Magisterio de la Iglesia

San Francisco de Sales

CARTA ABIERTA A LOS PROTESTANTES
PRIMERA PARTE
DEFENSA DE LA AUTORIDAD DE LA IGLESIA
CAPÍTULO III
Las notas de la Iglesia
  

   Si esta Esposa murió después de haber recibido la vida del costado de su Esposo dormido en la cruz, si murió, pregunto, ¿quién la resucitará?372 La resurrección de un muerto no es un milagro menor que el de la creación. En la creación, Dios dijo, y fue hecho373; inspiró el alma viviente374, y ni bien la inspiró, el hombre comenzó a respirar. Pero Dios, queriendo reformar al hombre, empleó treinta y tres años, su Sangre y Agua y murió en el madero. Quien diga, pues, que la Iglesia está muerta o perdida acusa la providencia del Nuestro Salvador; quien se dice restaurador o reformador, como Beza llama a Calvino, Lutero y los demás, se atribuye la honra debida a Jesucristo y se hace más que los Apóstoles. Nuestro Señor puso el fuego de Su caridad en el mundo375; los Apóstoles, con el hálito de su predicación, lo esparcieron y lo hicieron correr por el mundo entero. Ahora se dice que se había extinguido por el agua de la ignorancia y de la superstición. ¿Quién podrá volver a encenderlo? Soplar no sirve de nada. ¿Acaso será preciso golpear de nuevo con los clavos y la lanza a Jesucristo, Piedra Viva, para hacer brotar un nuevo fuego? De lo contrario, tendríamos que colocar a Lutero y a Calvino como piedra angular del edificio eclesiástico. Dice San Agustín a los Donatistas376: ¡«Oh voz desvergonzada: que la Iglesia no exista porque tu no estás con ella»! No, no —dice San Bernardo377— vinieron las torrentes, soplaron los vientos, pero ella no cayó, porque estaba fundada sobre la roca y la roca era Cristo378.

   ¿Y entonces están condenados todos nuestros antepasados? Ciertamente que sí, si la Iglesia hubiese perecido, porque fuera de la Iglesia no hay salvación. ¡Oh, qué correspondencia! ¡Ríense ahora de nuestros antepasados, que tanto sufrieron para conservarnos la herencia del Evangelio, considerándolos locos e insensatos!

   Exclama San Agustín379: «¿Qué nuevas nos traéis? ¿Tendremos que sembrar de nuevo la buena simiente para que crezca hasta la siega la que ya fue sembrada380? Porque, si decís que la que sembraron los Apóstoles está perdida por todos lados, os responderemos: leednos esto en las Escrituras, y no podréis leerlo sin falsificar lo que está escrito: que la simiente que al principio se sembró crecerá hasta el tiempo de su siega». La buena simiente son los hijos del Reino; la cizaña son los hijos del maligno, la siega es el fin del mundo381. No digáis, pues, que la simiente fue ahogada o abolida, porque ella crece hasta el fin de los tiempos.

   La Iglesia no fue abolida cuando pecaron Adán y Eva, pues no era Iglesia, sino sólo el principio de la Iglesia; además de eso, no pecaron de doctrina ni de creencia, sino de obra.

   Tampoco cuando Aarón levantó el becerro de oro, porque Aarón no era el sumo sacerdote ni el jefe del pueblo, sino Moisés, que no idolatró, como tampoco lo hizo la tribu de Levi, que se unió a Moisés.

   Ni cuando Elías se lamentó de estar sólo382, porque no hablaba más que de Israel, mientras que Judá era la mejor y principal parte de la Iglesia; además de eso, lo que dice no es más que una forma de hablar para mejor expresar la justicia de su queja, ya que entonces habían siete mil hombres que no habían abandonado la idolatría383. Trátase de ciertas expresiones y demostraciones vehementes, propias de las profecías, que no deben verificarse sino de manera general, como tratándose de una desdicha, como cuando David dijo: Non est qui faciat bonum384; o San Pablo: Omnes quærunt quæ sua sunt385.

   Ni tampoco cuando llegue la separación y la apostasía386, ni cuando cese el sacrificio387, ni cuando el Hijo del hombre no hallará fe sobre la tierra388, porque esto se verificará en los tres años y medio que reinare el Anticristo, durante los cuales, sin embargo, no perecerá la Iglesia, pues será alimentada en las soledades del desierto, como dicen las Escrituras389.

§16 — Nuestra Iglesia es perpetua; la pretendida no.

   Os diré, como ya lo he hecho anteriormente390: mostradme una decena de años, desde que Nuestro Señor subió al cielo, en que nuestra Iglesia no haya existido: lo que os impide decir cuándo comenzó nuestra Iglesia es que siempre existió. Porque, si quisiereis, de buena fe, esclarecer todo esto, Sanders, en su Visible monarchie y Gilberto Génébrard, en su Chronologie, os facilitarán suficientes luces, y sobre todo el docto César Baronius, en sus Annales.. Y, si no queréis comenzar a abandonar los libros de vuestros maestros y no tenéis los ojos cubiertos por una excesiva pasión, bastaría leer con atención las Centuries de Magdeburg para que vieseis por todos lados nada más que las obras de los católicos, porque, como muy bien dice un doctor de nuestros tiempos391: «si no los hubiesen recogido, los habrían dejado mil quinientos años sin historia». Más adelante volveré a este tema392.

   En lo que a vuestra iglesia se refiere, supongamos que sea verdad esa gran mentira, o sea, que era del tiempo de los Apóstoles: ella no será la Iglesia Católica, ya que la Católica debe ser universal en el tiempo, esto es, debe durar para siempre; pero decidme dónde estaba vuestra iglesia hasta hay cien, 200, 300 años; no sabréis decirlo, porque ella no existía; por consiguiente, no es la verdadera Iglesia. Alguien dirá que existía, mas no era conocida. ¡Santo Dios! ¿Quién no dirá lo mismo? Adamitas, anabaptistas, cada cual entrará en ese discurso. Ya he demostrado393 que la Iglesia militante no es invisible y que es universal en el tiempo; ahora demostraré que tampoco puede ser desconocida.

§17 — La verdadera Iglesia debe ser universal en el espacio y en las personas.

   Decían los antiguos, sabiamente, que conocer bien la diferencia de los tiempos era un buen medio para entender las Escrituras, por falta del cual los judíos yerran, entendiendo como propio de la primera venida del Mesías lo que muy frecuentemente se dice de la segunda, y los ministros más aún, cuando quieren hacer a la Iglesia, desde San Gregorio para acá, tal como ella será en tiempos del Anticristo. Interpretando así lo que está escrito en el Apocalipsis394, que la mujer huyó al desierto, toman aquí ocasión para decir que la Iglesia estuvo escondida y permaneció secreta hasta que se reveló con Lutero y sus discípulos. ¿Pero quién no ve que este pasaje no respira otra cosa sino el fin del mundo y la persecución del Anticristo? Siendo así que el tiempo está expresamente determinado en tres años y medio, lo mismo que en Daniel395. Y quien quiera, por alguna extraña glosa, ampliar este tiempo que la Escritura determinó, contradice al Señor, que dice más bien que será acortado por amor de los elegidos396. ¿Cómo se atreven a distorsionar las Escrituras, entendiendo cosa tan contraria a sus propias circunstancias? Por el contrario, se dice de la Iglesia que se parece al sol, a la luna, al arco iris397, a una reina398, a una montaña tan grande como el mundo399; por consiguiente, ella no puede ni estar escondida, ni ser secreta, mas debe ser universal en extensión.

   Me contentaré con traeros a la memoria dos de los mayores doctores de siempre. David había dicho: Grande es el Señor, y dignísimo de alabanza en la ciudad de nuestro Dios400. «Es la ciudad situada sobre un monte —dice San Agustín— que no puede ocultarse; es la lámpara que no se puede ocultar debajo de un tonel, la conocida y celebrada por todos, como se deduce: el monte Sión está fundado con grande alegría del universo. Y, de hecho, Nuestro Señor, que decía que nadie enciende una lámpara para colocarla debajo del celemín, ¿cómo habría puesto tanta luz como la que hay en la Iglesia para cubrirla u ocultarla en cualquier yermo? Está en la montaña que llena el universo, está en la ciudad que no puede ocultarse. Los Donatistas encuentran el monte, y cuando se les dice: «sube», dicen que no es una montaña, y prefieren chocar de frente que buscar en ella una morada. Isaías, como leíamos ayer, gritó: En los últimos días el monte en que se erigirá casa del Señor tendrá sus cimientos sobre la cumbre de todos los montes, y se elevará sobre los collados; y todas las naciones acudirán a él401. ¿Hay algo más visible que una montaña? Pero sucede que hay otros montes desconocidos, porque están situados en un canto de la tierra. ¿Quién de vosotros conoce el Olimpo? Nadie, ciertamente, tal como los habitantes de allá no conocen nuestro monte Chiddaba; estos montes están sitos en regiones apartadas, pero el monte de Isaías llena toda la faz de la tierra. La piedra desgajada sin intervención humana, ¿no es Jesucristo, descendiente de la raza judaica sin intervención de matrimonio? ¿Y esta piedra no destruyó todos los reinos de la tierra, esto es, todos los dominios de ídolos y demonios? ¿No creció hasta llenar la tierra? Por consiguiente, es de este monte que se dijo que será asentado sobre todos los montes y toda la gente se aproxima a él. ¿Quién podrá perderse en este monte? ¿Quién chocará y partirá la cabeza contra él? ¿Quién ignora la ciudad colocada sobre el monte? No, no os admiréis de que sea desconocido a aquellos que odian a los hermanos, que odian a la Iglesia, porque por esto van a las tinieblas sin saber adónde van; se separaron del resto del universo, son ciegos de poco talento». Así hablaba San Agustín.

   Escuchemos ahora a San Jerónimo hablando a un cismático convertido: «Alégrome contigo y doy gracias a Jesucristo, mi Dios, pues de buena voluntad quisiste volver del ardor de la falsedad al convivio de todos, no diciendo ya como algunos: «¡Señor, sálvame, porque me faltó la gracia!», y cuya voz impía apaga y envilece la gloria de la cruz, pretende someter el Hijo de Dios al diablo, y refiere a todos los hombres la queja proferida acerca de los pecadores. Pero no creo que Dios haya muerto para nada: el maligno fue atado y derrotado, la palabra de Dios se cumplió: Pídeme, y te daré las naciones por herencia, y los confines de la tierra por posesión. ¿Dónde están, decidme, esa gente tan religiosa, o mejor, demasiado profana, que construye más sinagogas que iglesias? ¿Cómo serán destruidas las ciudades del diablo? Y los ídolos, ¿cómo serán abatidos? Si Nuestro Señor no hubiese tenido Iglesia, o si la hubiese tenido solamente en Cerdeña, ciertamente estaría demasiado empobrecido. Ah, si Satanás hubiese poseído alguna vez el mundo, ¿cómo habrían sido acogidos los trofeos de la cruz e implantados en todos los rincones del mundo»?

¿Y qué diría ese grande personaje si ahora viviese? ¿Acaso no es envilecer el trofeo de Nuestro Señor? El Padre Celestial, por la grande humillación y anonadamiento que su Hijo sufrió en el árbol de la cruz, había hecho su nombre tan glorioso que todas las rodillas debieran doblarse para reverenciarlo402, pues que ha entregado su vida a la muerte, y ha sido confundido con los facinerosos403 y ladrones, tuvo en herencia muchos pueblos; pero estos no tomaron en tanta cuenta los padecimientos del crucificado, quitando de su porción las generaciones de mil años, de tal manera que durante este tiempo sólo había algunos servidores secretos, no siendo los otros sino hipócritas y malvados; heme aquí que me dirijo a vosotros, antepasados nuestros, a vosotros que llevasteis el nombre de cristianos y que habéis estado en la verdadera Iglesia: o poseíais la fe o no la poseíais. Si no la poseíais, oh miserables, estáis condenados404, y si la poseíais, ¿cómo no os opusisteis a la impiedad? ¿No sabéis que Dios hizo a cada uno responsable por su prójimo405, y que quien cree internamente puede justificarse, pero quien quisiere obtener la salvación debe confesar su fe406? ¿Y cómo podríais decir: «Creí, por eso hablé»407? ¡También entonces sois unos miserables, porque habiendo recibido un talento tan bello, lo sepultasteis en la tierra! Pero si, por el contrario, oh Lutero y Calvino, la verdadera fe fue siempre pública en la antigüedad, sois vosotros los que sois unos miserables, ya que, para encontrar alguna excusa para vuestras fantasías, acusáis a todos los antiguos o de impiedad, si creyeron mal, o de cobardía, si se callaron.

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NOTAS

372 Aquí se repiten varias partes de un párrafo anterior.

373 Sl 148, 5

374 Gn 2, 7

375 Lc 13, 49

376 In Ps 101, Sermo 2, § 7

377 Sermo 79 in Cant.

378 1 Cor 10, 4

379 De unitate Ecclesiæ

380 Mt 13, 30

381 Mt 13, 30-39

382 1 Sam 19, 14

383 1 Sam 19, 18

384 Sl 13, 3

385 Fp 2, 21

386 1 Te 2, 3

387 Dn 12, 2

388 Lc 18, 8

389 Ap 12, 14

390 art. 14

391 Beato Edmundo Campion, ubi supra, art 14, p 124

392 Art 18, 20

393 cap. 2, art. 1

394 Ap 12, 6-14

395 Dn 12, 7

396 Mt 24, 22

397 Sl 88, 38

398 Sl 44, 10-14

399 Dn 2, 35

400 Sl 47, 2-3

401 Is 2, 2

402 Fp 2, 8-10

403 Is 53, 12

404 Mc 16, 16

405 Eclo 17, 12

406 Rm 10, 10; Lc 12, 8

407 Sl 115, 1