Magisterio de la Iglesia

San Francisco de Sales

CARTA ABIERTA A LOS PROTESTANTES
PRIMERA PARTE
DEFENSA DE LA AUTORIDAD DE LA IGLESIA
CAPÍTULO II
Errores de los ministros sobre la naturaleza de la Iglesia

§4 — Argumentos de los adversarios y sus respuestas

1. ¿No fue la Iglesia totalmente abolida cuando pecaron Adán y Eva?

 

   Respuesta: Adán y Eva no eran la Iglesia, pero sí el comienzo de la Iglesia; y no es verdad que hubiese sido abolida entonces —si es que alguna vez lo hubiese sido—, ya que no pecaron ni en la doctrina ni en la fe, sino solamente en el actuar.

2. ¿No adoró Aarón, sumo sacerdote, con todo el pueblo, el becerro de oro?

 

   Respuesta: Aarón no era aún ni sumo sacerdote ni jefe del pueblo, siéndolo solo más tarde140. Ni siquiera es verdad que todo el pueblo fuese idólatra, visto que los hijos de Levi eran gente de Dios. ¿No se unieron a Moisés141?

3. Elías se queja de ser el único en Israel.

 

   Respuesta: Elías no era el único hombre bueno en Israel, puesto que había siete mil hombres que no habían caído en la idolatría142, y lo que el profeta dice es sólo para expresar mejor la justicia de su queja. Tampoco es verdad que aunque todo Israel hubiese fallado, la Iglesia haya sido abolida, pues Israel no era toda la Iglesia, visto que ya había sido separado por el cisma de Jeroboán143, y el Reino de Judá era la mejor y la principal parte. Tampoco se refiere a Judá, sino a Israel, a profecía de Azarías que dice que se quedaría sin sacerdotes y sin sacrificios144.

4. Isaías dice que en Israel no había nada sano desde la planta del pie hasta la cabeza145.

 

   Respuesta: Son formas de hablar para detestar con vehemencia el vicio del pueblo; y aunque los profetas, pastores y predicadores, usen esta manera genérica de hablar, no hay que creerlo en cada particular, sino sobre una gran parte, como vemos en el caso de Elías, que se quejaba de estar solo, a pesar de haber otros siete mil fieles. San Pablo se queja a los Filipenses de que cada uno buscaba su propio interés y comodidad, y, a pesar de eso, al final de su epístola reconoce que había mucha gente de bien por todas partes146. ¿Quién no sabe que David se lamentaba de que no había quien obrara bien, ni uno siquiera?147 ¿Y quién no sabe, por otro lado, que había mucha gente de bien en aquellos tiempos? Estas maneras de hablar son frecuentes, pero no por eso hay que concluir que valgan para cada caso particular. Por otro lado, con esto no se prueba que la fe hubiese faltado en la Iglesia, ni que la Iglesia estuviese muerta, porque tampoco se puede deducir que un cuerpo que esté enfermo en muchas partes esté muerto. Sin duda alguna, así hay que entender todo lo que se encuentra de parecido en las amenazas y reprensiones de los profetas.

5. Jeremías dijo: No pongáis vuestra confianza en aquellas falaces expresiones, diciendo: «Este es el Templo del Señor, el Templo del Señor, el Templo del Señor»148.

 

   Respuesta: ¿Quién os dijo que, debajo del pretexto de la Iglesia, haya que confiar en la mentira? Por el contrario, quien se apoya en el juicio de la Iglesia, se apoya sobre la columna y apoyo de la verdad149; quien se fía de la infalibilidad de la Iglesia no se fía de la mentira, o es falso lo que está escrito: Las puertas del infierno no prevalecerán contra ella150. Nosotros nos fiamos de la palabra santa que promete perpetuidad a la Iglesia.

6. ¿No está escrito que es necesario que ocurra la separación y la disensión151, y que desaparecerá el sacrificio152, y que difícilmente el Hijo del Hombre encontrará fe sobre la tierra en Su segunda venida, cuando venga como juez153?

 

   Respuesta: Estos pasajes se refieren a la aflicción que infligirá el Anticristo a la Iglesia en los tres años y medio que reinará poderosamente154. A pesar de eso, la Iglesia no perecerá ni siquiera durante esos tres años y medio, pues será alimentada y conservada en el medio de los desiertos y soledades hacia donde se retirará, como dicen las Escrituras155.

§5 — La Iglesia nunca desapareció ni permaneció oculta

   La pasión humana puede tanto sobre los hombres que los lleva a decir lo que desean aun antes de tener razones para eso, y, cuando ya dijeron algo, les hace encontrar razones donde no las hay. ¿Hay hombre de juicio en el mundo que, cuando lee el Apocalipsis de San Juan, no sepa claramente que lo que se dice de la Mujer (es decir, de la Iglesia) que huye al desierto, no vale para nuestros tiempos?

   Los antiguos habían dicho, sabiamente, que saber reconocer la diferencia de los tiempos en las Escrituras era una buena regla para entenderlas bien, y que, faltando a ella, los judíos se engañan siempre, porque atribuyen a la primera venida del Mesías lo que es propio de la segunda; los adversarios de la Iglesia se engañan aún más rotundamente cuando hacer la Iglesia de los tiempos de San Gregorio hasta hoy tal como deberá ser en el tiempo del Anticristo. Distorsionan así lo que está escrito en el Apocalipsis156, que la mujer huirá al desierto, sacando de aquí como consecuencia que la Iglesia permaneció escondida y secreta, asustada por la tiranía del Papa, desde hace mil años, hasta aparecer en Lutero y sus secuaces. ¿Pero quién no se da cuenta de que todo este pasaje alude al fin del mundo y a la persecución del Anticristo, si el tiempo está determinado expresamente como una duración de tres años y medio157, como también predijo Daniel158? Quien quisiera, por cualquier glosa, hacer más amplio este tiempo que las Escrituras determinaron, contradice a Nuestro Señor abiertamente, que dijo que ese tiempo será acortado por amor de los justos159. ¿Cómo se atreven a interpretar estas Escrituras de manera tan extraña, y tan apartada de la intención del autor, y tan opuesta a sus propias circunstancias, sin querer mirar a muchísimas otras palabras santas que demuestran y aseguran, alta y claramente, que la Iglesia jamás debe estar escondida en los desiertos hasta que llegue ese extremo, pero sólo por ese poco tiempo, en que la veremos huir, y de donde la veremos salir? No quiero reproducir aquí tantos pasajes citados anteriormente, en los cuales se dice que la Iglesia se asemeja al sol, a la luna, al arco iris160, a una reina161, a una montaña tan grande como el mundo162 y a un sin fin de cosas más; me contentaré con recordar aquí a dos grandes coroneles de la Iglesia Antigua, que cuentan entre los más valientes de todas las épocas: San Agustín y San Jerónimo.

   Había dicho David: Había dicho David: Grande es el Señor, y dignísimo de alabanza en la ciudad de nuestro Dios, en su monte santo. Con júbilo de toda la tierra se ha edificado el monte de Sión, la ciudad del gran rey.163. «Es la ciudad —dice San Agustín— puesta sobre la montaña, que no puede esconderse. Ésta es la luz que no puede ocultarse ni ser puesta debajo de un celemín; es la concida a todos, famosa para todos», ya que sigue: Con júbilo de toda la tierra se ha edificado el monte de Sión.. Y de hecho, Nuestro Señor, que decía que nadie enciende una lámpara para ocultarla debajo del celemín164, ¿cómo habría de poner tantas luces en Su Iglesia para después ir a esconderlas en un lugar desconocido? Prosigue San Agustín: «Éste es el monte que cubre la universal faz de la tierra, esta es la ciudad de la cual se dijo: No se puede encubrir una ciudad edificada sobre un monte165. Los Donatistas (calvinistas) encuentran el monte, y cuando se les dice «sube», dicen entre sí que ya no es una montaña, y prefieren dar de cabeza contra ella que hallar allí una morada. Isaías dice: Sucederá al fin de los tiempos que el monte de la casa del Señor se elevará encima de los montes y se alzará encima de las colinas. Confluirán a él todas las naciones y acudirán pueblos numerosos166. ¿Hay algo más visible que una montaña? Mas para los que están sentados en un rincón de la tierra hay muchos montes desconocidos. ¿Quién de vosotros conoce el Olimpo? Ciertamente ninguno, como tampoco ninguno de los habitantes de aquellas regiones conoce nuestro monte Chiddaba; estos montes están situados en sus regiones, mas no ocurre así con el monte de Isaías, porque llena toda la faz de la tierra. La piedra desgajada del monte sin intervención humana167, ¿no es Jesucristo, descendiente de la raza de los judíos sin intervención de varón? Y esta piedra, ¿no hirió a todos los reinos de la tierra, es decir, a todas las dominaciones de los ídolos y de los demonios? ¿Y no creció hasta llenar todo el universo? Así, pues, es de este monte que se dijo: elevado sobre la cumbre de los montes; es un monte elevado sobre la cumbre de las montañas, y a él acudirán pueblos numerosos. ¿Quién se pierde y extravía de este monte? ¿Quién choca y se rompe la cabeza contra él? ¿Quién ignora la ciudad edificada sobre él? Pero no, no os admiréis de que sea desconocido a los que odian a sus hermanos; odian a la Iglesia, por eso caminan hasta las tinieblas y no saben para donde van; se separaron del resto del universo, son ciegos de mal talante». Estas son las palabras de San Agustín contra los Donatistas, pero la Iglesia presente se parece tanto a la antigua Iglesia, y los herejes de nuestros días tanto a los antiguos, que, sin mudar nada más que el nombre, los antiguos argumentos combaten a los calvinistas letra a letra, como hacían a los antiguos Donatistas.

   San Jerónimo168 interviene en esta escaramuza por otro lado, que os es tan peligroso como el otro, ya que nos hace ver con claridad que esta pretendida disipación, esta retirada y este escondimiento, destruye la gloria de la cruz de Nuestro Señor. Porque, hablando a un cismático reunido a la Iglesia, dice: «Alégrome contigo y doy gracias a Jesucristo, mi Dios, de que hayas vuelto de buen ánimo del ardor de la falsedad al gusto y sabor de todos; y no digas como algunos: Oh, Señor, sálvame, porque huyó la verdad de entre los hombres169; estas voces impías frustran la cruz de Jesucristo, someten el Hijo de Dios al propio diablo, e interpretan como dicha acerca de todos los hombres la queja que el Señor profirió acerca de los pecadores170. Pero no creo que Dios haya muerto para nada: fue atado y despojado el poderoso, se cumplió la palabra del Padre: Pídeme, y te daré las naciones en tuya, y extenderé tu dominio hasta los extremos de la tierra171. Decidme: ¿donde está esa gente tan religiosa, o mejor, tan profana, que construye más sinagogas que iglesias? ¿Cómo serán destruidas las ciudades del diablo y, por fin, como serán abatidos los ídolos en la consumación de los tiempos? Si Nuestro Señor no tuvo la Iglesia, o solamente la tuvo en Cerdeña, ciertamente sería demasiado pobre. Si Satanás posee a la vez, Inglaterra, Francia, el Levante, las Indias, las naciones bárbaras y el mundo entero, ¿quedarán los trofeos de la cruz encogidos y apretujados en un rincón de todo el mundo»?

   ¿Qué diría ese grande personaje de quienes no solamente niegan que la Iglesia haya sido general y universal, sino que llegan a decir que solamente perduraba entre algunas personas desconocidas, sin querer señalar ni una sola aldehuela donde ella haya estado hasta hace cerca de ochenta años? ¿No es esto envilecer los gloriosos trofeos de Nuestro Señor? El Padre celestial, por la grande humillación y anonadamiento que Nuestro Señor sufrió en el árbol de la cruz172, había hecho tan glorioso Su nombre que toda rodilla debía doblarse para reverenciarlo, pero éstos no valoran de ese modo la cruz y las acciones del Crucificado, descontándole todas las generaciones de mil años. El Padre Le dio en herencia una gran muchedumbre, porque había entregado Su vida a la muerte y había sido confundido con los facinerosos173 y ladrones; pero éstos empobrecen Su herencia y reducen tanto Su porción, que sólo a duras penas, durante mil años, Él habrá tenido ciertos servidores secretos, si es que alguno. Porque me dirijo a vosotros, oh antepasados, que llevasteis el nombre de cristianos y estuvisteis en la verdadera Iglesia: o teníais la verdadera fe o no la teníais. Si no la teníais, oh miserables, estáis condenados174; pero si la teníais, ¿por qué la negasteis a otros? ¿Por qué no la dejasteis en memorias? ¿Por qué no os opusisteis a la impiedad, a la idolatría? ¿O, por ventura, no sabíais que Dios nos había hecho responsables de nuestro prójimo175? Ciertamente se cree con el corazón para conseguir la justicia, pero el que quiere conseguirse la salvación debe hacer la confesión de su fe176; ¿cómo, entonces, podíais decir: Creí, por eso hablé177? ¡Oh, miserables, que habiendo recibido tan bello talento, lo escondisteis en la tierra! Si es así, también vosotros estáis en las tinieblas exteriores178. —Pero si, por el contrario, —¡oh Lutero, oh Calvino!—, la verdadera fe siempre fue anunciada y continuamente predicada por todos nuestros antepasados, los miserables sois vosotros mismos, pues tenéis una fe contraria y, para tener alguna excusa para vuestras voluntades y fantasías, acusáis a todos los Padres o de impiedad, como si su fe fuese falsa, o de cobardía, como si no la hubiesen proclamado.

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NOTAS

139 Mt 13, 38ss

140 Ex 4, 16

141 Ex 11, 12-13; 32 y 33, 26

142 1 Sam 19, 18

143 1 Sam 12, 31; 28

144 2 Cr 15, 3

145 Is 1, 6

146 Fp 2, 21

147 cf. Sl 13, 1

148 Jr 7, 4

149 1 Tm 3, 15

150 Mt 16, 18

151 2 Te 2, 3

152 Dan 12, 11

153 Lc 18, 8

154 Dn 7, 25. 12, 11; Ap 11, 2; 12, 14

155 Ap 12, 14

156 12, 6.14

157 Ap 12, 6.14

158 Dn 12, 7

159 Mt 24, 23

160 Sl 88, 38

161 Sl 44, 10.14

162 Dn 2, 35

163 Sl 47, 2-3

164 Mt 5, 15

165 Mt 5, 14

166 Is 2, 2

167 Dn 2, 34-35

168 Contra Lucifer § 14, 15

169 Sl 11, 2

170 cf. Sl 29, 10

171 Sl 2, 8

172 Fp 2, 8-9

173 Is 53, 12

174 Mt 16, 16

175 Eclo 17, 22

176 Rm 10, 10

177 Sl 115, 1

178 Mt 25, 25.30