DOCTRINA CATÓLICA
La Familia Cristiana - 33  
S. S. Pío XII

   XLVII

LA EFICACIA DE LA ORACIÓN

24 de Junio de 1941. (Oss. Rom., 3 Julio 1941.)

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   ¡Cuántas cosas, queridos recién casados, tenéis que pedir a Dios en estos días en vuestras piadosas visitas a los grandes santuarios de Roma! Estas visitas son otras tantas sagradas peregrinaciones, de la misma manera que también la vida de aquí abajo es una peregrinación hacia Dios, entre las vicisitudes de la alegría y del dolor. Ahora camináis en la aurora de la alegría. Ante los sagrados altares, habéis orado por vosotros mismos, por vuestro hogar recién fundado, por los pequeñuelos que vendrán a alegrarlo y a alegraros. La tierra sobre la que habéis puesto el pie es una tierra famosa, pisada ya durante siglos y siglos por miles de pueblos, por millones de peregrinos, por aquellos mismos mártires que habéis venerado en las catacumbas, en las basílicas y en las iglesias, y a los que el Apóstol Juan oyó ya gritar en alta voz: "¿Hasta cuándo, Señor santo y veraz, no te sentarán como juez y vengarás nuestra sangre sobre los que habitan la tierra?". Pero les fue respondido que esperaran todavía un poco de tiempo, en tanto no se completase el número de sus consiervos y hermanos[1]. También ellos oran; pero ante el Señor no ha llegado todavía el tiempo de oírles. Tienen confianza indestructible en la promesa divina: serán ciertamente oídos, como fueron oídos en el triunfo de su fe ante los tiranos. También vosotros habéis orado; habéis tenido confianza en Dios; y ahora veis que han sido oídas las oraciones que tal vez desde largo tiempo habíais dirigido al Cielo, para obtener la gracia de efectuar aquella santa unión deseada por vosotros, y en que ponéis vuestra felicidad.

   Porque nada ayuda tanto a orar con confianza, como la experiencia personal de la eficacia de la oración, a la que la amorosa providencia ha respondido concediendo generosamente, plenamente, lo que se le pedía. Pero muchas veces, también a nosotros, como a los mártires de los altares, nos ha dicho la providencia que esperemos hasta el tiempo que ella designe. Al ver retardado el cumplimiento de sus plegarias, no pocos sienten que su confianza sufre un golpe considerable, no saben estar tranquilos cuando Dios parece sordo a todas sus súplicas. No, no perdáis nunca vuestra confianza en aquel Dios que os ha creado, que os ha amado antes de que vosotros pudierais amarlo y que os ha hecho sus amigos. ¿No es acaso propio de la amistad, que el amante ansie que sea oído el deseo del amado, porque quiere precisamente su bien y su perfección? ¿No ama Dios a su criatura? ¿Y no es el amor un bien querer? ¿Y no deriva, de la bondad divina todo el bien de la criatura?[2].

   Confiad en Dios: '"tarde non fur mai grazie divine[3]. Pero para algunos, para muchos de los que oran, las divinas gracias parecen tardar demasiado. Lo que piden les parece bueno, útil, necesario; y bueno no sólo para el cuerpo, sino para su misma alma, para las almas de los seres queridos: oran con fervor durante semanas y meses, y todavía no han obtenido nada. A aquella madre no se le ha concedido todavía la salud necesaria para ocuparse de la familia. Aquel hijo, aquella hija, cuya conducta pone en peligro su salvación eterna, no han vuelto todavía a mejores sentimientos. Aquellas estrecheces materiales, en medio de las cuales se agitan y afanan los padres para asegurar un mendrugo de pan a los hijos, lejos de disminuir no hacen sino crecer más duras y amenazadoras. La Iglesia entera, con todos los pueblos, multiplica sus plegarias para obtener el fin de las calamidades que sufre la gran familia humana; sin embargo tarda todavía en acercarse aquella paz según la justicia, augurada, invocada, suspirada con tan vivas instancias, y que parece tan necesaria para el bien de todos y para el bien mismo de las almas.

   Bajo el peso de tales pensamientos, muchos miran sorprendidos los sagrados altares ante los cuales se ora, y tal vez quedan escandalizados y perplejos al oír que la sagrada liturgia recuerda y proclama incesantemente las promesas del Salvador divino: "Todo lo que pidáis en la oración, creyendo, lo obtendréis"[4]. "Pedid y recibiréis. .. Todo el que pide, recibe"[5]. "Todo lo que pidáis al Padre en mi nombre, os lo dará ... En verdad, en verdad os digo, que todo lo que pidáis en mi nombre os lo concederá"[6]. ¿Podrían ser más explícitas, más claras, más solemnes, las promesas del Salvador? ¿No se verán algunos tentados por ventura a considerar como una amarga burla el silencio de Dios hacia sus oraciones?

   Pero Dios ni miente ni quiere mentir; lo que ha prometido, lo mantendrá; lo que ha dicho, lo hará. Elevad la mente, queridos hijos e hijas, y escuchad lo que enseña el gran Doctor santo Tomás de Aquino[7] cuando explica por qué las oraciones no son siempre acogidas por Dios: "Dios oye los deseos de la criatura racional, en cuanto desea el bien. Pero ocurre acaso que lo que se pide no es un bien verdadero, sino aparente, y hasta un verdadero mal. Por eso esta oración, no puede ser oída de Dios. Porque está escrito: "Pedís y no recibís, porque pedís mal"[8]. Vosotros deseáis, vosotros buscáis un bien, como os parece a vosotros eso que pedís; pero Dios ve mucho más lejos que vosotros en aquello que deseáis. Ocurre a veces —añade el mismo santo Doctor— que uno rehúsa por amistad lo que le pide un amigo, porque sabe que le será nocivo, o porque le será más ventajoso lo contrario; así, el médico niega algunas veces al enfermo todo lo que éste le pide, pensando que no le ayudará a recobrar la salud del cuerpo. Por lo tanto, así como Dios cumple los deseos que se le exponen en la oración, por el amor que tiene hacia la criatura racional, no hay que maravillarse si en algunas ocasiones no oye la petición de aquellos que ama de modo particular, para hacer en cambio lo que, en realidad, les ayuda más. Por eso no quitó a san Pablo la "espina clavada en su carne"[9] —se trataba muy probablemente de una molesta enfermedad física—, aunque se lo había pedido tres veces, a fin de que ésta le fuese más útil para conservar la vida. De este modo, el gran Apóstol no fue ciertamente oído según su voluntad, "ad voluntatem", porque no fue curado de la calamidad que le afligía; pero fue oído según su salud, "ad salutem", porque Dios, prometiéndole confirmarlo con su gracia para conseguir con mayor mérito el fin deseado, le oyó de un modo todavía más perfecto[10].

   Vigila por lo tanto, hombre de fe —advierte San Agustín—, y escucha con vigilancia lo que enseña el Maestro divino: Cuando pedís lo que deseáis, pedidlo no de cualquier manera, sino en mi nombre, "in nomine meo". ¿Y cuál es su nombre? Cristo Jesús: Cristo significa Rey; Jesús significa Salvador. Ciertamente, no nos salvará un rey cualquiera, sino el Rey Salvador; por eso, cualquier cosa que pidamos, contraria a la utilidad de nuestra salud, no la pedimos en nombre del Salvador. Además, Él es Salvador, no sólo cuando hace lo que pedimos, sino cuando no lo hace; porque en el no hacer lo que ve que se pide contra la salud, se muestra mejor Salvador. ¿No es Él el médico divino de la salud eterna? Él sabe lo que nos ayuda o nos daña para salvarnos ... Él es no sólo Salvador, sino también Maestro bueno: para hacer todo lo que le pedimos, en la oración que Él nos enseñó declaró lo que debíamos pedir, advirtiéndonos también que no pedimos en nombre del Maestro lo que pedimos fuera de la regla de sus enseñanzas. Jesús Salvador y Maestro como es, conoce el tiempo aceptable y el tiempo de la salud: por lo tanto, hasta cuando pedimos alguna cosa en su nombre, no la hace siempre inmediatamente que oramos, sino a su hora; y lo que es diferido, no es negado [11].

   En nombre de Jesús elevemos, pues, a Dios nuestra plegaria; porque no se ha dado a los hombres otro nombre sobre la tierra, en el cual podamos salvarnos[12]. Es el nombre que hace válidos y eficaces nuestros anhelos anteriores, y hace que los buenos deseos sean causa de lo que Dios, en su Providencia, ha dispuesto que obtengamos con la oración, la cual no cambia el orden inmutable fijado por Él, sino que lo cumple, en cuanto que en este orden providencial Dios ha coordinado la concesión de lo que pedimos, con la oración que le dirigimos. Por eso dijo san Alfonso de Ligorio[13] que el que ora se salva, el que no ora se condena; y afirmar que no se debe orar para obtener un favor de Dios, porque el orden de su providencia es inmutable, sería igual —observa el angélico santo Tomás— que decir que no es necesario caminar para llegar a un sitio, ni comer para alimentarse; cosas evidentemente absurdas [14].

   Veis también, queridos recién casados, cómo la eficacia de la oración se une con su necesidad, y cómo no todas las oraciones que se dirigen a Dios están hechas en el nombre de nuestro Señor Jesucristo, y por eso no todas son oídas. Decid, pues, al Redentor, renovando la súplica de los Apóstoles: Señor, enséñanos a orar: "Domine, doce nos orare"[15]. ¡Elévense a Él como incienso vuestra plegaria, y como oración vespertina vuestras palmas levantadas[16], y descienda sobre vosotros y sobre vuestras nuevas familias su gracia divina, como el rocío del Hermón que desciende sobre los montes de Sión![17].

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NOTAS
  • [1] Cfr. Apoc., VI, 10.

  • [2] Cfr. Santo Tomás, Contra Gent, 1, 3, c. 95.

  • [3] Petrarca, Trionfo dell'Eternitá, 13.

  • [4] Matth., XXI, 22.

  • [5] Matth., VII, 7.

  • [6] Jo., XIV, 13; XV, 16; XVI, 23.

  • [7] Contra Gent., 1. 3, c. 96.

  • [8] Jac., 4, 3.

  • [9] II Cor., XII, 7.

  • [10] Cfr. S. Agustín, in Epist. Joannis ad Parthos, tr. VI, n. 6-7. — Migne PL. t. 35, col. 2023. 

  • [11] San Agustín, In loannis Evang. tract. 73, n. 3-4. Migne-PL. 35, col. 1825-1826.

  • [12] Act. IV, 12.

  • [13] "Del gran medio de la oración", hacia el fin.

  • [14] Contra Gent., 1. 3, c. 96.

  • [15] Luc., XI, 1.

  • [16]  Ps., CXLI, 2. 

  • [17] Ps., CXXXIII, 3.

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