DOCTRINA CATÓLICA
La Familia Cristiana - 47  
S. S. Pío XII

  

LXI

LA RESPONSABILIDAD DEL HOMBRE EN
LA FELICIDAD DEL HOGAR DOMÉSTICO

9 de Abril de 1942.

. (Ecclesia, 9 de Mayo de 1942.)

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   No os maravilléis, amados recién casados, si en estas reuniones semanales con nuestros fieles y devotos hijos, Nos tenemos gusto en dirigiros la palabra especialmente a vosotros; de tal manera que nuestro pensamiento, en la variedad de sus movimientos, ordinariamente venga a dar vueltas dentro de la órbita de la nueva familia que inauguráis. La familia humana es el último sublime portento de la mano de Dios entre las cosas naturales del Universo, la última maravilla colocada por Él como corona del mundo visible, en el último y séptimo día de la creación; cuando en el Paraíso de delicias, por Él plantado y preparado, plasmó y colocó al hombre y a la mujer, poniéndoles allí para que lo cultivaran y custodiaran[1], y dándoles el dominio sobre los pájaros del aire, los peces del mar y los animales de la tierra[2]. ¿No es ésta la grandeza real, de la cual, aun después de su caída junto a la mujer, el hombre conserva las señales, y que lo levanta sobre el mundo, que él contempla en el firmamento y en las estrellas; sobre el mundo, por cuyos océanos audazmente navega; sobre el mundo, que pisa con sus pies, doma con su trabajo y con su sudor, para arrancarle el pan que le restaure y sostenga la vida?

   Acaso, oh esposas, al leer las palabras por Nos recientemente pronunciadas sobre la responsabilidad de la mujer en el hogar doméstico, habréis pensado en vuestro interior que esta responsabilidad no alcanza solamente a las esposas, sino que es recíproca y concierne no menos al marido que a la mujer. Y a vuestro pensamiento habrá vuelto acaso la imagen de más de una mujer, que conocéis o de la que habéis oído hablar, mujer y esposa ejemplar, consagrada al cuidado de la familia hasta más allá de sus fuerzas, pero que, después de muchos años de vida común, se encuentra todavía ante el egoísmo indiferente, grosero y acaso aun violento del marido, egoísmo que lejos de disminuir, ha ido creciendo con la edad. Tales heroicas madres de familia, hijas, sí, de Eva, pero mujeres fuertes, imitadoras generosas de la segunda Eva, María, que aplasta la cabeza de la serpiente tentadora y sube al doloroso Calvario, hasta colocarse al pie de la Cruz, Nos las conocemos; de la misma manera que no Nos son desconocidos los continentes, a veces finos y afectuosos, a veces descuidados y duros de los maridos, sobre cuya responsabilidad en el gobierno de la familia, ya en otras ocasiones por Nos solamente indicada, nos habíamos reservado hablar con más tranquilidad. Es el tema que vamos a tratar brevemente en nuestro discurso de hoy.

   I. — La responsabilidad del hombre ante la mujer y los hijos nace, en primer lugar, de los deberes para con su vida, en los cuales está ordinariamente envuelta su profesión, su arte o su oficio. Él debe procurar, con su trabajo profesional, a los suyos una casa y el alimento diario, los medios necesarios para un sustento seguro y para un conveniente vestir. Su familia tiene que sentirse feliz y tranquila bajo la protección que le ofrece da, con pensamiento previsor, la fecunda actividad de la mano del hombre.

   En bien diversas condiciones está el hombre sin familia del que tiene mujer e hijos a quienes proveer, Él tiene a veces ante sí empresas peligrosas que le incitan con la esperanza de grandes ganancias, pero que fácilmente conducen a la ruina por senderos insospechados. Los sueños de fortuna muchas veces engañan al pensamiento más de lo que apagan los deseos; la moderación del corazón y de los sueños es una virtud que nunca perjudica, porque es hija de la prudencia. Por eso el hombre casado, aunque no haya otras dificultades de orden moral, no debe pasar los límites debidos; límites puestos por la obligación que tiene de no exponer, sin motivos gravísimos, a un peligro, la segura, tranquila necesaria subsistencia de la mujer e hijos que ya están en el mundo o se esperan todavía. Otra cosa sería si, sin culpa ni cooperación suya, circunstancias independientes de su voluntad y de su poder pusiesen en peligro la felicidad de la familia, como suele suceder en las épocas de grandes trastornos políticos o sociales que, derramándose por el mundo, traen a millones de casas las tristes olas del ansia, de la miseria y de la muerte. Por eso siempre conviene que él, al hacer o al abstenerse, al emprender o al atreverse, se pregunte a sí mismo: ¿puedo yo cargar con esta responsabilidad ante mi familia?

   Pero el hombre casado está atado con vínculos no sólo para con la familia, sino también para con la sociedad. Son vínculos para él la fidelidad en el ejercicio de la profesión, del arte o del oficio; la confianza, sobre la que sus superiores puedan incondicionalmente apoyarse; la corrección e integridad en la conducta y en la acción, que le procuren la confianza de los que le tratan; vínculos que ciertamente son eminentes virtudes sociales. Y tales hermosas virtudes, ¿no constituyen el antemuro de la defensa de la felicidad doméstica, de la pacífica existencia de la familia, cuya seguridad, según la ley de Dios, es el primer deber de un padre cristiano?

   Podríamos añadir, ya que es honor y honra de la mujer la pública virtud y estima del marido, que el hombre, por consideración a ella, debe procurar sobresalir y señalarse entre sus iguales, en la propia profesión. Tuda mujer, en general, desea poder estar orgullosa del compañero de su vida. ¿No es, pues, de alabar el marido que, por noble sentimiento y afecto hacia la mujer, se esfuerza por hacer lo mejor que puede su oficio, y, en cuanto puede, cumplir algo notable y más grato?

   II. — Pero si el elevarse digna y honestamente el hombre, por su profesión o por su trabajo, en la sociedad, honra y consuela a la mujer y a los hijos, ya que honor de los hijos son sus padres[3], el hombre no debe tampoco olvidar cuánto ayuda a la felicidad de la convivencia doméstica el que guarde y demuestre siempre, tanto en su interior como en su modo exterior y en sus palabras, respeto y estima a su mujer, madre de sus hijos. La mujer no es solamente el sol, sino también el santuario de la familia, el refugio de las lágrimas de los pequeños, la guía de los pasos de los mayorcitos, el consuelo en los afanes, la tranquilidad en las dudas, la confianza en su porvenir. Dueña de la dulzura, es también ama de la casa. Por vuestro aspecto, por vuestra actitud, por vuestras miradas, por vuestros labios, por vuestra voz, por vuestro saludo, distingan, sientan y vean los hijos y los criados la consideración, ¡oh jefes de familia!, que tenéis a vuestra esposa. No suceda jamás que, como suele decirse, las parejas de casados se distingan de las de no casados, por los modales indiferentes, menos atentos o del todo descorteses o groseros con que el hombre trata a su mujer. No; la conducta del hombre para con la mujer no debe nunca estar sin aquel carácter de natural, noble y digna atención cordialidad que dice bien en los hombres de temperamento íntegro y de ánimo temeroso de Dios; en hombres que, con su entendimiento, saben ponderar el valor inestimable que los modales virtuosos y amables entre cónyuges tienen para la educación de la prole. Es poderoso el ejemplo de los padres para con los hijos; él es para ellos un vigoroso y vivo estímulo para mirar a la madre y al mismo padre con respeto, veneración y amor.

   III. — Pero la cooperación del hombre para la felicidad del hogar doméstico no puede detenerse ni restringirse al respeto y consideración para la compañera de su vida: debe ir más allá hasta ver, apreciar y reconocer el trabajo y los esfuerzos de la que, con silencio y asiduidad, se dedica a hacer más confortable, más grata y más alegre la habitación común. Con qué amoroso cuidado aquella joven esposa ha dispuesto todo para festejar, tan alegremente como se lo permiten las circunstancias, el aniversario del día en que ella, ante el altar, se ha unido a aquél que debía resultar el compañero de su vida y de su felicidad y que en este momento está para volver a casa de la oficina o del taller. Mirad aquella mesa: la embellecen y la alegran flores delicadas. La comida ha sido preparada por ella con todo cuidado; ha escogido lo mejor que tiene, lo que más le gusta a él. Pero he aquí que el hombre, cansado por largas horas de trabajo, acaso más penoso de lo ordinario, abatido por contrariedades imprevistas, vuelve, más tarde que otras veces, sombrío y preocupado con otros pensamientos: las palabras, alegres y afectuosas que le acogen, caen en el vacío y le dejan mudo; en la mesa, con tanto amor preparada, no cae en la cuenta de nada; sólo mira y observa que aquel plato, aun habiendo sido tan bien preparado para agradarle, ha estado demasiado sobre el fuego y se lamenta, sin pensar que la razón no es otra que su retraso y la larga espera. Come de prisa, porque debe, como él dice, salir enseguida. Y apenas ha acabado, la joven esposa, que había soñado con la alegría de una dulce tarde pasada juntos, llena toda de recuerdos renovados, se encuentra sola en las habitaciones desiertas y necesita toda su fe y todo su valor para retener el flujo de las lágrimas que quieren asomarse a los ojos.

   Alguna escena semejante es raro que falte en el curso de la vida. Un principio, proclamado por el gran #9;filósofo Aristóteles[3], dice que, como cada uno es en sí mismo, tal le aparece el fin del obrar; en otros términos, que las cosas parecen al hombre convenientes o no según sus disposiciones naturales y las pasiones de que es movido[4], y vosotros veis de qué manera las pasiones aun inocentes, los negocios y los sucesos, lo mismo que los efectos, hacen cambiar ideas y tendencias, olvidar conveniencias y atenciones debidas, rehusar y descuidar amabilidades y gustos. Sin duda, el marido podrá achacarlo al pesado trabajo de una jornada de fatiga intensa, más desagradable todavía por los disgustos y los fastidios. Pero, ¿cree o piensa él que su mujer no siente o experimenta nunca cansancio ni halla molestias? El amor verdadero y profundo en el uno y en el otro deberá ser y mostrarse más fuerte que el cansancio y el fastidio, más fuerte que los cambios del tiempo y de las estaciones, más fuerte que las alteraciones de los humores personales y las desgracias imprevistas. Conviene dominarse a sí mismo no menos que a los acontecimientos exteriores, sin ceder y sin abandonarse a ellos. Conviene saber hallar en la fuente del amor recíproco la sonrisa, la gratitud, la estima de los afectos y de las cortesías, el dar alegría a quien, os da pena. Cuando pues, hombres, os halléis en casa, donde la conversación y el reposo conceden descanso a vuestras fuerzas, no seáis fáciles en ver y buscar los defectos pequenos e inevitables en toda cosa humana; fijaos más bien en todo lo bueno, poco o mucho, que se os ofrece como fruto de penosos esfuerzos, de cuidadosas vigilias, de afectuosas intuiciones femeninas, para hacer de vuestro Hogar, aunque sea modesto, un pequeño paraíso de felicidad y de alegría.

   No os conforméis con considerar bien tan grande y amarle sólo en el fondo de vuestro pensamiento y vuestro corazón, no: hacedlo notar y oír abiertamente también a aquella que no ha ahorrado ningún trabajo para procurároslo y cuya mejor y más dulce recompensa será aquella sonrisa amable, aquella mirada atenta y complaciente, aquella palabra graciosa que le harán comprender toda vuestra gratitud.

   Alguna otra advertencia que nos queda por añadir a los hombres nos la reservamos, para que no perjudique a la prometida brevedad de este discurso, para otra audiencia próxima. Ahora, la bendición apostólica que os vamos a dar, amados recién casados, mientras deseamos que se extienda a todos los que nos escuchan, y a sus personas amadas, pretendemos que descienda hoy de modo especial sobre los hombres, que no sólo en el gobierno de la familia y en su sustento llevan un peso a veces tan grave, sino que además tienen y conocen, para con la sociedad y el bien público, especialmente en esta hora de grandes pruebas, obligaciones y deberes que muchas veces les arrastran lejos del hogar doméstico entre molestias y sacrificios, y en el cumplimiento de aquel heroísmo se unen con aquel mutuo amor que la lejanía no mengua, sino que reanima y exalta en una más sublime palpitación de fe y de virtud.

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NOTAS
  • [1] Cfr. Gen., II, 8, 15. 

  • [2] Cfr. Gen., I, 28. 

  • [3] Prov., XVII, 6. 

  • [4] Ethica Nichomachea, 1. III, c. VII, Ed. Lips. 1912, 55.

  • [5] S. Th. I. P. G. 83 a 1 ad. 5; Ia Iae 9, 9, ad. 2.

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