DOCTRINA CATÓLICA
La Familia Cristiana - 30  
S. S. Pío XII

  

XLIV

LOS ESPOSOS, MINISTROS DEL
SACRAMENTO DEL MATRIMONIO

5 de Marzo de 1941. (Oss. Rom., 6 de Marzo 1941.)

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   A las santas promesas que coronando vuestro íntimo gozo habéis cambiado a los pies .del altar ante el sacerdote, uniendo vuestros corazones y vuestra vida, el ministro de Dios ha respondido invocando sobre vosotros, queridos recién casados, sobre el vínculo indisoluble, sobre vuestro nuevo hogar que un día alegrarán los hijos "como renuevos de olivo en torno a vuestra mesa", la abundancia de las bendiciones celestes. En aquel momento habéis sentido que vuestros latidos se aunaban, vuestras almas y vuestras voluntades se fundían, se realizaban vuestros sueños de felicidad, se aclaraba el horizonte de vuestro porvenir a la luz de la santa Iglesia, ante los parientes y ante el pueblo cristiano que ve para siempre unidos vuestros nombres. Pero en vuestro corazón guardabais además un delicado sentimiento, inspirado por el pensamiento de la fe, que os hace devotos hijos de la Iglesia, que os ha conducido para pedir al Vicario de Cristo, Padre común de los fieles, una particular bendición apostólica que asegure vuestra unión y alegría, confirme y reselle vuestros propósitos, y con la autoridad concedida a Pedro de atar y desatar en la tierra, haga todavía más firme el sagrado vínculo que os une.

   Sin embargo, por fecundas que en favores divinos sean estas bendiciones, no constituyen ellas la fuente esencial de las gracias y de los dones de Dios, que os guiarán y sostendrán en el camino de la vida. Sobre todas las bendiciones impartidas en nombre del Señor, se eleva el sacramento que habéis recibido, en el cual Dios mismo ha obrado directamente en vuestras almas para santificarlas y fortificarlas en el severo cumplimiento de vuestros nuevos deberes. ¿Ignoráis acaso que en todo sacramento el que lo administra no es sino simple instrumento en las manos de Dios? También el hombre obra, ciertamente: ejecuta una ceremonia simbólica, pronuncia pa1abras que significan la gracia propia del sacramento; mas quien produce tal gracia es sólo Dios, que se sirve del hombre que como ministro suyo opera en su nombre, a semejanza del pincel del que el pintor se vale para ejecutar y pintar sobre el lienzo la imagen de su mente y de su arte. De donde se deduce que Dios es la causa principal, operante por virtud propia, mientras el siervo ministro es sólo causa instrumental que obra movido por virtud de Dios, de modo que la gracia que el sacramento confiere y causa, y que nos hace consortes de la naturaleza divina, se asemeja como efecto a la causa divina y no al ministro[1]. Por eso tampoco puede ser contaminada por el ministro la virtud espiritual del sacramentó: es como la luz del sol, que se recibe pura por las cosas que ilumina[2].

   Ahora bien, en el gran sacramento del matrimonio, ¿quién ha sido el instrumento de Dios, que ha producido en vuestras almas la gracia? ¿Ha sido acaso el sacerdote que os ha bendecido y unido en matrimonio? No. La Iglesia prescribe ciertamente a los esposos —salvo en determinados casos excepcionales[3] — para que su vínculo y sus mutuos compromisos sean válidos y les procuren las gracias sacramentales, que los afirmen y cambien ante el sacerdote, el cual la representa como testigo calificado y es ministro de las sagradas ceremonias que acompañan el contrato matrimonial; pero en su presencia, vosotros mismos habéis sido constituidos por Dios ministros del sacramento; vosotros, de los que Él se ha servido para estrechar vuestra unión indisoluble y derramar en vuestras almas las gracias que os hagan constantes y fieles a vuestras nuevas obligaciones. ¡A qué grande honor y dignidad os ha ensalzado! ¿No parece que el Señor ha querido que vosotros, desde el primer paso que habéis dado partiendo del sagrado altar con la bendición del sacerdote, iniciarais y prosiguierais el oficio de cooperadores y de instrumentos de sus obras, a las que os ha abierto y santificado el camino?

   En el sacramento del matrimonio, la recíproca aceptación de las personas, vuestro consentimiento manifestado con la palabra, ha sido un acto exterior que ha atraído sobre vosotros las gracias divinas; en vuestra vida conyugal seréis instrumentos del arte divino al plasmar el cuerpo material de vuestros hijos. Vosotros llamaréis a la carne de vuestra carne al alma espiritual e inmortal que creará a vuestra llamada Dios, aquel Dios que ha producido fielmente la gracia a la llamada del sacramento. Y cuando venga a la luz vuestro primogénito, la nueva Eva repetirá con la madre del género humano: "Possedi hominem per Deum"[4]; he adquirido un hombre por don de Dios. Sólo Dios puede crear las almas; sólo Dios puede producir la gracia; pero Él se dignará servirse de vuestro ministerio al sacar las almas de la nada, ya que se ha servido igualmente de él para concederos la gracia.

   Y en la una y en la otra de estas colaboraciones, Dios esperará, para usar de su omnipotencia creadora, que vosotros digáis vuestro sí. Él, que dominando su fuerza, juzga con blandura y nos gobierna con gran clemencia[5], no quiere trataros como instrumentos inertes o sin razón, como el pincel en la mano del pintor, sino que quiere que vosotros libremente pongáis el acto que Él espera, para llevar a cabo su obra creadora y santificadora.

   Así pues, queridos hijos e hijas, vosotros sois ante el Creador como preparadores escogidos de sus caminos, pero libres, íntimamente responsables; porque también de vosotros dependerá que vengan al umbral de la vida aquellas "anime semplicette, che nulla sanno" [6], a las que el abrazo del Amor infinito tanto desea sacar de la nada para hacer de ellas un día sus elegidos admiradores en la felicidad eterna del cielo; o bien, desdichadamente, quedarán en potencia magníficas imágenes divinas, que habrían podido ser rayos del sol que ilumina a todo hombre que viene a este mundo, pero que no serán nunca sino luces extinguidas por la pereza o el egoísmo de los hombres. ¿Acaso no os habéis unido libremente en el sacramento ante Dios, como ministros suyos, para pedirle, santa y libremente, según el mandamiento dado por Él a vuestros progenitores, estas almas que Él ansía confiaros? Ante el altar, sólo vuestra libre voluntad es válida para uniros con el vínculo del sacramento del matrimonio, y ningún otro consentimiento podría sustituir al vuestro. Otros sacramentos —los que son más necesarios—, cuando falta el ministro, pueden ser suplidos por el poder de la misericordia divina, que pasa también por encima de los signos externos para llevar la gracia a los corazones: al catecúmeno que no tiene quien le derrame el agua sobre su cabeza, al pecador que no encuentra quien le absuelva, Dios, benigno, concederá por su acto de deseo y de amor aquella gracia que les hace amigos e hijos suyos, aun sin el Bautismo y la Confesión actuales.

   Pero en el sacramento del matrimonio no se puede suplir el ministro, como no hay sustitución de personas: allí triunfa la incomparable grandeza del mayor don, que es la libertad del querer y la responsabilidad terrible dada al hombre inteligente para ser dueño de sí y de la vida suya y de los demás, de la vida que salta hacia la eternidad, y de poder paralizar su curso en otros, rebelándose contra Dios. Porque si un ciego instinto asegura la continuación de la vida en las especies irracionales, tratándose de la estirpe humana, de esta estirpe de Adán, caída, redimida y santificada por el Verbo encarnado, Hijo de Dios, cuando los fríos y maliciosos cálculos del egoísmo frívolo e inhumano se ponen de acuerdo para tronchar la flor de una vida corporal que anhela abrirse y expandirse, este delito frenará el brazo del Omnipotente para que no llame a la existencia la sonrisa de las almas inocentes que habrían vivificado aquellos cuerpos y elevado aquellos miembros a instrumentos del espíritu y de la gracia, hasta participar un día del premio de sus virtudes y del eterno gozo en la gloria de los santos.

   Vosotros, queridos esposos, persuadidos de la inviolable meta del sacramento realizado, prepararéis una cuna a los dones de la omnipotencia de Dios, aunque acaso la divina Providencia permitirá que queden desoídos vuestros fervientes deseos y vuestras plegarias, y vacía la cuna dispuesta con tanto amor; y veréis sin duda, más de una vez, que la gracia inspira a ciertas almas generosas la renuncia a las alegrías de la familia, para hacerlas madres de un corazón más amplio y de una más amplia fecundidad sobrenatural; pero vosotros, en la bella y santa unión del matrimonio cristiano, tenéis en vuestras manos el poder de comunicar la vida, no sólo en el orden natural, sino también en el espiritual y sobrenatural, junto con la formidable facultad de detener su curso.

   Este poder de transmitir la vida, a la vez que os exalta en vosotros mismos, os somete en su uso a la ley divina, cuya severidad contra los que con detestable culpa lo desvían de su alto y verdadero fin, no debe sorprenderos.

   Teman ellos[7]; vosotros, cristianos sinceros y obedientes a Dios como sois, no temáis; vosotros, que habéis comprendido ya la estrecha colaboración entre el hombre y Dios en la transmisión de la vida. Para vuestro entendimiento iluminado por la fe, sería en realidad inconcebible el que Dios pudiera permitir al hombre violar impunemente las disposiciones de su providencia y de su gobierno en el vínculo marital, altamente sancionadas desde el primer día de la aparición del hombre y de la mujer sobre la tierra, vínculo elevado por Cristo a gran sacramento para llamar a la vida de aquí abajo a las almas destinadas por Dios a santificarse en la lucha y en la victoria sobre el mal, para contemplarle, amarle y alabarle en la eternidad feliz.

   Queridos recién casados, elevad al Cielo vuestra mirada: en el sacramento de vuestro matrimonio, del que habéis sido ministros, nuestro Señor ha señalado y puesto para vosotros el camino de salvación. Que Él os haga comprender cada vez mejor y respetar aquel poder que sólo de Él proceda, y os convierta en instrumentos fieles de su Providencia para el excelso oficio confiado a vosotros en la obra de la potencia creadora de la misma Santísima Trinidad. Ésta es la gracia que imploramos sobre vosotros, mientras desde el fondo de nuestro corazón os impartimos, como prenda de los más abundantes dones celestes, Nuestra paterna bendición apostólica.

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NOTAS
  • [1] S. Th., p. 3. q. 62, a. 1.

  • [2] Cfr. Augustin, "In loannis Evang. tract" V, n. 15. Migne P. L. t. 35, col. 1422.

  • [3] Cfr. Can. 1099.

  • [4] Con., 4, 1.

  • [5] Sap., XII, 18.

  • [6] Cfr. Purg. 16,

  • [7] Cfr. Gen. 38, 10.

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