DOCTRINA CATÓLICA
La Familia Cristiana - 60  
S. S. Pío XII

   LXXV

LAS VIRTUDES DEL HOGAR DOMÉSTICO
I. ¿Qué es un hogar?

27 de Enero de 1943.

(Ecclesia, 13 de Febrero de 1943.)

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   El gozo que Nos siempre experimentamos al acoger a nuestro alrededor a los recién casados que vienen a pedir nuestra bendición, nace, entre otros motivos, de la esperanza que nos infunde el contemplar y considerar en ellos el santo y vasto oficio que Dios le confía, como es el de restaurar y fomentar una sociedad sana, fuerte, animada de espíritu y de sentimientos profunda y prácticamente cristianos. ¿Y no es eso lo que les está pidiendo el simple hecho de ser llamados a fundar un hogar?

   ¡El hogar! ¡Cuántas veces, sobre todo desde que pensasteis en bodas, desde el tiempo de vuestro noviazgo, vosotros, amados recién casados, habéis escuchado resonar en vuestros oídos esta palabra entre el coro de los parabienes y felicitaciones de vuestros parientes y amigos! ¡Cuántas veces ha subido espontáneamente de vuestro corazón a vuestros labios! ¡Cuántas veces os ha llenado de una dulzura inefable, compendiando en sí todo un ensueño, todo un ideal, toda una vida! ¡Palabra de amor, palabra de encanto que todas las almas buenas comprenden y escuchan con deleite, sea que saboreen su intimidad actual, sea que piensen en ella con dolor en la lejanía, en la ausencia, en la cautividad, sea que alegremente abriguen la esperanza de un pronto regreso!

   Sin embargo, tal vez este mismo encanto conduce fácilmente a una concepción vaga del hogar, como envuelto en una nube de rosa y de oro. Nos, por lo mismo, quisiéramos esta mañana haceros profundizar más en su significado. Nada quitará la precisión a su poesía, sino que manifestará mejor su belleza, su grandeza y su fecundidad.

   I. Mucho dice, pues, el hogar, y puede referirse a muchas y variadas cosas. Se llama así la casa en que nacemos: el hogar paterno, conyugal, doméstico, o también, en sentido lato, el hogar del estudiante, del artista, del soldado. Hay también hogares de estudio, de ciencia, de oración, de acción, de apostolado. En el orden material, ahí tenéis el hogar con verdadero fuego, al que se acude para calentarse o para cocer los alimentos; el hogar de los hornos para la elaboración del hierro y otros metales; el hogar de la caldera de vapor, que da a la máquina su fuerza motriz. ¿No descubre el médico en su enfermo el foco de infección que pone su vida en peligro, o el foco epidémico cuando una enfermedad ataca al mismo tiempo a varias personas de una misma manzana o de un mismo barrio? La antigüedad pagana tenía por sagrado el culto del hogar doméstico, cuya diosa era Estia, y enaltecía el heroísmo de aquellos esforzados que combatían por sus altares y sus hogares: "pro aris et focis"[1]. ¿No se deriva del mismo vocablo "focus" el término "enfoque" de la lente y del espejo, que es el punto en que confluyen los rayos refringidos o reflejos?

   Todas estas acepciones y sentidos deben tener como base algo común que justifique el común apelativo. La leyenda —no la queremos llamar historia— narra que en el cerco de Siracusa el gran Arquímedes se sirvió de potentes espejos cóncavos para incendiar desde lejos la flota de Marcelo. Sin recurrir a semejantes ejemplos, ¿no os ha sucedido nunca entre las diversiones de vuestra niñez prender fuego, con una lente mantenida en el punto preciso, a algunos trozos de papel o a un poco de estopa? Los rayos del sol convergen en un punto fijo para desviarse luego, difundiéndose de nuevo con una intensidad de calor y de luz considerablemente aumentada como si este punto, este "enfoque", hubiera sido a su vez un pequeño sol. Ése es el hogar en cualquiera de los órdenes a los que se aplique este nombre: el punto en que todo se concentra para irradiarse de nuevo.

   II. El hogar del que ahora queremos hablar es el de la familia que habéis fundado y encendido con vuestro matrimonio. Pero para merecer la alabanza de este hermoso nombre hay que cumplir una doble condición: la de concentrar e irradiar calor y luz. ¿Constituyen acaso un hogar los jóvenes esposos cuyo placer consiste en salir lo mas posible de casa y no tienen buen humor sino en las fiestas, en las visitas, en los viajes y temporadas de recreo y en los espectáculo mundanos? No; no es un hogar la habitación descuidada, fría, desierta, muda, oscura, sin la serena y cálida lumbre de la convivencia familiar. Pero tampoco son verdaderos hogares aquellas moradas demasiado cerradas, clausuradas y casi inaccesibles, en las que no convergen la luz y el calor de fuera y que no irradian hacia el exterior, semejantes a cárceles o a yermos de solitarios.

   Y sin embargo, ¡es tan hermoso un hogar íntimo, pero que irradie! ¡Sea así el vuestro, amados hijos e hijas, a imagen y semejanza del hogar de Nazaret! No ha habido ninguno más recogido que aquél, pero al mismo tiempo más cordial, más amable, más pacífico en su pobreza, más irradiador; porque, ¿no vive acaso y no se ilumina con su irradiación la sociedad cristiana? Mirad: a medida que se aleja de ella, el mundo se entenebrece y se hiela.

   III. ¿Cuáles son, pues, esos rayos que deben aunarse y concentrarse en vuestro hogar para encontrar allí la fuerza de expansionarse luego en amplios haces de luz y de calor? Son variadísimos, como son varios los que emanan del sol con su gama infinita de colores y graduaciones, unos más luminosos, otros más cálidos. Son las gracias y los alicientes del espíritu, del corazón, del alma: se les suele llamar cualidades, dones, talentos: unos son el tesoro de una doble herencia atávica: otros se han adquirido por el trabajo, el esfuerzo y la lucha: los más preciosos son las virtudes infundidas misteriosamente en la naturaleza humana por la gratuita caridad del Espíritu Santo y aumentadas mediante el ejercicio de la vida cristiana.

   Vuestras familias eran hasta ayer ajenas una a otra: ambas tenían sus tradiciones, sus recuerdos, sus rasgos propios de espíritu y corazón, que les daban una fisonomía peculiar; ambas tenían sus relaciones de parentesco y amistad; cuando he aquí que estos dos coros el día de vuestra boda se han concertado en vosotros en una nueva armonía, que se prolongará en vuestra descendencia, pero que comienza ya a resonar a vuestro alrededor. Dotados de esta doble herencia, os enriquecéis además con vuestras aportaciones personales puestas en común: los sucesos y encuentros de vuestra vida doméstica, profesional y social, vuestras conversaciones y lecturas, vuestros estudios literarios, científicos, artísticos, tal vez incluso filosóficos, pero sobre todo religiosos, os devuelven a las horas de intimidad, cargados de polen, como las abejas cuando se vuelven a las colmenas; y en vuestros confidenciales coloquios destiláis una miel dulcísima, nutrida, ante todo, para vosotros mismos y que comunicaréis, tal vez sin daros cuenta, a los que os traten[2]. En el contacto de cada día, en la necesaria concordia recíproca de pensamientos y de vida que se consigue por medio de innumerables pequeñas concesiones e innumerables pequeñas victorias, conseguiréis y aumentaréis de grado las virtudes morales, la fuerza y la dulzura, el ardor y la paciencia, la franqueza y la delicadeza. Ellas os unirán en un afecto siempre creciente, pondrán vuestro sello en la educación de vuestros hijos y darán a vuestra morada el atractivo de un encanto que no cesará de irradiarse en la sociedad que os trata u os rodea.

   Tales han de ser las virtudes del hogar doméstico: en los esposos cristianos y en la familia cristiana están santificadas y elevadas al orden sobrenatural, y por lo mismo son de un valor incomparablemente superior a todas las capacidades naturales, porque cuando fuisteis hechos hijos de Dios se os injertaron con la gracia en el alma esas facultades de orden divino que ni los más heroicos esfuerzos puramente humanos serían capaces de engendrar tan siquiera en un grado ínfimo.

   De estas virtudes hablaremos a los jóvenes esposos que os sigan, cristianos como vosotros. Nos esperamos que leáis estas nuestras enseñanzas: más aún, confiamos en que serán leídas con fruto también por almas rectas y nobles, aunque no tengan, como vosotros, la dicha de vivir esta vida divina. Cultivando y perfeccionando leal y generosamente sus virtudes naturales atraerán sobre sí con su generosidad y su lealtad la luz y la ayuda de Dios; ansiarán con santa envidia estos dones sobrenaturales de la fe, la esperanza y la caridad, que dan a la vida del hombre, aun en este mundo, una dignidad incomparable para hacerlo en la eternidad partícipe de la felicidad de Dios. Ansiando así estos dones sublimes, tenderán su mirada hacia el cielo, invocarán al Padre de las luces, se volverán hacia la Cruz del Redentor, única esperanza; se abrirán al Espíritu, que es amor, y serán llenas de Él, porque a quien cumple rectamente con su propio deber, tal como lo conoce, y no peca contra la luz, Dios le da la luz en mayor abundancia para llegarse a Él, y nunca rehúsa su gracia.

   Esta gracia la imploramos de todo corazón para vosotros y para todos aquellos a quienes por la irradiación de vuestro hogar llegará nuestra palabra paterna mientras, en prenda y auspicio de los dones divinos os damos con especial afecto la bendición apostólica.

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NOTAS
  • [1] Cic., De nat. Deorum, 1. III, cap, 40. 

  • [2] Cfr. Cant., IV, 11.

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