Infancia
(1936-1946)

Dorita vistiendo traje de novia; año 1935. FOTO: mvargasllosa.com

Retrato del padre que acompañó muchos años la niñez de Mario. FOTO: mvargasllosa.com

Él es Ernesto J. Vargas Maldonado, padre de Mario. FOTO: Archivo Max Silva Tuesta.
El libro de memorias El pez en el agua (1993) es fundamental para conocer estos primeros años de las vidas, el noviazgo, ocupaciones, y problemas de los padres de Mario. De estas memorias están tomadas todas las citas a continuación:

«Mi madre tenía diecinueve años. Había ido a Tacna acompañando a mi abuelita Carmen —que era tacneña— desde Arequipa, donde vivía la familia, para asistir al matrimonio de algún pariente, aquel 10 de marzo de 1934, cuando, en lo que debía ser un precario y recientísimo aeropuerto de esa pequeña ciudad de provincia, alguien le presentó al encargado de la estación de radio de Panagra, versión primigenia de la Panamerican: Ernesto J. Vargas. Él tenía veintinueve años y era muy buen mozo. Mi madre quedó prendada de él desde ese instante y para siempre. Y él debió enamorarse también, pues, cuando, luego de unas semanas de vacaciones tacneñas, ella volvió a Arequipa, le escribió varias cartas e, incluso, hizo un viaje a despedirse de ella al trasladarlo la Panagra al Ecuador. En esa brevísima visita a Arequipa se hicieron formalmente novios. El noviazgo fue epistolar; no volvieron a verse hasta un año después, cuando mi padre —al que la Panagra acababa de mutar de nuevo, ahora a Lima— reapareció por Arequipa para la boda. Se casaron el 4 de junio de 1935, en la casa donde vivían los abuelos, en el bulevar Parra, adornada primorosamente para la ocasión, y en la foto que sobrevivió (me la mostrarían muchos años después), se ve a Dorita posando con su vestido blanco de larga cola y tules traslúcidos, con una expresión nada radiante, más bien grave, y en sus grandes ojos oscuros una sombra inquisitiva sobre lo que le depararía el porvenir.

Lo que le deparó fue un desastre. Después de la boda, viajaron a Lima de inmediato, donde mi padre era radiooperador de la Panagra. Vivían en una casita de la calle Alfonso Ugarte, en Miraflores. Desde el primer momento, él sacó a traslucir lo que la familia Llosa llamaría, eufemísticamente, «el mal carácter de Ernesto». Dorita fue sometida a un régimen carcelario, prohibida de frecuentar amigos y, sobre todo, parientes, obligada a permanecer siempre en la casa. Las únicas salidas las hacía acompañada de mi padre y consistían en ir a algún cinema o a visitar al cuñado mayor, César, y a su esposa Orieli, que vivían también en Miraflores. Las escenas de celos se sucedían por cualquier pretexto y a veces sin pretexto y podían degenerar en violencias.(...) » Este pasaje, obviando los actos de violencia, recuerdan mucho a los primeros tiempos del matrimonio de Mario y Julia, en Lima, que ésta cuenta en sus memorias Lo que Varguitas no dijo. El mismo Mario admite que en esos primeros tiempos con Julia, padeció continuos "celos retrospectivos." 

«Mi madre quedó embarazada, esperándome, a poco de casarse. Esos primeros meses de embarazo los pasó sola en Lima, con la compañía eventual de su cuñada Orieli. Las peleas domésticas se sucedían y la vida para mi madre era muy difícil, pese a lo cual su apasionado amor a mi padre no disminuyó. Un día, desde Arequipa, la abuelita Carmen anunció que vendría a estar al lado de mi madre durante el parto. Mi padre había sido encargado de ir a La Paz a abrir la oficina de Panagra. Como la cosa más natural del mundo dijo a su mujer: «Anda tú a tener el bebe a Arequipa, más bien.» Y arregló todo de tal manera que mi madre no pudo sospechar lo que tramaba. Aquella mañana de noviembre de 1935, se despidió como un marido cariñoso de su esposa embarazada de cinco meses.»

Ella es Dora Llosa Ureta, madre de Mario. FOTO: Archivo Max Silva Tuesta.

«Nunca más llamó ni le escribió ni dio señales de vida, hasta diez años después, es decir, hasta muy poco antes de esa tarde en que, en el malecón Eguiguren de Piura, mi mamá me revelaba que el padre al que yo hasta entonces había creído en el cielo, estaba aún en esta tierra, vivo y coleando. (...) »

«Menos mal que el abuelito Pedro, la abuela Carmen, la Mamaé y todos sus hermanos se habían portado tan bien. Acariñándola, protegiéndola y haciéndole sentir que, aunque había perdido a su marido, siempre tendría un hogar y una familia. (...)»

Sobre los motivos que produjeron la separación de Ernesto de Dora, Mario escribe:

«Más íntima y decisiva que su mal carácter o que sus celos, estropeó su vida con mi madre la sensación, que nunca lo abandonó, de que ella venía de un mundo de apellidos que sonaban -esas familias arequipeñas que se preciaban de sus abolengos españoles, de sus buenas maneras, de su hablar castizo-, es decir, de un mundo superior al de su familia, empobrecida y desbaratada por la política. (...) »

«En el segundo piso de la casa del bulevar Parra, donde vivían los abuelos, nací en la madrugada del 28 de marzo de 1936, después de largo y doloroso alumbramiento. El abuelo envió un telegrama a mi padre, a través de la Panagra, anunciándole mi venida al mundo. No respondió, ni tampoco una carta que mi madre le escribió contándole que me habían bautizado con el nombre de Mario.»

Los abuelos Llosa: Carmen Ureta de Llosa y Pedro Llosa Bustamante. FOTO: mvargasllosa.com

     En el diario La República de Lima, fechado el 13 de abril de 1984, apareció un horóscopo de Mario hecho por el poeta Rodolfo Hinostroza, donde éste especifica que Mario nació a las 00:45am. 

Poco después, a través de un pariente y abogados, Ernesto y Dora se divorciaron por consenso. La madre de Mario, sin embargo, seguiría enamorada de Ernesto cuando ambos se reunieran en Piura, con Mario de diez años.

«Ese primer año de vida, el único que he pasado en la ciudad donde nací y del que nada recuerdo, fue un año infernal para mi madre así como para los abuelos y el resto de la familia —una familia prototípica de la burguesía arequipeña, en todo lo que la expresión tiene de conservador—, que compartían la vergüenza de la hija abandonada y, ahora, madre de un hijo sin padre. Para la sociedad de Arequipa, prejuiciosa y pacata, el misterio de lo ocurrido a Dorita excitaba las habladurías. Mi madre no ponía los pies en la calle, salvo para ir a la iglesia, y se dedicó a cuidar al niño recién nacido, secundada por mi abuela y la Mamaé qúe hicieron del primer nieto la persona mimada de la casa.

«Un año después de nacido yo, el abuelo firmó un contrato de diez años con la familia Said para ir a trabajar unas tierras que ésta acababa de adquirir en Bolivia, cerca de Santa Cruz —la hacienda de Saipina— donde quería introducir el cultivo del algodón, que aquél había sembrado con éxito en Camaná. Aunque nunca me lo dijeron, nadie puede quitarme de la cabeza que la infortunada historia de su hija mayor, y la tremenda incomodidad que les causaba el abandono y el divorcio de mi madre, impulsaron al abuelo a aceptar aquel trabajo que sacó a la familia de Arequipa, adonde nunca volvería. «Fue para mí un gran alivio ir a otro país, a otra ciudad, donde la gente me dejara en paz», dice mi madre de aquella mudanza.»

«La familia Llosa se trasladó a Cochabamba, entonces una ciudad más vivible que el pueblecito minúsculo y aislado que era Santa Cruz, y se instaló en una enorme casa de la calle Ladislao Cabrera, en la que transcurrió toda mi infancia. La recuerdo como un Edén. (...)

Mario en brazos de Dorita, tenía meses de nacido. FOTO: vargasllosa.com

«La casa era enorme pues cabíamos en ella, con cuartos propios, los abuelos, la Mamaé, mi mamá y yo, mis tíos Laura y Juan y sus hijas Nancy y Gladys, los tíos Lucho y Jorge, y el tío Pedro, que estudiaba medicina en Chile pero venía a pasar vacaciones con nosotros. Y, además, las sirvientas y la cocinera, nunca menos de tres. En aquella casa fui engreído y consentido hasta unos extremos que hicieron de mí un pequeño monstruo. El engreimiento se debía a que era el primer nieto para los abuelos y el primer sobrino de los tíos, y también a ser el hijo dela pobre Dorita, un niño sin papá. El no tener papá, o, mejor dicho, que mi papá estuviera en el cielo, no era algo que me atormentara; al contrario, esa condición me confería un status privilegiado, y la falta de un papá verdadero había sido compensada cón varios sustitutorios: el abuelo y los tíos Juan, Lucho, Jorge y Pedro. (...)» Sobre su niñez en Cochabamba ha escrito un largo artículo titulado Semilla de los sueños, publicado en Letras Libres en noviembre del 2000. Puede leerlo haciendo clic en el título.

«Mis diabluras hicieron que mi mamá me matriculara en La Salle a los cinco años, uno antes de lo que recomendaban los Hermanos. Aprendí a leer poco después, en la clase del hermano Justiniano, y esto, lo más importante que me pasó en la vida hasta aquella tarde del malecón Eguiguren, sosegó en algo mis ímpetus. Pues la lectura de los Billikens, Penecas, y toda clase de historietas y libros de aventuras se convirtió en una ocupación apasionante, que me tenía quieto muchas horas. Pero la lectura no me impedía los juegos y era capaz de invitar a toda mi clase a tomar el té a la casa, excesos que la abuelita Carmen y la Mamaé, a quienes si Dios y el cielo existen espero hayan premiado adecuadamente, soportaban sin chistar, preparando con afán los panes con mantequilla, los refrescos y el café con leche para todo ese enjambre. (...)»

«Mientras estuve en Bolivia, hasta fines de 1945, creí en los juguetes del Niño Dios, y en que las cigüeñas traían a los bebes del cielo, y no cruzó por mi cabeza uno solo de aquellos que los confesores llamaban malos pensamientos; ellos aparecieron después, cuando ya vivía en Lima. Era un niño travieso y llorón, pero inocente como un lirio. Y devotamente religioso. Recuerdo el día de mi primera comunión como un hermoso acontecimiento; las clases preparatorias que nos dio, cada tarde, el hermano Agustín, director de La Salle, en la capilla del colegio y la emocionante ceremonia —yo con mi vestido blanco para la ocasión y toda la familia presente— en que recibí la hostia de manos del obispo de Cochabamba, imponente figura envuelta en túnicas moradas cuya mano yo me precipitaba a besar cuando lo cruzaba en la calle o cuando aparecía por la casa de Ladislao Cabrera (que era, también, el consulado del Perú, cargo que el abuelo había asumido ad honórem). »

Con ocho años, el día de suprimera comunión en Cochabamba (Bolivia). FOTO: "Vargas Llosa. El vicio de escribir"

Con sus compañeros de 4° grado en el Colegio De La Salle. Cochabamba, Bolivia, 1945. FOTO: "Diálogo con Vargas Llosa por Ricardo A. Setti" (1988)

Mario estudia los cuatro primeros años de primaria en el La Salle de Cochabamba. "Recuerdo las aventuras de La Sombra, de El Enmascarado Solitario [las películas seriales que daban tres episodios por semana]. Un hecho central de esa época es también por supuesto el descubrimiento de la lectura. Yo aprendí a leer a los cinco años en el colegio La Salle de Cochabamba. La lectura para mí se convirtió en una experiencia fascinante, obsesiva. Antes de cada Navidad, que era otro momento maravilloso del año, yo recuerdo que pedía siempre que el niño Dios me trajera libros. Recuerdo haberme despertado algún 25 de diciembre con la cama rodeada de libros, una escena inolvidable. Todos mis tíos me regalaban libros, especialmente novelas. Estaba Karl May, el alemán que contaba historias del Lejano Oeste, un Oeste que nunca visitó. Después estaba Emilio Salgari con novelas como Sandokán. También me acuerdo mucho de las dos revistas que circulaban por toda América Latina en ese tiempo. La argentina Billiken y la chilena Peneca. Eran revistas para leer, de cuentos y seriales; no eran revistas de dibujitos." (MVLL. La vida en movimiento, UPC, Lima, 2003.)

«Mi madre me alentaba mucho la afición a la lectura. Ella tenía en su velador Veinte poemas de amor y una canción desesperada de Neruda, que me había prohibido que leyera. Y todavía recuerdo que leí con un poco de miedo el primer poema donde había un verso sorprendente, "y hace saltar el hijo del fondo de la tierra". Yo era totalmente inocente, yo no tenía idea de cómo venían los niños al mundo, ni nada de eso y ese verso me provocaba cierta angustia porque lo asociaba a algo inquietante y sucio.»

«A la distancia, incluso los malos recuerdos de Cochabamba parecen buenos. Fueron dos: la operación de amígdalas y el perro danés del garaje de un alemán, el señor Beckmann, situado frente a la casa de Ladislao Cabrera. Me llevaron con engaños al consultorio del doctor Sáenz Peña, como a una visita más de las que le hice debido a mis fiebres y dolores de garganta, y allí me sentaron sobre las rodillas de un enfermero que me aprisionó en sus brazos, mientras el doctor Sáenz Peña me abría la boca y me echaba en ella un poco de éter, con un chisguete parecido al que llevaban mis tíos a las fiestas de carnavales. Después, mientras convalecía entre los mimos de la abuelita Carmen y la Mamaé, me permitieron tomar muchos helados. (Al parecer, durante esa operación con anestesia local, chillé y me moví, estorbando el trabajo del cirujano, el que dio mal los tajos y me dejó pedazos de amígdalas. Éstas se reprodujeron y ahora las tengo de nuevo completas.)

«El gran danés del señor Beckmann me fascinaba y aterraba. Lo tenían amarrado y sus ladridos atronaban mis pesadillas. En una época, Jorge, el menor de mis tíos, guardaba su auto en las noches en ese garaje y yo lo acompañaba, paladeando la idea de lo que ocurriría si el gran danés del señor Beckniann se soltaba. Una noche se abalanzó sobre nosotros. Nos echamos a correr. El animal nos persiguió, nos alcanzó ya en la calle y a mí me desgarró el fondillo del pantalón. La mordedura fue superficial, pero la excitación y las versiones dramáticas que de ella di a los compañeros de colegio duraron semanas.(...)» Este gran danés puede muy bien haber inspirado al perro "Judas" de su novela breve Los cachorros.

 
Mario y su madre. Washington, mayo de 1994. FOTO: Rosario de Bedoya.
«Apenas asumió la presidencia,.el tío José Luis [Bustamante y Rivero, elegido presidente del Perú, que ejerció de 1945 a 1948, año en que fue derrocado por Odría] le ofreció al abuelo ser cónsul del Perú en Anca o prefecto de Piura. El abuelito —cuyo contrato con los Said se acababa de cumplir— eligió Piura. Partió casi de inmediato y dejó al resto de la familia la tarea de deshacer la casa. Nos quedamos allí hasta fines de 1945, de modo que yo y mis primas Nancy y Gladys pudiéramos dar los exámenes de fin de año. Tengo una borrosa idea de esos últimos meses en Bolivia, de la interminable sucesión de visitas que venían a decir adiós a esa familia Llosa, que, en muchos sentidos, era ya cochabambina: el tío Lucho se había casado con la tía Olga, quien, aunque chilena de nacimiento, era boliviana de familia y corazón, y el tío Jorge con la tía Gaby, ella sí boliviana por sus cuatro costados. Y, además, la familia había crecido en Cochabamba. A la primera hija del tío Lucho y la tía Olga, Wanda [hermana de Patricia, actual esposa y madre de los hijos de Mario], que nació en la casa de Ladislao Cabrera, me aseguran que yo intenté verla venir al mundo subiéndome a espiar su nacimiento a uno de esos altos árboles del primer patio, del que me bajó el tío Lucho de una oreja. Pero no debe ser cierto, pues no lo recuerdo, o si lo es, no llegué a enterarme de gran cosa, porque, ya lo he dicho, salí de Bolivia convencido de que los niños se encargaban al cielo y los traían al mundo las cigüeñas.»

Cursa el quinto grado de primaria en el colegio Salesiano de Piura. En el libro MVLL. La vida en movimiento, Mario recuerda que "Haber llegado al Perú me producía una gran exaltación pero también era un hecho alog traumático porque en el colegio se reían de mi manera de hablar. Yo hablaba como serrano. Por entonces descubrí el origen de los bebes. Recuerdo que un día con los Artadi, con el gordo [Javier] Silva, y con Jorge Salmón bañándonos en el río de Piura, los oí hablar de cómo venían los niños al mundo. Yo me quedé absolutamente consternado  porque descubrí que los hombres y las mujeres hacían esas porquerías. Fue traumático." 

En este mismo libro, Mario comenta su hábito de lector: "En Piura leía muchísimo. Era un loco de la lectura, leía mucho más que en Bolivia. En la librería de la señora Ramos Santolaya, yo era un comprador sistemático de libros (...) leía maravillado la serie inglesa de Guillermo. Guillermo era un niño más o menos de mi edad que tiene unas relaciones maravillosas con su abuelo, con el que comparte toda clase de travesuras. (...) En Piura ya empecé a escribir poemitas que me hacían recitar en la casa de los abuelos. Mi mamá se reía mucho con mis poemas (...) Mi mamá me alentaba mucho, y también mi tío Lucho que había escrito versos de joven. Yo lo descubrí cuando me recitó unos poemas. Le pregunté de quién eran. No los identificó y entonces descubrí que eran suyos."

En 1946, Dorita lleva a su hijo Mario a conocer a su padre. El episodio del encuentro con su padre afecta de forma definitiva el destino de este niño que cambia los mimos y engreimientos de su madre, tíos y abuelos por una disciplina de hierro. La ausencia del padre y el brusco encuentro con éste, han influido en el escritor profundamente, e incluso varios de sus personajes ficticios (Richi en La ciudad y los perros, Ambrosio en Conversación en La Catedral, Mayta en Historia de Mayta) tienen los mismos conflictos.

Mario y los padres de éste viajan a Lima, donde se quedan a vivir, y donde empezarían otra vez las confrontaciones.

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