“Trabajo
presentado en el V Congreso Nacional de Ciencia Política –
Sociedad
Argentina de Análisis Político –
Río Cuarto
(Córdoba), 14 al 17 de Noviembre de 2001”
Resumen:
El presente trabajo explora la interacción entre Fuerzas Armadas y opinión pública (en tanto subcampo de los estudios cívico-militares) a la luz de Medios de Comunicación Masivos (en adelante MCM) con orientación independiente, y cómo éstos pueden influir en la utilización del instrumento militar por parte del poder político. Esta área de confluencia entre la Comunicación Social y la Seguridad/Defensa ha sido calificada como escasamente explorada, hecho extraño si se tiene en cuenta lo interesante de una interacción que se plantea entre un fenómeno globalizado (los medios) y una herramienta que representa por excelencia el poder y la autoridad del Estado (las FFAA).
Nuestra recomendación
apunta a un nuevo tipo de interacción entre MCM y Fuerzas Armadas basado en la
capacidad real de éstas últimas para influir en la elaboración de los mensajes
televisivos, proveyendo información, imágenes y diálogos de interés para los
MCM, sobre una base de veracidad. Esta postura implica modificar la tradicional
percepción negativa de los militares hacia el periodismo, tornándola en
cooperativa.
Dentro del estudio de la interacción entre Fuerzas Armadas y opinión
pública (en tanto subcampo de los estudios cívico-militares), no debe
soslayarse la influencia de los Medios de Comunicación Masivos (en adelante
MCM) en la utilización del instrumento militar por parte del poder político.
Hablamos de influencia mediática porque buena parte de la información que recibe la Sociedad Civil sobre las Fuerzas Armadas, y que conforma la opinión
pública en la materia, es provista por los MCM, con lo cual el tipo de
interacción entre Sociedad Civil y Fuerzas Armadas será permeable al accionar
de los mismos..
La referida influencia no es
un dato que haya pasado desapercibido para los gobiernos modernos, más allá del
sesgo ideológico y del carácter regimental de los mismos. En sus teorizaciones
modernas, esta cuestión se encuadra en lo
que Joseph Nye,
al refinar sus ideas previas en torno al poder
atrayente o poder de incorporación,
denominara “Poder Blando” (en
oposición al “Poder Duro”, militar).
La idea nodal del poder blando es que
buena parte del poder de un actor, en este caso un Estado, radica actualmente
en su capacidad para recolectar, procesar, confirmar y diseminar información.
Disponer de este recurso no sólo le permite al Estado que lo posee reducir los
niveles de ambigüedad e incertidumbre del sistema en el cual debe interactuar,
sobre todo de sus crisis y conflictos, sino también de generar adhesión y
consenso en torno a sus ideas y valores (01).
Otros autores profundizaron
las tesis de este importante teórico, sobre todo desde el punto de vista del
interés nacional estadounidense. David Rothkopf es un claro exponente de esta
corriente al remarcar la importancia que tendría para EE.UU. “ganar la batalla de los flujos de
comunicación mundiales, dominando el espectro total de las comunicaciones como
otrora Gran Bretaña dominara los mares”; el objetivo final de este esfuerzo
sería expandir la influencia, valores, instituciones y estilo de vida
norteamericanos a escala global, en una suerte de “imperialismo cultural” que Rothkopf admite sin ruborizarse (02).
Tanto Nye como Rothkopf incluyen a los MCM entre los vehículos a través
de los cuales un Estado puede ejercer poder
blando, en forma beneficiosa para su Seguridad y Defensa; ambos se apoyan
en ejemplos conocidos, como Radio Martí, Radio Liberty, Radio Free Asia,
Worldnet, Voice of America (VOA) y Radio Free Europe, entre otros. Más
recientemente, esta visión fue alimentada por un ensayo premiado por la
National Defense University (NDU). Su autora, Connie Stephens, se basa
esencialmente en las experiencias recogidas en la segunda guerra de los
Balcanes (Kosovo), para resaltar los beneficios que reporta a la política de
poder del Estado su posesión de MCM o el acceso al diseño de sus contenidos,
situación ésta que se englobaría en el campo de las comunicaciones estratégicas: “cadenas
noticiosas y nuevos MCM (Internet) sponsoreados por el Estado, y su uso por
diplomáticos y decisores políticos”
(03).
Según la lectura de quien esto escribe, el supuesto implícito que
subyace a las ópticas de Nye, Rothkopf y Stephens es que los MCM que utiliza un
Estado para ejercer poder blando (en este caso, para incidir en la interacción
entre Sociedad Civil y Fuerzas Armadas) son de carácter público, con una clara
permeabilidad de sus contenidos a las influencias y directivas del poder
político. Pero la mencionada interacción también es sensible a la influencia de
MCM que, más allá de su carácter privado o público, pueden no responder a
intereses de ningún tercer actor fuera de sí mismos, sino ser independientes.
En el presente trabajo pretendemos explorar la segunda opción
mencionada, referida a MCM con orientación independiente. Esta área de
confluencia entre la Comunicación Social y la Seguridad/Defensa ha sido calificada como
escasamente explorada, hecho extraño si se tiene en cuenta lo interesante de
una interacción que se plantea entre un fenómeno globalizado (los medios) y una
herramienta que representa por excelencia el poder y la autoridad del Estado
(las FFAA) (04).
El trabajo consta de cinco
partes, siendo la primera la presente introducción. La parte II describirá
brevemente las actuales características de los MCM (independientes) y los
debates que se han generado en torno a los mismos. La parte III analizará
específicamente el impacto de los MCM en la utilización del
instrumento militar por parte del poder político. Finalmente, en la parte IV
evaluamos ese impacto y sugerimos líneas de acción y recomendaciones.
El fenómeno de los MCM,
usualmente llamados Mass Media, hace
alusión a una forma específica de comunicación, que Umberto Eco caracterizó de
la siguiente forma: "comunicación de
masas con una fuente única, centralizada, estructurada según los modos de la
organización industrial; el canal es un expediente tecnológico que ejerce una
influencia sobre la forma misma de la señal, y los destinatarios son la
totalidad (o bién un grandísimo número) de los seres humanos en diferentes
partes del globo" (05).
De acuerdo a esa
caracterización, rápidamente se constata que en la actualidad el concepto de
MCM no se utiliza en orden a su verdadero significado, sino como convención. Antes, indica Alvin Toffler,
las grandes cadenas informativas imitaban a las grandes empresas económicas:
eran centralizadas y burocráticas, concebían al mercado como una masa homogénea
y se orientaban a la producción en serie. Hoy los MCM no buscan la masividad, sino
que disgregan al público en segmentos y subgrupos, reflejando la heterogeneidad
del mismo y su búsqueda de opciones alternativas a las tradicionales.
Los MCM adquieren su real
significación en un contexto signado por el surgimiento de la televisión, el
tercer gran hito en la evolución de la comunicación, tras la invención de la
imprenta por parte de Johannes Gutemberg (siglo XV) y la aparición del
telégrafo y, poco después, el teléfono (siglo XIX); con estas innovaciones, las
comunicaciones ganan rapidez y comienzan a achicarse las distancias entre
emisores y receptores. La imprenta, el telégrafo y el teléfono fueron inventos
que privilegiaron formas de comunicación basadas en la palabra. Sin embargo, la televisión rompe con esta continuidad
histórica al proponer una forma de comunicación basada en la imagen (etimológicamente, televisión
significa ver a la distancia).
Junto a la disgregación de
las audiencias en segmentos y subgrupos, cada uno recibiendo una configuración
diferente de programas y mensajes, los actuales MCM reflejan otras dos
características: en primer lugar, desdibujan los límites entre espectáculo y
política, esparcimiento y trabajo, noticias y entretenimiento, dando lugar al
producto conocido como infotainment (information + entertainment)
(06); en segundo término, amplían
constantemente su universo de usuarios, incluso proyectando sus actividades
fuera de sus fronteras nacionales, mediante procesos de fusiones, adquisiciones
y alianzas estratégicas.
Quienes estudian los MCM han coincidido
en que éstos, trabajando sobre audiencias disgregadas, con límites
extremadamente difusos entre información y esparcimiento, inciden de manera
directa en el campo de la política. Sin embargo, el consenso de desvanece al
momento de explicar si los MCM mejoran la cantidad y/o calidad de información a
disposición del ciudadano.
En este campo, los puntos de
vista predominantes pueden sistematizarse en tres grandes posturas: aquella que
destaca la existencia de mayor cantidad de información a disposición del
ciudadano; otra que admite ese incremento cuantitativo, aunque advierte que ese
aumento no redunda en las posibilidades del ciudadano de aumentar sus niveles
de conocimiento; por último, una tercera que llega a poner en duda que los
ciudadanos tengan a disposición mayor cantidad de información.
La primera postura, entre
cuyos adherentes está Toffler, resalta que la mencionada disgregación de las
audiencia provee a los miembros de cada uno de los subgrupos que la componen de
más y mejores opciones informativas. Se considera que esto afecta negativamente
a las eventuales intenciones de un Estado por ejercer el monopolio informativo
sobre la ciudadanía, aplicar políticas de movilización de masas y manipular la
opinión pública. Los medios de comunicación generarían así una influencia
democratizadora (07).
La segunda posición sería la
de Edgar Morin, quien asigna tres significados diferentes al concepto
conocimiento: como mera información,
es decir, datos; como saber, lo que
implica una organización útil de la información disponible; y como conciencia o sabiduría, lo que supone una reflexión sobre el significado
profundo de lo que indica la información, con un sentimiento de finalidad. A
partir de esta discriminación, Morin admite que la información a disposición
del ciudadano es cada vez mayor, pero indica que su carácter extremadamente
fragmentario y compartimentalizado dificulta la organización de la misma en saberes concretos y coherentes, con
sentido trascendente (08).
Finalmente, la tercera
postura centra el eje de su discurso en la presunta distorsión de la razón de
ser de los medios televisivos: transmitir información. El punto nodal de este
pensamiento, es que la imagen ha desplazado en importancia a la palabra, a las
ideas, degradándolas. Esta apreciación, que ya se observa en Marshall Mc Luhan
("el medio es el mensaje"),
ha sido profundamente analizada por Umberto Eco, quien concuerda con la misma
hasta el extremo de asegurar que los medios de comunicación pueden constituirse
en medios alienantes de los ciudadanos, que de esa manera se transforman en una
suerte de "nuevo proletariado".
No obstante, analizando la cuestión más
en profundidad, este semiólogo italiano identifica en el seno de esta corriente
dos claras posturas, que difieren entre sí según sea la chance que vislumbren
de modificar la falta de información que surge del desplazamiento de las ideas
por las imágenes. Así, los denominados apocalípticos
son quienes consideran prácticamente inmutable al efecto alienante de los medios de comunicación, mientras los guerrilleros alegan (en el plano
normativo) la existencia de posibilidades de cambiar ese estado de cosas (09).
Los apocalípticos concitan
innumerables adhesiones desde la intelectualidad, las artes y la politología.
Entre ellos pueden citarse, por la riqueza de su pensamiento, el checo Milan
Kundera y el italiano Giovanni Sartori. Kundera postula que, a lo largo de las
últimas décadas, la ideología ha ido perdiendo terreno en forma gradual y a
escala global, a expensas de la "imagología". En su visión, la
imagología es el predominio de la imagen, de la estética, sobre los contenidos.
Sus principales agentes, es decir los "imagólogos", serían los
publicistas, los asesores de imagen, los diseñadores, e inclusive los creadores
de modas y los conductores de programas de alcance masivo.
La principal herramienta de
la imagología, y a la vez su sustento básico, son los sondeos de opinión
pública, cuyos resultados se transforman en una suerte de "verdad" de
la que se nutre. Si la imogología se alimenta de sondeos de opinión, por otro
lado emplea sus resultados para diseñar y re-diseñar (de manera continua) sus
mensajes, de manera tal de no ser discordante con esa "verdad". El
imagólogo exige y controla que el contenido de los mensajes responda al sistema
imagológico de un momento dado (10).
En muchos aspectos, la línea
argumental de Sartori discurre por los mismos andariveles que la de Kundera. El
politólogo italiano alerta sobre la aparición y difusión global del Homo Videns, un nuevo tipo de individuo
acostumbrado a interactuar en un mundo de imágenes, a resultas de lo cual
desarrolla notablemente su capacidad para ver;
pero, en sentido inverso, atrofia su capacidad de abstracción y,
consecuentemente, sus chances de entender;
en otros términos, la palabra (mundo
intelligibilis) se subordina a la imagen (mundo sensibilis).
El Homo Videns no se ve inmerso en un proceso (teóricamente ideal) en
el cual las ideas cumplen la función de explicar la realidad concreta, las
cosas verdaderas. Por el contrario, hoy el individuo actúa en un contexto donde
priman las emociones y las ideas explican (justifican) imágenes fraccionadas,
segmentadas y descontextualizadas de una realidad mucho más compleja.
Inclusive, la imagen puede prescindir de las ideas que la expliquen; la imagen es en sí misma, más allá de lenguajes.
El correlato de la tesis
imagológica de Kundera es, en términos de Sartori, la videopolítica (11). De
acuerdo a los postulados de la videopolítica, la opinión pública (cuyos
contenidos son por esencia mutables, sino serían creencias) no existe como corpus
de ideas innatas de los individuos, sino que es el resultado de lo que la
televisión hace pensar o decir a la gente (12).
Dicho de otro modo, la televisión teledirige
a la opinión pública, a través de autoridades
cognitivas (los imagólogos del intelectual checo), un grupo que suele
trascender a los periodistas para incluir a
futbolistas, modelos publicitarios o humoristas.
La televisión logra este
resultado a través de una combinación entre subinformación
(brindar información escasa o nula sobre un tema) y desinformación (distorsión de la información). Por su parte, estas
prácticas se hallan fuertemente influenciadas por los imperativos visuales: por
un lado, el valor de una información se basa en la capacidad para filmarla o
mostrarla; por otro, una información es más valiosa si se puede transmitir
desde su lugar de ocurrencia.
Bajo enfoques como los de Kundera y Sartori, hoy predominantes (y al
cual adhiere el autor de este trabajo), entre las formas más nítidas en que los
MCM influyen en las formas y estilos de "hacer política" se destaca el fenómeno
conocido como “fragmentación del soberano” (13).
El fenómeno de
“fragmentación del soberano” (considerando como soberano al pueblo) hace alusión
a la pérdida de ciertas formas colectivas de ejercicio y participación
políticas. Su principal motivo es que la televisión, sobre todo si esta
asociada a otros recursos vinculados con las tecnologías de la información (mailings de electores, líneas telefónicas
0-800, videoconferencias, e-mails,
etc.) desvaloriza los canales de comunicación tradicionales entre la figura
política y la ciudadanía.
Esto, que ha sido denominado
comunicación vertical, socava a los
partidos políticos y/o funcionarios intermedios del Estado, como canales de
transmisión de ideas entre la figura política/mandatario y los ciudadanos, pues
ya no son indispensables como comunicadores (14). Accesoriamente, la comunicación
vertical tiene otras dos implicancias negativas: por un lado, una recepción
del mensaje fuera de los ámbitos (comunitarios o estatales) donde podría
debatirse; por otro, una cierta desconexión de la figura política/mandatario
con los hechos de la realidad, otorgando mayor atención a aquellos hechos que
son “mediáticos”.
En los últimos tiempos, se ha notado una profunda
alteración en la relación entre MCM y operaciones en las cuales se emplean las
Fuerzas Armadas, sean éstas en el país o en el exterior, incluyendo en este
último caso a operaciones de paz bajo mandato de la Organización de las
Naciones Unidas (ONU). Al contrario que en otras épocas, los MCM acceden a
estas operaciones en tiempo real, conforme las mismas se desarrollan. Este
acceso está acompañado por (y es consecuencia de) un creciente acceso de los
periodistas al terreno donde se desarrollan los acontecimientos.
La accesibilidad de los MCM
a las operaciones donde se emplean Fuerzas Armadas no implica, necesariamente,
que en cada una de esas operaciones habrá presencia mediática. Pero sí
significa que esa presencia será decidida por los MCM, y no por las Fuerzas
Armadas ni por el poder político; por lo menos esa es la tendencia que surge de
los análisis efectuados en diferentes partes del mundo, en base a episodios
concretos de los cuales se extraen “lecciones
aprendidas”.
Muy diversos factores parecen incidir en
la elección o no, por parte del periodismo, de la cobertura de una operación
donde se utilice el poder militar, así como de las formas bajo las cuales la
misma se llevará a cabo. Algunos de esos elementos son de naturaleza
burocrática, como la obtención de visas (en el caso de operaciones en el
exterior), acreditación y otras cuestiones relativas a documentación; otros
factores son de raíz política, como la seguridad física del periodista; y
también cuentan los condicionantes económicos, como la proximidad geográfica y
los medios de transporte disponibles, los costos de traslado y despliegue, la
logística necesaria, etc.
Cabe destacar que el constante avance
tecnológico que han experimentado los MCM en los últimos tiempos (unidades
portátiles de grabación y edición, reducción del tamaño y peso de las cámaras,
etc.) no siempre puede ser traducido en una baja sustantiva de los costos de
sus coberturas. Hace ya cierto tiempo se viene anunciando que los periodistas
podrán cubrir por sí solos eventos de magnitud, prescindiendo de personal
técnico que los respalde, gracias a equipos de grabación y edición en miniatura
que llevarán consigo, y a una red de
comunicaciones global que los enlazará en tiempo real con sus estudios
centrales. Sin embargo, ese escenario aún no se ha plasmado y se continúa
calculando que la cobertura periodística de eventos tales como un conflicto
armado u otra operación con empleo del instrumento militar, requiere el oneroso
despliegue de un equipo nunca menor a siete miembros (15).
Pero del conjunto de factores, uno en
particular parece ser nodal: el interés que esa cobertura periodística puede
generar en las audiencias de los MCM. No puede descartarse que a esa
consideración se subordine todo otro motivo, incluyendo el efecto de la
operación en la seguridad del Estado o en su posicionamiento internacional.
Al momento de establecer en
qué medida una operación donde se utilice el poder militar puede ser de interés
para las audiencias de los MCM, motivando a éstos a cubrir el evento, un
trabajo de la periodista Lina Holguín (16)
identifica dos elementos que no deben soslayarse. El primero de esos elementos
apunta a que una operación militar suele ser un acontecimiento con los
suficientes grados de emoción e incertidumbre para satisfacer los
requerimientos del consumidor standard de información; personalmente agrego
“potencial violencia” a “emoción” e “incertidumbre”, considerando que la audiencia
puede consumir este producto no sólo desde un prisma informativo, sino también
como un entretenimiento (el mencionado infotainment).
El segundo elemento que
identifica la periodista colombiana, al momento de establecer el grado de
interés que una operación con empleo de las Fuerzas Armadas puede generar en
las audiencias de los MCM, motivando su cobertura, guarda relación con la
evolución de esas operaciones. Las mismas son cada vez más complejas e
incorporan nuevos protagonistas amén de los tradicionales uniformados (ONG´s
humanitarias, funcionarios civiles, etc.), razón por la cual los interesados en
la evolución de estos casos también aumentan. Aún cuando Holguín se refiere
aquí a operaciones de paz auspiciadas por la ONU, su apreciación parece ser
aplicable a un amplio rango de actividades militares que normalmente se
incluyen en vagas categorizaciones del tipo Operaciones
de Paz Extendidas (wider peacekeeping),
Conflictos de Baja Intensidad (LIC), Operaciones de No Guerra (OOTW) u Operaciones de Estabilidad y Apoyo
(SASO).
El hecho es que, en la
medida en que los MCM lo decidan, su cobertura puede tornarse indisociable de
una operación en la cual se utilicen las Fuerzas Armadas, en un amplio rango
que abarca desde situaciones domésticas hasta operaciones de paz. De este
diagnóstico, una pregunta se desprende de manera inevitable: ¿es positivo este
nuevo estado de cosas para las Fuerzas Armadas y para el poder político al cual
se subordinan las mismas?
Planteado este interrogante,
su respuesta no es lineal, o sea que no puede ser satisfecha en términos
absolutos de “positivos” y “negativos”. Por el contrario, podría decirse que el
efecto que tenga en el poder político y las instituciones castrenses la
cobertura periodística de un despliegue militar estará fuertemente influenciado
por la forma en que los MCM “cuentan la historia”. Y esta conclusión parcial,
que a simple vista parece una obviedad, en realidad abre un complejo abanico de
posibilidades.
La experiencia indica que el
periodismo puede “contar la historia” de una operación militar de manera lesiva
a la imagen de las Fuerzas Armadas involucradas, y que esta perfomance puede
constituir el resultado de una postura deliberada, o simplemente ser
involuntaria.
La primera alternativa
mencionada, es decir la adopción de una posición deliberada por parte del
periodismo que afecte su manera de “contar la historia” de una operación
militar, lesionando la imagen de las Fuerzas Armadas involucradas, se plasma en
la siguiente postura atribuida a una periodista acreditada en Naciones Unidas: “El rol del periodismo es exponer la
ineficacia e informar las ineficiencias gubernamentales. Creo que cuanto más
odiado es un periodista, mejor hace su trabajo” (17).
La alternativa restante, que
habla de una operación donde las Fuerzas Armadas participantes son
involuntariamente afectadas por los MCM, debido a la forma como éstos “cuentan
la historia”, puede materializarse de múltiples formas. A los efectos de este
trabajo, operacionalizamos la variable “afectación negativa” en función del
actor ante quien ocurre: podrá ser el ocasional oponente que enfrentan las
Fuerzas Armadas en esa operación, o la
propia opinión pública.
Probablemente la
manifestación más clara de MCM que “cuentan la historia” de una operación con
participación militar de manera tal, que involuntariamente perjudican a los
uniformados participantes ante su circunstancial oponente, es proveyéndole a
este último de información sensitiva
susceptible de ser procesada en inteligencia.
Por ejemplo, respecto a cómo y dónde están desplegadas las Fuerzas Armadas, su
armamento y su logística, su interacción con la población civil, quiénes son
sus jefes, etc. Mientras el hindú Rai recalcó certeramente que en un conflicto
armado las noticias e imágenes (periodísticas) se tornan en “commodities estratégicos” (18), Neal ha dicho con razón que “la TV se ha transformado en el servicio de
inteligencia de los pobres” (19).
En relación a la afectación
negativa de las Fuerzas Armadas que participan en determinada operación, ante
los ojos de la opinión pública, como involuntario efecto de la forma en que los
MCM “contaron la historia” de esa operación, un ejemplo concreto es el de
UNAMIR. Estudios efectuados sobre esta misión, creada a partir del agravamiento
del conflicto intraestatal en Ruanda, sugieren que los MCM habrían fallado en
transmitir al público la complejidad de esta iniciativa multinacional, el
intrincado contexto cultural en el cual se desarrollaba y las limitaciones
(tanto de armamento, como en lo referente a ROE´s) que la ONU le impuso a sus
protagonistas. En consecuencia, una importante proporción de las opiniones que
se generaron en las audiencias mediáticas en torno a UNAMIR calificó a sus
miembros como ineficaces para detener el genocidio de tutsis a manos de hutus,
cuando en realidad los mismos no tenían las armas ni el mandato para hacerlo.
Las Fuerzas Armadas,
¿víctimas inocentes del “infotainment”?
La experiencia obtenida a
partir de la cobertura periodística de UNAMIR y otras operaciones en las cuales
participaron las Fuerzas Armadas sugiere que en las mismas los MCM repiten una
conducta que no es privativa de casos con presencia castrense, sino que se
repite en otras áreas temáticas: se “cuenta la historia” a través de la captura
de imágenes que les son útiles y su reelaboración, creando y televisando
“nuevos” eventos, que son transmitidos hasta tanto se disponga de imágenes
posteriores que las suplanten. En consecuencia, los medios priorizan la
cobertura (cuantitativa) informativa, la exclusividad del material y su
difusión, antes que la calidad, substancia e interpretación.
El resultado de esta opción
puede culminar en imágenes aisladas, episódicas, fragmentarias y
descontextualizadas en tiempo y espacio; en otras palabras, insuficientes para
transmitir al público la complejidad de una situación. Un ensayista uruguayo
describió magistralmente este producto periodístico: "El encadenamiento fugaz de los flashes diluye la clásica cadena
causalista de los relatos informativos. En lugar de estructuras narrativas a lo
Plutarco, ofrece sucesiones vertiginosas de imágenes, collages heteróclitos,
ecos de pequeñas frases o consignas sonoras, que se rearman con una nueva
lógica para muchos brutal o puramente incierta" (20).
¿Por qué este énfasis en la
imagen, en desmedro del contenido? De acuerdo a los estudios efectuados en la
materia, por la interacción de dos factores principales, el primero de
naturaleza económica y el segundo de formación.
Desde el punto de vista
económico, en las últimas décadas se observa que los MCM resuelven, en el marco
de estrategias de reducción de costos, clausurar sus oficinas y sucursales,
tanto en el interior de los Estados como (en las grandes compañías mediáticas)
en otros países. Estas decisiones no necesariamente implican una disminución de
las coberturas, aunque éstas serán satisfechas por cronistas enviados “ad hoc” desde la casa central o las
grandes oficinas remanentes.
Así, suelen ser enviados a
cubrir operaciones con empleo del instrumento militar periodistas que carecen
del background necesario para
comprender acabadamente el contexto (geográfico, político, cultural, histórico,
económico, etc.) en el cual se desarrolla la mencionada operación. En otras
palabras, lo que algunos han dado en llamar “periodismo paracaidista” (21) y otros “periodismo bombero”,
corriendo de aquí para allá conforme aparecen incendios en el mundo (22).
Sin embargo, el carácter
simplificado y descontextualizado del producto que suelen elaborar los MCM
respecto a operaciones donde se emplean Fuerzas Armadas, no sólo es atribuible
a la forma en que se “editan” las imágenes obtenidas. También tiene una alta
incidencia el período de tiempo que cubren esas imágenes, que en general no
incluyen los lapsos carentes de “emoción”, “heroísmo”, “cobardía”, “violencia”,
“arbitrariedades” u otros elementos que ejercen una fuerte atracción sobre las
audiencias mediáticas. El fenómeno del infotainment
sintetiza lo dicho en este párrafo.
Las operaciones de paz
brindan numerosos ejemplos del negativo efecto descontextualizador que produce,
para la cabal comprensión de una situación, la limitación de la cobertura de
los MCM a un corto segmento temporal. En estos casos se detecta una clara
tendencia a privilegiar sus momentos críticos de mayor tensión, soslayando
etapas de pre-crisis, que a pesar de su gravedad tienen una dinámica evolutiva
que no genera gran interés en las audiencias. Esta opción explica porqué los
MCM comenzaron en 1992 a cubrir intensivamente la situación de Somalía, en
tanto desatendían la del vecino Sudán: en ambos casos se registraban catástrofes
humanitarias de magnitud, pero la sudanesa (de más larga data y probablemente
más grave, desde el punto de vista cuantitativo) era más pasiva y no estaba
acompañada por el virtual colapso estatal y la consecuente anarquía violenta
que se registraba en Somalía.
Para Jakobsen, quien ha
concentrado su análisis en operaciones de paz multilaterales con fuerte
contenido humanitario (UNPROFOR, UNOSOM, UNMIH, UNAMIR, etc.), la mencionada
falta de interés es particularmente visible en dos etapas de un conflicto que
deriva en una operación de paz: situaciones de pre-crisis donde se implementan
exitosamente mecanismos de diplomacia preventiva, y situaciones de post-crisis.
En el primer caso, el éxito de la diplomacia
preventiva suele ser “invisible” a los ojos de las audiencias de los MCM,
quienes no se sienten atraídos por imágenes abúlicas de efectivos militares
pasivos cumpliendo su labor rutinariamente (24).
Según ese autor, los estadíos posteriores a la crisis tampoco concitan mayor interés de
las audiencias (y consecuentemente de los MCM), salvo algún acontecimiento
puntual y efímero, que por lo general afecta negativamente a las Fuerzas
Armadas que participan de la operación: corrupcion,
exceso de autoridad, fallas en la conduccion, etc. Fuera de hechos excepcionales,
la falta de interés mediático en cubrir fases de post-crisis de operaciones con
participación del instrumento militar se evidenció en UNOSOM-I/II, donde la
cobertura cayó prácticamente a cero después de su inicio en diciembre de 1992,
aumentando nuevamente recién en junio de 1993, cuando son asesinados
veinticuatro soldados de Pakistán; y en UNMIH, que al implementarse en
septiembre de 1994 fue cubierta por 1300 periodistas, de los cuales permaneció
en Haití un puñado, apenas un mes después (25).
Llegados a este punto, el
desarrollo de este trabajo sugiere que, según sea el producto que surja de la
manera en que los MCM “cuentan la historia” de una operación con participación
militar, la misma generará en la opinión pública mayor o menor grado de
respaldo, y consecuentemente de legitimidad. Huelga decir que en un Estado
donde impera un sistema político democrático, en el cual las élites políticas
rotan en el poder en función del apoyo de los votantes, son éstos quienes pueden
decidir el destino de un despliegue militar, máxime cuando el mismo obedece a
un interés que no es percibido como vital.
Aparece así una idea, un
slogan, cuyos alcances no han sido aún claramente identificados ni limitados:
“efecto CNN” o “guerras CNN”, en alusión a la cadena noticiosa estadounidense
Cable Network News (CNN) y a su cobertura de la Guerra del Golfo de la mano de
su corresponsal Peter Arnett, quien reportó directamente desde Bagdad los
ataques aéreos nocturnos de los aliados; previamente a ese conflicto, Arnett ya
se había desempeñado como corresponsal de guerra en 17 oportunidades, a lo
largo de cuatro décadas de ejercicio periodístico.
Pese a la vaguedad
conceptual existente, se observa cierto consenso en utilizar el término “efecto
CNN” de manera “amplia”, englobando en el mismo a los efectos que tiene la
cobertura mediática (sobre todo televisiva) sobre la conducción política de las
operaciones militares.
En sentido contrario, una
concepción excesivamente restrictiva o “estrecha” del “efecto CNN” limitaría
los alcances de este fenómeno a formas específicas de influencia de los MCM
sobre el poder político. Por ejemplo, instándolo a emplear el instrumento
militar allende las fronteras nacionales, en operaciones multinacionales con una
fuerte dimensión humanitaria. Un enfoque de este tipo es el de Jakobsen (vide supra). Contrario sensu, nuestra concepción amplia del “efecto CNN” no lo
circunscribe a cuándo usar el instrumento militar, sino también a cómo hacerlo
e incluso a cuándo dejar de emplearlo.
¿Existe, en los términos en
que lo hemos enunciado, el “efecto CNN”? O planteado en otros términos:
¿podemos hablar de influencia de los MCM en la conducción política de
operaciones donde se emplean Fuerzas Armadas, al punto de poder incidir en la
dinámica y evolución de las mismas?
No existe una respuesta
única. Los enfoques en este campo son extremadamente heterogéneos, aunque su
sistematización nos permite agruparlos en tres grandes ópticas. La primera de
estas ópticas sugiere que el “efecto CNN” no existe como fenómeno novedoso,
sino que en todo caso es una nueva forma de denominar la permeabilidad de las
operaciones con empleo del instrumento militar a las percepciones de la opinión
pública. Y esta permeabilidad era previa a la expansión de la televisión, e
incluso a su misma existencia.
Un ejemplo paradigmático es
la anécdota según la cual el magnate periodístico estadounidense William
Randolph Hearst, arengando al artista Frederic Remington a encabezar la lucha
por la independencia de Cuba del yugo español, le decía: “Usted proporcione las pinturas (N.A.:imágenes), yo proporcionaré la guerra”; poco después se iniciaba la guerra
entre España y EE.UU. (26)
Un trabajo relativamente
reciente sobre operaciones militares británicas abona este punto de vista,
poniendo de relieve la negativa influencia que durante el bienio 1946-1947
ejerció la opinión pública sobre la permanencia del Reino Unido en Palestina,
tras los actos terroristas sufridos a manos de organizaciones independentistas
judías; en particular, tras el famoso atentado al hotel King David, en 1946.
Este y otros eventos tuvieron una incidencia directa en el retiro británico de
la zona, el 15 de mayo de 1948, amén de incidir durante décadas en la forma
como Londres emplearía sus FF.AA. Los efectos de este replanteo se constataron
en las operaciones en Malasia, Adén (Yemen), Chipre, Suez, Irlanda del Norte,
el Atlántico Sur (Malvinas), Yugoslavia e incluso Kosovo (27).
Dentro de esta primera
óptica debe incluirse, como categoría especial, la postura según la cual la
forma en que más influyen los MCM en el desarrollo de una operación militar no
es a través de la cobertura televisiva en tiempo real; por el contrario, la
influencia tiene más que ver con el tratamiento de esa operación por parte de
los programas politicos de mayor audiencia, junto a la aparicion de editoriales
y columnas de opinion en los diarios de mayor prestigio (28).
Una segunda respuesta
alternativa a la pregunta de si existe el “efecto CNN” es aquella que dice que
ese fenómeno efectivamente puede registrarse, aunque sólo en circunstancias muy
específicas. Por ejemplo, en situaciones donde el poder político vacila en
montar una operación con empleo de las Fuerzas Armadas (o participar en una
operación preexistente), pese a evaluar que su costo en bajas sería aceptable y
que las “estrategias de salida” de la operación funcionarían adecuadamente.
Desde este punto de vista, no hay “efecto CNN” si el poder político adoptó una
clara y definitiva posición, sea a favor o en contra del empleo de Fuerzas
Armadas; inversamente, el “efecto CNN” sólo es posible en situaciones de
indecisión del poder político (29).
Numerosos analistas resumen
lo antedicho de manera contundente: no hay “efecto CNN” si hay liderazgo.
Aplicando esta sentencia al caso británico, se explica que el Reino Unido haya
procurado en todas las operaciones militares mencionadas anteriormente (desde
Malasia a Kosovo) fortalecer el carácter bipartidista de sus decisiones,
reduciendo de esta manera la influencia de la opinión pública.
Finalmente, una tercera
óptica adhiere a la tesis del “efecto CNN”, sin reparar en los condicionantes
planteados por el segundo enfoque. Las evidencias que sustentan quienes hoy
adhieren en general a esta tesis se basan tanto en operaciones militares donde
el poder político no percibía intereses vitales involucrados y donde el empleo
del instrumento militar no generaba un consenso absoluto (el caso de Somalía),
como en otras operaciones donde el empleo del instrumento militar gozó de
amplio respaldo en el poder político, desde el momento en que se percibían
intereses vitales en juego (la Guerra del Golfo).
Desde el punto de vista de
quienes efectivamente creen en la existencia del “efecto CNN”, los MCM, con su
cobertura televisiva de una operación donde se utilizan Fuerzas Armadas y su
transmisión en tiempo real, generan importantes impactos en los niveles
políticos de cuyas decisiones depende la evolución de tal operación. Entre esos
impactos se destaca el “salteo” (bypass)
que la transmisión televisiva efectúa sobre las instituciones estatales
encargadas de procesar información y proveer insumos a los decisores para que
éstos desarrollen su tarea con el menor margen de yerro previsible (ministerios
de Defensa y Relaciones Exteriores, organismos de Inteligencia, gabinetes de asesores, etc.).
Al contrario que en otras
épocas, la transmisión televisiva llega ahora directamente a los decisores “en
crudo”, sin la mediación previa de las instituciones citadas. El efecto de este
salteo es la llamada “fragmentación del soberano”. Primero, la provisión de
información “cruda” en tiempo real, sin restricciones horarias, en muchos casos
incita a los decisores a generar respuestas a igual velocidad, en base a datos
fragmentarios.
Marvin Kalb, quien se
desempeñó como jefe de los corresponsales diplomáticos de las cadenas CBS y
NBC, para luego ser designado decano de la universidad de Harvard (Shorenstein Barone Center on Press, Politics
and Public Policy), puntualiza al respecto que “el tiempo siempre ha sido un aliado natural de los políticos”,
pues les proporcionaba momentos de reflexión; la novedad de esta época es que,
“efecto CNN” mediante, el tiempo a disposición de los decisores políticos puede
reducirse a apenas instantes, medibles en segundos.
En esta dinámica, las
posibilidades de error político se incrementan. ¿Qué hubiera pasado si hubiese
existido “efecto CNN” en la cuestión de los misiles cubanos de 1962? Para
algunos especialistas, en esas circunstancias el presidente estadounidense John
Kennedy no hubiera podido manejar con discresión la crisis internacional
suscitada, debiendo adoptar decisiones trascendentes en lapsos menores a las 24
horas, por presión de la ciudadanía. El resultado podría haber sido una
escalada que hubiera desembocado en una guerra nuclear (30).
A priori, podría argumentarse que estos riesgos se minimizan a través del
simple expediente gubernamental de retrasar la toma de decisiones, hasta tanto
los organismos estatales correspondientes “procesen” la información “cruda”.
Sin embargo, basándonos nuevamente en el análisis de casos, debe señalarse que
esa alternativa podría tornarse poco viable en algunas circunstancias. Y en
este caso la viabilidad se vincula en forma inversamente proporcional con las
presiones de la opinión pública, que establece una comunicación vertical con los decisores políticos; por la misma
esencia de los medios de comunicación actuales, ambos actores reciben los
mismos insumos informativos en forma simultánea.
Un autor estadounidense,
Frank Stech, plantea esta novedad en los siguientes términos: “las guerras CNN incitan al público y a los
líderes a definir a los eventos políticos en términos de los video clips y los
sonidos que componen las imágenes de las noticias televisivas”. Y agrega,
en relación a público y líderes, que “por
primera vez en la Historia el rico y el pobre, el letrado y el iletrado, el
trabajador urbano y el agricultor se encuentran vinculados compartiendo
imágenes de la vida global” (31).
En un pasaje anterior del presente
trabajo se hizo una mención a los casos de la Guerra del Golfo y Somalía.
Considerando la comunicación vertical
como manifestación del “efecto CNN”, no resulta claro que el caso del Golfo sea
un buen ejemplo, teniendo en cuenta que en todo momento la Casa Blanca
administró los tiempos de las operaciones militares Escudo/Tormenta del Desierto. Algunos análisis detectaron un
“efecto CNN” en la suspensión de la ofensiva aliada sobre Irak, pero esa
evaluación es errónea (32).
En todo caso, lo que demostró
la Guerra del Golfo no fue el “efecto CNN” sino la nueva interacción entre MCM
y operaciones donde interviene el instrumento militar. Ningún conflicto armado
previo, incluyendo la Guerra de Vietnam, concitó tanta atención de las
audiencias mediáticas como las operaciones Escudo/Tormenta del Desierto. En
agosto de 1990, apenas consumada la invasión iraquí de Kuwait, el rating de
esta crisis entre los televidentes de EE.UU. era un 400 % mayor que el de la
crisis más importante del año anterior (los acontecimientos de Plaza Tiananmen,
en China). Y en la cobertura de esa contienda la CNN jugó un papel descollante:
su desempeño fue considerado el más completo y de mejor calidad por el 61 % de
los televidentes norteamericanos, porcentaje mayor a la suma de las otras tres
grandes cadenas de ese país (33).
En cambio, sí hubo un claro
“efecto CNN” en la difusión a escala mundial de las imágenes del drama
humanitario de los kurdos, quienes se habían levantado infructuosamente contra
el régimen de Bagdad, motivando su despiadada represión. El sentimiento de
responsabilidad que las imágenes mediáticas produjeron en EE.UU., Gran Bretaña
y Francia llevó a los tres Estados a promover la famosa Resolución 688 del CSNU
de ayuda humanitaria a los kurdos, y luego a llevarla a la práctica mediante la
operación Provide Comfort.
Anecdóticamente digamos que no deberíamos hablar aquí de “efecto CNN” sino de
“efecto BBC”, porque efectivamente fue la cadena British Broadcasting Corporation, un gigante multimediático cuyas
dimensiones suelen no ser conocidas (34),
la que difundió globalmente el asunto kurdo.
Pero no es la Guerra del
Golfo, ni la operación Provide Comfort,
lo que se considera hoy como paradigma del “efecto CNN”. Por el contrario, ese
lugar ha sido concedido al caso de Somalía. Precisamente, el mismo es un
ejemplo que respalda el enfoque del bypass
desarrollado anteriormente, que podría enunciarse de la siguiente manera: “las posibilidades de un gobierno de
retrasar su toma de decisiones respecto a una operación militar sobre la cual
los MCM transmiten información en tiempo real, hasta tanto se pueda <procesar> tal información, disminuye en la misma medida en que aumentan las
presiones de las audiencias que recibieron simultáneamente la misma
información”.
Para comprender acabadamente este ejemplo, recordemos en qué consistió el caso
somalí.
El 3 de octubre de 1993 las
fuerzas norteamericanas, desplegadas en el marco de la operación UNOSOM-II
iniciada en mayo de 1993, padecieron en Mogadisco una emboscada por parte de las
fuerzas del líder insurgente local Mohammed Farah Aidid. La acción redundó en
un saldo de 13 estadounidenses muertos y otros 75 heridos, amén del secuestro
de un piloto de helicóptero cuyo rostro en prisión fue difundido por los medios
de comunicación de todo el mundo.
Difícilmente este
acontecimiento pueda ser calificado como una derrota lisa y llana de EE.UU.,
teniendo en cuenta que el bando de Aidid sufrió entre 200 y 350 muertos y de
700 a 750 heridos en la acción, según datos del Comité Internacional de la Cruz
Roja (35). Sin embargo, los sucesos
del 3 de octubre repercutieron negativamente en EE.UU., donde la opinión
pública le resto apoyo a la presencia estadounidense en ese estado del Cuerno
de África: si en diciembre de 1992 el 74 % de la población respaldaba el envío
de tropas y otro 64 % confiaba en el éxito de la misión, diez meses después esa
adhesión caía abruptamente al 31 %; el 69 % remanente privilegiaba una retirada
inmediata (43 %) o gradual (26 %).
Desde el Capitolio se exigió
a la Casa Blanca el inmediato retiro militar de esa antigua colonia africana y
una transferencia a la ONU de todo esfuerzo humanitario y de pacificación;
repliegue éste que se consumaría seis meses después. Además se sugirió, aunque
infructuosamente, la modificación de la Ley de Poderes de Guerra (War Powers
Act) de 1973, que otorga al Presidente noventa días para emplear el instrumento
militar en el exterior, antes de obtener aprobación parlamentaria.
En forma casi unánime se
considera hoy a los hechos de Somalía, desde el 3 de octubre de 1993 hasta el
abandono de la misión por parte de EE.UU., como el paradigma del “efecto CNN”.
Hasta alguien reacio a este fenómeno como Jakobsen lo admite, aunque limitando
su influencia al ingreso militar norteamericano a ese país, excluyendo de sus
alcances los motivos y la forma de su salida. Pero la visión mayoritaria
adhiere a lo que expresó por esos momentos el general Colin Powell, titular de
la Junta de Jefes de Estado Mayor (JCS): “hemos
sido traídos a este lugar (Somalía) por las imágenes televisivas; ahora estamos
siendo repelidos por ellas” (36).
Más allá de constituir a
Somalía en el caso paradigmático del “efecto CNN”, las misiones UNOSOM-I/II
serían el anticipo de lo que luego se repetiría en la (ya mencionada) misión
UNAMIR en Ruanda: el fracaso de los grandes MCM en transmitir adecuadamente a
la opinión pública, mediante una cobertura basada en imágenes distribuidas en
tiempo real, las complejas relaciones entre las Fuerzas Armadas y los oficiales
políticos de la ONU; la naturaleza (de basamentos culturales) de la conducta de
los insurgentes locales; la no siempre armoniosa relación entre los militares
desplegados y las ONG`s, etc.
Puede suponerse, con cierto
grado de certeza, que no existe cabal conciencia del llamado “efecto CNN” en
los decisores políticos de muchos Estados que pueden ejecutar operaciones
domésticas o externas con participación de las Fuerzas Armadas. Pero seremos
totalmente infalibles si postulamos que los ocasionales oponentes que enfrenten
las Fuerzas Armadas en algunas de esas operaciones sí podrían conocerlo, e
intentarán capitalizarlo en su favor.
Esta hipótesis está
sustentada en numerosos casos concretos, acontecidos en diversas partes del
mundo, por lo que más que hipótesis deberíamos hablar de “lecciones
aprendidas”.
Un claro caso de
capitalización del “efecto CNN” en contra de las Fuerzas Armadas comprometidas
en una operación, por parte del bando opuesto, se registró durante UNPROFOR. En
esa oportunidad los bosnios bombardearon a los MCM con versiones según las
cuales la esposa del jefe militar de esa operación de paz y responsable directo
del área Sarajevo, el Grl Lewis Mackenzie, era serbia. Durante cierto tiempo
los responsables civiles y militares de la ONU, tanto en el terreno como en
Nueva York, hicieron caso omiso de las versiones porque eran falsas. Sin
embargo, sería el propio militar canadiense quien informaría a sus superiores
que la versión había minado ante la opinión pública bosnia la imparcialidad y
credibilidad de sus tropas, que eran peyorativamente llamadas “los hombres de Mackenzie” (37).
En Haití, los primeros
intentos estadounidenses para desembarcar tropas tras el derrocamiento de Jean
Bertrand Aristide, en 1992, fueron disuadidos por las muchedumbres locales que
anunciaban en sus carteles “una nueva Somalía”; advertencia ésta que los MCM
llevaron a cada hogar de EE.UU. Shamil Basayev, líder de los insurgentes
independentistas chechenos, reveló un magistral manejo de los MCM rusos,
desacreditando al Kremlin y forzándolo a tomar decisiones bajo la presión de la
opinión pública.
Aún mejor manejo mediático
mostró el llamado Subcomandante Marcos,
vocero y líder del Ejército Zapatista de Liberación nacional (EZLN), la
guerrilla que se levantó contra el gobierno federal mexicano desde la región de
Chiapas. El intelectual español Manuel Vázquez Montalbán lo expresó de manera
elocuente, calificando a Marcos como guerrillero
mediático, para agregar: “tal vez (el
Che) Guevara fuera el último
representante de la dramaturgia de la revolución armada, y Marcos el primero de
la revolución televisada” (38).
No hay razones para suponer
que los intentos de manipulación del “efecto CNN” en detrimento de las Fuerzas
Armadas involucradas en una operación, por parte de sus circunstanciales
oponentes, vaya a cesar en el futuro. En un trabajo de estilo novelado que
explora el tipo de operaciones que los uniformados podrían enfrentar en el
futuro, se le hace decir a la contraparte (39):
“Las manifestaciones organizadas y los disturbios ayudaron a enmascarar
nuestros movimientos de tropas y nos abrieron más oportunidades para provocar a
las (Fuerzas Armadas) a que mataran civiles. Cada vez que moría o se lesionaba
a un civil era un suceso que se difundía por los medios de comunicación, como
también cuando las (Fuerzas Armadas) forzosamente inmovilizaron a los niños con
espuma pegajosa desprovista de efectos mortíferos durante una manifestación.
Nos aseguramos que la prensa y televisión cubrieran los incidentes desde el
principio hasta el fin”.
Como hemos visto, en la
actualidad los MCM acceden en tiempo real a las operaciones con empleo de
Fuerzas Armadas, tanto localmente como en el exterior de un Estado. Esta
novedad, consecuencia directa de la presencia de los periodistas en el terreno
donde se desarrollan los acontecimientos, no implica que en toda operación
donde se utilicen Fuerzas Armadas los MCM estarán presentes; sin embargo, sí
indica que tal presencia se hará efectiva cuando la conveniencia mediática (y
no militar ni política) así lo aconseje.
Es imposible calificar in totum esta nueva interacción
MCM-Fuerzas Armadas en términos absolutos de positiva o negativa, ya que el
resultado de ese análisis dependerá de la forma en que los MCM “cuenten la
historia” de la operación. Y en algunas circunstancias, esa manera de “contar
la historia” puede dañar, involuntaria o deliberadamente, la imagen de las
Fuerzas Armadas involucradas ante la opinión pública.
También el poder político al
cual responde el instrumento militar puede verse afectado por el accionar
involuntario o deliberado de los MCS, fenómeno éste que ha dado en llamarse
“efecto CNN” o “guerras CNN”. El “efecto CNN” puede erosionar ante la opinión
pública la legitimidad popular de una operación donde se utilizan Fuerzas
Armadas, o alterar dramáticamente su proceso decisorio, imponiéndole al mismo
el ritmo de la cobertura mediática.
En este contexto, ¿cuáles
son las opciones para las Fuerzas Armadas? A
priori, aparecen dos rumbos alternativos y mutuamente excluyentes: intentar
limitar la cobertura mediática de la operación militar, adoptando una posición
de confrontación, o plantear en nuevos términos la interacción de ambos actores
en el contexto de esa operación.
No requiere mucho esfuerzo
concluir que la alternativa más conveniente es la segunda, sobre todo aceptando
con realismo que todo intento castrense por confrontar con los MCM en relación
a la cobertura de una operación donde participan las Fuerzas Armadas es un
intento contraproducente, pues abre la puerta a acusaciones de cercenamiento de
la libertad de prensa, y de ocultamiento de información a la opinión pública,
por parte del instrumento militar y/o el nivel político.
Además de contraproducente,
el intento castrense de limitar la cobertura de los MCM probablemente sea
estéril. Desde una publicación especializada, se les ha recordado a los
militares proclives a confrontar con los medios que, “por más terapéutico que sea para los oficiales responsables el imponer
restricciones al accionar de los periodistas y, en general, demostrar su desdén
para con los medios (...) guste o no, los medios tienen una mayor influencia
que cualquier otro organismo en amoldar la percepción que tendrá el mundo de
una operación determinada” (40).
Quien expresó esta frase, conviene aclararlo, es un militar.
Los nuevos términos de la
interacción entre MCM y Fuerzas Armadas deben estructurarse sobre una capacidad
real de éstas últimas para influir en la elaboración de los mensajes
televisivos, proveyendo información, imágenes y diálogos de interés para los
MCM, sobre una base de veracidad. Esta postura implica modificar la tradicional
percepción negativa de los militares hacia el periodismo, tornándola en cooperativa.
Implica también, en la medida en que las características de una operación lo
permitan y aconsejen, proveerles a los MCM de la mayor cantidad de información
posible, de la más alta calidad que se pueda; facilitar su desplazamiento y
acceso a diferentes puntos del terreno.
Entre las medidas concretas
que propone Holguín se incluye que los militares se involucren en la formación
de “corresponsales de paz” periodísticos para cubrir determinadas operaciones
militares. En este caso, “corresponsales de paz” no sería meramente una nueva
manera de nombrar a los tradicionales corresponsales de guerra; más allá de
eso, implicaría dotar al periodista de conocimientos respecto al origen,
antecedentes y dinámica de la situación que motiva el empleo del poder militar,
así como de información acerca de cuáles son las vías de resolución posibles.
De esta manera se promueve la interacción entre periodismo y militares (41).
Existen antecedentes
exitosos en la materia. En la Guerra del Golfo los británicos facilitaron la
constitución de un “pool periodistico” integrado por reporteros independientes,
que se sirvieron de la colaboración de las FF.AA. para desplazarse, grabar
imágenes, obtener testimonios e información específica. Otra iniciativa
británica, igualmente exitosa, tendría lugar en Bosnia en 1994, donde al “pool
periodistico” se le agregó un programa de “informacion civil”, que incluía
radio, y el UNPROFOR TV SERVICE.
La Guerra del Golfo muestra
otro antecedente exitoso, esta vez protagonizado por EE.UU.: la decisión de
Hussein de lanzar misiles Scud sobre Israel, con el doble motivo de agredir a
su acérrimo enemigo e instigarlo a involucrarse en el conflicto armado, movida
que podría haber fragmentado la coalición aliada. La Casa Blanca diseñó y
ejecutó su propia política informativa, cuya piedra basal fue el empleo de los
misiles antimisiles Patriot para contrarrestar a los vectores iraquíes. Los
retos y contrarretos de ambas partes en torno a este tema, que fue descripto
como “un diálogo interactivo de imágenes”, finalmente terminarían favoreciendo
la imagen de las FF.AA. estadounidenses ante su ciudadanía, respaldadas por la
impresionante performance operativa de los Patriot.
Más cerca de nuestras
latitudes, en México, la Secretaría de Defensa Nacional (SEDENA) implementó una
serie de medidas que permitieron contrarrestar el despliegue zapatista en los
MCM, y la consecuente erosión de la credibilidad del gobierno federal y el
sector castrense. Dejando de lado el silencio comunicacional que había adoptado
en las primeras fases ulteriores a la revuelta de Chiapas, claramente
contraproducente, se creó una Dirección General de Comunicación Social que
instaló salas de prensa en la zona de conflicto; atendió a los MCM,
proveyéndoles información y facilitando su accionar; capacitó a uniformados en
comunicación social y homogeneizó los discursos de los jefes militares. El
resultado fue ampliamente positivo (42).
En base a estas y otras
“lecciones aprendidas”, ya se encuentran en marcha en diferentes partes del globo
iniciativas para replantear en términos cooperativos la interacción MCM-Fuerzas
Armadas. Sirve como ejemplo, el que brinda Stech en relación a la Fuerza Aérea
estadounidense (USAF), que generó en los albores de los años 90 el concepto de “media spin” (“gira” o “tour”
periodístico). El mismo pondera la colaboración con el periodismo, en una época
en la cual las acciones militares pueden alcanzar una cobertura periodística de
24 horas, dado que un ingrediente esencial para el éxito de una operación militar
es el respaldo del público; toda otra medida tomada por un comandante se
convierte en un acto irresponsable, agrega. Accesoriamente, esta conducta
contribuirá a que los decisores políticos expliquen desde su plano la operación
en cuestión.
En síntesis, un replanteo de
las relaciones entre MCM y Fuerzas Armadas empleadas en operaciones
establecidas por el poder político, incrementa las posibilidades que se
neutralice un “efecto CNN” lesivo a los militares (hipótesis de mínima) o,
mejor aún, que se lo capitalice en términos beneficiosos para los mismos
(hipótesis de máxima). En ambos casos, se registrará un positivo efecto en la
imagen de las Fuerzas Armadas ante la opinión pública. La presencia
periodística de todos modos estará presente y actuará de manera independiente.
Como dice Stech, “si los militares no
cuentan el cómo y porqué de la operación, otros lo harán por ellos, y los
resultados pueden no ser de su agrado” (de los militares).
(01) NYE, Joseph & OWENS, William: "America's Information Edge", Foreign Affairs March/April 1996
(02) ROTHKOPF, David: “In Praise of Cultural Imperialism”, Foreign Policy Nº 107, Summer 1997
(03) STEPHENS, Connie: “The Revolution in Media Affairs: Reinventing U.S. Strategic Communications in the Era of Slobodan Milosevic”, en CHAIRMAN OF THE JOINT CHIEF OF STAFF, STRATEGY ESSAY COMPETITION: Essays 1999, NDU Press, Washington 1999, pp. 3-31
(04) BADSEY, Stephen: “The Media and UN Peacekeeping since the Gulf War”, Journal of Conflict Studies, Spring 1997
(http://ultratext.hil.unb.ca/Texts/JCS/bin/get.cgi?directory=SPR97/articles/&filename=badsey.html)
(05) ECO, Umberto: "Para una guerrilla semiológica", Actualización Política Nº 3, 1992, pp. 11-16
(06) Un caso relativamente reciente de infotainment, que tuvo repercusiones a nivel global, fue el llamado “Sexgate” que involucró al entonces mandatario estadounidense Bill Clinton. En una suerte de mea culpa, la cadena CNN calificó a la cobertura mediática de ese asunto como “Media Madness” (la locura de los MCM), en alusión al énfasis en el sensacionalismo de las noticias, antes que en su rigor; este privilegio por el sensacionalismo fomentó la proliferación de rumores y trascendidos con jerarquía de primicias “chequeadas” (incluyendo la propia renuncia de Clinton), que debían ser desmentidas por los MCM apenas horas después de su difusión. Para un tratamiento de este tema, ver BARON, Ana: “Prensa apurada, primicias falsas” y LANDI, Oscar: “El torbellino mediático”, ambos en Clarín 15 de febrero de 1998, suplemento informativo, pp. 6-7
(07) TOFFLER, Alvin: "Los Creadores de Imágenes", Actualización Política Nº 3, 1992, pp. 26-34
(08) TOFFLER, Alvin & MORIN, Edgar: "Los dueños del saber planetario", entrevista en El País 10 de febrero de 1994, suplemento Temas de Nuestra Época, pp.16-18
(09) ECO, op.cit.
(10) KUNDERA, Milán: "La Imagología", Actualización Política Nº 3, 1992, pp. 47-50
(11) SARTORI, Giovanni: Homo Videns. La Sociedad Teledirigida, Santillana S.A. Taurus, Madrid 1998
(12) Conviene aclarar que, aún cuando Sartori asigna a la televisión una gran parte de las responsabilidades en la degradación de la opinión pública, también incluye en este proceso a la formación familiar y a la educación.
(13) En base a RODOTÁ, Stefano: “La Soberanía en el Tiempo de la Tecnopolítica”, en BERGALLI, Roberto & RESTA, Eligio: Soberanía: un principio que se derrumba, Paidós, Barcelona 1996, pp. 33-56
(14) Hay otros cuatro efectos, derivados del que se ha señalado: como consecuencia de lo anterior, disminuye el valor del llamado clientelismo político; pierden importancia los partidos políticos, como propietarios de las ideas que promueve el candidato; el aprendizaje político de los ciudadanos no se efectúa a través de los partidos políticos; por último, se crean “de la nada” figuras políticas, que reemplazan la tradicional militancia política por su aparición en los grandes medios de comunicación.
(15) El cálculo corresponde al periodista Martin Bell, basándose en todos los conflictos armados que azotaron los Balcanes durante la última década, incluyendo Kosovo. En RAI, Ajai: “Media at War: Issues and Limitations”, Strategic Analysis XXIV:9, December 2000, pp. 1681-1694
(16) HOLGUIN, Lina María: “The Media in Modern Peacekeeping”, Peace Review 10:4, December 1998, pp. 639-645
(17) HOLGUIN, op.cit. La periodista de referencia es Sylvana Foa.
(18) RAI, op.cit.
(19) NEAL, Richard: “Planning for Tomorrow's Conflicts: A Recipe For Success”, Naval War College Review, L:4, Autumn 1997
(20) RIVERA, Jorge: “La tecnología domina al mundo”, El País 2 de abril de 1993, Supl. Cultural, p.7
(21) SAVOOR, Namrata: “Parachute Journalism” hurts World News Overseas, The Freedom Forum, May 30, 2001 (http://www.freedomforum.org/templates/document.asp?documentID=14034)
(22) UTLEY, Garrick: “The Shrinking of Foreign News”, Foreign Affairs 76:2, March-April 1997, pp. 2-10
(23) GRUNWALD, Henry: “The Post-Cold War Press”, Foreign Affairs 72:3, Summer 1993, pag. 12-16
Ya hemos tratado in extenso la incidencia del periodismo en la incomprensión de los conflictos intraestales de la post Guerra Fría en trabajos anteriores. Ver BARTOLOMÉ, Mariano: La Seguridad Internacional en el año 10 DC (después de la Guerra Fría), Instituto de Publicaciones Navales, Buenos Aires 1999, p. 95 y ss; y BARTOLOMÉ, Mariano: “Conflictos Intraestatales de raíz étnica: factores de incidencia, gobernabilidad y opciones posibles”, Boletín de la Sociedad Argentina de Análisis Político Nº 10, Otoño 2000, pp. 7-36 (http://www.oocities.org/mcbartolome/Saap10-00.htm)
(24) Personalmente, considero que esta apreciación de Jakobsen sobre la diplomacia preventiva es aplicable a las operaciones de paz tradicionales, es decir a las “operaciones de mantenimiento de paz” (peacekeeping), hoy también consideradas como “operaciones de primera generación”.
(25) JAKOBSEN, Peter Viggo: “Focus on the CNN Effect Misses the Point: The Real Media Impact on Conflict Management is Invisible and Indirect”, Journal of Peace Research 37:2, March 2000, pp. 131-143
(26) KAPLAN, Robert: “Fort Leavenworth and the Eclipse of Nationhood”, The Atlantic Monthly 278:3, September 1996, pp. 74-90
(27) DIXON, Paul: “Britain´s Vietnam Syndrome? Public Opinion and British Military Intervention from Palestine to Yugoslavia”, Review of International Studies 26:1 (2000), pp. 99-121
(28) BADSEY, op.cit.
(29) JAKOBSEN, op.cit. También en TUCKER, David: “Fighting Barbarians”, Parameters, Summer 1998, pp. 69-79
(30) AMERICA`S DEFENCE MONITOR: The "CNN Effect:" TV and Foreign Policy, show transcript, produced by the Center for Defense Information (CDI), May 7, 1995. Show Number: 834
(31) STECH, Frank: “Winning CNN Wars”, Parameters, Autumn 1994, pp. 37-56 (http://carlisle-www.army.mil/usawc/parameters/1994/stech.htm)
(32) Se habla del efecto en la conducción de las operaciones militares estadounidenses de las imágenes de la llamada “carretera de la muerte”, autopista donde las fuerzas motorizadas y mecanizadas de Hussein fueron diezmadas por la aviación norteamericana. Más concretamente, se habla del negativo efecto que tuvieron esas imágenes en el respaldo de la población de EE.UU. a la continuación de la ofensiva. Pero la ofensiva se detuvo por decisión política bajo influencia de esas imágenes, pero antes de que las mismas hubieran generado el previsible impacto negativo en la opinión pública. En otras palabras: se actuó previendo un “efecto CNN”, pero antes de que tuviera lugar, neutralizándolo.
(33) KOHUT, Andrew & TOTH, Robert: “The People, the Press and the Use of Force”, en The United States and the Use of Force in the Post-Cold War Era, an Aspen Strategy Group Report, The Aspen Institute, Queensland (MA) 1995, pp. 133-170
(34) Operando ininterrumpidamente desde 1922, la BBC es considerado uno de los más importantes medios informativos mundiales. En 1997 su audiencia global fue calculada en 133 millones de personas. Transmite en 44 idiomas, cuenta con un servicio informativo “a pedido” (Newslife) y su International Report, por suscripción, se alimenta con más de 600 fuentes periodísticas de más de 70 idiomas.
(35) No obstante, por su costo en bajas por efectivo (70 %), este episodio superó a los registrados en el último decenio de la Guerra de Vietnam, encontrando como antecedente más cercano la batalla del valle indochino de Drang, en 1965.
(36) BADSEY, op.cit.
(37) En noviembre de 1992, los bosnios aseguraban a los MCM que Mackenzie había rapado, y luego asesinado, a tres mujeres musulmanas extraídas de un campo de refugiados serbio. Intencionalmente, se difundió esta noticia mientras se celebraba una conferencia islámica en Arabia Saudita, con asistencia de una delegación bosnia.
(38) VÁZQUEZ MONTALBÁN, Manuel: “Prólogo. Notas sobre globalizadores y globalizados”, en VV.AA.: Geopolítica del Caos, Le Monde Diplomatique/Temas de Debate, Barcelona 1999, p.15
(39) HOUSE, John: “El Enemigo Después del Próximo”, Military Review Septiembre-Octubre 1998, p.12 y ss.
(40) YATES, Lawrence: “Operaciones de Estabilidad y Apoyo: Analogías, Patrones y Temas Repetidos”, Military Review Enero-Febrero 1998, p.2 y ss.
(41) HOLGUIN, op.cit
(42) SIERRA, Jorge Luis: Estrategia comunicacional del Ejército en el conflicto armado de Chiapas, Research and Education in Defense and Security (REDES) 2001 Seminar, Center for Hemispheric Defense Studies (CHDS), Washington DC, May 22-25, 2001