CASTILLOS DE ARENA

 

Aquello era magnífico, pensó el Hellmaster. Por fin sus planes se llevarían a cabo, tras tantos siglos. Había encontrado el modo. El mundo iba a ser destruido. Rió, rió como un maniático, sentado en su trono. Sus dos sacerdotisas lo observaban sin entender por completo los planes de su señor. No se aguantaban entre ellas, pero les unía una fidelidad a prueba de bomba hacia Mei Ou. Y estaban preocupadas.

Se incorporó del trono y pensó en tomar ya la forma idónea para llevar a cabo sus planes, su tan usada forma infantil. Le encantaba la forma en la que podía manipular a la gente en ese estado. Pero no. Algo le hizo recapacitar, no era el momento. Antes debía hacer algo. Una despedida. Ya había hablado con Zellas, su hermana, Juu Ou Sama, que se había mostrado extrañamente simpática con él, y había accedido a prestarle a Xelloss para esta misión. Dynast también había recibido la visita del Hellmaster, y el señor del hielo estaba bastante ilusionado con su idea. En cuanto a Gaarv, moriría pronto. Ese traidor caería en sus garras y perecería. Solo quedaba Deep Sea Dolphin. Se preparó para ir a Demon Sea para despedirse de ella, de su hermana, con la que mas afinidad tenía. A la que podía considerar su amiga.

Se paró un momento y reflexionó. ¿Era por Dolphin por la que continuaba en esta forma, adulta?  Que tontería, pensó. A los Mazoku no debería preocuparnos nuestro aspecto. Decidió cambiar a su aspecto de niño, para mostrar a Kai Ou la forma en la que destruiría el mundo. Pero no. No iría a Demon sea como un niño. No lo haría.

Se teleportó hasta los dominios de Dolphin.

 

Apareció en el salón del trono, frente al asiento de coral de la Señora de los Océanos. Pero ella no estaba allí. Se quedó un poco turbado, hasta que Aoi entró y le vió.

-Saludos, Fibrizzo-Sama

-Eh... hola, Aoi. Deseaba hablar con Dolphin. Y por favor, no seas tan formal.-esbozó una sonrisa amistosa, a la que Aoi respondió con una inclinación leve de cabeza mientras marchaba en busca de su señora.

Podia ver algo de miedo en los ojos de Aoi, una verdad escondida en su alma, un conocimiento que se le escapaba. ¿Quizá le temía por su poder? Era absurdo pensar eso, nunca haría daño a la joven Aoi, ella le caia bien.

Sumido en sus pensamientos no oyó llegar a Dolphin, que venia con unos grandes guantes de goma negros

-Hola, Phibby-kun!-soltó mientras se quitaba los guantes

-Hola, Dolph-chan!-respondió. Era su juego desde hacía años. Siempre se saludaban así. Pero notó esta vez un deje de amargura en la voz de Dolphin.

-He venido a despedirme-dijo-Mañana comenzará el principio del fin.

-¿Sí? ¡Genial! Por fin devolverás el mundo al Caos.

-Me ha costado tramar este plan, pero finalmente ha quedado como algo digno de mí-sonrió

-Tu siempre tan modesto-dio una palmada en el hombro al Hellmaster, y este se estremeció por culpa de una sensación extraña, algo que siempre le pasaba cuando ambos se tocaban. Dolphin también notó algo, y retiró rápidamente su mano, con una sonrisa de circunstancias.

-Fibrizzo... ¿estas completamente seguro de lo que vas a hacer?

-Si. Por fin cumpliré el cometido para el que fui creado a partir del Caos puro. Nosotros ganamos, Dolphin. Los Mazoku ganan la partida.

-Vamos, ven conmigo-hizo un gesto a Fibrizzo para que lo siguiera, y lo tomó de la mano. Ambos sintieron un escalofrío. ¿Por qué diablos les sucedía aquello?

Se teleportaron al exterior, sobre el mundo. Dolphin lo guió por parajes extraños y misteriosos de una belleza singular. Vieron arrecifes de coral, inmensos bosques de cientos, incluso miles de años de edad. Enormes glaciares flotando en el mar. Montañas tan altas que la vista no alcanzaba a ver sus cimas cubiertas de nieve. Verdes praderas tan vastas como la imaginación. Desiertos de arena blanca donde se reflejaba la luz del sol, creando imágenes mágicas en el aire. Selvas impenetrables, rios como cintas de plata. La creación de L-sama, un edén, un edén en todo el amplio sentido de la palabra.

-¿De verdad acabarás con todo esto?

Atontado, Fibrizzo fue incapaz de responder

-¿De verdad lo harías? ¿Erradicarías la creación?

-Dolphin...-musitó-¿desde cuando te importan estas cosas? Si hay alguien que quiera el Apocalipsis tanto como yo, esa eres tú.

-No me has respondido.

-Dolphin...-aquel nombre se hacía miel en sus labios, y un extraño deseo lo invadió. Trató de apartarlo de su mente, pero no pudo. La miró a los ojos.-No lo sé. Me haces dudar.Pero nunca fuimos humanos. Esto no debería importarnos.

-¿Seguro?-Ella lo miró a los ojos también, pero el Amo del Infierno apartó la vista, ruborizado. Entonces, algo lo golpeó en la cabeza, dejándolo sin sentido.

 

Cuando despertó se encontraba allí, en el mismo lugar. Dolphin no estaba, y tenía una gran herida en el pecho. Le habían arrebatado parte de su esencia.

Algo confundido por lo sucedido, partió hacia su destino, dispuesto a destruir el mundo y devolverlo al Caos.

Observándolo desde la espesura, Kai Ou derramó una pequeña lágrima mientras sostenía aquel pedazo del alma de Fibrizzo. Pues ella había visto el desenlace, y no lo quería así. Sabía que Mei Ou Sama moriría a manos de la creadora, y no quería que lo separasen de este mundo. No quería que Zellas gobernase en los Dark Lords, se dijo. No lo quería. Se lo repitió una y mil veces en su interior, era para que Zellas no gobernase.  Era sólo para que Zellas no gobernase.

 

Observó, aterrorizado, lo que tenía ante él. Estaba envuelto en una esfera dorada junto con alguien, a la que pudo ver como la chica Inverse a la que había manipulado. Pero no era ella realmente. Era la Madre, Lord of Nightmares, la Diosa de la Pesadilla eterna que habita en el Mar del caos. Y supo que había fracasado, que todos sus planes se habían quedado en nada, y que no vería un nuevo amanecer. Y que nunca volvería a ver a Dolphin... ¿Por qué pensaba en ella en un momento como aquel, con la madre observándolo con crueldad? ¿Y cómo no pensar en ella?

 

Fibrizzo, el amo del infierno, el más poderoso de los demonios, cayó de rodillas frente a la madre, y recuerdos sepultados tras cinco mil años de humo y espejos vinieron a su mente.

Recuerdos, de otros tiempos. Vio a un niño jugar en la arena de la playa, un niño. Era él. Y a una niña tambien de precioso cabello azul, que llegaba corriendo con una amable sonrisa en los labios. Y se ponía a su lado, y le decía “Hola, Phibby-kun!”, y él respondía “Hola, Dolph-chan”, y juntos hacían un castillo de arena. Y él la miraba y decía “Que ojos más bonitos tienes, cuando seamos mayores, yo seré un príncipe, y tu mi princesa, y viviremos juntos en un castillo tan bonito como este”, y ella miraba y asentía, feliz. Felices ambos. Eran tan inocentes. “Siempre te querré, Dolph-chan, siempre.”, y ella respondía “Y yo a tí, Phibby-kun”, y se miraban y sonreían, y se acercaron el uno al otro. Y la besó, posó sus labios sobre los suyos, y ella se puso roja y lo miró con dulzura “No debes hacer eso, Phibby-kun, somos muy pequeños”, pero él la miraba y decía “Pero cuando seamos mayores estaremos siempre juntos, y nos besaremos”, y se miraban, se cogian de la mano y cantaban una bonita canción.

Salió de la esfera dorada, herido de muerte, tarareando aquella canción, con una sonrisa en los labios, aquella canción olvidada hacía más de cinco mil años. Y pensó en Dolphin. “Me gustaría haberme despedido de ti, Dolphin, pues, pese a todo, nunca te besé cuando fuimos mayores. Porque nos arrebataron esto. Pero, desde el mar del Caos, nunca te olvidaré. Te quiero, Dolph-chan”

Y le pareció oír una voz en la lejanía, un susurro transportado por el viento, acompañado de un olor a mar, el dulce aroma de la brisa marina “Y yo a ti, Phibby-kun. Y yo a ti”

Y su cuerpo desapareció en la nada.

Y, lejos de allí, ella lo había visto, ella había oído sus pensamientos, y había sabido la verdad. Y mientras las lágrimas resbalaban por sus mejillas, tarareó aquella canción. Aquella canción tan hermosa que habían cantado juntos, hacía ya cinco mil años.

 -PARTE 2-