DOCTRINA CATÓLICA
La Familia Cristiana - 57  
S. S. Pío XII

   LXXII

LA FIDELIDAD CONYUGAL II.
El pecado de la infidelidad secreta

4 de Noviembre de 1942.

(Ecclesia, 28 Nov. 1942.).

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   Con sobrada razón, después de celebrar vuestras bodas, venís, amados recién casados, a invocar para vosotros, para vuestro amor y vuestra fidelidad, la bendición del Vicario de Cristo. La ley del Redentor Divino, que es ley de amor, es también protectora y conservadora del verdadero amor y de la verdadera fidelidad. Es una ley de amor, que no se limita ni se ciñe a las prescripciones minuciosas y exteriores de un código, sino que penetra en el espíritu y en el corazón hasta excluir aún el pecado de mero deseo[1].

   ¿Hay según eso, aun salvando las apariencias, una infidelidad secreta escondida en los más íntimos repliegues del corazón? Sin duda alguna; porque del corazón, lo dijo Nuestro Señor, brotan los malos pensamientos y las demás iniquidades[2]; y, sin embargo, este pecado de infidelidad secreta es, por desgracia, tan frecuente que el mundo no le presta atención y la conciencia adormecida se adapta a él como en el embeleso de una ilusión.

   Pero siempre, frente a todo hechizo engañoso, se yergue y descuella la verdadera felicidad, que, como dijimos en nuestro último discurso, tiene por objeto y fundamento el recíproco don, no sólo del cuerpo de ambos esposos, sino también de su espíritu y de su corazón. ¿No es acaso verdad que la mínima infracción de esta fidelidad exquisita y cordial conduce fácilmente, antes o después, a las grandes quiebras de la vida y de la felicidad conyugal?

   I. ¡Delicadísima virtud la de la fidelidad simbolizada por el anillo nupcial! Antes de ser formulada y promulgada por Nuestro Señor había sido esculpida por el Creador en el fondo de los corazones de los justos, de donde la celebridad de la frase de Job sobre el pacto que había hecho con sus ojos de abstenerse de toda mirada impura[3].

   Comparad con esta austera reserva, que es prerrogativa de un ánimo dueño de sí, la conducta de tantos cristianos bañados desde su nacimiento en las aguas de la regeneración y crecidos en la radiante luz del Evangelio. Semejantes a los niños, propensos siempre a ver una exageración en los afanes de la solicitud materna, los veis sonreírse ante las ansiedades morales de su Madre la Iglesia. Y con todo, no es ella la única que de ello se preocupa; todas las personas honradas, aunque alejadas del sentimiento cristiano, lanzan un grito de alarma. En las calles públicas, en las playas, en los espectáculos, mujeres y jovencitas se presentan y se exhiben sin rubor a miradas indiscretas y sensuales, a vecindades deshonestas en promiscuidades indecorosas. ¡Con qué fermento surgen las pasiones en esas condiciones y encuentros! Si se exceptúa el último paso, el de la caída en la infidelidad formal —aún suponiendo que casi por milagro no se llegue a él—, ¿qué diferencia puede concebirse entre semejantes costumbres y la conducta de esas infelices que pisotean abiertamente todo pudor?

   Y no se comprende si no es por culpa de la languidez del sentimiento moral cómo hombres de honor pueden soportar que sus mujeres y novias permitan a otros miradas y familiaridades tan audaces; ni cómo una novia o una esposa que tengan gran estima del decoro de su dignidad, llegan a tolerar que el marido o el novio se tomen con otras semejantes libertades y familiaridades. ¿Quién no ve alzarse y surgir contra tan graves ultrajes a la santa fidelidad de un amor casto y legítimo, todas, aun las menores centellas de honesto sentimiento?

   II. Pero baste cuanto hemos dicho sobre tan inconvenientes y desconcertantes bajezas. En el orden del espíritu y del corazón el discernimiento entre el bien y el mal es todavía más delicado. Es verdad que hay simpatías naturales irreprensibles en sí mismas a las que las presentes condiciones de la vida brindan más felices y frecuentes ocasiones. Aunque a veces puedan presentar algún peligro, no ofenden por sí mismas la fidelidad. Sin embargo, Nos os queremos poner en guardia contra ciertas intimidades secretamente voluptuosas. Contra un amor que se quiere llamar platónico, pero que demasiadas veces no es sino el preludio que inicia o el discreto velo que cubre un afecto menos lícito y puro.

   Mientras la simpatía intelectual se detiene en la armonía entre las concepciones sinceras y espontáneas del espíritu y en el goce y admiración de la altura y de la nobleza de un alma, no hay todavía de suyo nada de reprobable. Sin embargo, San Juan de la Cruz amonesta a las mismas personas espirituales contra las desviaciones que se pueden seguir[4]. Insensiblemente el recto orden sale de aquí muchas veces invertido, de suerte que de los principios de una simpatía honesta hacia una persona, por influjo de la armonía de las ideas, de las inclinaciones y de los caracteres, se pasa, con inconsciente consentimiento, a armonizar y concertar las propias ideas y las propias concepciones con las ideas y concepciones de la persona admirada. En un principio se deja uno avasallar por ella en cuestiones de poca monta; luego en cosas más serias; en materias de orden práctico, en asuntos de arte y de gusto, que tienen ya más carácter íntimo; más tarde en el campo propiamente intelectual o filosófico y, por fin, en las doctrinas religiosas y morales, hasta el punto de renunciar al propio criterio personal para no pensar ni juzgar sino bajo aquella influencia preconcebida. Se echan por tierra los principios y se sacuden las normas de vida. ¿Cómo explicar entonces una tan entera sumisión y tan plena sujeción a las ideas ajenas, siendo así que el espíritu humano es naturalmente, y muchas veces hasta el exceso, orgulloso en la adhesión al juicio propio?

   Pero al mismo tiempo que de este modo el espíritu propio va modelándose, poco a poco conforme al de un extraño o de una extraña, se enajena por el contrario cada día más del alma del esposo o de la esposa legítimos. Llega a sentir por todo lo que éstos piensan y dicen un irresistible instinto de contradicción, de irritación, de desprecio. Ese sentimiento, tal vez inconsciente, pero no por eso menos peligroso, indica que la inteligencia ha sido conquistada y acaparada, que se ha dado a merced de otros el espíritu del que se había hecho don irrevocable el día de las bodas. ¿Es esto fidelidad?

   ¡Ilusión sutil y mal comprendida! Pudo muy bien suceder que gracias al influjo de almas elevadas, ardientes y movidas por el celo más puro, una simpatía intelectual se convirtiese en la aurora de una conversión; pero las más de las veces se trató sólo de una aurora; rara vez la luz de la mañana subió hasta el pleno día. ¡Cuántos, por el contrario, perdieron de ese modo la fe y el sentimiento cristiano! Ejemplos ilustres, aunque muy raros, bastan para tranquilizar a algunos, que se imaginan ver en sí mismos una Beatriz y un Dante. En muchos casos sucede, por el contrario, que en su doble ceguera caminan a lo largo de un margen resbaladizo y caen ambos en el hoyo[5].

   III. Aun suponiendo que el espíritu no haya sido, como alguien ha dicho, la "dupe du coeur"[6], la víctima de un engaño del corazón, el corazón ciego a su vez, acompaña al espíritu y no tarda, a su vez, en arrastrarlo con su impulso. Tras del espíritu se entrega el corazón; pero no se entrega sino haciéndose traidor a la persona a quien desde un principio se había entregado con lazo indisoluble.

   Bien puede el mundo proclamar fiel a la esposa que no ha consumado materialmente la trasgresión y celebrar la excelencia de su fidelidad porque con un sacrificio tal vez heroico, aunque de un heroísmo puramente humano, continúa viviendo sin amor al lado del esposo a quien había unido su vida, mientras su corazón, todo entero, pertenece definitiva y apasionadamente a otra persona. ¡Más austera y santa es la moral de Jesucristo! Se enaltece por ahí la nobleza de una pretendida unión de corazones, castamente unidos "como los astros y las palmeras"; se envuelve esta pasión en la aureola de una vaga religiosidad, que no es sino desvarío alimentado de poesía y de novela, no de Evangelio y de vínculo cristiano; se engríen de mantener este amor en alturas serenas; la naturaleza, después del pecado original, no es dócil hasta este punto a los aforismos ingenuamente vanidosos de los espíritus ilusos y la fidelidad ha sido ya violada con la ilícita pasión del corazón.

   ¡Oh jóvenes esposos: guardaos de tales ilusiones! Iluminados con la luz divina, bajo la protección de María, Madre purísima, amaos santamente el uno al otro, apretando cada vez más la unión de vuestras vidas, de vuestros espíritus, de vuestros corazones; unión sobre la que invocamos con toda la efusión de nuestro ánimo paternal las más abundantes gracias divinas, dándoos la bendición apostólica.

KKKKKKKKKKKKKKKKKKKKKK

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NOTAS
  • [1] Cfr. Mt. V, 27-28. 

  • [2] Cfr. Mt. XV, 19.

  • [3] Cfr. Iob XXXI, 1. 

  • [4] Cfr. San Juan de la Cruz: "Noche oscura", 1. I, cap. IV, núm. 7.

  • [5] Cfr. Mt, XV, 14. 

  • [6] La Rochefoucauld: "Reflexiona ou sentences et máximes morales", núm. CII.

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