DOCTRINA CATÓLICA
La Familia Cristiana - 58  
S. S. Pío XII

   LXXIII

LA FIDELIDAD CONYUGAL
III. Escollos e imprudencias

18 de Nov. de 1942.

 (Ecclesia, 12 de Dbre. de 1942.)

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   Es un espectáculo tan hermoso el ver la perfecta felicidad de dos esposos que, lejos de languidecer con los años, crece en vigor y entrega mutua y en concordia hasta la vejez, cada vez más discreta y más serena, y que más allá de esta vida terrena se abre radiante en el cielo, que Nos sentimos el deber de poneros en guardia contra algunos peligros y algunas imprudencias, acaso inadvertidas e incomprendidas, que podrían comprometer su solidez, o por lo menos poner una sombra de ansiedad sobre su exquisita delicadeza que tuvimos cuidado en describir en los últimos discursos a los recién casados.

   No es necesario poseer un amplio conocimiento y experiencia de la historia y de los sucesos familiares para saber qué frecuentes son las caídas lamentables que han derrumbado y extinguido amores bien nacidos y sinceros, y más aún para comprender aquellas debilidades volubles como la pasión, pero cuya herida deja una punzante cicatriz en lo más íntimo de los dos corazones.

   Nos proponemos hoy hablaros, no tanto del camino por el que paso a paso se baja hasta la culpa, hasta la profundidad del abismo, cuanto de las imprudencias y miserias por las que el esposo fiel, sin darse cuenta, abre al otro el peligroso camino; imprudencias y miserias que podemos reducir a tres capítulos: la ligereza, la austeridad excesiva, los celos.

   I. La ligereza es, sobre todo, el escollo de los primeros meses, antes de que la sonrisa y los vagidos de los niños vengan a abrir y madurar el espíritu de los padres. Pero muchas veces se prolonga bastante más allá, favorecida y sostenida por la falta de carácter, más aun que por el ardor de la juventud. En la falsa idea, cultivada y favorecida con complacencia, de que el matrimonio todo lo hace lícito, los esposos se permiten a veces las más imprudentes libertades. El marido conduce, sin sentir escrúpulos, a su joven mujer a diversiones escabrosas, por no decir reprochables, creyendo recrearla sin malicia, pensando tal vez iniciarla por este camino en la experiencia de la vida. La mujer, cuando no es de aquella seriedad fervorosamente cristiana que da franqueza de carácter, las más de las veces se dejará arrastrar sin resistencia alguna, o en el caso de oponer un ademán de reacción, no le desagradará en el fondo el que no resulte excesivamente eficaz o victoriosa. Si hasta el matrimonio su inocencia ha sido custodiada y preservada, más bien que verdaderamente formada y esculpida a fondo por la vigilancia y la solicitud de padres cristianos, veréis que acopla con agrado, aunque ruborizándose un poquito, satisfacer una cierta curiosidad, cuyo inconveniente y peligro no se le muestra claramente. Si, en cambio, su vida de muchacha ha sido mundana y disipada, se tendrá y estimará por feliz al poder librarse —honestamente, según ella piensa, ya que se encuentra con su marido de aquel poco de recato que antes le imponía su edad juvenil.

   De los espectáculos y de las diversiones atrevidas, la ligereza pasa fácilmente a relajación de criterios y de conciencia por lo que se refiere a las lecturas. En esta materia, además de los atractivos de que hemos hablado, entra en escena un aliciente todavía más sutil: el amor descrito en las novelas, que parece interpretar tan bien los sentimientos, sin duda legítimos, que los esposos experimentan entre sí. ¡El novelista y sus héroes y heroínas dicen con tal viveza y con frases tan enardecidas y exquisitas lo que aun en el secreto de los íntimos coloquios no se sabría o se osaría expresar tan eficazmente y con el mismo ardor!... La consecuencia es que con la apariencia de enardecer el amor, esas lecturas excitan todavía más la imaginación y los sentidos y dejan a las almas más débiles y desarmadas contra las ineludibles tentaciones. En aquellas narraciones de trances de infidelidad, de culpas, de pasiones ilegítimas o violentas, no es raro que el afecto de dos esposos pierda algo de su pureza, de su nobleza y santidad, que quede falseado en su estima y concepción cristiana y se transforme en un amor puramente sensual y profano, olvidando los elevados fines de las nupcias bendecidas.

   Aun no tratándose de obras inmorales o escandalosas, el apacentarse habitualmente con lecturas y espectáculos novelescos envuelve frecuentemente al sentimiento, al corazón y a la fantasía en la atmósfera de una vida imaginaria ajena a la realidad.

   Esos episodios románticos, esas aventuras sentimentales, esa vida de galanteo fácil, cómoda, caprichosa y brillante, ¿qué son de hecho sino invenciones fantásticas, creadas por los autores a su desenfrenado talante sin tener en cuenta las dificultades económicas y las innumerables oposiciones de la realidad práctica y concreta? El abuso de semejantes lecturas y espectáculos, aunque no sean cada una de por sí censurables, acaba por extraviar la estima de las cosas y estraga el gusto de la vida real, quitándole la sal que hace grata la realidad en que se desarrolla la vida deliciosamente austera de trabajo y de sacrificio y de atención vigilante en medio de los cuidados de una familia sana y numerosa. Pensad por una parte en el marido que no da abasto con el sudor de su frente para todos los gastos de una vida de lujo; por otra parte, en la mujer que, cargada de hijos y de cuidados, y provista de medios limitados, no puede cambiar como con una varita mágica el modesto hogar en un castillo de cuentos de hadas; y decid luego si a estos esposos no les parecerán muy mezquinos sus días siempre iguales, sin vicisitudes extraordinarias, comparados con aquellas fantasías novelescas. Muy amargo es el despertar para quien vive continuamente en un sueño dorado; muy viva es la tentación de prolongarlo y continuarlo en la realidad. ¡Cuántos dramas de infidelidad no han tenido otro origen sino éste! Y si uno de los esposos, conservado fiel, llora, sin caer en la cuenta de nada, el extravío del culpable, aun entonces querido y amado, está muy lejos de sospechar su parte de responsabilidad en aquel desliz que ha llegado hasta la caída. Ignora que el amor conyugal, desde el momento en que pierde su sana serenidad, su fuerte ternura y su santa fecundidad, para asemejarse a los amores egoístas y profanos, fácilmente se siente tentado a obtener en otra parte el pleno goce.

   No menos imprudentes son los maridos que por dar gusto a sus mujeres o por satisfacer su propia vanidad las alientan a abandonarse a todos los caprichos y a todas las más audaces extravagancias de la moda en el vestido y en el modo de obrar. Esas jóvenes mujeres mal aconsejadas, lanzadas así a la aventura, no imaginan siquiera a qué peligros se exponen a sí mismas y a los demás. No busquéis en otra parte el origen de no pocos escándalos que asombran a muchos; ¡a muchos, pero no a los que reflexionan sobre los caminos del mal, no a los amigos cuerdos, que a tiempo llamaron la atención del sendero peligroso y no fueron oídos!

   II. La virtud está en medio; contra el exceso de condescendencia se puede caer también en el opuesto exceso del rigor. El caso es sin duda raro, pero se da en la realidad. El rigor exagerado que transformase el hogar doméstico en una morada triste, sin luz ni alegría, sin sanas y santas distracciones, sin amplios horizontes de acción, podría terminar en los mismos desórdenes de la ligereza. ¿Quién no prevé que cuanto la estrechez sea más rigurosa, tanto más violenta amenaza ser la reacción? La víctima de esta tiranía —el hombre o la mujer, tal vez aun el mismo opresor— una u otra vez sentirá la tentación de romper la vida conyugal. Pero si las ruinas y efectos de la ligereza muchas veces no tardan en hacer abrir los ojos y en hacer volver a mejor consejo y a mayor seriedad, los extravíos ocasionados por una austeridad exasperante se suelen atribuir en cambio a falta de suficiente rigor; y entonces éste se hará todavía más áspero y seguirá creciendo el mal que ha causado y la reacción que provoca.

   Lejos de estos extremos —la excesiva condescendencia y la excesiva severidad—, reine entre vosotros la moderación, que no es otra cosa sino el virtuoso sentido de la medida y de lo que conviene. Que el marido desee y guste ver a su mujer vestirse y actuar con decente elegancia, conforme a sus medios y a su condición social, animándola y complaciéndola para el caso con algún don delicado, con una amable complacencia y alabanza de su encanto y gracia. Que la mujer, por su parte, destierre de la casa todo inconveniente que ofenda a la mirada cristiana o al sentimiento de la belleza, así como toda severidad que sería de pesadumbre para el corazón. Que ambos gusten leer, aun juntos, hermosos, buenos y útiles libros, que los instruyan, que amplíen sus conocimientos de las cosas y de las obras y de los criterios de su arte y de su trabajo, que los informen sobre el curso de los sucesos y los conserven firmes y más ilustrados en la fe y en la virtud. Que se concedan de buena gana, con discreción, los sanos y honestos esparcimientos que dan reposo y mantienen la alegría; lecturas y esparcimientos que serán fuente de perenne y sabroso alimento para sus íntimas conversaciones y debates. Que cada uno de ellos se complazca en ver al otro descollar en la actividad profesional o social, en el hacerse amable con su sonriente afabilidad entre los amigos comunes; que ninguno piense que el otro le hace sombra.

   III. Finalmente, un gran escollo que hay que sortear son los celos, que pueden surgir de la ligereza o ser provocados por el rigor: peligrosísimo escollo para la fidelidad. Aquel incomparable psicólogo que fue San Juan Crisóstomo los describió con magistral elocuencia: "Todo lo que diga de este mal no bastará para expresar nunca su gravedad. Una vez que un hombre comienza a sospechar de aquella a quien ama sobre todas las cosas de la tierra y por la que daría gustoso aun su vida, ¿en qué cosa podrá encontrar consuelo?... Pero si el hombre se agita angustiado en medio de estos males, aun cuando no tienen fundamento ni razón, la pobre e infeliz mujer se ve todavía más gravemente atormentada. El que debería ser el consuelo de todas sus penas y su apoyo, se muestra cruel con ella y no le demuestra más que hostilidad ... Un espíritu prevenido así y atacado por esta enfermedad, está dispuesto a creerlo todo, a aceptarlo todo, a aceptar todas las denuncias sin distinguir lo verdadero do lo falso, más inclinado a escuchar al que confirma sus sospechas que a quien querría disiparlas... Todo es espiado, las salidas, las entradas, las palabras, las miradas, los mínimos suspiros; la pobre mujer debe soportarlo todo en silencio; encadenada, por decirlo así, al lecho conyugal, no puede permitirse, un paso, una palabra, un suspiro sin tener que dar cuenta de ella a los mismos siervos"[1].

   Una vida así, ¿no puede acaso hacerse casi intolerable? ¿Y qué maravilla que al faltar la luz y el sostén de una verdadera virtud cristiana, se busque la evasión y la fuga con el naufragio de la fidelidad?

   El espíritu cristiano, jóvenes esposos, gozoso sin frivolidad, serio sin excesivo rigor, ajeno a las sospechas temerarias, confiado en un afecto mutuo fundado en el amor de Dios, asegurará vuestra fidelidad recíproca, sincera y perennemente sagrada. Éste es el voto que formulamos para vosotros y que rogamos a Dios acoja y realice, mientras de todo corazón os damos Nuestra paternal bendición apostólica.

KKKKKKKKKKKKKKKKKKKKKK

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NOTAS
  • [1] Io. Chrys. De virginitate, Migne, P. G., 48, col, 574-575.

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