GUÍA DE AUTOAPRENDIZAJE Sobre el "problema de la doble verdad"
Razón y fe.
Humberto Giannini “Breve Historia de la Filosofía” Editorial Universitaria, 1987. Santiago de Chile
Guía 2.2.2
Bajo
este titulo incluimos el problema de las relaciones, históricamente
cambiantes, entre las afirmaciones que derivan de una creencia
religiosa, y por una parte, la experiencia que tenemos del mundo y sus
fenómenos, y por otra, las exigencias más universales de la razón. ¿Cómo
surge el problema? Es un hecho que tanto por lo que llamamos ahora 'fe'
–sin mayores
determinaciones– como por lo que llamaremos 'razón', también así
provisoriamente, damos por
ciertas o verdaderas algunas cosas.
Y no nos adentremos todavía
en una mayor precisión de los términos. Ahora
bien, si 'las verdades' que nos da la fe pertenecieran a un orden de
cosas totalmente diverso y separado del orden de cosas que caen bajo el
imperio de la experiencia y de la razón, el conflicto seria mucho menos
evidente y menos dramático. Pero, las cosas no están así. Pongamos un
ejemplo. La vida de Cristo es un hecho sobre el que se pronuncia tanto
la historia, llamémosla así 'científica' como la 'historia sagrada'.
Y puede ocurrir que los datos o conocimientos de una de ellas parezcan
incompatibles con lo que dice la otra respecto de lo mismo. Y así suele
ocurrir que uno de los modos de tener algo por cierto 'disuelva'
totalmente en su propia explicación al otro modo; que el historiador
diga, por ejemplo, que la divinidad atribuida a Cristo es un fenómeno
que puede explicarse históricamente por factores políticos y
culturales perfecta y totalmente determinables, etc. Esto quiere decir
que la historia sagrada se vuelve un capitulo de la Historia Científica,
de ser exacto lo que ha dicho ese historiador. De igual manera, desde la
historia sagrada se puede afirmar que la negación de la divinidad de
Cristo es algo ya previsto en la Historia de la Salvación (es decir, en
la Historia Sagrada). Y así, la historia científica se convierte en un
capítulo de la Historia Sagrada. La mutua reducción de las razones del
adversario a un capítulo de nuestra propia posición es una de las
formas más radicales e insuperables de contraposición e
intolerancia. Y a tal punto llegó a veces la controversia entre razón
y fe. Sin embargo, no siempre las cosas estuvieron así. Hagamos un poco de historia: La clara conciencia de que existe una doble modalidad de tener algo por cierto y verdadero, surge en Grecia. Y surge justamente en los tiempos en que se hace presente este nuevo ideal de saber que es la filosofía. Y es a propósito de lo que sabemos (o creemos saber) de los dioses y de su trato entre ellos y con los hombres, que empiezan a plantearse ciertas exigencias que desde ya podemos llamar 'racionales'. El
griego sabia
de los dioses mediante el
mito, es decir, mediante una
verdad que se trasmite por la palabra, por la narración. Es importante
recalcar esto: que el término 'mito' significó en sus orígenes y
durante mucho tiempo 'narración veraz'. Narración de cosas (de hechos)
que ya habían sucedido y que,
por lo tanto, conservaban su 'veracidad' sólo en la
trama del mito. Así, el mito narraba cómo los dioses habían ayudado a
tal o cual héroe, cuáles y cómo habían fundado las ciudades, las
profesiones; cómo se habían distribuido el poder del universo, cómo
se lo disputaban, etc. Todo
este saber y tener por cierto de la tradición empieza a ser cuestionado
por los filósofos. Y no porque ya no se crea en los dioses, sino por el
contrario, por que la dignidad y excelencia de los dioses no permite que
se les atribuyan las pasiones y los defectos que el mito les atribuye
(la furia, la crueldad, la parcialidad por un pueblo, una ciudad o un
hombre, etc.). A
la exuberancia imaginativa del mito debe, simplemente, ponérsele un
freno racional, de tal manera que no aceptemos jamás que se diga de los
dioses algo que repugne a nuestro pensamiento o a la naturaleza perfecta
de los bienaventurados. En
oposición al antiguo hacedor de mitos –casi siempre, el poeta– Platón
coloca al filósofo, cuya tarea es pensar (y no imaginar) lo divino. Es
por eso que el filósofo es, igualmente, teo–logo (el que discurre
sobre lo divino). La
misma contraposición encontramos en Aristóteles. Por una parte, los
mitólogos –los fabricantes de narraciones fantásticas acerca de los
dioses– y por otra, el teólogo (o filósofo), que investiga las cosas
divinas. En
resumen: la primera confrontación entre dos modos distintos de tener
por cierta una cosa, ocurre en Grecia y asume la forma de una
contraposición entre mito
y teología (mithos y theos), entre
narración de actos imaginarios, atribuidos a los dioses y pensamiento
acerca del ser de dios (filosofía). Con
el advenimiento del cristianismo la palabra mito se afianza
definitivamente en ese carácter negativo que conserva hasta nuestros días:
Mito o fábula es una explicación inadecuada y fantasiosa respecto de
la acción de la divinidad (o divinidades) en el mundo. Y, de este modo,
toda la religiosidad griega pasa a ser para la nueva religión 'Mitología
Griega' término que también se conserva hasta nuestros días. El
cristianismo se presenta a si mismo como el advenimiento de la Palabra
de Dios (Logos,
Verbum); se presenta como el
poder de-mitologizante del logos (de la palabra), es decir, como la verdad absoluta,
que reduce todo a su propia luz. Pero
la verdad revelada se encuentra esencialmente en los Libros Santos, cuyo
autor es
Dios, y en el comentario o la interpretación que de esos libros han
hecho hombres inspirados también por Dios (Auctoritas). Todo
esto forma un cuerpo de afirmaciones que es lo que el cristiano da por
cierto en virtud de su fe. En resumen: la verdad no reside en una
conquista personal del filósofo sino en el hecho de ligarse a la
Palabra, a través de la auctoritas,
es
decir, de los autores
inspirados por el Autor de la revelación. La
primera forma de contraposición interna que se da en el cristianismo
entre razón y fe, toma la forma concreta y más generalizada de un
posible conflicto entre lo que se tiene por cierto en razón de la autoridad y
lo que se tiene por cierto por
la autoridad de la razón. Y
aquí el grado de intensidad del conflicto va a depender de lo que
llamemos 'razón' y 'razonable'. Pues, por una parte, si llamamos
'razonable' a lo que sucede exclusivamente según ciertas
regularidades (leyes) dadas en el mundo físico y humano, entonces,
muchos de los hechos afirmados en las Escrituras son irracionales (no
naturales). Y,
entonces, se crea un abismo, especialmente entre ciencia y religión. Pero,
también los mismos términos con que la Biblia describe el ser de Dios
o su acción en el mundo, pueden parecer contradictorios con lo que el pensamiento racional exige pensar la divinidad. Y entonces
el conflicto se establece entre filosofía y religión. Esto fue
justamente lo que le pasó a Platón respecto de la 'mitología'. Como
vemos, las relaciones entre razón y fe no sólo son cambiantes en
cuanto a tener a veces un signo positivo, y otras, uno negativo.
(Compatibilidad o incompatibilidad). También son cambiantes en cuanto
a la zona en la que se produce más intensamente el choque o el
entendimiento: ya en la filosofía, o en la ciencia, o en la política,
como sucede en nuestros tiempos, etc. Bogumil
Jasinowski, el insigne filósofo que vivió entre nosotros
(†1887–1969) estudió profundamente las relaciones entre razón y fe
a lo largo de la historia de Occidente. Es más: Para
Jasinowski existe una sola posibilidad de encontrar el hilo del sentido
que une a todo el medioevo en sus variadas manifestaciones: "Hemos
de comprender esta historia a la luz de algo fundamental que subyace en
su trayectoria milenaria y que no es otra cosa sino la evolución de las
relaciones entre razón y fe[1]” Tal
evolución presenta cinco etapas, dos de las cuales caen fuera del período
medieval. Sin embargo, la quinta, que abraza el romanticismo alemán del
siglo pasado, corresponde a una vuelta a la primera etapa, con la que se
inició todo el proceso. La
primera etapa, que podría llegar asta la época de San Anselmo
(1035–1109), se caracteriza por la preeminencia “de cierta
compenetración mutua y conciliadora de razón y fe”; Justino, el mártir,
Gregorio de Nisa, pero sobre todo, San Agustín, son los representantes
más destacados. El segundo periodo se caracteriza por una más clara
diferenciación entre razón y fe, entre filosofía y teología; sin
embargo, Santo Tomás (1225–1274), su principal representante, no
establece en absoluto una pugna entre la verdad de la razón y la de la
fe: ambas se complementan y se integran. Por eso Jasinowski denomina a
este periodo "el de la verdad bigradual". La disolución de la
escolástica, con el nominalismo de Guillermo de Occam (1298–1349),
coincide con un movimiento de separación aún mayor entre la verdad de
la razón y la de la fe. A este periodo Jasinowski lo denomina "el
de la verdad escindida", pero en desmedro de la razón, ya que el
conocimiento esencial de las cosas parece inalcanzable. La polarización
llega a su máxima intensidad con el protestantismo luterano del siglo
XVI, y cuyo más grandioso exponente será, dos siglos mas tarde, Manuel
Kant. Se trata de una suerte de doble verdad. ¿Qué dice la
doctrina de la doble verdad? Que es imposible hacer convivir en la
unidad de una misma conciencia las afirmaciones de la fe y las de la razón;
que aún suponiendo que ambas sean verdaderas, son incompatibles.
Finalmente, llegamos al quinto periodo, en que nuevamente se produce un
intento de compenetración o de identificación entre las verdades de la
razón y las de la fe. Sus más destacados representantes: Hegel y
Bergson. TEXTO: a)
Porque no me envió Cristo a bautizar, sino a predicar el evangelio:
no es sabiduría de palabras, porque no sea hecha vana La Cruz de
Cristo. Porque
la palabra de la Cruz es locura a los que se pierden; más a los que se salvan, a saber, a nosotros, es potencia de
Dios. Porque
está escrito: destruiré la sabiduría de los sabios. Y
desecharé la inteligencia de los entendidos. ¿Qué
es del
sabio? ¿Que del escriba? ¿Qué, del
escudriñador de este siglo? ¿No ha enloquecido Dios la sabiduría
del mundo? Porque
por no haber el mundo conocido en la sabiduría de Dios a Dios por
sabiduría, agradó a Dios
salvar a los creyentes por la locura de la predicación. Porque
los judíos piden señales, y los griegos buscan sabiduría. Pero
nosotros predicamos Cristo crucificado, escándalo para los judíos,
locura para los gentiles. San
Pablo, I corintios, 17–23
ACTIVIDAD: Contesta, con tus propias palabras y basado en el texto que acabas de leer, las siguientes preguntas:
Envía las respuestas a fdomauricio@chilesat.net, No olvides señalar tus dos nombres y tus dos apellidos, además de la Unidad Militar a la que perteneces, Indica, el número de la guía que va en rojo al comienzo de cada documento.
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