Los maragatos guardan
allí recuerdos de sus insignes
como el piloto Basilio Villarino
descubridor del río Negro que
permitió desembarcar en 1779 al
fundador Francisco de Viedma y
Narváez- La
subprefectura de Patagones cuenta
con un museo abierto al público
que permite al visitante conocer
la historia de la Prefectura
Naval Argentina, la Subprefectura
de Patagones y el Puerto de
Patagones. El museo fue
inaugurado el 25/8/95 recibió el
nombre de Museo Carmen de
Patagones de la Prefectura Naval
Argentina.

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La
cuna de lo que fue
Patagones como el segundo
centro portuario de la
Argentina entre los
siglos XIX y XX, se ve
reflejada en la
actualidad en el museo
que la Prefectura Naval
abrió a los visitantes
en el histórico parque
ubicado barranca abajo,
sobre la margen maragata
del majestuoso río Negro.
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En un
edificio original de 1900, se
exhiben uniformes, maquetas,
armas, objetos artísticos y
elementos náuticos. Entre todo
el material presentado a la
consideración pública se
destaca el uniforme más antiguo
de la institución que era
vestido por el personal de la
Capitanía de Puerto de Buenos
Aires, cuando Martín Thompson -marido
de la célebre Mariquita-
encabezó esa fuerza primigenia.
Por entonces,
la capitanía utilizaba para el
control de los buques fondeados,
embarcaciones típicas de la
época llamadas "falúas"
por lo que a sus tripulantes se
los titulaba "tripulantes de
la Falúa del puerto", y
precisamente una de esas
vestimentas engalanan la sala
principal del coqueto lugar.
Armas de
antaño de uso institucional
ornamentan también una puesta en
escena permanente.
El
comandante Luís Piedra Buena, de
quien la generalidad desconoce su
nacimiento en esta tierra, y la
impronta que dejó el primer
comandante del puerto maragato,
el teniente coronel de Marina,
Federico Spurr.

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Por
algún rincón anda un
pedazo de madera que
perteneció a la "Ytaparica",
una goleta que fue
arrancada a los
brasileños en 1827
cuando el estuario del
Negro se convirtió en el
teatro de operaciones
contra el por entonces
imperio de origen
portugués. |
La "Ytaparica"
terminó en realidad como balsa
hundida sobre la costa viedmense
en la década de 1940 y hasta ese
momento no se le había dado
ningún valor histórico, por lo
tanto, algunos pocos vestigios
forman parte del patrimonio de
esta exposición que es la
segunda de Argentina, junto con
el Museo Naval del Tigre.
Parte de sus
paredes reflejan la historia
desde la Campaña del Desierto
con la titulada "Escuadrilla
del río Negro" que se
asentó en sus costas en 1880,
punto de partida para iniciar por
agua la colonización del Oeste
territorial.
La
escuadrilla se llamó a una serie
de buques a vapor, los primeros
que arribaron a este pedazo de
tierra patagónica.
Una maqueta
interesante por su historia es la
que representa en escala la
primer Subprefectura de Ushuaia.
Allí -en 1905- las actividades
se desarrollaban en la casa
particular de su jefe, José
Romero, por carencia de asiento
oficial.
Entre las
seis salas habilitadas existe un
montaje exclusivo que representa
un silencioso homenaje a los
caídos en el conflicto por las
islas Malvinas.
Sus paredes,
dan cuenta de un capítulo muy
especial que contó entre sus
héroes a los tripulantes del
guardacostas "Río Iguazú",
quienes se enfrentaron con dos
aviones Harrier.
Uno de ellos
cayó a tierra merced a un acto
de arrojo de uno de sus
tripulantes que suplantó al
artillero muerto y creó en el
aire una cortina de proyectiles
que barrieron a la aeronave. Pero
eso no es todo.
La nostalgia
también se traduce a una
pequeña caja exhibidora que en
su interior contiene turba, ese
musgo duro que caracteriza a la
tierra malvinense.
En algunos
pasajes se cuelan los recambios
tecnológicos. Un dispositivo que
era empleado en el siglo XIX para
medir la velocidad de las
embarcaciones en base a nudos.
Estos se
enredaban en el cabo que tiraba
de una hélice lanzada tras la
estela de la embarcación. A
pocos metros de allí se exponen
equipos radiales de moderna
tecnología.
La recorrida
cuenta con un guía. Se trata del
oficial Carlos Abadía, quien con
lujo de detalles aprovecha el
momento para traer a la memoria
algunas historias de corsarios y
la peripecias que vivieron los
marineros "cazoneros",
como se le llamaba a quienes
capturaban con lanchones de
madera las crías de tiburones
para extraerle el hígado y
exportarlo a Japón como materia
prima de productos medicinales.
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