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Delitos en el mercado de valores | ||||||||||||||||||||||||||||
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En los años sesenta, España -- parafraseando a Martin Luther King -- tuvo un sueño colectivo: el pisito y un seiscientos. Acudieron a la caja de ahorro de la esquina, pidieron un crédito y... y lo pagaron. En los noventa, las apetencias crecieron: el adosado y el monovolumen. Pero ya no se apelmazaron en el banco de proximidad en busca de un crédito de renta fija. Fueron al mercado de valores, invirtieron y... y algunos acabaron con jaguares en el garaje y visones en el armario refrigerado. Otros siendo estafados. Entre ambos episodios históricos mediaron un conjunto de dinámicas y reformas que afectaron tanto al sistema financiero como a la Bolsa. Los bucaneros financieros imbuidos de un subcultura tolerante con la ilegalidad tomaron la delantera a los banqueros más tradicionales en los consejos de administración de bancos y chiringuitos. El hecho de que un intangible como la "confianza mutua" sea la base del mercado abre las oportunidades para ser aprovechadas ilegal o alegamente por cientos de tiburones financieros. La combinación de dinero fácil y promesas aún más fáciles la convierten en un nicho de mercado para charlatanes. Manejar el dinero ajeno proporciona la estructura de oportunidades y la composición del riesgo más propicias para la perpetración de fraudes: lo que podría denominarse como una estructura de mercado criminogénica. La respuesta estatal, en lugar de consolidar una regulación que evitase esta evolución perversa propiciada por el creciente flujo de dinero, se dedicó a una supuesta liberalización del sistema financiero. El argumento era el habitual: eliminar toda la regulación "innecesaria" que impide la supuesta correcta circulación del dinero. Pero sólo un iluso podría pensar que las reformas jugarían en contra de los intereses establecidos de bancos y cajas y los de sus nuevos y arriesgados tripulantes. Los partidos no comen la mano que les financia las campañas electorales y las cajas son el botín que se reparten los partidos conforme a cuotas bien establecidas. La liberalización, en consecuencia, ha tenido efectos que como poco pueden ser calificados de contraproducentes: el oligopolio bancario -- de los siete grandes ya sólo quedan tres -- intoxicado con el amiguismo del mercado de valores. En el caso específico de la Bolsa, el resultado ha sido un engendro que impide catalogarlo como libre y ni tan siquiera de mercado, aunque oficialmente su organismo regulador sea la Comisión de Nacional del Mercado de Valores. No puede haber mercado allí donde la demanda y la oferta son lo mismo. La demanda la aglomeran bancos y cajas de ahorro que, actuando ubicuamente como intermediarios que aconsejan las opciones de inversión o las dirigiéndo directamente, se encargan de invertir los fondos que recogen de familias y empresas. Estos mismos, al ser los accionistas mayoritarios de la mayor parte de empresas que cotizan, son de hecho la oferta. Para empeorar las cosas, lo que no se invierte a través del sistema financiero tradicional lo recogen un conjunto de chiringuitos financieros cocidos más al calor de las promiscuas relaciones entre regulados y reguladores -- los únicos que conocen las entrañas del monstruo -- que de la habilidad de los intermedios. Se maximizan los beneficios, sí, como predice el mercado, pero no a través de la competencia sino de la mera circulación del dinero. Bajo estas circunstancias, sólo el constante flujo de los confiados ahorradores españoles -- que acudieron en masa a la llamada de fuertes beneficios en el corto plazo -- y su inveterada capacidad para aceptar silenciosamente las pérdidas como producto de unos incomprensibles mecanismos del capitalismo de casino, explica el que no aparezcan más Gescarteras. La Bolsa española actual se parece más un sistema piramidal -- ya sea en Albania o en Cincinnati -- que un mecanismo para financiar proyectos de inversión de las empresas. Mientras, las autoridades regulatorias, en lugar de castigar la malversación de fondos para usos privados, ya sean legales -- como las stock options -- o ilegales -- como las Gescateras --, se meten en la cama junto a los actores. La respuesta estatal ha sido débil. El Congreso estadounidense en 1990 retiró su competencia al observar como "inevitable" el que "piratas e imbéciles" plagasen sectores que manejan grandes sumas de efectivo prometiendo grandes beneficios. La globalización como ideología ha sido el argumento teórico más utilizado para no hacer nada. El maritaje entre financieros y legisladores para beneficio mutuo es una explicación más real. Las perspectivas de esta ausencia regulatoria real y de la promiscuidad entre controladores y controlados no es halagüeña. Gracias a que las cajas de ahorro tradicionales comenzaron a competir con los tiburones financieros de Wall Street y a subvencionar paralelamente las arcas electorales de los congresistas -- sobre todo los que tenían cargos en las comisiones regulatorias del sistema financiero --, los contribuyentes estadounidenses están inmersos en un rescate mayor que el PIB español y que no terminarán de pagar hasta el año 2021. Gracias a que el gobierno vendió los bancos públicos a sus amigos, los mexicanos tendrán que pagar un rescate bancario que equivale al 60% de su PIB. En ambos casos, los paraísos financieros y los cowboys financieros fueron los únicos beneficiados. Sería bueno que, por el bien de los contribuyentes españoles, que tan ávidos han estado de invertir sus ahorros en la Bolsa durante los últimos años, el sistema financiero y los reguladores mantuvieron una "sana distancia". |
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