DOCTRINA CATÓLICA
La Familia Cristiana - 53 
S. S. Pío XII

   LXVII

LOS ENEMIGOS DE LA UNIÓN CONYUGAL
 III Las separaciones forzosas

15 de Julio de 1942.

(Ecclesia, 1 de Agosto de 1942.)

.

   Sereno y alegre es el espectáculo que vosotros, amados recién casados, ofrecéis a la mirada de la muchedumbre que va y viene y circula por las calles y plazas de Roma; espectáculo al que dan animación y vida —más que la majestuosa grandeza de los recuerdos y monumentos de la urbe— la fe y la religión cristiana, que hacen sagrados sus hipogeos, sus anfiteatros y circos, sus colinas y sus admirables basílicas. Quien os ve salir de las iglesias o dirigiros a San Pedro para cumplir vuestra piadosa peregrinación y venir a pedir nuestra bendición apostólica, detiene un instante los ojos sobre vosotros y a vosotros dedica una sonrisa placentera y un augurio de felicidad, admirando en vuestros dos corazones que, estrechamente unidos uno a otro, laten en una vida nueva, la confianza y la alegría del porvenir. Pero en más de uno de los que os contemplan y os envuelven en su simpatía, aquella sonrisa parece velarse como con una gran sombra de ansiedad.

   Y, sin embargo, vuestros corazones no sueñan ansias ni dudas. Unidos como estáis, en virtud del sacramento del matrimonio, avanzáis en el camino de la vida iniciada para permanecer indisolublemente unidos hasta la muerte, y quisierais no conocer nunca separación alguna. Ese es el propósito de los esposos cristianos; esa su ansia. A uno de los grupos que os han precedido, Nos, hablando recientemente, dábamos paternos consejos para conservar en todo tiempo, tierna y recia, la unión de su amor, para ponerla y guardarla al seguro de debilidades humanas, origen tan frecuente de la separación de los corazones.

   Pero también cuando los corazones permanecen firmes, se ven, no raras veces, presionados y agobiados por otras separaciones, menos perniciosas y amargas si queréis, pero no menos dolorosas, que no son achacables ni a una ni a otra de las partes; son las separaciones forzosas; formas temporales de viudez, más o menos duradera. Observad este tiempo de guerra y los varios campos de la lucha en tierra, mar y cielo. ¡Cuántas jóvenes parejas se han visto separadas por la llamada de la patria! ¡Cuántos han anticipado el día de ,su boda para unirse definitivamente ante Dios antes de dejarse, pasando el hombre, se puede decir que del altar al campo o al cuartel! ¡Cuántos con el corazón noblemente resuelto, pero desgarrado, esperan, de un día a otro, la llamada del arduo deber! ¡Cuántos ven alargarse indefinidamente su lejano destierro o su cautividad! Son separaciones que penetran profundamente en las almas de los esposos, en las que el verdadero amor vence batallas no menos gloriosas que las del brazo en la contienda de las armas.

   Mas, aun en tiempos de paz, no pocos se ven obligados a separaciones bruscas, en cierto sentido libres, pero dictadas o exigidas por razones superiores, en que van mezclados el oficio, el arte y la necesidad. La profesión, en algunos casos verdadera vocación e impulso del ingenio, tiene apartados de la casa durante meses o años al piloto, al marinero, al colono, al viajero, al explorador de tierras y mares, al buscador de metales y de los inaccesibles refugios humanos. La necesidad, imperiosa compañera en los senderos de la vida, obliga muchas veces y lleva a ganar el pan para la familia a un cargo, a un empleo, a un servicio, a un lugar donde la lejanía no permite o no se presta sino a raras y breves vueltas al hogar domestico. ¿Y qué decir del emigrante, a quien separa de los suyos la inmensidad del océano?

   Esas separaciones son un tema doloroso. ¿Y por qué creéis vosotros que hablamos de ellas a los nuevos esposos? ¿Acaso para ofuscar vuestra serena alegría, ra turbar vuestros dulces sueños respecto al futuro? Ciertamente que no. Pero vuestra presencia aquí ante Nos, ¿podría tal vez hacernos olvidar a los ausentes y las separaciones que sufren? Vosotros probáis ahora el gozo de encontraros juntos, el uno junto a la otra; pero tanto vuestro gozo como el nuestro al veros aquí unidos, no debe omitir ni temer evocar también en vosotros el compasivo recuerdo de los que se ven privados de tan -ande alegría. Por otra parte —¡el cielo os salve y ?. guarde!—, ¿no podrían esas pruebas y esas separa-eones tocaros también un día a vosotros? Nos place da--ps hoy algunos consejos y exhortaciones que rebasando el recinto de este auditorio, lleguen también a los que las circunstancias y vicisitudes de la vida tienen tan rudamente separados en el sobresalto de sus corazones.

   Prueba, dolor, sí; pero también peligro: el peligro de que el alejamiento prolongado, acostumbrando poco a poco el alma a la separación, enfríe y disminuya el amor, según aquel triste proverbio: ojos que no ven, corazón que no siente; el peligro de que en la ausencia del esposo legítimo se insinúe en el espíritu amargado la tentación de buscar o aceptar ciertas compensaciones ilegítimas del corazón y de los sentidos; el peligro, en una palabra, de ceder a los asaltos más o menos descubiertos o disimulados de gentes importunas, apasionadas o interesadas.

   Un peligro semejante está por ahora lejos de vosotros. En este momento la sola idea de que eso pudiese suceder os llena de horror. Vuestro corazón os parece tan seguro y lo sentís tan resuelto, que lo creéis inaccesible a la tentación, más fuerte que las lisonjas, más alerta y cauto que los engaños de las pasiones. Y sin embargo, la experiencia enseña que han caído otros que tenían esa misma seguridad de sí mismos, y se creían a sí mismos indefectibles, Y si el alma perseveró fiel, si su voluntad permaneció firme, sin embargo un día, una mañana, una tarde, ¡qué tempestad en el lago del corazón! ¡Qué agonía para no hundirse en las olas de la angustia y poder vencer las pasiones! Han experimentado sobre el borde del abismo el terror del vértigo. ¿Por qué, pues, disimular el peligro mientras Nos os lo señalamos nada más que para ayudaros a salvaros de él, a esquivarlo y hacerlo monos dañoso a vosotros y a vuestra virtud?

   No os asombréis, por lo tanto, si os decimos que este peligro puede surgir del fondo de vosotros mismos, o que, cuando viene de fuera, puede encontrar en vosotros una puerta sin defensa suficiente. El corazón sensible y delicado, fuente pura vosotros de las castas alegrías del amor conyugal bendecido y ratificado por Dios y por la Iglesia, ¿cesa acaso de latir y de sentir el inquieto impulso de amar y ser amado? Reclama él la unión de presencia y la unión de afecto[1]. La ausencia se vuelve para él, por lo tanto, amargura y llanto de separación, tormento del alma, privación de la dulzura de aquel amor puro, tristeza de abandono y extravío, oculto instinto lo invitará e inclinará a soñar, a desear, Entonces, si no se le guarda y vigila cuidadosamente, un oculto instinto lo invitará e inclinará a soñar, a desear, a buscar, tal vez a gustar —aunque todavía sin una verdadera infidelidad y sin pasar los límites de una correcta conveniencia— ciertas compensaciones, ciertas reciprocidades, o cuando menos ciertos consuelos, que lo dejarán más débil y vacilante, cuando no ya del todo desarmado frente a la tentación. Y la tentación vendrá.

   Vendrá bajo el velo de las distracciones, con apariencia de remedios para distraer de la melancolía de la ausencia, pero que en realidad distraerá del ausente mismo. El galeote será el amor impuro que transformará en una insidia el afán del afecto más casto. Las callejas del mal suelen comenzar al margen de los floridos caminos del bien. Vendrá la tentación de los que os rodean: se os querrá, con loable intención y sin sospecha alguna, consolar y alentar; la compasión sincera por una parte, y : otra la gratitud cortés comprometerán y pondrán riesgo vuestro cariño inclinándolo y aumentándolo sensiblemente; los intereses materiales o morales de la casa, de los hijos, del mismo ausente, añadirán su voz haciendo necesario recurrir a consejos, apoyos y ayudas, esta correspondencia entre la más leal y desinteresada solicitud y la confianza más franca y honesta, puede insinuarse furtivamente el afecto en vuestro tierno corazón.

   Pero —ocurre preguntar—, ¿habrá que romper o excluir por este temor las relaciones irreprensibles cuya utlidad o necesidad puede hacerlas un deber? No. Con o, quien conoce el terreno del peligro, conviene que a esquivarlo o superarlo con la defensa de un amor firme y generoso. Este amor lleva, sin duda, en la frente, . cierta austeridad y dignidad de vida, de vestido, de modales, de hábitos en el trato; en este comportamiento se echará de ver y se hará reconocer aun por los extraños presencia invisible del ausente. San Francisco de Sales, hablando del vestido —y la observación vale para todo lo demás— nota agudamente: "La mujer casada puede y debe adornarse cuando está con el marido si éste lo desea; pero si hiciera lo mismo cuando no está él, los otros se preguntarían a qué ojos quiere ella agradar con aquel aliño especial[2]. ¿No os decíamos acaso ahora mismo que en el estado de separación forzosa los esposos se vienen a encontrar temporalmente en una especie de viudez? Escuchad, pues; la lección de Pablo, cuando trata de las viudas cristianas. Las pone él en guardia contra las muchas relaciones y las muchas visitas, contra la ociosidad, la locuacidad y las habladurías; quiere, por el contrario, que se dediquen al cuidado de la familia y de la casa, a las buenas obras, a la oración, y que con la seriedad de su conducta no den ocasión alguna de hablar mal[3].

   Si Nos prevenimos a los esposos contra estos peligros ya veis el motivo en el perjuicio que podría resultar de ellos para la fidelidad conyugal y su asidua custodia. Pero si el amor conyugal es un sentimiento que la misma naturaleza inspira en el alma del hombre y la mujer, debéis también pensar y ponderar que la razón debe ser la que rija la naturaleza; ahora bien, según razón vive el hombre que domina sus pasiones, mientras la gracia y el sacramento mandan sobre las mismas pasiones, elevando y perfeccionando la naturaleza. No olviden los esposos que la virtud está en un término medio, apartado por igual de los extremos contrarios; y así sabrán evitar aquel excesivo "sentimentalismo" que busca fuera del refugio doméstico ajenas y desordenadas satisfacciones y consuelos; y procurarán, en cambio, mantener y guardar vivo, firme, inmutable y tierno su mutuo recuerdo.

   Pero, ¿en qué y cómo conservarán este precioso vínculo del recuerdo? Lo han de conservar y defender en todo el cuadro de su ser. En la misma casa, todo hable del ausente; las paredes con las fotografías, con los documentos de las varias contingencias y del curso de su vida, bautismo, primera comunión, matrimonio, progresos escolares, certificados del mérito y del trabajo; las habitaciones con las imágenes piadosas, los libros, los objetos familiares y queridos. Para quien vive lejos, el escondido y pequeño aposento, la cabina o el ángulo más oscuro aparecerán como iluminados por los retratos y recuerdos de las personas que se han dejado con augurios y esperanzas y que aguardan la vuelta del amado. En esta luz secreta e íntima los dos corazones separados se darán cita en la silenciosa hora de la noche, reuniendo sus latidos en la oración, en aquel encuentro sobre-iral en que sobre el uno y la otra vela la mirada y protección de Dios.

   A pesar de todo, la distancia queda. ¿Quién vencerá .su amargura y separación? ¿Quién la quitará en cierta era de entre los dos corazones? La correspondencia epistolar —cuando sea posible— será el mensajero recíproco de todas las confidencias. ¡Qué consuelo llevan estas cartas al corazón! ¡Qué aliento al alma! Hacen ellas común a ambas partes cada hora del día con sus serenidades y sus nubes; haciendo comunes no sólo las cosas grandes y los graves sucesos, sino también los pequeños pormenores de la vida cotidiana, ocultando sólo pequeños estorbos y las molestias importunas que pudieran excitar angustias inútiles que la lejanía suele acrecentar. Se comunican recíprocamente, tanto las verdaderas penas para sostenerse mutuamente, como las verdaderas alegrías para condividirlas y gustarlas juntos; se cambian consejos y pareceres; se vigila, sobre todo, y se trabaja de común acuerdo en la educación de los hijos. En una palabra, la jornada del uno se hace presente al otro en la visión en que se desarrolla la vida, de modo al reunirse en el hogar doméstico les parecerá que nunca han estado separados. ¿No es acaso esta correspondencia mucho más eficaz que la simple relación de cosas y hechos? ¿No reconocéis en la caligrafía de la carta los conocidos rasgos de la mano que mil veces ha estrechado la vuestra? ¿No sentís la mente y el corazón que se descubren a sí mismos y confían a la pluma sus pensamientos y sus movimientos y latidos, sus ideas y sentimientos? Así se encuentran, se vuelven a ver y se vuelven a unir las almas para subir siempre, para franquear y superar las distancias, para elevarse a veces muy arriba, donde está todo consuelo y toda tranquilidad por encima de las tempestades de la vida, para subir a Dios que otorga no menos el gozo que la angustia.

   Ahora bien; si Dios es, como debe ser, el lazo de vuestro amor, lo sellará por su parte tan firmemente, que nada en el mundo podrá aflojarlo o disminuirlo. Escuchad una vez más lo que dice San Francisco de Sales: "El primer efecto de este amor es la unión indisoluble de vuestros corazones. Cuando se encolan dos trozos de abeto, si la cola es fina, la unión es tan fuerte, que es mucho más fácil romper los trozos en otros lugares que no en el de su unión. Pero Dios une al marido con su mujer en su propia sangre; por eso esta unión es tan fuerte, que antes se separará el alma del cuerpo del uno o de la otra, que no el marido de su mujer. Ahora bien, esta unión no se ha de entender principalmente del cuerpo, sino del corazón, del afecto y del amor"[4]. Acordaos, sin embargo, que, si Dios ha elevado el vínculo nupcial a sacramento, fuente de gracia y de energía, no da la perseverancia en él sin vuestra propia y constante cooperación, mediante la oración cotidiana, mediante el dominio sobre vuestras inclinaciones y afectos (sobre todo si debéis estar lejos uno de otra durante algún tiempo); mediante la estrecha unión con Jesucristo en la divina Eucaristía, pan de los fuertes, de aquellos fuertes que aun a costa de sacrificios y de renuncias saben conservar inviolada la castidad y la fidelidad conyugal.

   Que ninguna separación de tiempo o de lugar turbe, amados recién casados, el vínculo de vuestro amor: Dios lo ha bendecido, Dios lo ha consagrado. Sed fieles a Él: Él os lo guardará inmaculado y fecundo, como Nos os lo deseamos dándoos con toda la efusión de nuestro corazón paterno la bendición apostólica.

KKKKKKKKKKKKKKKKKKKKKK

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