando a Jesús, huyeron de Él: "Tune discipuli omnes, relicto eo, fuge-runt"[15]. Pero todos fueron perdonados; todos excepto aquel que, no atreviéndose a confiar en el Corazón de Jesús, cortó con una soga fatal el acceso a la misericordia. Aunque fuerais culpables de todos los pecados del mundo, no deberías unir a ellos el de no admitir que la bondad de Dios es mayor todavía que nuestras culpas y capaz de perdonarlas. Prontos y generosos en el cumplimiento de vuestros deberes, fieles en la oración y en la vigilancia sobre vosotros mismos, haced vuestra la humilde súplica del sacerdote en la santa Misa, antes de la comunión: "Señor Jesús..., que con tu muerte devolviste al mundo la vida, líbrame por este sacrosanto cuerpo y sangre tuya, de todas mis iniquidades y de todos los males; haz que siempre permanezca unido a tus mandatos, y no permitas que jamás me aparte de Ti". ¡No, jamás, jamás; ni en este mundo, ni en la eternidad!

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NOTAS
  • [1] Cfr. Acta Leonis XIII, IV, 1884, pág. 159 y ss.

  • [2] Matth., IV, 21-22.

  • [3] Matth., X, 22. I.

  • [4] Luc., VIII, 49-50.

  • [5] Matth., XVII, 1-3.

  • [6] Marc., XIV, 33.

  • [7] Marc., III, 17.

  • [8] Matth., XX, 20-22.

  • [9] Matth., XXVI, 40-41.

  • [10] Eccli, III, 27. 

  • [11] Cfr. Frov., XIX, 14.

  • [12] Cfn Iac., IV, 4.

  • [13] Act., XII, 2.

  • [14] Io., XX, 19.

  • [15] Matth., XXVI, 56.

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