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En
el mundo hay magos y magos.
Magos que se vuelven famosos por lo que son capaces de hacer
aparecer: palomas, conejos, billetes, pañuelos, cubos,
corbatas, nudos o anillos… y magos cuya fama se debe a los que
son capaces de hacer desaparecer: palomas, conejos, billetes,
pañuelos, cubos, corbatas, nudos o anillos…
Bien cierto es, por otra parte, que más de un mago alcanzó la
fama por lo que fue capaz de achicar: palomas, conejos,
billetes, pañuelos, cubos, corbatas, nudos o anillos… Tan
cierto como que innumerables ilusionistas del mundo lograron
su reconocimiento por aquello que fueron capaces de agrandar:
palomas, bill… etcétera.
La
historia del mago Aparicio, sin embargo, y de cómo su nombre
fue escrito con letras de gloria a través del tiempo, nada
tiene que ver con las historias de los otros magos y de cómo
ellos se volvieron famosos haciendo achicar, agrandar,
aparecer y desaparecer objetos como palomas y todo lo demás.
No.
Hijo, nieto, bisnieto y tataranieto de una familia de
prestidigitadores. Aparicio nació, creció, adoleció, se afeitó
por primera vez y se hizo hombre en un ambiente mágico donde
lo imposible nunca lo fue tanto.
Ya
en sus primeros meses de vida fue alimentado con mamaderas
llenas de leche que volvían a llenarse a medida que él las
bebía hasta saciar por completo su apetito.
Unos años más tarde, incluso quedó a salvo de convertirse en
la bestia de irremediable gordura que hubiera sido, gracias a
la varita heredada de su bisabuelo materno con la que pudo
modelar su cuerpo a gusto, a excepción de las orejas que
–grandes y aladas- se le resistieron al poder del ilusionismo.
Del
mismo modo que los otros magos del mundo y de su familia,
Aparicio concretó su primera presentación en público en el
cumpleaños de quince de una prima lejana y luego en el club
social y deportivo del barrio, ni más ni menos que en el
célebre “Sportivo La Cucha”
Sin
lugar a dudas, fue en el “Sportivo” donde Aparicio se reveló
como el mago que luego sería: el grande. El de los grandes
errores. El de los grandes trucos fallidos, el de los grandes
fracasos.
En
ese sentido su número fuerte resultó se el de reconstruir
mujeres a las que metía adentro de baúles que luego eran
cortados en cuatro partes por filosas cuchillas y que siempre,
absolutamente siempre, dejaban como saldo alguna joven
emparchada.
Muy
a pesar de Aparicio, que hubiera deseado con toda su alma que
las cosas le salieran bien –o por lo menos, menos mal-, fueron
éste y otros actos eternamente frustrados los que atrajeron
tanto público a sus funciones y tanta amargura a sus horas.
Porque mientras cada vez más personas iban a divertirse a los
teatros donde actuaba el gran mago, más crecía en Aparicio un
cierto sentimiento de vergüenza y fracaso que la varita de
ninguno de sus parientes lograba hacer desaparecer.
Hasta que llegó el día. El día del Congreso.
Se
reunieron en las lejanas tierras de un pueblo los mejores
ilusionistas el mundo. Allí hablaron del éxito que obtenían
con cada uno de sus trucos y de las novedades en materia de
palomas.
Sólo cuando creyeron conveniente sacar alguna conclusión, por
votación unánime, decidieron echar al pobre Aparicio de la
Sociedad Internacional de Magos. Por imperfecto. Por pésimo.
Por mal ejemplo para las artes mágicas y, sobre todo
–dijeron-, por peligroso.
La
“mala nueva” se desparramó rápidamente entre sus seguidores y,
aunque éstos trataron de defenderlo de tan injusto descrédito,
la decisión de eliminar a Aparicio de la Sociedad
Internacional fue irrevocable, indescriptible, inapelable e
invisible.
Y
el mago que tenía errores entró en profunda depresión.
Se
deprimió como se deprimen los magos. Como sólo ellos pueden
hacerlo. Lloró anillos, estrellas y luces de bengala. Se sonó
la nariz y secó las lágrimas con esas interminables tiras de
pañuelos que aprendió a sacar de la galera. Echó a volar las
palomas que había usado para sus trucos y liberó de la jaula a
los conejitos que, alguna vez en escena y cuando nada le
falló, jugaron a brotarle de la manga.
Tuvieron que pasar muchos años para que Aparicio recuperara la
fe en sí mismo y decidiera volver a presentarse ante el
público.
Pero cuando lo hizo, la noticia de su actuación fue tan bien
recibida que miles de personas viajaron desde todas partes
para estar presentes en el “Sportivo”. Allí donde Aparicio se
dispuso a realizar la más extraordinaria función de magia de
su vida. La que, de no haber sido por lo que fue, le hubiera
permitido volver a ser aceptado en la Sociedad Internacional
de Magos con todas las de la ley.
La
actuación fue programada para un lunes de marzo. Ese día se
decretó feriado nacional en el barrio y, a las siete en punto
de la tarde, con el salón principal del “Sportivo” lleno hasta
el tope, el gran mago Aparicio hizo su entrada triunfal:
tropezó con un tablón de la tarima.
Lo
recibió una ovación multitudinaria y supo entonces que, con el
truco que había preparado para esa noche, podría demostrarle
al mundo su grandeza.
Entre violas, violonchelos y timbales elevó sus brazos hacia
el techo y dio comienzo la función.
Cuando la música cesó y la sala se cubrió de silencio y bocas
abiertas, Aparicio acomodó la galera sobre la cabeza. Lanzó la
punta derecha de su capa roja hacia el hombro izquierdo y
balbuceó unas palabras incomprensibles.
Al
grito de “¡Abracadabra!” movió en círculos su varita (estuvo
a punto de metérsela en un ojo). Se dio tres golpecitos en la
frente y, como por arte de magia, desapareció del mapa.
Entre vivas, bravos y adioses, el público lo vio borrarse del
mundo como devorado por el aire, dándose así por terminado el
acto de ilusionismo más perfecto que jamás se hubiera visto.
Desde entonces la fama de Aparicio no conoció fronteras ni
generaciones. Hasta el día de hoy se sigue hablando de él como
del más notable ilusionista de todos los tiempos.
Por
su parte, los de la Sociedad Internacional de Magos le
hicieron una estatua de bronce. Una que, muy a pesar de ellos,
les saca la lengua cuando menos se lo esperan. |