Magisterio de la Iglesia

Tratado del Amor de Dios

CAPÍTULO VI

FAVORES ESPECIALES DE LA DIVINA PROVIDENCIA
EN LA REDENCIÓN DE LOS HOMBRES

   Muestra Dios de admirable modo la riqueza incomprensible de su poder por tan grande variedad de cosas como vemos en la naturaleza, pero nos muestra con mayor esplendidez los tesoros infinitos de su bondad por la diferencia incomparable de bienes que reconocemos en la gracia. No se contentó, Teótimo, en el colmo de su misericordia, con enviar a su pueblo, el género humano, redención plena y universal por la que cada uno de los hombres puede salvarse; sino que la diferenció de tantas formas que, reflejándose su liberalidad en esta variedad, la variedad hace ostensible su propia liberalidad.

   Ante todo reservó para su Santísima Madre una gracia digna del amor de un Hijo que, siendo sabiduría, bondad y poder infinitos, debía prepararse Madre a gusto suyo. Quiso, pues, que su redención se le aplicase como remedio preservativo para que el pecado, que se transmitía de generación en generación, no llegase hasta Ella, preservada así de manera tan excelente que, cuando el torrente de la malicia original intentó llevar sus aguas cenagosas sobre la concepción de esta Mujer privilegiada, con tanto empuje como el que se usó contra las otras hijas de Adán, al llegar ante Ella no pasó adelante y se detuvo, como el Jordán en tiempo de Josué (30) y por semejante motivo: aquel río suspendió su curso por respeto al Arca de la Alianza, y el pecado original retiró sus aguas por temor reverencial a la presencia del verdadero Tabernáculo de la eterna Alianza.

   De esta manera libró a su Madre Dios de todo cautiverio (31), concediéndole el don de los dos estados de la naturaleza humana, pues tuvo la inocencia que el primer Adán perdió, y gozó, en grado muy excelente, la redención del segundo Adán; y como jardín escogido que debía dar el fruto de la vida, floreció en toda suerte de perfecciones. Hermoseando a su Madre el Hijo del Amor eterno con un vestido de oro recamado de piedras preciosas, la sentó a su lado como Reina  (32), para ser la primera entre todos los elegidos en gozar las delicias de la divina diestra (33). Esta Santísima Madre, como reservada completamente a su Hijo, fue redimida por El, no sólo de la condena, sino de todo peligro de perdición, asegurándole la gracia en la perfección de la gracia; para caminar como bella naciente aurora (34) que va aumentando continuamente en esplendor hasta llegar al mediodía (34b).

   Redención bien admirable, obra maestra del Redentor, la primera de todas las redenciones, por la que el Hijo, guiado de amor enteramente filial, previno a su Madre con bendiciones de dulzura (35) y la preservó no sólo de pecado, como a los ángeles, sino de todo peligro de pecado de todo lo que pudiera distraerla o demorarle el ejercicio del amor. Más aún: declara que entre todas las criaturas dotadas de razón que ha elegido, esta Madre es su única paloma, su toda perfecta, su queridísima amada sobre toda comparación (36).

   Dios reservó otros favores a un pequeño número de criaturas excepcionales que quiso poner a salvo del peligro de condenación, como se asegura de San Juan Bautista y, probablemente, de Jeremías y de algún otro que la divina Providencia eligió desde el vientre de su madre, confirmándolos entonces en gracia perpetuamente a fin de que permaneciesen firmes en su amor, aunque sujetos a miserias humanas pecados veniales, cosas contrarias ala perfección del amor, pero no a1 amor mismo. Estas almas, en comparación de las otras, son como reinas que, siempre coronadas de caridad, conservan el puesto principal en el amor de Cristo después de su Madre, Reina de reinas; Reina no solamente coronada de amor, sino de la perfección del amor y, lo que es más, coronada por su propio Hijo, objeto soberano del amor, pues los hijos son corona de sus padres y sus madres (37).

   Existen otras almas que Dios quiso dejar expuestas durante algún tiempo, no al peligro de condenarse, sino de perder su amor. Hasta permite que lo pierdan en efecto, no asegurándoselo a lo largo de esta vida, sino sólo para el fin de ella y por cierto período. Tales fueron los Apóstoles, David, la Magdalena y otros que durante un tiempo permanecieron apartados del amor de Dios, pero que, una vez convertidos (38), fueron confirmados en gracia hasta la muerte, de modo que desde entonces, aún permaneciendo sujetos a imperfecciones, viéranse libres de pecado mortal y, por ello, del riesgo de perder el amor divino. Fueron como amigas santas del Esposo celestial, vestidas así, con el traje nupcial del sacratísimo amor, pero no coronadas, porque la corona es adorno de la cabeza, parte principal de la persona, y habiendo estado sujetas al amor de las cosas terrenas, esa parte principal no puede ceñir corona de amor celeste, siéndoles bastante llevar el traje que les permite participar del tálamo con el Esposo divino y vivir eternamente felices en compañía suya.

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