Discurso del presidente de Brasil, Lula da Silva
en el Foro Económico Mundial


Tomado de Agencia CTA

Mientras continúa a pleno el Foro Social Mundial, en Porto Alegre, Brasil, donde hace unos momentos el presidente de Venezuela, Hugo Chávez, ha concluido una maratónica conferencia de prensa, y hay cientos de encuentros casi inimaginables, como el la "campaña mundial en defensa de la semilla", en Davos, Lula da Silva, presidente de Brasil, dijo lo que tenía que decir. A continuación transcribimos su discurso traducido al castellano por Daniel Barrantes:

"Buenas tardes. Estoy llegando, como ustedes saben, directamente de Porto Alegre, donde participé del Foro Social Mundial, y hablé para decenas de miles de personas sobre los mismos asuntos que pretendo tratar aquí.

La Reunión Anual del Foro Económico Mundial tiene como tema central la construcción de la confianza. Me siento muy cómodo con este tema. Soy depositario de la confianza del pueblo brasilero, que me atribuyó la responsabilidad de conducir un país de 175 millones de habitantes, una de las mayores economías industriales del planeta. Pero, un país que convive también, con enormes desigualdades sociales.

Traigo a Davos el sentimiento de esperanza que se desparramó por toda la sociedad brasilera. Brasil se reencontró consigo mismo, y ese reencuentro se expresa en el entusiasmo de la sociedad y en la movilización nacional para enfrentar los enormes problemas que tenemos por adelante.

Aquí, en Davos, se convino en decir que hoy existe un único Dios: el mercado. Pero la libertad de mercado presupone, antes que nada, la libertad y la seguridad de los ciudadanos.

Respondí de forma serena y madura, a los que desconfiaron de nuestros compromisos, durante la campaña electoral. En la Carta al Pueblo Brasilero, reafirmé la disposición de realizar reformas económicas, sociales y políticas muy profundas, respetando contratos y asegurando el equilibrio económico.

Brasil trabaja para reducir las disparidades económicas y sociales, profundizar la democracia política, garantizar las libertades públicas y promover, activamente, los derechos humanos.

La cara más visible de esas disparidades son los más de 45 millones de brasileros que viven debajo de la línea de pobreza. Su lado más dramático es el hambre, que alcanza a decenas de millones de hermanos y hermanas brasileras.

Por esta razón, hicimos del combate al hambre nuestra prioridad. No me cansaré de repetir el compromiso de asegurar que los brasileros puedan todos los días, tomar el desayuno, almorzar y cenar.

Combatir el hambre no es sólo tarea del Gobierno, sino de toda la sociedad. La erradicación del hambre presupone transformaciones estructurales, exige la creación de empleos dignos, más y mejores inversiones, aumento sustancial del ahorro interno, expansión de los mercados en el país y en el exterior, salud y educación de calidad, desarrollo cultural, científico y tecnológico.

Urge que Brasil promueva la reforma agraria y retome el crecimiento económico, de modo de distribuir renta. Establecemos reglas económicas claras, estables y transparentes. Y estamos combatiendo, implacablemente, la corrupción. Nuestra infraestructura deberá ser ampliada, inclusive con la participación de capitales extranjeros.

Somos un país acogedor. La tolerancia y la solidaridad son características del pueblo brasilero. Tenemos una fuerza de trabajo calificada, apta para los grandes desafíos de producción en este nuevo siglo.

La recuperación del desarrollo requiere la superación de las coacciones restrictivas externas. Brasil tiene que salir de ese círculo vicioso de contraer nuevos préstamos para pagar los anteriores. Es necesario realizar un extraordinario esfuerzo de expansión de nuestro comercio internacional, en particular de nuestras exportaciones, diversificando productos y mercados, agregando valor a aquello que producimos.

Todo el esfuerzo que estamos haciendo para recuperar responsablemente, la economía brasilera, mientras tanto, no alcanzará plenamente sus objetivos sin cambios importantes en el orden económico mundial. Queremos el libre comercio, pero un libre comercio que se caracterice por la reciprocidad. De nada valdrá el esfuerzo exportador que vayamos a desarrollar si los países ricos continúan pregonando el libre comercio y practicando el proteccionismo.

Los cambios del orden económico mundial deben pasar, también, por una mayor disciplina en el flujo de capitales, que se trasladan por el mundo, al capricho de rumores y de especulaciones subjetivas y sin fundamento en la realidad.

Es necesario que la comunidad internacional haga su contribución para impedir la evasión ilegal de recursos, que buscan refugio en paraísos fiscales. Mayor disciplina en esa área es fundamental para el decisivo combate al terrorismo y a la delincuencia internacionales, que se alimentan del lavado de dinero.

La construcción de un nuevo orden económico internacional, más justo y democrático, no es solamente un acto de generosidad, sino también, y principalmente, una actitud de inteligencia política.

Más de diez años después del derrumbe del Muro de Berlín, aún persisten "muros" que separan a los que comen de los hambrientos, los que tienen trabajo de los desempleados, los que viven dignamente en sus casas de los que viven en la calle o en miserables "villas miseria" (favelas), los que tienen acceso a la educación y al acervo cultural de la humanidad de los que viven zambullidos en el analfabetismo y en la más absoluta alienación.

Es necesario también, una nueva ética. No basta que los valores del humanismo sean proclamados, es preciso que ellos prevalezcan en las relaciones entre los países y los pueblos.

Nuestra política externa está firmemente orientada por la búsqueda de la paz, de la solución negociada de los conflictos internacionales y por la defensa intransigente de nuestros intereses nacionales.

La paz no es sólo un objetivo moral. Es también, un imperativo de racionalidad. Por eso, defendemos que las controversias sean solucionadas por vías pacíficas y bajo la égida de las Naciones Unidas. Es necesario admitir que, muchas veces, la pobreza, el hambre y la miseria son el caldo de cultivo donde se desarrollan el fanatismo y la intolerancia.

La preservación de los intereses nacionales no es incompatible con la cooperación y la solidaridad. Nuestro proyecto nacional no es xenófobo y, sí, universalista. Queremos profundizar nuestras relaciones con los países de América del Sur, desarrollando con ellos una integración económica, comercial, social y política.

Queremos negociar cada vez más positivamente con los Estados Unidos, la Unión Europea y los países asiáticos. Tendremos, en la condición de país que posee la segunda mayor población negra del mundo, una mirada especial para el continente africano, con el cual tenemos lazos étnicos y culturales profundos.

Quiero invitar a todos los que aquí se encuentran, en esta montaña mágica de Davos, a mirar el mundo con otros ojos. Es absolutamente necesario reconstruir el orden económico mundial para atender los anhelos de millones de personas que viven al margen de los extraordinarios progresos científicos y tecnológicos que los seres humanos fueron capaces de producir.

No se queden indefinidamente esperando señales para cambiar de actitud en relación a mi país y a los países en desarrollo. Los pueblos, como los individuos, necesitan oportunidades. Los países ricos de hoy sólo lo son porque tuvieron sus oportunidades históricas.

Si quieren ser coherentes con su experiencia victoriosa, no pueden y no deben obstruir el camino de los países en vía de desarrollo. Al contrario, pueden y deben construir con nosotros una nueva agenda de desarrollo global compartido.

Tengan la certeza de que Brasil ya comenzó a cambiar. Nuestra determinación es resultado no solamente de compromisos que asumimos hace muchos años, sino que deriva, también, de la esperanza que moviliza a nuestro país. Sé que en el debate contemporáneo hay divergencias, visiones del mundo distintas, incluso antagónicas.

Soy el Presidente de todo el pueblo brasilero y no solo de aquellos que me votaron. Estamos construyendo un nuevo contrato social, en el que todas las fuerzas de la sociedad brasilera estén representadas y sean escuchadas.

Así, busco la interlocución con todos los sectores que serán reunidos en el Consejo de Desarrollo Económico y Social. Voy a buscar contactos y puntos de apoyo para nuestros proyectos de cambiar la sociedad brasilera, donde quiera que ellos estén.

El cambio que buscamos no es para un grupo social, político o ideológico. Beneficiará más a los desprotegidos, a los humillados, a los ofendidos y a los que, ahora, ven con esperanza la posibilidad de redención personal y colectiva. Esta es una causa de todos. Ella es universal por excelencia.

Como el más extenso y el más industrializado país del hemisferio sur, Brasil se siente con el derecho y con el deber de dirigir a los participantes del Foro de Davos, un llamado al sentido común. Queremos hacer un llamado para que los descubrimientos científicos sean universalizados, para que puedan ser aprovechados en todos los países del mundo.

En la misma línea, propongo la formación de un fondo internacional para el combate a la miseria y al hambre en los países del tercer mundo, constituido por los países del G-7 y estimulado por los grandes inversores internacionales. Esto, porque es largo el camino para la construcción de un mundo más justo y porque el hambre no puede esperar.

Mi mayor deseo es que la esperanza que venció al miedo, en mi país, también contribuya para vencerlo en todo el mundo. Necesitamos, urgentemente, unirnos en torno de un pacto mundial por la paz y contra el hambre. Y tengan la certeza, Brasil hará su parte. Muchas gracias."

Traducción del portugués para ACTA: Daniel Barrantes

 

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