DOCTRINA CATÓLICA
La Familia Cristiana - 59  
S. S. Pío XII

  LXXIV

LA FIDELIDAD CONYUGAL
IV. Las pruebas de la fidelidad

9 de Diciembre de 1942.

(Ecclesia, 2 de Enero de 1943.)

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   Hablando últimamente de los escollos en los que , tal vez podía venir a chocar la fidelidad de los jóvenes esposos, Nos les poníamos en guardia contra las imprudencias en que podrían fácilmente caer. Pero, después de todo, los escollos no son otra cosa que pruebas; y de las pruebas o de los riesgos de la fidelidad, queremos hoy hablar, amados recién casados, mientras que al mismo tiempo pensamos en los dolores que sobre la fidelidad misma se derraman y en las tentaciones a que estos dolores que suceden dan origen.

   Estas pruebas, sin falta alguna del uno o del otro, pueden provenir de deficiencia o de imprudencia de la otra parte; pueden ocasionarse también sin que ni una ni otra parte tengan la más pequeña culpa. Como quiera que sea, de estas pruebas, como de todas las que la Providencia permite en sus arcanos designios, es posible siempre, con la gracia y con la virtud, salir más grandes y más fuertes.

   No os maravilléis si ante vosotros nos ocupamos también de aquellas pruebas de las que uno de los esposos es responsable. No es que dudemos de vosotros; antes bien, confiamos en que vuestra vida cristiana y vuestra humilde prudencia, unida a la oración, os obtendrán de Dios la gracia de conservaros y de preservar y crecer en las disposiciones en que hoy os halláis. Pero Nos nos dirigimos a vosotros también como a Nuestros caritativos mensajeros, para haceros heraldos de consuelo y de paz ante los demás, puesto que esperamos que llevaréis lejos el eco de nuestra palabra. ¡Ojalá sirva de consuelo y de sostén a los que viven en la prueba! ¡Ojalá vosotros mismos, cuando en el curso de la vida halléis a otros en pruebas semejantes, podáis ser ángeles que les socorran y conforten, para curar y endulzar sus corazones heridos, para aliviar sus almas desalentadas por la profundidad de la angustia y la violencia de la tentación! ¡Qué obra tan hermosa de caridad haréis con vuestra ayuda!

   I. La primera de estas pruebas, y la más sensible, es la traición. Por desgracia, no es rara. Es verdad que entre un simple galanteo superficial y transitorio y el abandono del hogar doméstico hay muchos pasos y muy diversos; pero aun la herida más leve hiere profundamente un corazón leal, que se había dado plenamente y sin reserva. Y además es siempre un primer paso en una pendiente resbaladiza; por oirtra parte, para el esposo (o la esposa) ofendido y engañado; el declive de la tentación, acaso también el pretexto del primor escalón de la bajada. Y si falta fuerza para soportar la prueba y salir de ella triunfante,  cae él mismo más abajo y toda la trama de la tragedia se concierta y se concluye.

   Pero si a la infidelidad conduce un primer momento de extravío; si de ahí se sigue un vínculo que, poco a poco, se va estrechando cada vez más; si, por fin, lejos de los suyos, el infiel lleva una vida descuidada y ha fundado una familia ilegítima, entonces la prueba llega al colmo; colmo de sufrimiento, colmo de la tentación en esta viudez más triste que la muerte, que ni siquiera da el consuelo de las lágrimas sobre una tumba amada ni concede la posibilidad de volver a construir un nuevo nido. La vida está rota, pero no apagada, y perdura en una prueba que tiene mucho do terrible. Y sin embargo, ¡cuánto se eleva aquel o aquella que saben soportar esto digna y santamente! ¡Aquella madre, aquella mujer que debe sostener y educar una familia ella sola, es grande, es heroica en su aflicción, es digna de toda la admiración! Pero una angustia acaso más aguda y más amarga es la del padre, que no puede dar una segunda madre a sus hijos, todavía pequeños y necesitados de una caricia, para sustituir a aquella que les ha abandonado. ¡Oh, y cómo sangra el corazón al pensar en estos niños que, al crecer, acabarán por comprender su desgracia, si es que no es necesario revelarles todavía antes el desorden moral de un padre o do una madre que viven lejos de ellos!

   ¡Qué horrible tentación de acabar con la vida o de edificarse una vida diversa y un diverso hogar! Sin embargo, si hay tempestad en el corazón el faro del deber está inmóvil en la playa de la vida; deber riguroso, que con los resplandores de su claridad escruta la conciencia y le impone la obligación de ser por su parte fiel al juramento recíproco que la otra parte ha violado y pisoteado.

   Algunas veces el esposo culpable no rompe la convivencia conyugal, pero su infidelidad, especialmente si va unida a modales duros y ásperos, hace la vida común cada vez más difícil y casi intolerable. Sin duda, permaneciendo firme el vínculo conyugal, el derecho permite la separación al cónyuge inocente en casos determinados. Pero salvo el peligro de escándalo o el interés superior de los hijos u otra causa grave que se oponga a ella, la caridad, que se acomoda a todo[1], invita e inclina a aquél a soportar y callar, para reconquistar un corazón extraviado. ¡Cuántas veces habría sido posible de este modo la reconciliación! La enmienda habría podido suceder al extravío pasajero y con ella la reparación, el rescate del pasado con una vida ejemplar, que habría sepultado todo en el olvido. En cambio, si la caridad cristiana no vence, si la parte inocente se alborota, aquella alma, que acaso estaba para arrepentirse, o estaba ya arrepentida, se encuentra empujada a un abismo todavía más profundo que aquel del que habría buscado la salida. ¡Se han dado casos de estos sublimes perdones!

   Sucede a veces —y vosotros lo sabéis muy bien— que el hombre, fiel a su siempre amada esposa, al volver, después de una larga ausencia, acaso de un cautiverio de guerra, al amado hogar, ve sonreír o siente dar vagidos a una de aquellas cunas, que se han llamado justa y dolorosamente "cunas trágicas". Se siente conmover por la piedad; después de un momento de vacilación y de lucha interna se acerca y se inclina sobre aquella cuna; besa la frente del pequeño, también él víctima inocente: lo toma como suyo. Ciertamente el deber no obliga a tanto; puede ser también que en algunos casos la razón aconseje un acto semejante; pero ante tales héroes de la caridad y de la fidelidad no se puede pasar sin admiración.

   II. Otra prueba, por desgracia todavía más frecuente, a la que está expuesta la fidelidad, deriva del desconocimiento, por parte de uno de los esposos, de la santidad del deber conyugal, por temor de ver multiplicarse el peso de la familia; por temor del trabajo, del sufrimiento, de un riesgo que a veces se exagera; por el temor, incomparablemente más fútil, de sacrificar alguna línea de la propia elegancia, algún jirón de la propia vida de placer y de libertad, alguna vez aun por frialdad de corazón y mezquindad de alma, por mal humor o por la ilusión de una virtud mal entendida, uno de los esposos se rehúsa al otro y no se presta si no es dejando entender su descontento o sus aprensiones. Evidentemente, no hablamos aquí del acuerdo culpable de dos esposos para tener lejos de su hogar la bendición de los hijos.

   Tal prueba es bien dura para un esposo o para una esposa que procuran cumplir su propio deber; y cuando se repite, cuando se prolonga, cuando se convierte en permanente y como decretada definitivamente, nace fácilmente con ella la tentación de buscar en otra parte alguna ilícita compensación. El Apóstol San Pablo lo dice expresamente: "No queráis defraudaros el derecho recíproco, a no ser por algún tiempo de común acuerdo, para dedicaros a la oración; y después volved a estar juntos, no sea que os tiente Satanás por vuestra incontinencia"[2].

   Sin embargo, aunque la prueba oprima el espíritu, hay que salir victorioso. ¡Desgraciado del que perece en ella! ¿No debía luchar y orar? "Orad para no caer en la tentación"[3]. A pesar de todo, ha sido vencida su voluntad. Pero, junto con la lucha y con la oración, ¿ha hecho todo lo que debía, todo lo que podía? Le quedaba todavía algo grande, algo hermoso. Aquel marido, aquella mujer a quien se ama, a quien se ha ligado la propia vida, es un alma queridísima, y esta alma está en peligro; más todavía, está más que en peligro, porque vive habitualmente en estado de pecado mortal, del cual no puede salir más que con el arrepentimiento y con la voluntad de cumplir con su deber en el porvenir. ¿Y no se pondría todo el interés posible, todo absolutamente y cueste lo que cueste, por salvarla? ¿No es éste uno de los primeros deberes de la fidelidad y el más urgente de todos los apostolados? Apostolado difícil, pero que un amor poderoso y puro haría fructuoso. Sin duda ninguna hace falta constancia, energía dulce y paciente, es necesaria la persuasión, es necesaria la oración, mucha oración suplicante y confiada; pero es necesario también el amor, el amor de todos los momentos, amor delicado, tierno, dispuesto a todos los sacrificios, a todas las concesiones que no sean contra la conciencia, amor solícito para satisfacer, para prevenir cualquier deseo, acaso también cualquier capricho inocuo, para reconquistar el corazón extraviado y volverlo a traer al camino del deber.

   Pero a pesar de todo, dirán acaso algunos, semejante esfuerzo no siempre tendrá éxito. Aunque solamente lo obtuviera una vez, valdría de verdad la pena de intentarlo con toda decisión. Hasta que no se ha hecho este esfuerzo a fondo, de todas las maneras, con perseverancia, no se puede decir que se ha hecho todo; y hasta que no se ha hecho todo, no hay derecho a desesperar del éxito. ¡Es un alma, un alma tan preciosa! Y aunque no se llegase a triunfar sobre la obstinación o la pusilanimidad del culpable, la lucha haría a aquella alma más fuerte para mantenerse, a pesar de la prueba, en una irreprensible fidelidad.

   III. Nos hemos enumerado recientemente las separaciones forzadas de los cónyuges entre los enemigos de la unión indisoluble; debemos ahora computarlas también entre las pruebas de la fidelidad. Ninguno de los dos esposos es culpable; pero hay aquí también una prueba dura y peligrosa. Nos no volveremos hoy sobre el tema sino para indicar brevemente una forma especial de esta separación; separación parcial y de la que ningún extraño cae en la cuenta, pero que no es por eso menos grave y penosa. Nos referimos a las dolencias, a las enfermedades, que imponen a veces durante un largo período de tiempo una continencia perfecta, mientras se sigue juntos, amándose como el primer día y deseando vivir cristianamente. Entonces, para conservar la fidelidad en su indefectible perfección, en su exquisita delicadeza, es menester que el amor sea fuerte, que la fe sea viva. Entonces hay que vigilar, luchar, orar, fortificar el alma, el corazón y los sentidos con el alimento divino de la Santa Comunión. Entonces conviene elevar el espíritu al ideal del amor verdadero y noble, que supera incomparablemente al pobre amor puramente humano, siempre más o menos egoísta. ¿Qué prueba, qué hora es ésta? Es la prueba y la hora en que el amor conyugal se confunde, sublimándose, con el amor del prójimo hacia el herido, caído junto al camino de Jericó, para socorrerle, para curarle, para consolarle, para amarle como a si mismo. ¿Y qué prójimo más prójimo que el marido para la mujer y la mujer para el marido? Entonces el uno para con el otro se hacen el piadoso samaritano o la piadosa samaritana, y la asistencia mutua y afectuosa, los cuidados y las oraciones son un nuevo sello de la fidelidad jurada ante Dios y en su amor.

   A quien así se eleva, y lucha, y ora, y vive de Dios, no se le puede nunca negar la gracia. Nos rogamos al Señor que aleje de vosotros semejantes pruebas; pero si su amorosa providencia dispusiese otra cosa, le suplicamos que no sufra el que seáis tentados o probados por encima de vuestras fuerzas, sino que os procure con la tentación el camino de la evasión y del triunfo, para que podáis sosteneros[4]. Con este voto os damos de todo corazón nuestra paternal bendición apostólica.

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NOTAS
  • [1] I Cor. XIII, 17. 

  • [2] I Cor., VII, 5.

  • [3] Mat, XXVI, 41. 

  • [4] Cfr. I Cor. X, 13.

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