Compadécete de tu madre. Compadécete de tu padre. Compadécete de tus hermanos. Compadécete de ti. 
  
Cosa triste es el hombre. El pez tiene su elemento natural en el agua.
El pájaro, en el aire. El hombre, en la compasión.

Ningún ser sabe que es feo; ninguno, que es ignorante; ninguno que es desgraciado.

Ninguno excepto el hombre. ¡Misericordia para él!
  
Compadécete de cuanto te rodea, pues todo está impregnado de tu dolor.
El árbol a tu lado crece menos, crece torcido, y sus débiles ramas no pueden sostener todos los frutos. 
Por ti perdió el caballo la libertad y la hermosura.
¿No sentirás piedad por tu caballo, por tu árbol y por todos los seres que te sirven y no pueden expresarte lo que sufren?

Ten compasión del soberbio. Quizá lo que hincha su pecho no es soberbia, sino angustia.
Ten compasión de tu enemigo. Quizá lo que juzgas odio, es miedo.
Ten compasión del ladrón. Quizá el bien que te quita sólo lo usa en su daño.

Aquel que menos compasión te inspira, ¿piensas que tardará mucho en andar acostado y dormido por la calle?
Demasiado dolor hay en el mundo. ¡Compasión para todos! ¡Todos los seres necesitan tu amor!

No te averguences de sentir piedad.
Las plantas tienen, tras el bochorbno de la tarde, el rocío de la noche.
Derrama tu misericordia sobre las multitudes.

Este era un rey...
Compadécelo. ¡Qué pena la de ser rey en un mundo de ilusiones!

Compadece al hombre de superior inteligencia y a la mujer de singular belleza.
¡Cuánto duele el pensamiento si ahonda mucho, y cuánto la hermosura que provoca la simulación de amor!

Falta hacen los sabios, los audaces, los rectos y los pacientes; pero también son necesarios quienes de ellos se compadezcan.

Si poderoso señor sintió piedad por un prójimo, y le brindó su casa y sus favores, y con esto se atrajo un enemigo, ¡que alguien se compadezca del poderoso señor!

Hay sensatos, y fuertes y abnegados a millares.
Pero son pocos los que sienten piedad, cuando se entregan al sueño, por el infinito número de seres que pasan la misma noche sin paz, ni abrigo, ni techo. 

Ten piedad del sacerdote, del abogado, del juez, del médico. Imagina sus ansiedades, sus dudas y sus torturas.
Grande es el hombre que por su virtud gobierna; grande el que se adelanta para allanar el camino donde avanza su pueblo; el que redime a sus semejantes de múltiples dolores, afrontando un dolor mayor que todos; pero son más grandes aún cuando se compadecen de alguien, así sea de un elefante, de un buey o de una paloma.

Cuando en la serena noche contemplas los diamantes que resplandecen en las Invisibles Manos y ves correr de pronto alguna lágrima de los Invisibles Ojos, compadece a quienes buscan la riqueza en las entrañas de la tierra.

Al que más gordo de lo que conviene, más bajo de lo que desea, más torpe de que su condición reclamaría, ¡que tu compasión lo alivie!

Haz con ese malvado lo que consideres razonable; pero, al hacerlo, apiádate de él. 
Reprime los abusos; pero que tu corazón se apiade de los abusadores.
Lucha, si eres soldado, ante el invasor; mas compadécete de su mujer y de su huérfano.

Apártate de la mujer que se ha burlado de tu fe; mas ten piedad de ella. La espina de su burla queda clavada en su carne.

Compadece al que te debe y no te paga, y sufre la tortura de deberte.

No sabes como se llama, no conoces su patria, ni su oficio, ni sus merecimientos, ni sus culpas. Acaso se ha escapado del presidio. Acaso habita en las cumbres de la inmortalidad.
Compadécelo. Es un hombre.

Cuando preguntes al Señor: ¿Qué hago con este enemigo?, tres veces, sin escuchar tus quejas, te dirá: Compadécelo.
Y agregará el Señor: Yo me apiado de ti.
Yo tiendo ante tus pies mi compasión cada vez que caminas.

Agrada al rengo que se deplore la sordera, y al sordo, que se lamente que haya rengos; pero se disgustan ambos si deploráis ante cada cual la propia falla.
Pero tú, que sabes esto, compadécelos a todos, en secreto; más, todavía, al que repudia la compasión como una ofensa.

Ten piedad de los hombres que parecen duros y ásperos como una roca: y brota de ellos la pura y amorosa palabra que consuela y alienta.

¡Cuántos siembran en el campo de la vida, y con la misma intención! ¡Cuántos se encorvan para llamar con su azada a la puerta de la próvida Naturaleza y depositan la humildísima ofrenda de la simiente, con la esperanza de recoger ciento por uno, o mil por uno, o millones por uno!
Y aguardan el milagro de la abundancia y la perenne alegría: y se encorvan de nuevo para cosechar su parte.
A unos la espiga les resulta llena. A otros, vacía.
Compadece a cuantos siembran, ¡Ninguno sabe lo que recogerá!

_¿Quién va?
_Uno que no sabe donde camina, ni a donde se dirige: Un hombre.
_¡Compasión para él!

¿Qué es lo que gime entre Marte y el Sol?
La Tierra.
¡Misericordia para sus moradores!

¿Quiénes ríen sarcásticamente del infierno?
Los que en él se debaten, quemándose en su fuego.
¡Compasión para ellos!

Ten piedad cuando vaciles en el juicio sobre alguien. Ten piedad, y acertarás.

Ten piedad de los que llegan hasta ti, y adivinarás en ellos lo que más necesitan.

Ten piedad de los que pasan. Los ciegos llevan un cartel colgado al cuello, que dice: “Soy ciego”. Los demás llevan también uno en la espalda que dice: ¡Compadécete de mi!

¡Compasión para tu hijo, cuya torpeza provoca tu furor!

¡Compasión para su alma, sus huesos y su carne!

¡Compasión para ti, padre verdugo, si malogras en tu hijo su destino y el porvenir de la especie!

El año tiene 365 angustias; el día, 24 desencantos; la hora, 60 inquietudes.

Cuatro son los caminos para llegar al Señor: la sabiduría, la justicia, la belleza y, el más seguro de todos, la compasión.

Cada hombre reputa a su país el mejor del mundo; a su comarca, las más hermosa del país; a su casa, la más digna de estima y alabanza, y a su persona, lo mejor de su casa.
Cada hombre ve morir al semejante, y lo vela, y lo lleva al cementerio, y sabe que morir es natural y fatal, mas cuando él llega a su término se espanta y clama: ¿Qué es esto? ¿Y no compadecerás a cada hombre.

Cuando mueras, el mundo quedará lleno de dolor.
Continuarán incompredidos los niños, muchos ciegos sin quien los lleve de la mano, muchos sedientos sin saciar su sed.
¡Compadécete de los que quedarán cuando tú mueras!

Compadécete de mí, que no supe dar al mundo siquiera el amor de un día de mi madre.


Constancio C. Vigil

Nació en Rocha, Uruguay, el 4 de Septiembre de 1876.

Desde su juventud, estuvo dedicado a las letras, como escritor y como promotor de revistas lo que le hacía ver como un defensor de la comunicación.

En 1901, funda, en su país natal, su primera revista y en 1903, la revista Pulgarcito, surge como antecedente del famoso Billiken.
En 1915, Vigil publica su obra El Erial, donde se sintetiza su pensamiento. Constituye un conjunto de lecturas morales cristianas.
En 1919,funda, la revista Billiken, se convierte en la suma de industria editorial, niñez y escuela y, de la que gozaron varias generaciones.

Otras de sus obras: Marta y Jorge; La Hormiguita Viajera; Mangocho; La familia Conejola.
Otra de sus creaciones , es el Libro de iniciación a la lecto-escritura, más duraderos de la historia argentina: Upa.

Constancio Cecilio Vigil, fallece en Buenos Aires, el 24 de Septiembre de 1954.