"El triste final de don Mariano" Pag. 3
             Cuando nació Candelaria todos se asombraron de lo blanca que era. Una hermosa niña con inmensas pestañas. Su boquita dibujada, sus uñitas rosadas parecían de nácar. Apenas abrió los ojitos, notaron que eran claros.  José lloró ese día, abrazado con Juana derramaron lágrimas de alegría. “De seguro más adelante se oscurecerá…pero se te parece chola”, le decía a ella, “es igualita a ti”.
               El tiempo pasó raudamente. La niña había crecido y don Mariano sentía un gran afecto por ella. Les ofreció que pagaría sus estudios, que fuera a la casa hacienda y ayude en los quehaceres del hogar. Fue así que ella pasaba todo el día en la mansión y muy tarde ya, casi oscureciendo llegaba a dormir a la suya muchas veces llevando los restos de la comida que había quedado.“No nos traigas sobras”, le increpaba José, “no quiero que lo hagas, la casa no es un chiquero para que nos traigas el agua sucia”. “ Pero papito”, le decía Candelaria, “no son sobras. Es comida buena que les manda doña Mercedes. No seas orgulloso. Sabes la falta que hace aquí. Si lo envían de buena voluntad que quieres que haga. No les puedo decir, mi taita José no desea”.

               Candelaria se había convertido en mujer. Años atrás había terminado su primaria donde conoció a Crisólogo el hijo del carpintero. Se volvieron amigos. Sentían que se necesitaban, hasta que el se animó a declararle su amor y a manifestarle a sus padres el deseo de casarse con ella. Por eso que le pidió a su taita que ese sábado fuesen a la casa de su Candelaria para pedirla en matrimonio. Ambas familias se conocían desde hacía muchos años. No fue difícil la empresa. Los padres de su novia aceptaron y fijaron la fecha de la boda.
                Cuando Don Mariano se enteró, frunció el seño como si no le importara.  “Así son estos cholos de porquería…, uno ve por ellos, les ofrece lo mejor y son malagradecidos. Seguro que apenas se case se irá, ya no querrá regresar… que se friegue por bruta”. No asistió al matrimonio a pesar de haber sido invitado. Ese día tomó más que de costumbre. Llegó muy mareado a la casa y prendió el pickup a batería. Puso un disco de “Los Errantes”. Le había enseñado a Candelaria algunas canciones que ella interpretaba con bella voz.
                Cuando bajó Mercedes a llevarlo a sus aposentos notó que los ojos de su esposo estaban húmedos. Ella hubiese querido asistir al matrimonio. Desde allí todavía se escuchaba la banda, pero él se negó. Le prohibió que fuera y ella creyó entender el motivo.
                 De esto pasó año y medio. Candelaria alumbró una linda mujercita que le puso por nombre María del Rocío. Apenas cumplió un añito se animaron a pedirle a Don Mariano que sea el padrino.
Crisólogo se opuso. Se negó al igual que Juana. Pero José y Candelaria insistieron, “Que de malo tiene que el patrón sea el padrino ¿Acaso no tenía decenas de ahijados?...”  El iría a hablar mañana mismo.
Así fue. Por eso, José regresó feliz a darles la noticia que “…había aceptado, a regañadientes, pero había aceptado…”
                  Se prepararon con mucho entusiasmo. El cura Juvenal fijó la fecha para el Sábado víspera de la fiesta del “Huanchaco”. Los capillos estaban hermosos. El vestido enviado por Doña Mercedes era blanco confeccionado con “piel de angel”. Tenía encajes y cintas, muy hermoso. Al momento de probarla María del Rocío parecía un querubín bajado del cielo. Se la veía una preciosidad. Sacrificarían todo el cuyero. Matarían un par de “guishas”, pelarían el trigo para acompañar los cuyes, molerían el maíz para las humitas, harían hervir la jora para que la chicha esté a punto para ese día. Ese sábado todos estaban en la iglesia esperando que la ceremonia empiece.  Candelaria con Crisólogo sostenían a su hija. A los flancos estaban doña Mercedes y don Mariano vistiendo todas sus galas y más atrás los familiares. El cura celebró la misa. Habló de la responsabilidad de los padrinos, que a falta de los padres se convertían en sus sustitutos, que ser compadres no era solo para emborracharse si no que era algo espiritual, que esto era muy serio.
                  Terminando la ceremonia marcharon a la casa de José. La bautizada con sus padres y padrinos fueron en el automóvil, los restantes en lo que pudieron. Al llegar ya la banda estaba tocando y se empezó a libar la fuerte chicha. En la mesa acomodaron a los padrinos ubicándolos en sitios preferenciales para saborear el suculento almuerzo. Empezaron con un par de humitas por cabeza, luego un caldo de carnero con menudencia y todo. El cuy frito acompañado de “arroz de trigo” y al final como postre,  dulce de “chiclayo” rociado con leche fresca. Todo era alegría. Pasaron al patio que estaba adornado con cadenetas y serpentinas y empezó el baile general.
                  A muchas exigencias, don Mariano y su esposa se lucieron con una marinera y al momento de la fuga éste pidió silencio para anunciar que como regalo de bautizo ofrecía para su ahijada pagarle toda su educación, vestimenta y gastos extras. La familia no aceptó. Pero él era el patrón y encima muy conocido por su terquedad. De manera que forzadamente tuvieron que agradecer el gesto. Era raro ver tomar a Don Mariano de esa forma, miraba a Juana, luego a Candelaria y a su ahijada. Balbuceaba algo entre dientes, ya estaba ebrio y a gritos pedía: “Más chicha para el padrino…” Al momento de tomar se le escapaba la bebida de la boca, doña Mercedes le suplicó para retirarse “…Ya estás mareado, no hagas espectáculo, tu eres el patrón. Tienes que hacerte respetar…”.
“Que patrón ni que ocho cuartos…quiero bailar contigo…” le dijo a Juanacha, jalándola bruscamente del brazo, “…no te hagas la cojuda”.  
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