| ¡Rafael!
¡Rafael! ¿Dónde te has metido? daba voces Elyón
mientras lo buscaba en los laboratorios de la base que
habían instalado en el planeta Adamo. ¡Ah, aquí
estás! ¿Qué pasó con el informe que me habías
prometido sobre la evolución en este planeta? ¡Oh,
señor! Lamento tener que decir que nada nuevo hay para
informar. Desde el último reporte que presenté no ha
habido cambios significativos en la especie seleccionada.
¿Quieres
decir que no han dado aún muestras de inteligencia?
No...
Sólo unas herramientas de piedra... Sinceramente, no sé
que sucede: todas las razas han alcanzado el nivel
físico apropiado para el desarrollo intelectual, pero
ninguna de ellas ha dado el salto que esperamos... A
veces pienso que quizá haya sido contraproducente
separarlos...
De
ninguna manera, Rafael. La diversidad de razas garantiza
mejores posibilidades de supervivencia a la especie. Si
se quedan todos juntos en una zona cálida y luego
sobreviene una catástrofe, ¿cómo podrán adaptarse?
Mejor es así, que experimenten la oposición de la
naturaleza para que surja en ellos el deseo de dominarla.
Rafael
asintió con desánimo. Elyón, tratando de alegrarlo,
continuó:
¡No
te descorazones ahora! Mira, te diré lo que haremos:
harás un recorrido por Adamo para seleccionar a los
mejores especímenes de entre todas las razas y luego los
traerás aquí para que los adiestremos. ¡Te prometo que
lograremos activar sus cerebros! ¿Qué te parece la idea?
¡Me
parece maravilloso! exclamó Rafael recuperando el
entusiasmo repentinamente. ¡Ya mismo voy para
allá! dijo, saliendo a toda prisa del laboratorio
rumbo al campo de vuelo.
Allí
encontró a Micael, quien estaba desafiando a unos
compañeros a hacer una carrera. Nadie le hacía caso,
acostumbrados como estaban a perder siempre.
¡Sois
todos unos aburridos! protestaba. ¡No os
hagáis los sordos!
Ya
déjalos en paz lo interrumpió Rafael tirándole
del brazo. Acompáñame, que voy a dar una vuelta
por el planeta.
¿Y
para qué quieres que vaya contigo?
Voy
a buscar unos especímenes para adiestrar y necesito que
me ayudes a subirlos a la nave porque seguramente se
resistirán.
Oh,
está bien, vamos. Tu propuesta no es muy divertida, pero
es la única que hay respondió Micael y lo siguió.
¡Tráeme
aquel macho!
¿Éste?
¡No huele bien!
¡Son
salvajes, Micael! ¿Quieres que estén bañados y
perfumados? gritó Rafael mientras arrastraba a una
hembra que aullaba y se retorcía tratando de liberarse
de la red.
¡Qué
asco! Después de esto, tendré que someterme a una
sesión de descontaminación de las completas dijo
Micael, tomando al individuo de los pelos de la cabeza;
pero éste, lejos de dejarse atrapar, le rugió e
intentó morderle la mano.
La
amable respuesta de Micael fue un brusco puñetazo que lo
dejó tendido en tierra.
¡¿Qué
haces?! ¡No lo lastimes!
Intentó
morderme. ¡Yo les enseñaré respeto a éstos!
Sí,
pero déjales algún hueso sano, si no es mucho pedir...
Cuando
acabaron de reunir a todos los especímenes que había
escogido Rafael, que sumaban más de un centenar, se
dispusieron a darles un buen baño porque era
injustificable llevarlos a la base en esas condiciones.
Los encerraron en unas jaulas especialmente
acondicionadas para tal fin y luego abrieron las duchas.
Una vez limpios, los introdujeron en la cámara de
descontaminación y luego los volvieron a encerrar en
otras celdas, separando a los machos de las hembras.
Asimismo, Rafael y Micael se entregaron a la misma rutina
de purificación. Acabado todo este ceremonial regresaron
a la base, donde los esperaba Elyón, quien, al ver los
ejemplares, se llenó de gozo y decidió hacer una fiesta
para celebrar el advenimiento de la nueva especie.
No fue
fácil encaminar a los hijos de Adamo. Éstos se hallaban
en un total estado de salvajismo. Conforme se iban
reproduciendo, Rafael y Elyón apartaban a las crías
para que no se bestializaran. Fue necesario hacer esto
durante varias generaciones, hasta que los pequeños
comenzaron a dar muestras de racionalidad. Los padres
eran regresados a sus lugares de origen pues,
contrariamente a lo que se esperaba en un principio, ya
nada se podía hacer con ellos.
De todos
los nacidos bajo la supervisión de Rafael y Elyón
había dos que destacaban por sus excepcionales
condiciones: los hermanos Seth y Abiel. Ambos se
adaptaron rápidamente y se comportaban como cualquier
integrante de la comunidad. Hablaban a la perfección y
eran capaces de resolver cualquier problema que se les
plantease sin dificultades. Físicamente se parecían
mucho pero sus temperamentos eran muy diferentes. Seth
era inquieto y temerario; admiraba con locura a Micael, a
quien consideraba su héroe. Solía perseguirlo por todas
partes, rogándole que le diese clases de lucha. Abiel,
en cambio, era dulce y sereno y se había apegado mucho a
Elyón, quien lo amaba profundamente.
En
cierta oportunidad, hallándose ambos hermanos junto a
Elyón, se presentó Micael portando dos espadas
brillantes.
Mis
disculpas, señor. ¿Sabes de algún alumno que esté
interesado en mis clases de esgrima? preguntó,
conociendo la respuesta.
Sí...
Creo que había uno por aquí... respondió Elyón,
mirando de reojo a Seth, que desplegó una sonrisa de
oreja a oreja. Aunque no sé si deba permitirle ir...
¡Oh!
¡Por favor, señor! imploró Seth. Te
prometo que, si me dejas ir, haré todo lo que me digas:
pondré más atención, me comportaré mejor...
Bien,
bien. Quiero más hechos y no tantas promesas. En
especial, me gustaría que te ocupes de tus tareas y que
no te aproveches de la bondad de tu hermano, que las hace
por ti.
¡Lo
haré! ¡Lo haré! ¿Puedo ir?
Sí,
puedes ir dijo Elyón sacudiendo la cabeza.
Tu hermano es realmente duro de domar, Abiel
prosiguió después de que Seth se hubo marchado.
No
creo que sea un problema, señor. Es un poco alocado,
fruto de su natural inmadurez, pero seguramente se le
pasará pronto. Lo que me disgusta de él es esa pasión
por Micael: no me habla de otra cosa.
No
te agrada Micael, ¿verdad? preguntó Elyón con
simpatía.
No...
No es que no me agrade... En verdad... le tengo un poco
de miedo.
¡Lo
suponía! Pero no te apresures a sacar conclusiones,
Abiel. A todos nos pasó lo mismo cuando lo conocimos.
Impresiona, ¿verdad? Tan alto, con sus largos cabellos
rojos como llamaradas de fuego y esos ojos feroces del
mismo color...
Es
más alto que todos los demás pero no más que tú,
señor.
Así
es, por eso lo llamé MicaElyón que
significa el que es como Elyón. Déjame que
te cuente su historia, que es digna de ser conocida...
No
recuerdo exactamente cómo habíamos dado con aquella
región del cosmos. Lo cierto es que allí nos
encontramos con una gran cantidad de planetas habitados.
Era un universo completo y cerrado en sí mismo. Se
trataba de una civilización guerrera muy tecnificada.
Cuando detectaron nuestra presencia enviaron millones de
naves de combate que rápidamente nos rodearon mientras
que nos exigían que nos rindiéramos. Creo que fue la
única vez en mi existencia que sentí miedo. Temía que
no nos dieran la oportunidad de decirles que llegábamos
en son de paz y eso desatara una catástrofe.
Afortunadamente, eran guerreros pero no tontos ni
precipitados. Cuando comprendieron nuestras intenciones
nos escoltaron hasta el planeta principal, donde se
hallaba su señor.
Decidí
descender solo para entrevistarme con él. Me recibió
con más cordialidad de la que yo realmente esperaba.
Como ninguno de los dos conocía el idioma del otro
comenzamos a comunicarnos por medio de dibujos, que es el
lenguaje universal y siempre da buenos resultados. Supe
que se llamaba Adonay DMuzí y que tenía bajo su
mando a toda la región. Me impresionó, como te decía,
su belleza agresiva y su virilidad. A él también le
llamó la atención mi aspecto: afirmó que nunca había
visto un ser tan blanco y resplandeciente.
Luego de
varias entrevistas, llegamos a hacernos amigos. Él es un
ser estupendo: había logrado unificar el gobierno de
todos aquellos planetas luego de un sinfín de luchas
sangrientas. Instauró la paz y estableció toda clase de
normas de conducta. Nada había quedado sin contemplar en
su estricto reglamento. Nadie molestaba a su prójimo,
pues era imposible escapar al castigo. Sucedió entonces
que yo, conociendo su rectitud y valentía, le propuse
que se uniera a nosotros. Pero me rechazó de plano. Ni
siquiera se interesó cuando le expliqué que dominaba la
técnica de la inmortalidad.
¿Inmortalidad?
Si yo temiera a la muerte no habría elegido ser un
guerrero me contestó. ¿Para qué quiero ser
inmortal? ¿Para aburrirme?
Yo
no me aburro le aclaré.
Tú
eres un científico. Eres diferente a mí. Yo he luchado
toda mi vida para organizar estos planetas y, ahora que
lo he logrado, siento que no tengo en qué entretenerme.
Esta
respuesta me dejó perplejo. ¿Cómo convencer a alguien
que razonaba de esa manera? No sabiendo qué hacer,
regresé a mi nave y convoqué a mis ministros para
tratar el tema. Allí todos opinaban de un modo o de otro,
pero nadie podía encontrar una solución al problema.
Todos coincidíamos en afirmar que era de vital
importancia lograr la fusión de las dos civilizaciones:
nosotros no teníamos un ejército como el de ellos, ni
ellos dominaban la ciencia como nosotros. Unidos,
seríamos invencibles.
Harto
habíamos discutido hasta que mi hija, que no había
pronunciado palabra hasta el momento, intervino:
Desconocéis
el corazón del guerrero nos dijo.
Pretendéis estudiarlo con vuestras frías ecuaciones
matemáticas. Él no entiende de alianzas estratégicas
ni conveniencias. Él ha nacido para batallar, para
sentir la sangre corriendo furiosamente por sus venas.
Él sólo encuentra la paz cuando enciende el motor que
rige su naturaleza: la pasión.
De más
está decir que quedamos alelados ante tal declaración.
Una vez más, me sentí orgulloso de su sabiduría. No
fue en vano el extenso y minucioso trabajo que realicé
en ella.
¿Y
qué propones? le pregunté.
Propongo
que dejéis el asunto en mis manos. Si deseáis que el
guerrero se una a vosotros, yo lo convenceré.
Bien.
Entonces, haz como has dicho dije, seguro de que lo
conseguiría a pesar de que no tenía idea de lo que
planeaba, ya que ella nunca da explicaciones.
Antes de
partir para entrevistarse con Adonay, o por lo menos eso
creía yo, se vistió con un traje totalmente negro y
cubrió su rostro con una máscara del mismo color. Nadie
podría haber imaginado que debajo de ese atuendo se
encontraba la criatura más perfecta del universo.
Era de
noche cuando se marchó. Deliberada e ingeniosamente
burló toda la seguridad del palacio de Adonay, llegando
hasta su recámara sin ser detectada por los guardias.
Él dormía. Ella se le acercó sigilosamente en medio de
la oscuridad y, cuando estuvo a su lado, sacó un puñal
y lo atacó. Pero él, rápido como un rayo, la detuvo
asiéndola del brazo. Ella, viendo que la superaba en
fuerza, le propinó un rodillazo entre las piernas que le
sirvió para liberarse de él momentáneamente.
¡Eres
hembra! ¡Se nota en tus métodos desleales! rugió
él abalanzándose sobre ella para evitar que escapase.
Ambos
cayeron al piso y, mientras forcejeaban, él le arrancó
la máscara. Tan impresionado quedó al ver su
maravilloso rostro resplandeciendo en la oscuridad, que
la soltó, permitiendo que se alejase.
¿Quién
eres? ¿De dónde saliste?
Soy
la hija y principal guardiana de Elyón. He escuchado a
muchos que dicen por ahí que eres un guerrero
inigualable, que jamás nadie te ha vencido. Pues bien,
he venido a desafiarte. Quiero comprobar si es cierto
todo lo que dicen de ti.
A
ti quisiera demostrarte mis habilidades en otro campo,
que no es el de la pelea respondió él,
sonriéndole con sensualidad.
Ese
campo no me interesa le contestó ella.
¿Aceptas o no mi desafío?
No
deseo contender contigo. No me agrada la idea de
lastimarte y mucho menos la de matarte. Eres tan bella...
¿Y
por qué estás tan seguro de que me lastimarás o me
matarás?
¡Oh!
¡Vamos! Tú sabes que nunca podrías ganarme.
Eres
tú el que no sabe con quién está tratando
respondió ella con tono agresivo.
Él se
echó a reír.
¡Si
hace apenas un momento, cuando te tenía sujeta, no
podías liberarte de mí!
Estaba
jugando contigo. Tampoco tenía intención de asesinarte
cuando te ataqué, sólo quería provocarte... Y debo
admitir que tienes muy buenos reflejos... Intenta
atraparme otra vez, si es que puedes.
Con
mucho gusto dijo él y, aproximándose a ella,
intentó tomarla del brazo.
Pero se
esfumó ante sus ojos. Adonay se quedó inmóvil,
intentando imaginar por dónde se le había escapado. De
pronto, recibió un puñetazo en la cara que lo hizo
retroceder unos pasos.
¿Qué
te sucede, guerrero? le preguntó con voz
seductora. ¿No puedes pelear con una enemiga
invisible? ¿Tan pronto he hallado tus limitaciones?
¡Eso
es trampa! gritó enfurecido. ¡Te vales de
trucos sucios! ¡Ahora verás! exclamó y, tomando
su espada, comenzó a luchar con ella en la oscuridad.
Así
estuvieron toda la noche. Por momentos ella se hacía
visible para acrecentar su ira o soltaba una carcajada
para orientarlo. A pesar de que él no la veía, ella no
podía asentarle el golpe de gracia. Por fin, al amanecer,
ella lo abandonó tan repentinamente como se le había
aparecido.
Al día
siguiente, él vino a verme, echando humo por las orejas.
¿Dónde
está? ¿Qué clase de juego es éste? ¡Viene a
provocarme y luego desaparece cobardemente! ¡Quiero
verla ya mismo! aullaba.
Cálmate,
Adonay. ¿Podrías explicarme qué te ocurre? le
pregunté poniendo mi mejor cara de inocente.
Entonces
me contó... Mejor dicho: me ladró lo sucedido,
adornando sus frases con una gran cantidad de insultos.
¡Oh!
¡Ella es así! le dije para tranquilizarlo.
¡Le encanta hacer travesuras! No le des tanta
importancia...
¿Qué
no le dé importancia? ¡Nadie me deja con la espada en
la mano! ¡Y mucho menos una hembra!
¡Cuánto
lo siento por ti, Adonay! exclamó ella, entrando
en la cámara. ¡Justamente mi especialidad
consiste en dejar a los machos con la espada en la mano!
dijo riendo mientras se sentaba.
Él
permaneció de pie, contemplándola fijamente sin
pronunciar palabra. Su mirada era una curiosa mezcla de
odio con simpatía.
¿Te
burlas de mí? le preguntó por fin.
¡Oh,
no! ¡Ni pensarlo! se apresuró a contestar
ella. ¿Por qué tienes esa cara de pocos amigos?
Deberías estar satisfecho, ya que yo no pude derrotarte...
Él se
le acercó lentamente e inclinándose hacia ella dijo:
Eso
no es suficiente. Me has airado y ahora quiero
desquitarme contigo.
Sí...
Yo sé de qué forma quieres desquitarte conmigo,
guerrero... respondió ella complacida. Pero
te advierto que no te será fácil atraparme.
Él
sonrió con ironía.
Veremos...
Disculpad
que interrumpa vuestra interesante conversación
intervine; pero deseo recordaros que no
quiero destrozos aquí. Si vais a pelear, os agradecería
que fuerais a un lugar más apropiado.
Creo que
se sorprendieron al escuchar mi voz, pues hacía rato que
habían olvidado que yo estaba allí.
Tienes
toda la razón, padre admitió ella. Supongo
que Adonay no tendrá inconveniente en postergar este
asunto hasta el anochecer, ¿verdad?
Sí.
Pero déjame decirte que si no te presentas en mi palacio
vendré a buscarte y será peor.
Descuida:
estaré allí.
Ése fue
el comienzo de las mil y una noches de lucha. Todas las
noches se encontraban para pelear, como la primera vez,
pero el amanecer nunca hallaba un vencedor. Llegaron a
agotar sus técnicas. Llegaron a conocerse mucho.
Llegaron a respetarse. Llegaron a admirarse. Llegaron a
amarse.
Por fin,
llegó el día de la partida. Ya habíamos estado lo
suficiente en aquel lugar y debíamos seguir nuestro
camino. Ella fue a despedirse de Adonay.
Ha
sido un verdadero honor para mí haber contendido contigo,
Adonay. Nunca te olvidaré.
¿Tan
pronto debéis partir?
Sí.
Así lo ha decidido mi padre le contestó.
Él la
observaba con una expresión de desolación en el rostro.
Quédate
conmigo.
No
puedo quedarme contigo, Adonay. A ti no te interesa la
inmortalidad, ¿recuerdas? A mí sí. Debo seguir a mi
padre.
¿Volveré
a verte?
No.
Cuando volvamos a pasar por aquí tú ya habrás muerto.
Él
permaneció en silencio, con la vista baja y las manos
cruzadas en la espalda. Ella continuó:
No
tiene por qué ser así. Todavía puedes unirte a
nosotros. Podríamos estar juntos por siempre... Sólo
debes tomar la decisión.
¿Y
abandonar todo lo mío, mi planeta, el lugar donde nací?
¿Cómo voy a abandonar el lugar por el que luché toda
mi vida?
Piensas
como el mortal que eres. Te aferras a la tierra porque no
la has visto cambiar ni un ápice en toda tu existencia.
Ella estaba allí antes de que nacieras y estará allí
después de que mueras. Por eso crees que la tierra vale
más que tu vida. Pero si fueras inmortal, sería
exactamente al revés. Verías cómo las estrellas nacen
y mueren. Y tú seguirías estando. Y te darías cuenta
de lo valiosa que es tu vida, de lo valioso que es tu
cerebro, la obra más maravillosa de la naturaleza, en
nada comparable con las despreciables estrellas que no
son más que un montón de materia sufriendo
rudimentarias transformaciones dijo y luego se
quedó en silencio, esperando que sus palabras surtieran
efecto.
Él
sacudió la cabeza, exhaló un profundo suspiro y miró
para otro lado.
No
puedo le respondió.
Ella se
quedó como petrificada. Se sintió totalmente derrotada.
No había podido convencerlo. No había podido cumplir la
promesa de unir a las dos civilizaciones. Para colmo, le
resultaba insoportable la idea de no volver a ver a
Adonay. De todos modos, no abandonó su expresión
indiferente.
Muy
bien. Entonces... adiós y dando media vuelta, se
dirigió hacia la salida caminando lentamente, con la
esperanza de que él cambiara de opinión.
Él, por
su parte, libraba en su interior la batalla más grande
de su vida. Por fin gritó:
¡Espera!
ella se detuvo, suspirando aliviada y sonriendo.
Luego se volvió hacia él, que se acercó y la
abrazó. Me has atrapado, malvada. No puedo
separarme de ti. Si lo hiciera, moriría de aburrimiento.
¡Y por cierto que no quiero morir, ahora que te conozco!
Eres
inteligente, guerrero. Mucho más de lo que yo creía...
¡Ah,
gracias!
No
me gusta confesarlo pero, hace un momento, me sentí
profundamente humillada. ¡No podía creer que te
pudieras resistir a mis encantos!
Nunca
me he resistido... Es más: aún no he conseguido lo que
quería...
Tendrás
eso y mucho más. Te daré mi lugar en la asamblea y tú
serás el jefe del ejército. Yo estaré bajo tu mando y
seré tu mano derecha. Seremos eternos e invencibles...
Así
termina esta bonita historia. Adonay y los suyos se
unieron a nosotros y yo lo bauticé, como te decía,
MicaElyón concluyó Elyón con una
sonrisa de satisfacción.
¡Vaya!
¡Qué historia! exclamó Abiel. Por cierto,
yo no sabía de la existencia de esta hija tuya que...
¿cómo dijiste que se llama?
No
te lo he dicho. Su nombre significa la que se opone
a Elyón pues, cuando la diseñé, quise suscitar
en ella el espíritu crítico, ya que estaba un poco
cansado de que todos me dijesen sí, señor
continuamente.
¿La
diseñaste?
¡Sí!
Elegí cuidadosamente sus genes. Has de saber que es una
hembra universal, capaz de seducir a cualquier macho de
cualquier especie afín, y que es única en su especie.
¿Y
cuándo la conoceré?
¡Muy
pronto! Antes de que tú nacieras, Micael la envió a
hacer una recorrida por algunos planetas para ver cómo
marcha todo. En breve la tendremos aquí de regreso...
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