| MARIPOSAS Yo fui la primera en llegar al gran Salón Vacío donde siempre nos reuníamos. Nos encantaba jugar con nuestros insectos favoritos. El día que Karenina cumplió 16, habíamos decidido hacerle una fiesta sorpresa. Entonces le pedimos a la Anciana que nos trajera un buen costal de libélulas para que lo festejáramos en grande. Ese día recuerdo que me senté a esperar a mis amigas en el césped, disfrutando del paraje tranquilo y acariciando mis insectos mientras ellas iban llegando. Brenda y Sueño llagaron juntas; Mayra, Citlali y Cynthia cada una por su lado. Ahí fue cuando empezamos la costumbre de presumir nuestros insectos o algún bicho que nos hayamos encontrado en el camino. Esa era nuestra manera de saludarnos. - ¡Miren, miren, un escarabajo! -Dijo Sueño que tenía prendido de la manga un mayate verdeazul que aún estaba vivo. Lo amarramos de una pata al hilo y lo echamos a volar como cometa en derredor a nosotras, mientras llegaban las demás chicas. Citlali era muy tierna, siempre acostumbraba atrapar de entre la hierba el mayor número de mariquitas que encontrara a su paso. Y el día de hoy no era la excepción, pues ella venía por la vereda abrazando sus insectos y entonando con su fina voz las canciones más poéticas y melodiosas. Cynthia llegaba siempre con un insecto distinto. Ese día traía dos abejorros atados a las orejas, como aretes vivientes que zumbaban cadenciosos. Ella era muy ideática, nos contaba los chistes y fantasías más estrambóticas y generalmente todo lo que nos contaba ya lo había hecho antes o lo estaba por hacer. Brenda aún era virgen, por eso le encantaban las ninfas de mariposa que aún no terminaban su metamorfosis. Ella adivinaba las cartas, las manos y el cabello de las personas en el tianguis esotérico del pueblo. Mayra llagaba siempre con sus tarántulas vivas y sus tarántulas muertas. Las vivas seducían a las muertas. Y como era obvio, ella desnudaba muertos, los disfrazaba y los maquillaba antes de sepultarlos y cuidarlos por las noches. Y por último: YO. Había llegado radiante con mi ciempiés favorito. Me llenaba de fascinación la danza de sus patitas por todo mi cuerpo, hasta llevarme al clímax con uno sólo de sus cosquilleos danzantes. Por eso, cuando ellas me encontraron desnuda acostada en el césped, me reprendieron disgustadas y me vistieron para que fuéramos por Karenina a festejarle. Karenina no estaba en casa. Se nos ocurrió que podría estar internada en el bosque al otro lado del lago... Y fuimos corriendo todas juntas, acompañadas por nuestros insectos pendiendo del cuello. Allá la encontramos cortando girasoles de la hierba. Sus lágrimas se confundían con el rocío de las flores, Karenina estaba llorando. Nos acercamos a preguntarle por qué sollozaba, ella nos calló para que no preguntáramos, pero Brenda limpió su rostro, abrió una bolsa y posó en su hombro una bella oruga para que no llorara más. - ¿Por qué lloras, si hoy es tu cumpleaños? -Le dije con voz acariciante en sus manos. - No me hagan caso, es una simplada... Se me perdieron todos mis insectos, incluyendo las monarcas primitivas que atrapé en el bosque. - ¡Tus mariposas! -Se lamentó Sueño con tristeza. - Si se escaparon deben andar por aquí, ¡pronto!, vamos a buscarlas -Dijo Cynthia ansiosamente. - No, ya las busqué por todos lados, algo les ha de haber pasado. - ¿Y por qué no vamos al bosque del tiempo?, ahí debe quedar alguna -Insistió Cytlali con premura. ¡Siempre encontramos especies extintas ahí! - No será lo mismo -Interrumpió-, y si acaso hubiera alguna, ya estaría muerta por las granizadas de ayer. ¡Mis mariposas!. Todo este tiempo las había cuidado como mi vida, eran muy frágiles, cómo iba a dejar que se escaparan -Terminó llorando desolada y sin consuelo. - Pequeña, ya no llores -Le habló Mayra dulcemente-, nosotras buscaremos hasta el fin del mundo, pero ellas volverán a estar contigo; y si no son las mismas, ten por seguro que serán tan antiguas y primitivas como las tuyas, eso te lo aseguro. - No lo sé, las quería mucho -Dijo mientras nosotras nos mirábamos planeando mutuamente. - ¡Pero ya no llores y vamos al Salón, que hoy es día de festejar! - ¡Vamos, vamos! No hablamos más del asunto, las mariposas eran especiales, eran únicas, y por lo tanto sabíamos quién podía solucionarnos el problema...: La Anciana del Bosque Oscuro. Ya de regreso corríamos cantando y brincando, mimábamos a la agraciada y le entonábamos festejos; la besábamos mientras ella dulcemente acariciaba la oruga que le habíamos regalado. Llegamos al Salón, Citlali abrió la puerta, nos encerramos y ya dentro comenzamos a gritarle a los ecos de las paredes gigantescas y después nos desnudamos para sentirnos parte de nuestra propia naturaleza. Y comenzamos a danzar en redondel, cantando las melodías que más nos gustaban. Al momento, Mayra propuso que jugáramos a acariciarnos y a perseguirnos mientras llegaba la comida, pero en ese momento Citlali entró con un pastel de 16 velitas encendidas y lo puso en el suelo para que todas le cantáramos 'Las Mañanitas'. Después tocaron a la puerta y la Anciana entró con un gran costal que se abrió de inmediato. Entonces, comenzaron a salir cientos y cientos de libélulas y todas nos pusimos a gritar como locas de alegría. Todo el salón se inundaba de libélulas y caballitos del diablo y nosotras nos perdíamos entre sus vuelos y zumbidos infinitos. - ¿Estás feliz Karenina? -Dijo la Anciana antes de irse- Supe lo de tus insectos... Ya no estés triste. Aquella vez festejamos toda la noche y la pasamos como nunca. Fue increíble. Cynthia nos contó historias que iban a suceder en lugares enigmáticos. Citlali entonó canciones góticas y olmecas, Mayra organizó el juego de gestar al niño, Brenda se embarazó y Sueño lo parió. Después Brenda nos leyó las líneas del cerebro y por último YO, que les recité el Manual del Beso, les di a beber brebajes de antisoledad y uno para crecer por dentro y no envejecer por fuera. A partir de entonces nuestra amistad se hizo más y más estrecha, y ayudó a que nos viéramos cada vez con más frecuencia. Al día siguiente volvieron a tocar a la puerta, sabíamos que ellas alumbran a partir de las ocho de la noche, así que nos quedamos a oscuras y la Anciana llegó abriendo el costal, para dejar salir a miles de luciérnagas que comenzaron a alumbrarnos. Éramos como diosas gigantescas viajando en las estrellas, era una fiesta de luces y cariños mutuos. Las luciérnagas recibían nuestros abrazos, nuestros besitos y se dejaban poner como adorno en nuestros cuerpos. Y las demás volaban por todo el Salón acariciándonos. - ¿Cómo hará la Vieja para darnos gusto? -Preguntó Sueño. -No lo sé. Lo único que sé es que su abuela también lo hacía -Contestó Brenda. - Pero... ¿con quién? -Preguntó Mayra. - Pues con otras chicas, ¡por supuesto!. No creo que hayamos sido las únicas - Dijo Citlali. - Si, pero yo nunca he sabido con quiénes -Terminó diciendo Karenina. Así era. La Anciana siempre nos daba gusto. No importaba de dónde era ni cómo las conseguía, eso no era impedimento para que sintiéramos un gran cariño por ella. Cada día nos desnudábamos con prisa, y los días que siguieron nos llevó a cada una nuestros insectos favoritos. Un día le trajo mayates a Sueño y varias bolas de hilo para que los amarramos de las patitas y los hiciéramos volar como papalotes vivientes. Después llegó cargando a cuestas docenas de tulipanes con mariquitas y catarinas dentro; ese día comimos pétalos de flores y dormimos cobijadas por un manto de aromas exquisitos. Luego llegaron los millones de ciempiés para mí y un costal repleto de hormigas para Cynthia. Al día siguiente le trajo a Mayra cientos de arañitas patonas con sus respectivos huevecillos, y telarañas para hacer con ellas nuestros propios vestidos, para cuidar a las crías en nuestros trajes. Pero entonces, como a Mayra le encantaba la muerte, comenzó a tragarse las arañitas que iban naciendo, o aplastaba los huevecillos para devorarlas en plena gestación entre sus dientes. La reprendimos y ella se puso a reír con finas sonrisas, al tiempo que nos besaba a todas juntas. Luego siguieron los escarabajos hércules, las termitas y más hormigas rojas para Cynthia. Cada día era un insecto distinto. Día a día nos saciábamos más de nuestros gustos insectivos. Los mosquitos llegaron después, luego fueron los extraños insectos transparentes, mariposas, los gusanos quemadores y trescientos escorpiones. A cada día de cada semana éramos más y más felices. Nos desnudábamos y nos excitábamos hasta el punto del clímax entre el festín de insectos... ¿Y la Ancianita...? Un día llegó presumiéndonos su roca de ámbar con un mosquito adentro. Lo quisimos tocar y le preguntamos que cómo hacía para seguir viviendo ahí aun estando encerrado, pero ese secreto no era para nosotros porque era el único, porque era de ella. En su lugar nos dijo que asomáramos nuestras miradas al costal que ya se veía zumbar y moverse. Nos acercamos... y entonces encontramos a millones de mantis religiosas orando anárquicamente, desesperadas por salir del claustro. Le suplicamos, le imploramos a la Anciana que las soltara, ella las dejó salir y comenzaron a correr por el suelo y las paredes de todo el Salón. - No hacen daño -Dijo la Anciana-, tienen voto de pureza, lo he comprobado. - ¡Cuidado!, no las vayan a pisar -Aconsejé complaciente y llena de espasmos. Entonces dejamos que se nos subieran, creo que era la primera vez que ellas tocaban cuerpos femeninos. No quisimos reírnos para que ellas no se asustaran y pudieran caminar sutilmente sobre nuestras pieles. Sueño me miraba enamorada con una sonrisa y todas bailábamos cadenciosamente, inundadas hasta el tope por el éxtasis de las plegarias y los vuelos. En ese momento, Karenina comenzó a llorar y de inmediato abandonamos el disfrute. Todas callamos, nadie hablaba. La mirábamos intrigadas con ojos de ternura, ninguna de nosotras había notado que ella no era feliz; ella era más sensible, más pura, más pensante aunque le gustara todo lo que a nosotras nos gustaba. Pero últimamente ya no le habían agradado nuestros juegos. Ya no era feliz. - ¿Qué tienes Karenina? -Le preguntamos. - Nada, no me hagan caso. Entonces fue cuando nos dimos cuenta que en todo ese tiempo, ella nunca había dejado de pensar en sus antiguas mariposas. Habíamos olvidado decírselo a la Anciana. Así que al día siguiente esperamos con ansia a que llegara, para pedirle que nos complaciera con un favor más. Esa tarde la Anciana llegó sonriente, y antes de que abriera la bolsa se lo pedimos... Ella asistió con un ligero guiño de sus tres cejas y se echó el costal a la espalda sin mostrarnos lo que había en el interior. Y se fue. Pero al día siguiente esperamos ansiosas y sin más preámbulos era el turno de Karenina, la Anciana nos había dado gusto y su alegría llegó. Miles de mariposas de todos colores y tamaños. Eran tantas, que nosotras casi no podíamos volar porque ellas invadían todo el aire con sus finos aleteos. Reíamos, y Karenina se emocionó tanto que no escatimó un instante en seguir a la Anciana, para ver cómo hacía para atrapar tantos insectos. - Debo saberlo -Me decía obsesionada-, hay aquí hasta papilones de Malasia, Samantas de Arabia, Aretras de Beluchistán y las extrañas mariposas esféricas del Paraná. Esto es una tentación que no puedo dejar pasar. Debo seguirla... Karenina salió corriendo a alcanzar a la Anciana, no le importó correr desnuda para seguirla en los arbustos, al lado del camino la vi perderse muy cercana a ella. Entonces Cynthia me tomó del brazo y me dio un beso. "Vente, vamos a seguir jugando". Me quedé preocupada, pero entramos a seguir volando mientras algunas mariposas ya descansaban en los cuerpos de Sueño y Mayra, dando espacio para que gozáramos nosotras. Karenina nunca regresó, pasó la noche y las chicas no se dieron cuenta; pero al día siguiente nos reunimos todas como siempre. Sueño ya les había dado la nueva y me esperaban preocupadas en la entrada del Salón. - ¿Qué pasó? -Dijo Citlali. - No está en su casa, ayer salió a perseguir a la Anciana mientras nosotras jugábamos. Ya la estuve buscando todo el día, no sé dónde pueda estar. - ¿Qué vamos a hacer? -Preguntó Brenda- Cynthia, tú sabes lo que vamos a hacer. - Qué quieres, nunca pensé que algo así fuera a pasar -Resolvió preocupada. Pero de pronto escuché un lloriqueo que se acercaba, me levanté de un pasmo, crucé el jardín y corrí a la vereda. - ¡ES KARENINA! - ¡Viva!, ¡qué bueno! -Dijeron todas. Allí acudimos a su encuentro. Karenina venía demacrada, casi arrastrándose en el suelo y empapada en sangre, como vestida en una costra coagulada. - Qué te pasó. ¡Karenina contesta! Mi amiga estaba como ida, Brenda le habló con insistencia pero ella no reaccionaba. Entonces yo la besé para que dijera algo, tan siquiera dónde estuvo, pero ella sólo repetía mi nombre sin poder destrabarse. "Aquí estoy", le decía, "ya estás bien, ya estás bien". Como último recurso la llevamos al Salón y le dimos un baño de esencias, la metimos a la cama y le mimamos toda la noche. Cuando por fin se recuperó, comenzó a contarnos un poco. - ...Fui a seguir a la Anciana, caminé toda la noche. - ¿Y después...? - Llegué a su casa al amanecer, era un sitio escabroso. La vi entrar y me puse a espiarla por una ventana. Luego sacó una pequeña cápsula, se la tomó de un trago y algo pasó: el lugar comenzó a transformarse en un paraje y todo lo que me rodeaba era muy extraño, era una alucinación externa. De pronto caminó a donde tenía una jaula que estaba en el piso, la levantó y ahí estaban mis mariposas fósiles todavía volando, ella me las había robado, ella quería soltarlas en ese paraje que había creado y yo me llené de rabia, corrí a la puerta y entré de golpe. Ella me vio y me dijo que las mariposas eran suyas, que se le habían escapado, pero yo le dije que no era cierto, que yo las había encontrado en el Bosque del Tiempo... Me atacó, las mariposas se soltaron, me puse a golpearla y me mordió, tomé una de las rocas de ámbar y se la estrellé en la cabeza; la seguí golpeando, creo que la dejé medio muerta. "Cuando me levanté, noté que mis monarcas se habían ido, me puse a llorar y tiré una mesa al suelo... Karenina no habló más. Esa noche nos quedamos esperando sin que nadie más hablara, nadie más se movió de ahí. Pasaron muchas horas y la Anciana nunca llegó. Pasó el tiempo y tampoco vino al día siguiente, ni a la semana siguiente, ni a los meses que siguieron. La Anciana nunca llegó. Karenina fue a buscarla, era la única que sabía dónde vivía, pero dijo que su casa ya no estaba ahí, que no había ni rastro de ella. Por todo eso las chicas nos fuimos distanciando. Pasaron meses y meses y cada vez yo las extrañaba más. Perdí las esperanzas de que ellas fueran a buscarme y corrí al Salón Vacío. Lo encontré desolado, con algunas mariposas muertas, pisé una esférica y traté de pegarla, pero no pude. Así que me fui a buscar a mis amigas por todos lados y luego me di cuenta de que se habían ido, aunque sus casas estuvieran ahí. Hasta le pregunté a un grillo que dónde estaban, pero no supo darme respuesta. También supe que el tiempo estaba pasando, que lentamente estaba dejando mi juventud para volverme vieja. Si eso estaba pasando, sabía que cada vez serían menores las posibilidades de encontrarlas. Mucho menos de encontrar a la Anciana. Llegó un día en que ya sólo mis ciempiés me acompañaban; ellos siempre fieles a seguir con sus caricias sobre mi piel arrugada, o jugando a esconderse entre mis pelos blancos mientras yo paseaba por la vereda. Pero un día, a lo lejos me pareció ver a alguien conocido. No alcanzaba a enfocar bien. Me acerqué raquítica lo más rápido que pude, y de alegría me di cuenta que era Karenina matando el tiempo al lado del camino; arrojaba hormigas rojas a la tela de una araña, para que ésta las cazara y envolviera entre sus patas. - ¿Karenina?! -Le grité con una sonrisa acelerando el paso. - Hola -Me dijo. - ¿Qué sucedió?, ¿dónde habías estado todos estos años?. - Por ahí... - ¿Y las demás?, ¿qué ha sido de ellas? - No las he vuelto a ver desde aquel día... Pero ahora vivo en una choza en el Bosque del Tiempo, aquella vieja me regaló su alma, o mejor dicho, yo se la robé, la tuve en un frasco por mucho tiempo, pero ahora ya la traigo puesta... Tú que querías saber cómo hacía la vieja para darnos gusto. De pronto vi el costal que estaba a su lado y entonces comprendí todo. Ella volteó a mirarme y me sonrió contenta, luego se levantó y se fue alejando por el camino. Me dijo que estaba llevando insectos a unas niñas. |
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