DOCTRINA CATÓLICA
La Familia Cristiana - 21  
S. S. Pío XII

   XXXV

PODER, EFICACIA Y NECESIDAD
DE LAS SANAS LECTURAS

31 de Julio de 1940. (DR. II, 193.)

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   El verano es ordinariamente la estación de las va-caciones, cuyo nombre suena como una alegre campana en los oídos de muchos, porque anuncia, después de largos meses de trabajo, un período de reposo. Vosotros mismos gozáis de él, queridos recién casados, en este —aunque breve— viaje de bodas, que os ha conducido a la Ciudad Eterna. A algunas familias, las vacaciones les ofrecen la ocasión de un veraneo, bien en cualquier vecina región acogedora, o sobre los montes y riberas de Italia. Para otras, menos afortunadas, que no pueden abandonar su casa, las vacaciones constituyen al menos el tiempo en que padres e hijos se encuentran más largamente unidos en la paz del santuario doméstico.

   ¡La paz! ¡Cuántas familias suspiran hoy por ella! ¡Cuántas esposas, madres, novias —aunque firmemente resueltas y prontas hasta los sacrificios extremos en el cumplimiento del deber y en el cumplimiento del amor patrio— tienen el corazón dolorido por la partida de un ser querido hacia un destino lejano, tal vez desconocido, muchas veces peligroso! ¡Otras, con el ánimo todavía más torturado porque sus pensamientos agitados se pierden en la noche de una incertidumbre angustiosa, interrogan al cielo y a la tierra, siquiera para conocer sin dudas la suerte, aunque sea trágica, de la persona amada de la que no tienen noticias! ¡La paz! Blanca paloma que, no encontrando ya dónde posar el pie sobre la tierra cubierta de cadáveres y sumergida en el diluvio de la violencia, parece haber vuelto a aquella Arca de la nueva Alianza, que es el Corazón de Jesús[1], para no salir de ella sino cuando pueda coger por fin, en el árbol del Evangelio, el ramo reverdecido de la caridad fraterna entre los hombres y los pueblos.

   Sin embargo, a pesar de las tristezas de la hora presente, a no pocos de vosotros, particularmente a los recién casados, les será concedido —como os auguramos de corazón— gozar de algún alivio; pero reposar, para el hombre, no es únicamente distender muellemente los miembros desocupados y abandonarse a un sueño restaurador. El reposo humano lleva consigo sanas distracciones, y de ordinario también algunas lecturas. Y como actualmente casi no hay familias donde no entre el libro, el opúsculo, el diario, y durante los ocios de las vacaciones las ocasiones de lectura se multiplican, queremos hoy dirigiros alguna breve exhortación sobre este tema.

   El primer hombre que deseoso de comunicar su pensamiento a otros hombres en una forma más duradera que el sonido fugaz de las palabras, grabó acaso con un tosco sílex, en la pared de una caverna, signos convencionales cuya interpretación determinó y explicó, inventó al mismo tiempo la escritura y el arte de la lectura. Leer es penetrar por medio de signos gráficos, más o menos complicados, en el pensamiento de otro. Ahora bien, como "los pensamientos de los justos son justicia, y los consejos de los impíos son fraudulentos", síguese que algunos libros, como algunas palabras, son manantial de luz, de fuerza, de libertad intelectual y moral, mientras que otros no traen sino insidias y ocasiones de pecado; tal es la enseñanza de la Sagrada Escritura: "Cogitationes iustorum indicia, et consilia im-piorum fraudulenta. Verba impiorum insidiantur sanguini; os iustorum liberaba eos"[2]. Hay, por lo tanto, buenas y malas lecturas, como hay buenas y malas palabras.

   La palabra no es con frecuencia sino un rayo: en la noche y en la oscuridad, puede bastar al viajero para encontrar el recto camino; pero por otra parte también un rayo puede ser suficiente, hasta en el sendero más seguro, para fulminar a un pasajero incauto; tal es el efecto de la palabra buena o mala. El libro obra menos rápidamente, pero su acción se prolonga en el tiempo, es una llama que puede encubrirse bajo las cenizas o arder como una débil lucecilla en la noche, y después súbitamente encenderse benéfica o devastadora; será la lámpara del santuario, siempre presta a señalar al fiel que se acerca, el tabernáculo santo y su divino Huésped; o bien será el volcán cuyas terribles convulsiones lanzan ciudades enteras en la desolación y en la muerte. Vosotros deseáis las conversaciones gratas, las palabras prudentes y confortadoras, y detestáis con razón la blasfemia y los discursos corruptores. Pues buscad también los libros buenos, y odiad los malos.

   No es nuestra intención describiros esta mañana, los estragos causados por la mala prensa, sino más bien mostraros el bien que pueden haceros las buenas lecturas, para exhortaros a amarlas y a fomentar su difusión. El santo cuya fiesta celebra hoy la Iglesia, Ignacio de Loyola, ofrece a este respecto en su vida un luminoso ejemplo.

   Capitán ansioso de renombre y de gloria, defensor intrépido de Pamplona contra los soldados del rey de Francia, Ignacio había sido herido por una bala de bombarda, que le había roto la pierna derecha y herido malamente la izquierda. Los franceses, una vez entrados en la ciudadela, y estimando dignamente el heroico valor que había demostrado, le trataron con modos caballerescos y le hicieron transportar en una litera al castillo de Loyola. Allí convaleciente después de dolorosísimas operaciones, con gusto se hubiera lanzado para arrojar el tedio, sobre los libros de caballería, novelas de amor y de hazañas, entonces tan en boga, como el Amadís de Gaula; pero en aquel austero castillo no se encontró ni uno siquiera de ellos, de modo que le fueron ofrecidas, en cambio, la vida de Cristo, de Ludolfo de Sajonia, y las leyendas de los santos de Jacobo de Vorágine. A falta de otra cosa, Ignacio se resignó a leer estos libros; pero muy pronto, insensiblemente, en su alma leal, primero sorprendida, después conquistada, se infiltró una luz más pura, más dulce, más fúlgida que todo el vano brillo de las cortes de amor, de los torneos de caballería, de las bravuras de las batallas. Ante sus ojos todavía ardorosos por la fibre, la visión hasta entonces tan admirada de los grandes gentileshombres de armaduras damasquinadas, empalidecía; en su lugar, surgían otros seres, antes apenas entrevistos en algunos instantes de oración. Poco a poco en sus largas noches de insomnio, las sombras de los mártires ensangrentados, de los monjes de cogulla de paño burdo, de las vírgenes de vestidos de azucena, diseñadas por Jacobo de Vorágine, tomaban cuerpo; sus figuras frías se animaban, sus gestos adquirían expresión y relieve; después, sobre ellas, de las páginas de Ludolfo surgía la imagen de un Rey generoso que llamaba en su seguimiento, para conquistar toda la tierra de los infieles, a legiones de soldados obedientes, y a un pequeño grupo de caballeros entusiastas, deseosos de señalarse de manera especial en su servicio. Pero este Rey soberano y Señor eterno no hablaba ya de epopeyas heroicas y de combates sangrientos, donde se hería de punta y de revés. Decía Él: "el que quiere venir conmigo, debe trabajar conmigo, para que siguiéndome en las fatigas, me siga igualmente en la gloria". El alma de Ignacio, esclarecida por esta nueva luz, se alejaba así gradualmente de sus falaces sueños terrenos e iniciaba su total oblación al Señor de todas las cosas[3].

   Queridos hijos e hijas: recogeos un instante en vosotros mismos e inquirid con ánimo sincero, de dónde viene lo que hay de mejor en vosotros. ¿Por qué creéis en Dios, en su Hijo encarnado por la redención del mundo, en su Madre María, de la que hizo vuestra Madre? ¿Por qué obedecéis a sus mandamientos, amáis a vuestros padres, a vuestra patria, a vuestro prójimo? ¿Por qué estáis resueltos a fundar una casa en la que Jesús sea el Rey, y donde podáis transmitir a vuestros hijos el tesoro familiar de las virtudes cristianas? Ciertamente, porque la fe os ha sido infundida en el santo Bautismo; porque vuestros padres, vuestro párroco, vuestros maestros y maestras de escuela, os han enseñado de viva voz y con su ejemplo a hacer el bien y a huir del mal. Pero escrutad todavía más vuestros recuerdos: entre los mejores y más decisivos encontraréis probablemente el de algún libro bienhechor: el Catecismo, la Historia Sagrada, el santo Evangelio, el Misal romano, el Boletín parroquial, la Imitación de Cristo, la Vida de aquel santo o de aquella santa; volveréis a ver con los ojos de la mente, sobre todo uno de aquellos libros, tal vez ni el más hermoso, ni el más rico, ni el más docto, sobre cuyas hojas, cierta tarde, vuestra lectura se detuvo en un punto, vuestro corazón palpitó más fuerte, vuestros ojos se bañaron de lágrimas; y entonces se grabó en vuestra alma, bajo el invisible impulso del Espíritu Santo, un surco profundo que, a pesar de los años transcurridos y las más o menos largas desviaciones, puede serviros todavía de guía en vuestro camino hacia Dios. Si vosotros, especialmente los más jóvenes, no habéis hecho todavía una experiencia semejante, sentiréis probablemente un día su penetrante dulzura, cuando encontrando en un anaquel oscuro o en un viejo armario un librito de vuestros primeros años, descubráis con emoción en sus páginas amarillentas, como una flor disecada del jardín cíe vuestra infancia, aquella historia edificante, aquella máxima moral, aquella oración devota, que habíais dejado sepultarse bajo el polvo de las ocupaciones y preocupaciones de la vida diaria, pero que recobrará de repente el perfume, el sabor, la viveza de colores con que había encantado y fortificado en un tiempo a vuestra alma. Ésta es una de las grandes ventajas del buen libro. El amigo cuyas sabias advertencias y justos reproches desdeñáis, os abandona; pero el libro que habéis abandonado, os permanece fiel: olvidado o rechazado en muchas ocasiones, está siempre pronto a volveros a dar la ayuda de sus enseñanzas, la saludable amargura de sus reproches, la clara luz de sus consejos. Escuchad, pues, sus avisos, tan discretos como directos. La amonestación, con demasiada frecuencia merecida, que os dirige; el deber, con demasiada frecuencia olvidado, que os recuerda, se los ha dicho ya a muchos, antes que a vosotros; pero no os dirá sus nombres, como no revelará a nadie el vuestro; y mientras bajo la lámpara silenciosa, a través de vuestros ojos fijos sobre él, os amonesta y os conforta, nadie oirá su voz, fuera de vuestro propio corazón.

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NOTAS
  • [1]  "Cor, arca legem continens, etc." = Oficio del S. C. de Jesús, "ad Laudes". 

  • [2] Prov., XII, 5-6.

  • [3] Cfr. Ejerc. Espir. — Del Reino de Cristo.

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