JUDAÍSMO

Un rabino discute con Jesús

Un experto en el Talmud insiste en que los judíos deben mantenerse fieles a la Torah.


LA PALABRA:
Jacob Neusner, con volúmenes del Talmud,
dice que los cristianos creen en un reino de los cielos
y los judíos en un reino de los sacerdotes y santos en la tierra.

 

Imagínese caminar por un polvoriento camino en Galilea, hace cerca de dos mil años, y encontrar a un pequeño grupo de muchachos, dirigidos por un joven. La presencia del líder atrae su atención: él habla y los otros escuchan, responden, discuten, obedecen; les interesa lo que él dice, lo siguen. Usted no sabe quién es el hombre, pero sabe que implica una diferencia para la gente que lo acompaña y para casi cualquier persona que lo conozca. La gente responde, algunos con cólera, algunos con admiración, unos pocos con genuina fe. Pero nadie se aleja indiferente del hombre y de las cosas que hace y dice. Puedo imaginarme encontrando a este hombre y, cortésmente, discutiendo con él. Esa es mi forma de expresar mi respeto, el único cumplido que deseo recibir de los demás, el único tributo serio que rindo a las personas que tomo en serio. Puedo imaginarme no sólo conociendo a Jesús y discutiendo con él, desafiándolo sobre el fundamento de la Torah que compartimos, las Escrituras que los cristianos adoptarían más tarde como el “Antiguo Testamento”. También puedo imaginarme diciendo: “Amigo, tú sigue tu camino, yo seguiré el mío. Te deseo suerte, sin mí. Tuya no es la Torah de Moisés, y todo lo que yo tengo de Dios, lo único que necesito de Dios, es la Torah de Moisés”
Nos encontraríamos, discu
tiríamos y nos separaríamos amistosamente, pero nos separaríamos. El seguiría su camino hacia el lugar que creía que Dios le había preparado; yo seguiría mi camino, a mi hogar, con mi familia, mi perro y mi jardín. El hubiera seguido su camino a la gloria; yo, a  mis deberes y responsabilidades.
¿Por qué? Porque la Torah enseña que el reino que realmente importa no está en el cielo, sino donde nos encontramos actualmente: sustentando la vida, santificando la vida, en el aquí
y el ahora del hogar y la familia, la comunidad y la sociedad. El reino de Dios está en los humildes detalles de lo que tomo en el desayuno y en la forma en que amo a mi prójimo.
¿Puede el Reino de Dios venir pronto, durante nuestra vida, a donde estamos?
La Torah no sólo dice que sí, muestra cómo. ¿Tengo entonces que aguardar por el Reino de Dios? Por supuesto que tengo que aguardar. Pero mientras aguardo, hay cosas que debo hacer. Jesús exigió que para entrar al Reino de los Cielos yo tenía que repudiar a mi familia y volver la espalda a mi casa: “Vende todo lo que tienes, y sígueme’ Eso no es lo que dice la Torah.
En el Sinaí, Moisés dijo cómo organizar un reino de sacerdotes y un pueblo santo, conducir las labores cotidianas, amar a Dios; cómo construir el reino de Dios, aceptando el yugo de sus mandamientos. Como fiel judío, toque hago es reafirmar la Torah del Sinaí sobre y contra las enseñanzas de Jesús. Moisés no hubiera esperado menos de nosotros. Por eso, si yo hubiera escuchado esas palabras, hubiera ofrecido mi razonamiento, mi disputa hubiera sido con un hombre mortal que vivía entre nosotros y nos hablaba. Sólo la Torah es la palabra de Dios.
Creo que el cristianismo, comenzando con Jesús, tomó un camino equivocado al abandonar la Torah. Según la verdad de la Torah, mucho de lo que Jesús dijo es errado. Según la Torah, la religión de Israel en los tiempos de Jesús era auténtica y fiel, y no requería reforma ni renovación, pidiendo sólo fe y lealtad hacia Dios, y la santificación de la vida cumpliendo con los designios de Dios. Jesús y sus discípulos tomaron un camino, nosotros otro. No creo que Dios lo hubiera deseado en otra forma.

Textos: Jacob Neusner

 

El Judaísmo y Jesús

 Basándose en lo que dice el Evangelio, parece ser evidente que Jesús era judío. Pero antes de terminar el primer siglo cristiano, la fe en Jesús como el Señor y Salvador universal eclipsó su anterior identidad como un profeta y hacedor de milagros judío. Durante largos intervalo s en la historia occidental, Jesús fue pintado como griego, romano y alemán; inclusive, en la Alemania de 1930 como un ario rubio y musculoso.
Inclusive, en la Alemania de
1930, como un ario rubio y musculoso, creado a la imagen del antisemitismo. Pero durante la mayor parte de la historia judía, Jesús fue también una figura desarraigada: era el apóstata, cuyo nombre nunca debería mencionar un judío devoto.
De hecho, la falta de evidencia extra bíblica sobre la existencia de Jesús, ha hecho que algunos críticos lleguen a la conclusión de que no es más que una ficción cristiana creada por la iglesia inicial. Hubo, en realidad, una media docena de pasajes cortos, que más tarde fueron sacados de textos talmúdicos, que algunos eruditos consideran referencias indirectas a Jesús. Uno alude a un juicio por herejía contra alguien llamado Yeshu (Jesús), pero ninguno de ellos tiene un valor independiente para los historiadores de Jesús. El único texto antiguo signifi­cativo, con un valor histórico real, es un pasaje corto de Flavio Josefo, el historiador judío del siglo 1. Josefo describe a Jesús como “un hombre sabio”, un “hacedor de cosas asombrosas” y un “maestro” que fu e crucificado y atrajo a un póstumo grupo de seguidores llamados cristianos. En suma, argumenta el erudito bíblico John P. Meier, de Notre Dame, el
Jesús histórico fue “un judío marginal en una provincia marginal del Imperio Romano”, y como tal, indigno de una atención seria por parte de los cronistas romanos contemporáneos con él.
La persecución cristiana de los judíos hizo que el diálogo acerca de Jesús fuera imposible durante la Edad Media. Los judíos no sentían inclinación a contemplar la cruz en los escudos de los cruzados, ni tampoco disfrutaban de las discusiones teológicas fabricadas para las conversiones. Para ellos, las estatuas e imágenes cristianas de Jesús representaban la adoración de ídolos, prohibida por la Torah. Algunos judíos compilaron sus propias versiones de una “Historia de Jesús” (Toledoth Yeshu) como una parodia de la historia del Evangelio. En ella, Jesús es representado como el hijo bastardo de una María seducida, que más tarde obtiene poderes mágicos y practica la brujería. Eventualmente, es ahorcado, su cuerpo es escondido durante tres días y luego descubierto. Era una literatura subversiva tomada de los textos talmúdicos que habían sido suprimidos. “Los judíos eran impotentes ante la fuerza de las armas”, observa el rabino Michael Meyer, profesor en el Seminario de la Unión Hebrea, en Cincinnati, “por eso reaccionaban con palabras”. Cuando eruditos escépticos comenzaron a buscar al “Jesús histórico” detrás de los evangelios en el siglo XVIII, pocos intelectuales judíos se sentían suficientemente seguros para unirse a la búsqueda. Uno que lo hizo fue Abraham Geiger, un rabino alemán y uno de los primeros exponentes del movimiento de la Reforma Judía. El vio que los intelectuales protestantes liberales estaban ansiosos por ir más allá del Cristo sobrenatural del dogma cristiano, para encontrar el iluminado maestro de moralidad escondido en los textos del Evangelio. De su propia investigación, Geiger llegó a la conclusión de que lo que Jesús creyó y enseñó era en realidad el judaísmo de los fariseos liberales, una importante secta judía del siglo 1. “Geiger argüía que Jesús era un fariseo reformista, cuyas enseñanzas fueron corrompidas por sus seguidores y mezcladas con elementos paganos para producir los dogmas del cristianismo’ dice Susannah Heschel, profesora de estudios judíos en Dartmouth. Así, lejos de ser un singular genio religioso -como afirmaban los protestantes liberales- el Jesús de Geiger era un democratizador de la tradición que heredó. Fueron los rivales de los fariseos, los seduceos, quienes se convirtieron en los primeros cristianos y produjeron la imagen negativa de los fariseos, como leguleyos hipócritas, que se encuentra en los textos evangélicos posteriores. En suma, Geiger -y después de él, otros eruditos judíos.- hicieron una distinción entre la fe de Jesús, que vieron como un judaísmo liberal, y la fe en Jesús, que se convirtió en el cristianismo.
Las implicaciones de este “Jesús judío” eran obvias, y pronto fueron causa de polémicas. Los judíos que podían sentirse atraídos por la figura de Jesús no necesitaban convertirse al cristianismo. En lugar de ello, podían encontrar sus verdaderas enseñanzas fielmente recuperadas en el floreciente movimiento de la Reforma Judía. Los cristianos, por otro lado, no podían seguir afirmando que Jesús fue una figura religiosa única, que inspiró una nueva religión universal. Sin duda, si alguna religión podía afirmar ser universal, esa era el judaísmo monoteísta, que fue el progenitor tanto del cristianismo como del Islam.
El Holocausto dio lugar a otra forma de imaginar a Jesús. Si algunos judíos culpaban a los cristianos -o a Dios mismo- por permitir que existieran los hornos de Auschwitz, algunos artistas judíos encontraron una forma diferente de confrontar el
horror del genocidio: aplicaron el tema del Cristo crucificado a las víctimas judías de los nazis. Esto es particularmente evidente en las pavorosas pinturas de Marc Chagail, donde el Jesús agonizante está marcado con símbolos judíos. Y en “Noche”, en sus desgarradoras historias sobre los campos de muerte, Elie Wiesel adoptó el motivo de la Crucifixión para su conmove­dora escena de tres judíos ahorcados de un árbol, como Jesús  y los dos ladrones en el Gólgota. La figura central es un niño inocente balanceándose en prolongada agonía ya que su cuerpo es demasiado liviano para permitir a la cuerda efectuar su rápida ejecución. Cuando Wiesel escucha que otro recluso grita: “¿Dónde está Dios?”, el autor se dice a sí mismo: “Aquí está. Ha sido ahorcado aquí, en este patíbulo”. “No hay una escasez de sufrimiento en el judaísmo”, opina Alan Segal, profesor de Estudios Judíos del Barnard College en la Universidad de Columbia, “y no hay una razón por las cuales los judíos no puedan adoptar una imagen central del cristianismo”.
Actualmente, el origen judío de Jesús ya no está en duda entre los eruditos. Asimismo, ha sido ampliamente aceptado por los estudiosos de la Biblia, tanto cristianos como judíos, que mucho de lo que enseñó puede encontrarse en las Escrituras Judías. En algunos seminarios, como en la Unión Hebrea, los candidatos a rabinos deben pasar un curso sobre el Nuevo Testamento. Fuera de los círculos eruditos, hay menos enfoque en Jesús, y la mayoría de los judíos nunca llegará a leer la Biblia cristiana. Y, por supuesto, los judíos no aceptan al Cristo de la fe. “Consideran a Jesús como un judío admirable”, dice el teólogo John Cobb, “pero no creen que ninguno de ellos pudiera ser Dios”.


SUS RAÍCES:

Eruditos cristianos y judíos
aceptan que mucho de los
que Jesús enseño se puede
encontrar en las Escrituras judías
pero los judíos siguen considerando
a Cristo como “un judío admirable”,
no el Hijo de Dios.

UN JESÚS HEBREO:
Hacia finales del siglo I;
Jesús como el Señor y
Salvador Universal, eclipsó
su anterior identidad de profeta
judío y hacedor de milagros.
Pero recientemente, pintores
judíos como Chagall (izq.) y
Reuven Rubin (der.) han vuelto
a interpretar escenas de la vida
de Cristo.

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