EDIFICIOS Y ESTABLECIMIENTOS 

  El barrio de Argüelles nació con unas pautas urbanísticas muy parecidas al ensanche madrileño, imitación al ya comenzado en Barcelona. El barrio de Argüelles se constituyó con una  concepción más modesta que el llamado barrio de Salamanca y Retiro. Las calles que van de sur a norte, es decir,   J.A. Mendizábal, Don Martín y Tutor, tienen 12 metros de anchura entre fachadas, sólo la calle Ferraz tiene 20m.  Las "casi" perpendiculares tienen más anchura; Marqués de Urquijo con 30 metros es el eje viario del barrio junto con Princesa. Las otras paralelas poseen desde 15,5 metros de Altamirano, a los 20 m. de Quintana.

 El límite del barrio por el lado oeste es el parque del mismo nombre, un parque de estilo inglés que imita  un gran valle aprovechando la cuenca del arroyo de San Bernardino. En el mandato del  alcalde Alberto Aguilera, se proyectó este parque, que ampliaba la superficie verde de Madrid, entonces localizada en el Retiro y en algunas plazas. El parque se continuó rodeando el paseo de Rosales y aprovechando el gran declive que Madrid tiene hacia el río Manzanares en este punto. Pocos parques se pueden enorgullecer tanto de la variedad de árboles que tiene el parque del Oeste, hasta tres hayas hay cerca de la fuente de la salud, que es posible que sean las más meridionales de España. 

   Dentro del parque se encuentra la escuela de cerámica, que fundaron los hermanos Francisco y Jacinto Alcántara, con su emblemática "Tinaja" donde se cocían las piezas. También se encuentra un cementerio que pocos madrileños conocen, es el que acoge a los fusilados en el 3 de mayo de 1808. Juan Manuel Sánchez Ríos, profesor de la escuela, dice haber localizado el cráneo de al menos, dos de los fusilados que aparecen en el cuadro de Goya sobre los fusilamientos del 3 de mayo.

  Un poco más abajo, se encontraba el paso a nivel del ferrocarril del norte, donde los niños veíamos salir a las 13.45h el Talgo de Irún, y por la noche, en el merendero que se ubicaba junto a la escuela de cerámica, bajábamos con las tortillas y los empanados a cenar en las noches veraniegas. Merenderos de sillas de tablas pintadas y mesas con tapa de zinc, todo bajo la luz ambarina de las bombillas y el rezongar de las locomotoras eléctricas que salían del depósito para remolcar los grandes expresos del norte. Los primeros en salir eran los gallegos, porque Galicia estaba más lejos y había que llegar a una hora moderadamente decente. Luego salían los de Asturias, Santander, Bilbao y el de Irún, que iba a Francia!... Llevaban "coches-cama" de azul marino y restaurante. Nos dejaban el aroma de la cocina de carbón y nos quedábamos, grandes y pequeños, embobados mirando hacia el puente de los Franceses las tres luces rojas del último vagón... Hasta que la curva los ocultaba en la inmensidad del viaje, del tiempo y de la noche. Esa imagen nunca se me ha borrado, y creo que los farolillos rojos de la cola del tren desapareciendo, bien en la noche o en la niebla, forman parte de los paisajes fundamentales en mi vida. Las barreras de este paso a nivel, se subían y bajaban con grandes campanadas, para que nadie faltase al espectáculo del siguiente tren, como un circo que reclamaba la atención de los espectadores. Alguna vez, entre los líricos pitidos de las verdes máquinas eléctricas suizas, sonaba el bronco bramido de una máquina de vapor, que nos hacía estremecer a los niños, como si fuera un dragón que paralizaba nuestra respiración y nos llenaba de miedo infinito lanzándonos chorros de vapor endiablados... No es extraño que muchos curas del siglo pasado (y del XX también) viesen en el ferrocarril la presencia de Satanás. En cualquier caso, nos íbamos a dormir a casa dejando el frescor del parque y los trenes y subiendo al tórrido barrio de Argüelles que nos saludaba abanico en mano.

 De la expoliada estación de Norte, ahora sólo salen y llegan unos tristes trenes que llegan y van a Las Rozas monótonamente y con gesto cansino e indiferente. El resto se ha cubierto de torres de edificios, donde la gente vive en unas lujosas jaulas de grillos con agua caliente y bidé.


LA IGLESIA DEL BUEN SUCESO

y efectivamente suceso fue su vida y su final. Trasladada de su ubicación anterior en la puerta del Sol, en el año 1986 se construyó otra de mayores dimensiones en la calle Princesa, en la manzana que delimitan las calles de Quintana, Tutor y Buen suceso. Propiedad del real Patrimonio fue el emblema del barrio, hasta que los intereses especulativos de terreno dieron con ella en el suelo. Nunca el Real Patrimonio pensamos que caería tan bajo, no dimos crédito al hecho de su demolición. Pero el hecho está ahí...

HISTORIA DE UNA IGLESIA QUE FUE IDENTIDAD DE SU ENTORNO...(PULSA PARA ENTRAR) 

 

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