La idea del laberinto está relacionada con el culto de la doble
hacha, cuyo nombre labrys bien puede aludir a su etimología.
Ambos símbolos son esenciales de la religión cretomicénica.
A su vez, la doble hacha se vincula con el signo tau, que aparece
entre los cuernos del buey y del toro. De allí la celebración
de la tauromáquia sagrada en el período
pre-helénico.
Julio Woscoboinik. El secreto de Borges. [1]
...yo descubro los laberintos en un libro de la casa Garnier de Francia,
que estaba en la biblioteca de mi padre. Era un grabado muy curioso que ocupaba
toda una página y representaba un edificio, semejante a un anfiteatro.
Recuerdo que tenía grietas y que se lo veía alto, más
alto que los cipreses y que los hombres que lo circundaban. Mi vista no era
óptima, yo era muy miope, pero pensaba que si me ayudaba con una lupa
podría ver un Minotauro adentro. Era, además, un símbolo
de perplejidad, un símbolo del estar perdido en la vida; creo que
todos, alguna vez, nos hemos sentido perdidos, y el símbolo de eso
yo lo veía en el laberinto. Desde entonces yo he conservado esa
visión del laberinto.
Repuesta de Borges a una pregunta de Roberto Alifano.
[2]
El laberinto como símbolo y Borges como portador
de ese mismo símbolo, una idea fascinante que merece ser explorada.
¿Qué es el laberinto en Borges? A veces es una imagen del universo
("Tlön, Ubqar, Orbis Tertius", "Funes el memorioso") , otras, las más
de las veces, una imagen de la forma en que la humanidad ve el universo,
una imagen de la cultura humana ("Tlön, Ubqar, Orbis Tertius", "La
biblioteca de Babel"), un lugar para perder a los hombres ("La casa de
Asterión"), una expresión del caos ("La lotería de
Babilonia"), una expresión del orden ("La lotería de Babilonia",
"La biblioteca de Babel"), lo que no puede comprenderse ("Funes el memorioso"),
la escritura de dios ("La escritura del Dios"), lo inhumano ("El inmortal"),
los rigores de la lógica ("Tlön, Ubqar, Orbis Tertius", "Funes
el memorioso"), la razón ("La muerte y la brújula"), etc. En
todos esos casos ha empleado Borges la imagen del laberinto, a lo largo de
estas notas examinaremos la expresión de esos laberintos en algunos
ejemplos de la prosa de Borges. Hay otros dos usos que deberíamos
comentar: el laberinto como cárcel ("La casa de Asterión"),
el laberinto como hogar ("La casa de Asterión", "El jardín
de senderos que se bifurcan"), ambos, podemos esperar que queden claros al
final de este ensayo.
Otros dos símbolos
muy unidos al laberinto posee Borges, uno es el infinito y el otro es el
espejo. Un laberinto perfecto sería infinito, como las arenas del
desierto o la paradoja de Zenón, porque de él sería
imposible escapar, es más, como diría Burke, todo laberinto
debe parecer infinito para amedrentar el alma. Un espejo duplica ilusoriamente
el espacio y a las personas ("los espejos y la cópula son abominables,
porque multiplican el número de los hombres"), perderse en un espejo
es efectivamente perderse en un laberinto, perderse en un laberinto de espejos
es quedar atrapado en el infinito.
En los cuentos de Borges,
el laberinto es algo más que un símbolo, en ocasiones se convierte
en verdadero eje del relato, en elemento estructural del mismo. Hay cuentos
de Borges substantivamente laberínticos y la palabra
laberinto se convierte en uno de sus términos obsesivos
las cuales «[...] aparecen a lo largo de todas sus ficciones y son
reveladoras de soterradas tensiones». Una advertencia, sin embargo,
antes de empezar: el lector observará que encontraremos a lo largo
de este ensayo una profusión de artificios. Sin embargo, la obra de
Borges no se agota en el artificio porque "los artificios que hacen funcionar
con eficacia la prosa son, también, parte del mecanismo temático".
La expresión de ideas laberínticas por tanto exige de un cuento
laberíntico.
El inmortal
En "El inmortal" se cuenta la historia del anticuario Joseph Cartaphilus
que a principios del mes de junio en la ciudad de Londres «ofreció
a la princesa de Lucinge los seis volúmenes en cuarto menor (1715-1720)
de la Ilíada de Pope», ese Joseph Cartaphilus nos dice «se
manejaba con fluidez e ignorancia en diversas lenguas; en muy pocos minutos
pasó del francés al inglés y del inglés a una
conjunción enigmática de español de Salónica
y de portugués de Macao». Dos hechos curiosos alumbran ya al
personaje, la referencia de pasada a la Ilíada, escrita
además en una lengua ajena al original, que tendrá su importancia
más tarde, y la laboriosa enumeración, no muy larga, de lenguas.
Cartaphilus anda perdido y no sabe muy bien en que lengua habla, es por el
momento un ser perdido en un laberinto, nos queda ver en cual.
En el último tomo
de la Ilíada la princesa, después de haber recibido
noticia de la muerte de Cartaphilus en el mar, encuentra un manuscrito que
«está redactado en inglés y abunda en latinismos».
En ese manuscrito se cuenta la historia de un tribuno romano que comienza
su relato en primera persona de la forma: «Que yo recuerde, mis trabajos
empezaron en un jardín de Tebas Hekatómpylos, cuando Diocleciano
era emperador» (esta historia, como el génesis, comienza en un
jardín) donde se encuentra presumiblemente deprimido por haber intentado
«divisar el rostro de Marte» pero haber llegado demasiado tarde
y como él mismo nos cuenta: «Esa privación me dolió
y fue tal vez la causa de que yo me arrojara a descubrir, por temerosos y
difusos desiertos, la secreta Ciudad de los Inmortales». Esa idea ha
sido concebida al ayudar a un jinete malherido que venía del Ganges
donde «era fama que si alguien caminara hasta el occidente, donde se
acaba el mundo, llegaría al río cuyas aguas dan la
inmortalidad» y cuando el jinete pregunta el nombre del río cercano
el tribuno contesta: «el Egipto que alimenta las lluvias». Tenemos
aquí un primer hilo, el recorrido del cuento será realmente
el recorrido por diversos ríos, el punto de partida de la búsqueda
laberíntica es el río Ganges, sigue en el Nilo y acabará
en otro río más.
Se adentra entonces en
el desierto con algunas tropas para descubrir el río que da la
inmortalidad. Ese viaje por el desierto no es sino el paso por otro laberinto.
En un párrafo Borges con una de sus habituales descripciones
caóticas, análoga a la enumeración de lenguas pero mucho
más larga, nos relata lo que allí encuentran. De esas enumeraciones
Alazraki comenta: «Las descripciones agrupadas en largas enumeraciones
caóticas y la organización sintáctica dispuestas en
reiterativas anáforas, recrean la noción del caos tan cara
a toda su narrativa», y la del laberinto podríamos añadir,
¿por qué no es el caos un lugar para perderse? Finalmente el
tribuno debe huir por culpa de una rebelión. Vaga por el desierto
y comenta:
Varios días erré sin encontrar agua, o un solo enorme día
multiplicado por el sol, por la sed y por el temor de la sed. Dejé
el camino al arbitrio de mi caballo. En el alba, la lejanía se erizó
de pirámides y de torres. Insoportablemente soñé con
un exiguo y nítido laberinto: en el centro había un cántaro;
mis manos casi lo tocaban, mis ojos lo veían, pero tan intrincadas
y perplejas eran las curvas que yo sabía que iba a morir antes de
alcanzarlo.
¿Son esas curvas las dunas del desierto? Por otra parte el tema del
desierto como laberinto ya había aparecido en la obra de Borges. En
la revista El Hogar donde dirigía la página de libros
extranjeros Borges incluyó, atribuyéndosela al explorador
inglés Sir Richard Francis Burton, una historia titulada "Historia
de los dos reyes y los dos laberintos" (más tarde incluiría
esa historia en la colección El Aleph ya con su propio nombre
y con el título "Los dos reyes y los dos laberintos"). En ella se
nos cuenta como el rey de Babilonia ordena la construcción de un laberinto
«tan perplejo y sutil que los varones más prudentes no se aventuraban
a entrar, y los que entraban se perdían». Con el tiempo llegó
a la corte de Babilonia un rey de los árabes y el rey de Babilonia
para burlarse de él lo hizo penetrar en el laberinto. Vago perdido
durante todo un día hasta que imploró ayuda divina y dio con
la puerta. Cuando salió lo único que dijo fue que «él
en Arabia tenía un laberinto mejor y que, si Dios era servido, se
lo daría a conocer algún día». El rey árabe
reúne a sus ejércitos, ataca Babilonia, captura al rey y lo
llevó al desierto y allí le dice:
«¡Oh, rey del tiempo y substancia y cifra de siglo!, en Babilonia
me quisiste perder en un laberinto de bronce con muchas escaleras, puertas
y muros; ahora el Poderoso ha tenido a bien que te muestre el mío,
donde no hay escaleras que subir, ni puertas que forzar, ni fatigosas
galerías que recorrer, ni muros que te veden el paso».
Luego le desató
las ligaduras y lo abandonó en mitad del desierto, donde murió
de hambre y de sed. La gloria sea con Aquel que no muere.
Quizás el desierto sea un laberinto debido a su infinita uniformidad,
a la falta de referencia. Otros personajes de Borges se pierden en laberintos
similares. Así el sacerdote protagonista de "La escritura del Dios"
encerrado en una cárcel por los españoles y que intenta descifrar
el secreto del universo en la piel de un jaguar cuenta:
Un día y una noche entre mis días y mis noches,
¿qué diferencia cabe? soñé que en el piso
de la cárcel había un grano de arena. Volví a dormir,
indiferente; soñé que despertaba y que había dos granos
de arena. Volví a dormir; soñé que los granos de arena
eran tres. Fueron, así, multiplicándose hasta colmar la
cárcel y yo moría bajo ese hemisferio de arena. Comprendí
que estaba soñando; con un vasto esfuerzo me desperté. El despertar
fue inútil; la innumerable arena me sofocaba. Alguien me dijo: No
has despertado a la vigilia, sino a un sueño anterior. Ese sueño
está dentro de otro, y así hasta lo infinito, que es el
número de los granos de arena. El camino que habrá de desandar
es interminable y morirás antes de haber despertado realmente.
El horror está en el peso de lo igual. Son iguales los días,
son iguales los granos de arena y son iguales los sueños. Como
podría alguien no perderse en un laberinto así, cuando no se
puede distinguir entre una cosa y otra. Así puede comprenderse la
confusión del tribuno romano.
Pero sobrevive para despertar
maniatado en un nicho de piedra. Al salir descubre la ciudad de la inmortales
y una serie de nichos donde viven «hombres de piel gris, de barba
negligentes, desnudos». Con el valor que da la sed se arroja sobre un
«arroyo impuro» y bebió «el agua oscura». Pero
ante de «perderme otra vez en el sueño y en los delirios,
inexplicablemente repetí unas palabras griegas: los ricos teucros
de Zelea que beben el agua negra del Esepo...». Nótese el preciso
empleo de la palabra inexplicablemente, porque evidentemente
es curioso que un tribuno romano hable en griego cuando podría emplear
el latín; ese hecho aparentemente casual tendrá su importancia
la final. Nótese también que el personaje reconoce que se pierde,
que se ha extraviado.
Poco después conocemos
el nombre del narrador: «yo, Marco Flaminio Rufo, tribuno militar de
una de las legiones de Roma». Un dato curioso y definitivamente
laberíntico: la historia de Joseph Cartaphilus anticuario de Esmirna
está siendo contada por Marco Flaminio Rufo tribuno romano. Donde
se ha producido la bifurcación no está claro y, ahí
radica la magia del cuento, tampoco lo estará al final.
Deseoso de penetrar en
la Ciudad de los Inmortales pasa las noches sin dormir y tampoco dormían
los trogloditas: «al principio inferí que me vigilaban; luego,
que se habían contagiado de mi inquietud, como podrían contagiarse
los perros». Un rasgo irónico y patético es el desprecio
que Marco Flaminio siente hacia los trogloditas, irónico porque el
cuento demostrará más adelante que se equivocaba y acertaba
a la vez, y patético porque ese destino también será
el suyo. Dirigiéndose a la ciudad es seguido por dos o tres de los
trogloditas pero cuando llega a los negros muros de la ciudad: «Me detuvo
una especie de horror sagrado». Un horror producido porque «tan
abominadas del hombre son la novedad y el desierto que me alegré de
que uno de los trogloditas me hubiera acompañado hasta el fin».
El narrador ya se ha perdido en un laberinto de arena y más adelante
se perderá en otro que afirma y a la vez niega la novedad (como
también se pierde Ireneo Funes en "Funes el memorioso" en un laberinto
de continua novedad).
Los muros de la ciudad
no tienen puerta, la única entrada resulta ser un pozo en una caverna
que lleva a una cámara circular donde «habían nueve
puertas» de las cuales «ocho daban a un laberinto que desembocaba
en la misma cámara» y «la novena (a través de otro
laberinto) daba a una segunda cámara circular, igual a la primera».
«Ignoro el número total de las cámaras» nos dice
«mi desventura y mi ansiedad las multiplicaron». Curiosamente los
personajes de Borges perdidos en laberintos suelen encontrarse con el
número nueve. En "La muerte y la brújula" Red Scarlach cuenta
a su víctima Erik Lönnrot: «Nueve días y nueve noches
agonicé en esta desolada quinta simétrica». En "La forma
de la espada" el traidor Vincent Moon cuenta a su vez: «Nueve días
pasamos en la enorme casa del general. [...]. Esos nueve días, en
mi recuerdo, forman un solo días, salvo el penúltimo»,
casa que luego es descrita como laberínticas. Y en "La casa de
Asterión" este nos cuenta que «cada nueve años entran
en la casa nueve hombres para que yo los libere de todo mal». La obra
de Borges suele abundar en interrelaciones como estas. ¿Cómo
no sospechar así que todos los laberintos de Borges están
relacionados entre sí? ¿Cómo no sospechar que todos intentas
expresar la misma perplejidad y confusión?
Tanto vaga el desdichado
tribuno por las galerías que:
Horriblemente me habitué a ese dudoso mundo; consideré
increíble que pudiera existir otra cosa que sótanos provistos
de nueve puertas y que sótanos largos que se bifurcan. Ignoro el tiempo
que debí caminar bajo tierra; sé que alguna vez confundí,
en la misma nostalgia, la atroz aldea de los bárbaros y mi ciudad
natal, entre los racimos.
y el narrador ya comienza a no saber quien es, comienza a confundir su pasado
y considerarlo maleable y cambiante. Al final del párrafo hay una
curiosa confusión, ya confunde la aldea de los trogloditas con su
ciudad natal.
Pero finalmente, por medio
de unos peldaños de metal, puede visitar la ciudad. Lo que ve es un
mundo de locura, donde las puertas dan a ninguna parte, las escaleras terminan
en el aire, las ventanas son inalcanzables. La ciudad no es siquiera un
laberinto, reflexiona el protagonista: «Un laberinto es una casa labrada
para confundir a los hombres; su arquitectura, pródiga en simetrías,
está subordinada a ese fin». Pero en esa ciudad que explora la
arquitectura carece de propósito y es producto más de la insensatez
y del azar que de manos humanas. Por esa razón, el tribuno decide,
como si de Chesterton se tratase: «Esta Ciudad (pensé) es tan
horrible que su mera existencia y perduración, aunque en el centro
de un desierto secreto, contamina el pasado y el porvenir y de algún
modo compromete a los astros. Mientras perdure, nadie en el mundo podrá
ser valerosos o feliz. No quiero describirla; un caos de palabras
heterogéneas, un cuerpo de tigre o de toro, en el que pulularan
monstruosamente, conjugados y odiándose, dientes, órganos y
cabezas, pueden (tal vez) ser imágenes aproximativas».
Y aun así, consigue
salir y reencontrarse con el troglodita que le había seguido. Siente
tanta alegría en el reencuentro que le da el nombre de Argos (el perro
moribundo de la Odisea) y decide enseñarle a hablar.
Sin embargo, fracasa, el troglodita parece incapaz de hablar. Finalmente,
resignado, se integra en la vida de los trogloditas. Pero una mañana
«llovió con lentitud poderosa». Y esa lluvia se produce
justo cuando el protagonista sueña con un río de Tesalia. El
tribuno sale a recibir la lluvia y grita llamando a Argos y este contesta:
«Argos perro de Ulises». El protagonista le pregunta que sabe de
la Odisea a lo que Argos contesta: «Muy poco[...]. Menos que
el rapsoda más pobre. Ya habrán pasado mil cien años
desde que la inventé». Lo curioso es la reflexión del
romano: «Fácilmente aceptamos la realidad, acaso porque intuimos
que nada es real».
El protagonista finalmente
comprende: los trogloditas son los inmortales, la ciudad que visitó
se alza sobre la ciudad original que fue derribada por los inmortales y
reconstruida como una burla antes de dedicarse al placer del puro pensamiento.
Marco Flaminio Rufo se comprende inmortal al haber bebido del río
que concede la vida eterna y reflexiona de la siguiente forma: «Ser
inmortal es baladí; menos el hombre, todas las criaturas lo son, pues
ignoran la muerte; lo divino, lo terrible, lo incomprensible, es saberse
inmortal». El animal humano es el único capaz de saberse finito,
y es por lo tanto el único capaz de desearse inmortal. Lo que sigue,
sin embargo, es más interesantes. Los inmortales son capaces del más
absoluto desentendimiento, de la más absoluta falta de piedad o
compasión, las desgracias no les importan porque: «en un plazo
infinito le ocurren a todo hombre todas las cosas». Y es en este punto
donde comienza a tejerse un laberinto de tiempo. La razón se confunde
y el intelecto se esconde ante plazos infinito. ¿Cómo ser si
no hay hechos y circunstancias características de cada ser humano?
Homero compuso la Odisea; postulando un plazo infinito, con infinitas
circunstancias y cambios, lo imposible es no componer, siquiera una vez,
la Odisea. Nadie es alguien, un solo hombre inmortal es todos los
hombres. Como Cornelio Agrippa, soy dios, soy héroe, soy filósofo,
soy demonio y soy mundo, lo cual es una fatigosa manera de decir que no
soy.
En este «bosquejo de ética para inmortales» coexisten varias
ideas de interés. ¿Qué asusta a Borges, ser eterno o no
serlo? ¿cambiar o ser siempre la misma persona? Sobre la inmortalidad
esto es lo que Borges tenía que decir:
Yo, personalmente, no la deseo [la inmortalidad] y le temo; para mí
sería espantoso saber que voy a continuar, sería espantoso
pensar que voy a seguir siendo Borges. Estoy harto de mí mismo, de
mi nombre y de mi fama y quiero liberarme de todo eso.
Curiosamente ser inmortal se equipara a no ser nadie. Dios no es nadie,
según el tribuno y de la misma forma el sacerdote de "La escritura
del Dios" cuando al final del cuento descubre el mensaje escrito por el Dios
en la piel de un jaguar afirma:
Que muera conmigo el misterio que está escrito en los tigres. Quien
ha entrevisto el universo, quien ha entrevisto los ardientes designios del
universo, no puede pensar en un hombre, en sus triviales dichas o desventuras,
aunque ese hombre sea él. Ese hombre ha sido él y ahora no
le importa. Qué le importa la suerte de aquel otro, qué le
importa la nación de aquel otro, si él, ahora es nadie. Por
eso no pronuncio la fórmula, por eso dejo que me olviden los días,
acostado en la oscuridad.
En Borges cualquier atributo divino (el conocimiento, la inmortalidad) se
relaciona inmediatamente con la disolución de la personalidad. El
inmortal es efectivamente todo hombre y el sacerdote podría ser todo
hombre, esa potencialidad, ese poder ser le quita su ser. Quizás ambos
dejan de ser personas determinadas para convertirse en arquetipos, para acabar
representando a la humanidad:
La inquietante magia de tal diversidad de vidas en la de un solo hombre
se disipa si, en lugar de su nombre, sea este el que fuere, se lee lo que
Borges metafísicamente esconde: la idea del hombre. Ese hombre, condenado
a vagar por los tiempos sucesivos, es el Hombre, la Humanidad.
porque:
Si cada hombre es mortal, el Hombre no lo es, pues a través de
mil disfraces repite gestos, acumula hechos, crea poemas y se pregunta
inútilmente por el río cuyas aguas lo han de liberar
definitivamente de su abrumadora carga de esa inmortalidad genérica.
Y ya tenemos nuestro laberinto. El gran laberinto de "El inmortal" es el
tiempo y el protagonista anda perdido en el tiempo. El laberinto temporal
es aun más terrible que cualquier laberinto físico ya que el
tiempo es irreversible, es una carretera anisótropa que no puede ser
recorrida en sentido inverso. Si bien en el espacio podemos movernos a voluntad,
el tiempo es fijo e inmutable. Borges lo explica así al final de su
ensayo "Nueva refutación del tiempo":
Negar la sucesión temporal, negar el yo, negar el universo
astronómico, son desesperaciones aparentes y consuelos secretos. Nuestro
destino (a diferencia del infierno de Swedenborg y del infierno de la
mitología tibetana) no es espantoso por irreal; es espantoso porque
es irreversible y de hierro. El tiempo es la sustancia de que estoy hecho.
El tiempo es un río que me arrebata, pero yo soy el río; es
un tigre que me destroza, pero yo soy el tigre; es un fuego que me consume,
pero yo soy el fuego. El mundo, desgraciadamente, es real; yo, desgraciadamente,
soy Borges.
Pero aun debemos terminar de leer la historia para descubrir como la estructura
del cuento refleja un laberinto.
La ética para inmortales
prefigura un sistema de compensaciones: el que es bueno hoy puede ser lo
malo mañana, porque en un plazo infinito bondad y maldad se equilibran.
De eso los inmortales deducen: «Existe un río cuyas aguas dan
la inmortalidad; en alguna región habrá otro río cuyas
aguas la borren. El número de ríos no es infinito; un viajero
inmortal que recorra el mundo acabará algún día, por
haber bebido de todos. Nos propusimos descubrir ese río». Y si
el tiempo es un río que nos arrebata no es sorprendente que nuestro
desdichado inmortal se pierda en un laberinto de ríos, que es lo mismo
que decir que se pierde en un laberinto de tiempo. Curiosamente la visión
de un río opuesto a otro no es sino una manifestación del tema
del espejo que tanto gustaba a Borges. Así como en "La muerte y la
brújula" la solución viene de la reflexión especular
de una figura geométrica, aquí la solución deviene de
un reflejo lógico: todo debe tener su opuesto. Curiosamente ese laberinto
tiene por tanto dos centros: un río que da la inmortalidad (¿el
nacimiento?) y un río que la quita (¿la muerte?). El hecho
quizás no sea casual: los más temibles laberintos son aquellos
que tiene dos centros.
Homero y Marco Flamino
se separan y cada uno procede a buscar por su cuenta el río que borra
la inmortalidad. La búsqueda se describe en una larga enumeración
caótica:
Recorrí nuevos reinos, nuevos imperios. En el otoño de 1066
milité en el puente de Stamford, ya no recuerdo si en las filas de
Harold, que no tardó en hallar su destino, o en las de aquel infausto
Harald Hardrada que conquistó seis pies de tierra inglesa, o un poco
más. En el séptimo siglo de la Héjira, en el arrabal
de Bulaq, transcribí con pausada caligrafía, en un idioma que
he olvidado, en un alfabeto que ignoro, los siete viajes de Simbad y la historia
de la Ciudad de Bronce. En un patio de la cárcel de Samarcanda he
jugado muchísimo al ajedrez. En Bikanir he profesado la astrología
y también en Bohemia. En 1638 estuve en Kolozsvár y después
en Laipzig. En Aberdeen, en 1714, me suscribí a los seis volúmenes
de la Ilíada de Pope; sé que los frecuenté con deleite.
Hacia 1729 discutí el origen de ese poema con un profesor de
retórica, llamado, creo Giambattista; sus razones me parecieron
irrefutables. El cuatro de octubre de 1921, el Patna, que me conducía
a Bombay, tuvo que fondear en un puerto de la costa eritrea (Hay una tachadura
en el manuscrito: quizás el nombre del puerto ha sido borrado).
Bajé; recordé otras mañanas muy antiguas, también
frente al Mar Rojo, cuando yo era tribuno de Roma y la fiebre y la magia
y la inacción consumían a los soldados. En las afueras vi un
caudal de agua clara; la probé, movido por la costumbre. al repechar
la margen, un árbol espinoso me laceró el dorso de la mano.
El inusitado dolor me pareció muy vivo. Incrédulo, silencioso
y feliz, contemplé la preciosa formación de una lenta gota
de sangre. De nuevo soy mortal, me repetí, de nuevo me parezco a todos
los hombres. Esa noche, dormí hasta el amanecer.
Aquí podría terminar la historia, pero no es así. El
narrador relee el relato y reflexiona sobre su irrealidad. Finalmente comenta
que cree haber dado con la razón: «La historia que he narrado
parece irreal porque en ella se mezclan los sucesos de dos hombres
distintos». De ciertos hechos (el tribuno llama Egipto al río
Nilo, pronuncia frases en griego, destaca en su biografía hechos que
no corresponden a un hombre de guerra sino a un poeta) el narrador
(¿Quién? ¿Joseph Cartaphilus?) deduce que realmente él
es Homero. El laberinto esta servido: la narración de la vida de Joseph
Cartaphilus está contada por Marco Flamino Rufo, pero realmente Joseph
Cartaphilus es Homero. Entonces, como puede contar la vida de Cartaphilus,
el anticuario que fue Homero, Marco Flamino Rufo, el tribuno romano.
¿Quién es quien en esta trama? ¿Son todos uno? El cuento
finalmente termina:
Cuando se acerca el fin, ya no quedan imágenes del recuerdo; sólo
quedan palabras. No es extraño que el tiempo haya confundido las que
alguna vez me representaron con la que fueron símbolos de la suerte
de quien me acompañó tantos siglos. Yo he sido Homero; en breve,
seré Nadie, como Ulises; en breve, seré todos; estaré
muerto.
Pero no acaba aquí. El narrador omnisciente que comenzó el
relato hablándonos de la princesa de Lucinge lo cierra de nuevo con
una nota fechada en 1950 en la cual se da cuenta de los comentario despertados
por la publicación de la narración de Joseph Cartaphilus. El
cuento se vuelve sobre si mismo, el laberinto se cierra sobre si mismo
conteniendo otros laberintos. Un cuento nos relata lo que sucede cuando se
encuentra la narración de Joseph Cartaphilus y se publica. Dentro
de él y en segundo nivel, Marco Flamino Rufo tribuno romano cuenta
la historia de quien será Joseph Cartaphilus que realmente es Homero
que se pierde en el laberinto de tiempo, y dentro de esta última el
desierto, la ciudad, los ríos, etc. etc. etc. La ficción mira
la ficción y se contiene. Finalmente ya no sabemos en que
bifurcación nos hemos perdido.
La casa de
Asterión
La importancia de "La casa de Asterión" para la comprensión
de la obra de Borges es extraordinaria porque «ya en poemas y cuentos
anteriores, había utilizado Borges con profusión esta imagen
de raigambre mitológica a la que terminó por conferirle
significación propia, transformándola en símbolo personal,
distintivo de toda su producción literaria. Pero es este uno de los
relatos, y en ello reside su importancia, en el que el laberinto constituye
el núcleo temático y forma de toda la narración».
Aparte, este cuento es capital para ciertas interpretaciones sobre la
visión que el propio Borges tenía de sí mismo, como
veremos al final. Es ineludible por tanto referirse al mismo, aunque corramos
el riesgo de develar su final.
La génesis del cuento
es relevante a nuestra discusión y deberemos tenerla en cuenta.
Según Emir Rodríguez Monegal:
[Borges] Dirigía hacia fines de los años 40 una revista
titulada, Los Anales de Buenos Aires, y al cerrar un número
descubrió que le faltaba material para unas páginas. En dos
días escribió el cuento. Para que Borges pudiera realizar esta
hazaña (él que redacta y vuelve a redactar cada línea
de sus textos con maniática minuciosidad) era necesario que el cuento
estuviera muy elaborado internamente. O para decirlo de otro modo: era preciso
que el cuento correspondiese a algo muy central en su imaginación
poética.
Esa centralidad es la que hemos estado defendiendo a lo largo de este ensayo,
y esa misma centralidad es la que queremos, no resolver porque eso es imposible,
sino explicitar y plantear. Así mismo, afirmaremos más tarde
que otros dos cuentos de Borges repiten la trama de este desde otros puntos
de vista y otras concepciones.
"La casa de Asterión"
comienza con un epígrafe de Apolodoro: «Y la reina dio a luz
un hijo que se llamó Asterión». La inclusión de
tal epígrafe tiene una doble función en el texto, por un lado
justificar el nombre del protagonista y por otro, a la manera de algunos
textos policiacos, darnos la impresión de que la solución era
evidente desde el principio. La realidad es que se requiere un lector
especialmente erudito para descubrir en ese punto la solución del
relato, es más, se podría incluso postular un lector que
entendiendo el epígrafe no comprendiese todavía el cuento.
Realmente la solución del enigma funciona por una serie de alusiones
a lo largo del texto, pero incluso esas mismas alusiones sólo pueden
entenderse realmente después de haber leído el texto. Borges
construye un laberinto de palabras para perder al lector. Posteriormente
especularemos sobre el sentido de esa pérdida.
La narración continua
en primera persona de la siguiente forma: «Sé que me acusan de
soberbia, y tal vez de misantropía, y tal vez de locura. Tales acusaciones
(que yo castigaré a su debido tiempo) son irrisorias». Queda
claro desde el principio el carácter singular de Asterión.
No sólo se siente insultado, lo cual quiere decir que es conocido,
sino que se cree con poder suficiente para castigar las ofensas. De su casa
nos dice: «No hallará pompas mujeriles aquí ni el bizarro
aparato de los palacios pero sí la quietud y la soledad. Asimismo
hallará una casa como no hay otra en la faz de la tierra. (Mienten
los que declaran que en Egipto no hay una parecida.) Hasta mis detractores
admiten que no hay un solo mueble en la casa. Otra especie ridícula
es que yo, Asterión, soy un prisionero. ¿Repetiré que
no hay una puerta cerrada, añadiré que no hay una cerradura?»
¿Qué clase de habitante es ese que no necesita muebles? ¿Si
no hay cerraduras, significa eso que no hay puertas? Comenta Asterión
que a veces a salido a la calle pero que volvió pronto por el temor
«que me infundieron las caras de la plebe, caras descoloridas y aplanadas,
como la mano abierta.» ¿Qué clase de ser destaca la falta
de color y el aplanamiento de las caras humanas? Y en un gesto de inocencia
comenta: «Ya se había puesto el sol, pero el desvalido llanto
de un niño y las toscas plegarias de la grey me dijeron que me
habían reconocido. La gente oraba, huía, se prosternaba; unos
se encaramaban al estilóbato del templo de las Hachas, otros juntaban
piedras. Alguno, creo, se ocultó bajo el mar. No en vano fue una reina
mi madre; no puedo confundirme con el vulgo, aunque mi modestia lo quiera.»
Claro queda que Asterión produce terror, el llanto de los niños,
las oraciones y la necesidad de reunir piedras lo demuestran. Lo que no
está claro todavía es la razón.
Posteriormente Asterión
habla de sus entretenimientos son bien singulares:
Claro que no me faltan distracciones. Semejante al carnero que va a embestir,
corro por las galerías de piedra hasta rodar al suelo, mareado. Me
agazapo a la sombra de un aljibe o a la vuelta de un corredor y juego a que
me buscan. Hay azoteas desde las que me dejo caer, hasta ensangrentarme.
A cualquier hora puedo jugar a estar dormido, con los ojos cerrados y la
respiración poderosa. (A veces me duermo realmente, a veces ha cambiado
el color del día cuando he abierto los ojos.) Pero de tantos juegos
el que prefiero es el de otro Asterión. Finjo que viene a visitarme
y que yo le muestro la casa. Con grandes reverencias le digo: Ahora volvemos
a al encrucijada anterior o Ahora desembocamos en otro patio o Bien decía
yo que te gustaría la canaleta o Ahora verás una cisterna que
se llenó de arena o Ya verás cómo el sótano se
bifurca. A veces me equivoco y no reímos buenamente los dos.
Asterión vive solo. Aun más, es capaz de perderse en una casa
que abunda en simetrías y en bifurcaciones. Tal construcción
no puede ser sino singular para que aquel que la habita no la conozca por
completo.
Pero Asterión no
sólo juega, también medita sobre la casa:
Todas las partes de la casa están muchas veces, cualquier lugar
es otro lugar. No hay un aljibe, un patio, un abrevadero, un pesebre; con
catorce [son infinitos] los pesebres, abrevaderos, patios, aljibes. La casa
es del tamaño del mundo; mejor dicho es el mundo. Sin embargo, a fuerza
de fatigar patios con un aljibe y polvorientas galerías de piedra
gris he alcanzado la calle y he visto el templo de las Hachas y el mar. Eso
no lo entendí hasta que una visión de la noche me reveló
que también son catorce [son infinitos] los mares y los templos.
Pero no todo es así, porque seguidamente afirma: «Todo está
muchas veces, catorce veces, pero dos cosas hay en el mundo que parecen estar
una sola vez: arriba el intrincado sol; abajo, Asterión. Quizás
yo he creado las estrellas y el sol y la enorme casa, pero ya no me
acuerdo.» Una curiosa diferencia, por qué destacar el sol y
Asterión y no, por ejemplo, la Luna y Asterión. Observe
también, que a pesar de la referencia al sol toda la acción
ha transcurrido hasta ahora en la caída de la tarde o en la noche:
«Mientras habla yo-Asterión, en la primera parte, las imágenes
propuestas por el texto ("algún atardecer", "antes de la noche", "ya
se había puesto el sol", "una visión de la noche") confieren
a ese mundo ficticio aquella luz incierta tan propia del espacio imaginario
de Borges.»
Cada nueve años
entran en la casa nueve hombres para que Asterión los libere de todo
mal. Según Asterión «la ceremonia dura pocos minutos»
y «uno tras otro caen sin que yo me ensangriente las manos». Y
Asterión se alegra porque uno de ellos profetizó que un día
llegaría su redentor: «desde entonces no me duele la soledad»
declara. Finalmente, Asterión reflexiona sobre su el aspecto de su
redentor: «¿Cómo será mi redentor?, me pregunto.
¿Será un toro o un hombre? ¿Será tal vez un toro
con cara de hombre? ¿O será como yo?». Y la última
pregunta sólo deja una salida: un hombre con cara de toro, el Minotauro.
Y los últimos párrafos del cuento desvelan por fin el
misterio:
El sol de la mañana reverberó en la espada de bronce. Ya
no quedaba ni un vestigio de sangre.
¿Lo creerás, Ariadna? dijo Teseo. El Minotauro
apenas se defendió.
Una relectura rápida del cuento evidencia ahora todas la claves.
Asterión es el Minotauro y la casa es el laberinto, por eso corre
por un carnero, por eso causa terror, por eso destaca que las caras son planas
como la mano abierta, por eso mata sin mancharse las manos (usa los cuernos),
por eso corre como un carnero. Asterión además se sabe único
al compararse con el sol, pero no se sabe monstruoso. ¿Y por qué
es importante este relato?: «Porque en "La casa de Asterión",
por primera vez Borges encara el problema del destino del habitante del
laberinto.»
Antes de pasar a las posibles
interpretaciones del cuento me gustaría destacar dos aspectos curiosos.
En la casa penetran cada nueve años nueve hombre. La leyenda habla
de siete hombres y siete mujeres. ¿Por qué el cambio? ¿Por
qué esa fascinación del nueve en los laberintos? Podríamos
especular con una razón de orden freudianos: el nueve simboliza los
meses de la gestación, el laberinto así sería una enorme
matriz y la muerte del Minotauro un rito de nacimiento. Pero María
Esther Vázquez (que fue amiga íntima y colaboradora de Borges)
rechaza tal hipótesis: «Pudiera ser exacta la interpretación;
lástima que él [Borges] nació en el octavo mes de ser
concebido, hecho que conocía desde la adolescencia», pero a su
vez nos aclara:
Borges tenía la superstición del tres y de los múltiplos
del tres Se advertía hasta en los hechos más triviales: cuando
viajaba en avión, en el momento del despegue, recatadamente daba tres
golpecitos con los nudillos en el brazo del asiento. Cuando le pregunté
por qué lo hacía, evadía la respuesta con una sonrisa
maliciosa, y en cambio decía que el tres era un número
mágico, como lo son el nueve y hasta el treinta y tres. Recordaba
que Adán nació a los treinta y tres años y Jesucristo
murió a esa edad.
Otro hecho curioso es la equivalencia entre catorce e infinito que hace
Asterión. Podría suponerse que catorce no es sino la suma de
hombres y mujeres que en la leyenda original debían ofrecerse al Minotauro
pero eso nos dejaría todavía por explicar porque considerar
catorce igual a infinito. Quizás una cita de Borges nos ayude: «En
algún lugar de su obra, Rafael Cansinos Asséns jura que puede
saludar a las estrellas en catorce idiomas clásicos y modernos.»
Evidentemente son catorce los idiomas e infinitas las estrellas, por eso
en boca de Asterión se identifican. La relación se hace más
evidente si recordamos que Rafael Cansinos Ansséns fue el gran maestro
del joven Borges en España.
Volvamos al cuento. Borges
se las ha arreglado para ocultar la verdadera naturaleza de Asterión
hasta el final. ¿Cómo lo ha hecho? El procedimiento es
sorprendentemente simple. Primero, todas las referencias a Asterión,
todas las descripciones del personaje y de la casa se han hecho de forma
oblicua. Hay en la ficción más alusiones que certidumbres.
A posteriori es evidente, porque entonces pueden ser reinterpretadas. Segundo,
los cambios en la voz narrativa, nos habla Asterión y siempre hemos
oído la historia desde el punto de vista de Teseo:
Además de estas descripciones perifrásticas del Laberinto
y el Minotauro, despista Borges al lector con una serie de estratagemas.
La mayor: haber puesto el relato en la monstruosa boca del Minotauro. El
cuento comienza: «Sé que me acusan de soberbia». No se nos
ocurre que una bestia pueda tener un «yo» narrativo; la tradición
nos ha dado siempre el punto de vista de Teseo. Ahora, inesperadamente, el
héroe es el Minotauro. ¿Cómo le vino a Borges esta idea
de completar el doble destino del mito dándonos también la
autobiografía del Minotauro?
Y sobre la estructura del relato y sobre la naturaleza de esas ocultaciones
queda claro que conforman un laberinto de palabras: «En una magnífica
correspondencia entre expresión y contenido, un cuento, cuyo tema
central es el habitante del laberinto, es construido de forma
laberíntica».
Y en verdad, ¿cómo
concibió Borges tal estratagema? La respuesta parece darla Cristina
Grau: tomo el recurso, en un rasgo intertextual, de otro autor. Borges,
perfectamente consciente de que la literatura tiene un número limitado
de temas y de recursos, no dudaba en desarrollar ideas ya empleadas por otros.
Es más, no tenía reparos en escribir cuentos que contestan
o refutan otros cuentos suyos. Así "El Zahir" está basado en
la saga de los Nibelungos, sobre "El Aleph" comenta alguna relación
con Wells, "La biblioteca de Babel" tiene ecos de Lasswitz. Eso sí,
Borges nunca ocultó sus fuentes. Según Cristina Grau "La casa
de Asterión" es una reformulación de un recurso empleado por
Kafka en su cuento "La construcción":
La característica más significativa que los une es que en
ambos relatos, el espacio donde se desarrolla la acción es un laberinto
que, concebido como construcción defensiva, acaba convirtiéndose
en una cárcel de imposible salida. Pero hay más elementos que
los aproximan. Ambos relatos tienen en común el que sus protagonistas
son animales, en ambos la voz narrativa es la primera persona; los animales
hablan, describen su biografía, sus inquietudes, su miedo, su
relación con el mundo, su relación con «los otros»,
Y en ambos, su condición animal no se revela desde el principio sino
que es el lector quien va encontrando las claves a lo largo de la lectura.
Ambos animales en el relato de Borges un hombre con cabeza de toro,
un Minotauro; en el de Kafka, suponemos que un topo ya que su identidad no
queda desvelada se encuentran defendidos y encerrados en un
laberinto.
Pero, ¿está Asterión realmente prisionero en el laberinto?
Aquí entramos ya en el espinoso terreno de la interpretación.
La pregunta anterior está íntimamente ligada a otra:
¿quién es Asterión? El intento de responder a esta pregunta
ha de ser fructífero. La obras literarias son máquinas de generar
interpretaciones, pero ningunas lo parecen más que las ficciones de
Borges. Esta pequeña fábula de apenas cuatro páginas
en la edición de Alianza Editorial y escrita para rellenar un hueco
está preñada de sentido.
La primera, y obvia, idea
es considerar que la condición del Minotauro es la condición
humana. Encerrado en su laberinto como nosotros estamos encerrados en nuestro
mundo y en nuestras circunstancias. Pero, qué mundo, sería
ahora la pregunta. Una posible respuesta es: «[...]podremos identificar
la figura de Asterión con la condición del hombre que, como
el antiguo Minotauro, se pretende poderoso, y aun temible, pero que, en el
fondo, no es sino un pobre Asterión, es decir, la indefensa víctima
de un sacrificio que no alcanza a comprender.»
Una cierta lectura del
relato afirma tal conclusión. Si leemos la narración en todo
su patetismo, Asterión que cree ser poderoso y va a ser redimido es
realmente muerto por un hombre que no un dios, y destacando el hecho de la
construcción laberíntica del relato no podemos por menos que:
Una vez que nos hemos adentrado en esas redes de palabras, quedamos atrapados
en el juego, casi perverso, de Borges que se inicia con la pregunta por la
identidad de Asterión. Al igual que lo que le ocurre al Minotauro,
cuya vida transcurre como un juego y termina trágicamente, así
también, para nosotros, lo que empieza como una inocente adivinanza
termina arrastrándonos al mismo laberinto y concluye con una
revelación no menos trágica: ahora que estamos en el laberinto
sabemos que Asterión somos nosotros, en él está cifrado
el oscuro destino de los hombres.
Pero el laberinto en que nos encierra Borges no es sino un laberinto de palabras
colocado ahí en lugar de ese otro laberinto en que estamos encerrado
en nuestra condición humana. ¿Cual es el laberinto aludido por
la forma del cuento pero no nombrado? Para Jaime Alazraki ese otro laberinto
es la cultura humana, ese otro laberinto construido por hombres y que, como
el mundo fantástico de Tlön, se superpone al mundo sin ser el
mundo. Así cuando Asterión comenta: «Quizás yo
he creado las estrellas y el sol y la enorme casa, pero ya no me acuerdo»
Alazraki a su vez, en un juego de reflejos que no hubiese desagradado a Borges,
reflexiona:
[...]su [de Asterión] observación puede entenderse también
como una alusión a ese mundo de la cultura creada por el hombre y
en el cual el sol y las estrellas son productos tan imaginarios como las
casas que desde los días de las cavernas hasta Le Corbusier [...]
no han cambiado mucho menos que el espacio celeste desde Ptolomeo hasta Einstein.
En última instancia, también el hombre, tal vez celoso de esas
divinidades inferiores, ha bosquejado su propia imagen del universo con su
sol, sus estrellas y una enorme casa para su juegos: «La casa es el
mundo», nos recuerda Asterión.
Y sintetiza finalmente afirmando:«La casa del Minotauro es el laberinto
creado por el hombre y destinado a que lo descifren los hombres: es la cultura
en cuyo seno el hombre encuentra su hábitat, su modo de vivir en el
mundo».
Tal interpretación
viene avalada por otro cuento de Borges donde el caso puede argüirse
con mayor firmeza. En "Tlön, Uqbar, Orbis Tertius" un grupo de sabios
crea una enciclopedia de un mundo imaginario llamado Tlön. Poco a poco
ese mundo va ocupando y sustituyendo el nuestro. Todo queda claro cuando
el narrador del cuento dice:
Casi inmediatamente, la realidad cedió en más de un punto.
Lo cierto es que anhelaba ceder. Hacer diez años bastaba cualquier
simetría con apariencia de orden el materialismo dialéctico,
el antisemitismo, el nazismo para embelesar a los hombres.
¿Cómo no someterse a Tlön, a la minuciosa y vasta evidencia
de un planeta ordenado? Inútil responder que la realidad también
está ordenada. Quizás lo esté, pero de acuerdo a leyes
divinas traduzco: a leyes inhumanas que no acabamos nunca de
percibir. Tlön será un laberinto, pero es un laberinto urdido
por hombres, un laberinto destinado a que lo descifren los hombres.
Es evidente que todo el cuento funciona como una metáfora (una
«metáfora epistemológica» nos diría Alazraki)
de la forma en que el laberinto de la cultura se superpone al laberinto del
mundo tal y como es. Borges, como buen conocedor de la filosofía que
era, sabía perfectamente que una cosa es la realidad y otra muy distinta
las ideas que podamos tener sobre la realidad (incluyendo a la física).
Sirva de ejemplo también este breve cuento:
Del rigor en la ciencia
...En aquel Imperio, el Arte de la Cartografía logró tal
Perfección que el mapa de una sola Provincia ocupaba toda una Ciudad,
y el mapa del Imperio, toda una provincia. Con el tiempo, esos Mapas Desmesurados
no satisficieron y los Colegios de Cartógrafos levantaron un Mapa
del Imperio, que tenía el tamaño del Imperio y coincidía
puntualmente con él. Menos Adictas al Estudio de la Cartografía,
las Generaciones Siguientes entendieron que ese dilatado Mapa era Inútil
y no sin Impiedad lo entregaron a las Inclemencias del Sol y de los Inviernos.
En los desiertos del Oeste perduran despedazadas Ruinas del Mapa, habitadas
por Animales y por Mendigos; en todo el País no hay otra reliquia
de las Disciplinas Geográficas.
Suárez Miranda:
Viajes de varones prudentes, libro cuarto, cap. XLV, Lérida, 1658.
¿Podemos bajo una luz similar leer "La casa de Asterión"?
Probablemente las hipótesis expuestas tengan parte de razón,
probablemente "La casa de Asterión" no es sino un comentario y una
imagen (y la mayor aportación de Borges radica en habernos dado un
poderoso conjunto de imágenes para definirnos) de la condición
humana. Lo difícil, lo radical, es decidir la condición humana
a la que se refiere. Podría igualmente tratarse de la alienación
de la sociedad moderna que nos constriñe a vivir en la rigidez del
laberinto y que cuando ansiamos la redención sólo encontramos
la aniquilación. Con igual rotundidad podría afirmarse que
Asterión no es sino un pobre diablo incapaz de escapar a sus
condicionamiento y que al desear una redención externa se suicida
en lugar de buscar su propio camino (casi como si de un telefilm se tratase),
etc., etc., etc. Lo que si es evidente es que el cuento es infinito, e infinitas
son sus interpretaciones.
Existe una última
forma de leer el cuento, quizás no tan tremebunda como las anteriormente
expuestas, pero si más íntima y personal: Asterión es
simplemente una visión que Borges tenía de si mismo:
«[Borges] Encierra en un laberinto lingüístico al lector
y juega con él hasta derrotarlo. En su fruición estética
se perciben, sin embargo, sobretonos de angustia, una angustia que dimana
de saberse único, solitario, delirante, perdido y perplejo en un ser
ciego. Borges es Asterión, el Minotauro». Una imagen sugerente
y de gran belleza. El cuento por tanto reflejaría ante todo angustias
personales. Como debía sentirse un hombre destinado a ser escritor
de genio, al que le resultaba difícil relacionarse con la mujeres,
incapaz de hablar en público. Un hombre que básicamente sólo
se sentía feliz en el laberinto de la cultura. ¿Podemos aportar
algún texto para justificar tal interpretación? Sí:
A veces en las tardes una cara
Nos mira desde el fondo de un espejo;
El arte debe ser como ese espejo
Que nos revela nuestra propia cara.
Cuentan que Ulises, harto de prodigios,
Lloró de amor al divisar su Ítaca
Verde y humilde. El arte es esa Ítaca
De verde eternidad, no de prodigios.
También es como el río interminable
Que pasa y queda y es cristal de un mismo
Heráclito inconstante, que es el mismo
Y es otro, como el río interminable.
y luego en el epílogo a El hacedor declara:
Un hombre se propone la tarea de dibujar el mundo. A lo largo de los
años puebla un espacio con imágenes de provincias, de reinos,
de montañas, de bahías, de naves, de islas, de peces, de
habitaciones, de instrumentos, de astros, de caballos y de personas. Poco
antes de morir, descubre que ese paciente laberinto de líneas traza
la imagen de su cara.
El mensaje es claro y evidente: el arte para Borges refleja ante todo a aquel
que lo crea, el artista ante todo intenta explicarse a si mismo. Eso
aclararía la referencia a su maestro Rafael Cansinos Ansséns
que hemos creído encontrar en el cuento. Veremos más adelante,
que el Minotauro no es la única visión que Borges podía
tener del habitante del laberinto, y por tanto, creemos, no la única
visión que tenía de si mismo, y por extensión, no la
única visión posible de la condición humana ni de la
cultura humana. Tampoco está claro que el laberinto sea una prisión,
en este caso parece serlo, pero en otros, el laberinto parece ser verdaderamente
una «casa» o quizás la «casa».
Ciudadanos del
laberinto
Hemos examinado el tema del laberinto en dos de las ficciones de Borges.
Habremos visto como en ocasiones el laberinto contamina la propia estructura
del relato. Ambos cuento, que casi participan de lo policial, son trampas
para perder al lector. De ambos modelos existen variaciones. En "El jardín
de senderos que se bifurcan" Yu Tsun se pierde en un laberinto de tiempo
infinitamente desdoblado donde todas las posibilidades existen y se manifiesta,
pero él, bajo el peso de hierro de la irreversibilidad, elige sólo
una. En "El jardín de senderos que se bifurcan" el sabio que ha redimido
al antepasado de Yu Tsun vive tranquilo en el interior de un laberinto y
es el monstruo, el Minotauro, el traidor, el que penetra en él para
matarlo, en una trama que no es sino inversión y reflejo de "La casa
de Asterión". En ese cuento el laberinto es hogar de un hombre sabio
que estudia los laberintos.
En "La muerte y la
brújula" la situación es más compleja. El Minotauro
teje el laberinto alrededor del redentor para matarlo. Le obliga a penetrar
en él como castigo por haberle encerrado anteriormente en otro laberinto.
Al final al protagonista que va a morir sólo le queda postular un
laberinto de regresión infinita, compuesto de una sola línea
que se va acortando.
En "La biblioteca de Babel"
el tiempo es un laberinto estático que sólo se manifiesta en
la eternidad. En "Funes el memorioso" el laberinto es un mundo infinitamente
discreto, donde un instante dado no guarda relación con los anteriores
ni con los que le siguen. Lo laberíntico en ese cuento es el posible
lenguaje requerido para describir tal mundo.
Pero, hoy no hay tiempo
para explorar tales venturas. Dejaremos a otros ensayos o a la curiosidad
del lector el seguir perdiéndonos en el laberinto. Una advertencia
final sin embargo. Muchas ideas hemos visto, pero las interpretaciones se
las lleva el viento y nada significan. Como dice el bibliotecario de "La
biblioteca de Babel" en un maravilloso gesto de rectitud intelectual y
reflexión laberíntica: «Tú, que me lees,
¿estás seguro de entender mi lenguaje?». Lo importante es
leer a Borges, lo demás no es sino un laberinto.
NOTAS
-
Julio Woscoboinik: El secreto de Borges, Buenos Aires, Grupo Editor
Latinoamericano, 1991, p. 103.
-
Roberto Alifano: Conversaciones con Borges, Madrid, Editorial Debate,
1985, pp. 209-210.
-
Jorge Luis Borges: Ficciones, Madrid, Alianza Editorial, 1989, p.
14.
-
Alazraki, J.: La prosa narrativa de Jorge Luis Borges, Madrid, Gredos,
1983, p. 210.
-
Alazraki, J.: Ibíd., p. 246.
-
Jorge Luis Borges: El Aleph, Madrid, Alianza Editorial, 1992, pp.
7-28.
-
Alazraki, J.: Ibíd., p. 270.
-
Podemos admirar esa maravillosa sucesión temporal y lógica:
«multiplicado por el sol, por la sed y por el temor de la sed»
que semejan las bifurcaciones de un laberinto.
-
Jorge Luis Borges: El Aleph, Op. cit., pp. 139-140.
-
Jorge Luis Borges: El Aleph, Op. cit., pp. 117-123.
-
Jorge Luis Borges: El Aleph, Op. cit., 1992, p. 181.
-
Jorge Luis Borges: Borges oral, Barcelona, Editorial Bruguera, 1985,
p. 36.
-
Jorge Luis Borges: El Aleph, Op. cit., p. 123.
-
Una lectura que se refuerza si sabemos que "El inmortal" se publicó
originalmente con el título de "Los inmortales" que luego Borges,
como si quisiese concretizar, cambio para la edición en libro.
-
Juan Nuño: La filosofía de Borges, México,
Fondo de cultura económica, 1986, p. 110-111.
-
Juan Nuño: Ibíd., p. 11.
-
Jorge Luis Borges: "Nueva refutación del tiempo", en Otras inquisiciones,
Madrid, Alianza Editorial, p. , Buenos Aires, Círculo de lectores,
p. 145.
-
Jorge Luis Borges: El Aleph, Op. cit., pp. 69-72.
-
Adrián Huici: "Tras la huella del Minotauro", en Anthropos,
142/143, marzo-abril, 1993, p. 77.
-
Rodriguez Monegal, Emir: Borges por el mismo, Barcelona, Laia, 1984,
p. 107.
-
Marta Gallo: "Asterión, o el Divino Narciso", en Revista
Iberoamericana, 100-101, julio-diciembre, 1977, p.684.
-
Marta Gallo señala en estos párrafos el súbito paso
de la penumbra antes expuesta al súbito brillo del sol reflejado en
la espada.
-
Emir Rodriguez Monegal: Op. Cit., p. 107.
-
María Esther Vázquez: "Reflexiones acerca de «La biblioteca
de Babel»", en Anthropos 142/143, marzo-abril, 1993, p. 98.
-
María Esther Vázquez: Ibíd, p. 98.
-
Realmente la identificación en el cuento aparece en una nota editorial
que declara: «El original dice catorce, pero sobran motivos para inferir
que, en boca de Asterión, ese adjetivo numeral vale por infinitos.»
-
Jorge Luis Borges: "Los traductores de las 1001 noches", en Historia
de la eternidad, Madrid, Alianza Editorial, 1987, p. 115.
-
Enrique Anderson Imbert: "Un cuento de Borges: «La casa de
Asterión»", en Jorge Luis Borges (Jaime Alazraki, editor),
Madrid, Taurus, 1984, p. 139.
-
Huici, N. Adrián: Op. cit., p. 85. Cristina Grau: Borges y la
arquitectura, Madrid, Cátedra, 1989, p. 159.
-
Huici, N. Adrián: Op. cit., p. 77.
-
Huici, N. Adrián: Op. cit., p. 77.
-
Jaime Alazraki: "Tlön y Asterion: metáforas epistemológicas",
en Jorge Luis Borges, Madrid, Taurus, 1984, p. 197.
-
Jaime Alazraki: Ibíd, p. 199.
-
Jorge Luis Borges: Ficciones, Op. cit., p. 13-36.
-
Jorge Luis Borges: Ficciones, Op. cit., p. 35.
-
Jorge Luis Borges: El hacedor, Madrid, Alianza Editorial, 1990,
pp. 143-144.
-
Enrique Anderson Imbert: Op. cit., p. 143.
-
Jorge Luis Borges: El hacedor, Op. cit., p. 142.
-
Jorge Luis Borges: El hacedor, Op. cit., 1990, p. 155-156.
-
Jorge Luis Borges: Ficciones, Op. cit., p. 99.
© Pedro Jorge Romero 1995
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