Squenun 23, abril 2004

Carlos "Judas" Conforte. Anecdotario de un traidor político argentino por Claudio Gatica

Flotas tranquilo y seguro
alrededor de la mierda
te veo andando derecho
resbalando por la izquierda.
Fito Páez - Desierto (Abre)

Se limpia la espuma de la cerveza con una lengua desteñida. Luego contrae su estómago para certificar el derrumbe del exterior en una figura masculina de mal gusto para el bloque de poder estético que gobierna el universo “medios argentinos de comunicación”; cualquier otro sentiría culpa pero en este caso lo fatal del intento se cristalizaría en repugnancia aceptada, abierta a la propia cognición, apóloga de una fealdad casi sin control que pondría en aprietos a la mismísima penumbra.

Sintomático de un estado espiritual revulsivo, esa imagen liminar de un omnímodo trabajador-lumpen de la política bonaerense contemporánea (oxímoron y paradoja. Las líneas secantes corren por su cuenta, estimado lector) hace juego con su clase/ condición. Su carácter específico, de todos modos, no distingue discursos contradictorios, ni actores protocolares, políticos, periodistas o civiles scapegoats que utilizan el espacio público como salvaguarda de sus apetencias personales. Para él, las definiciones restrictivas tienen que ver con estratagemas subterráneas, conveniencias, lobbies crepusculares o traiciones edulcoradas por falsos arrepentimientos. La dimensión dramática que en ocasiones ha tomado su vida se corresponde con los cadáveres que esconde bajo su lecho.

El restaurant "Lincolnshire", un reducto sagrado para proto-políticos o funcionarios en licuefacción, luce abarrotado tanto por dentro como por fuera. El arribo extemporáneo del estío crucifica segundo a segundo el cuerpo macizo y regordete de Carlos Conforte. Junto a él se encuentran tres hombres, tres libres pensadores del Partido Justicialista de la provincia de Buenos Aires que engullen como desaforados la picada miscelánea que el erario público contribuyó a obsequiarles. Son las 9 pm del jueves 2 de octubre de 2003 y la enorme reproducción barata de Roy Lichtenstein "Mujeren el baño", situada a dos metros del fandango, no logra inspirar en los cuatro fenicios gesticulantes y agitados otra cosa que miradas vacuas, ignorantes ante cualquier rasgo de arte circundante, helados y aburridos testigos de ese nuevo sentir en letargo. (Conciencia bilateral de un yo y un no-yo, la destrucción de la experiencia antigua –la vida trivial– y el arribo de una nueva que se estrella contra el substractum democratizante de un sistema que autoriza la jerarquización social de un verosímil cromagnon. ¡Gracias amigo Charles Peirce!)

Judas -brutal denotativo, muy sui generis si uno toma en cuenta su particular historia personal- vivía entre la opulencia de un semipiso ubicado en la zona céntrica de San Martín y el equinoccio de la convivencia con advenedizos y profesionales de la lástima, adscriptos a históricas prácticas políticas. Epigramas: “Nadie es tu amigo en la política”, o el siguiente, que como el hilo de Ariadna suele llevar a algunos de ellos al paraíso de la hipocresía: “yo te ayudo a subir pero después me acomodás como sea”.

Había escalado posiciones gracias a la siempre oportuna apariencia de “mafioso útil y leal” que representaba para los habitués del poder coyuntural una platea más que digna. En el '99 enseñó sus dientes amarillos "Marlboro" en medio de la euforia frepasista disfrazada de alianza pequeño burguesa y conoció el triunfo de las emociones mezcladas, amalgamadas en la única y avasalladora soledad del poder. De todos modos, por herencia familiar, siempre había mamado la leche larga vida peronista, aunque las particularidades convergen unívocamente en un concepto madre: mutar para sobrevivir.

Partido Justicialista, Radicalismo, UCeDé, Frepaso, Alianza o P.O.: todos participan de un modo u otro del resplandor indistinto que la transformación y los pases de camiseta acarrean para nutrir sus filas. La tragedia de este mundo es la tragedia de la necesidad y la ambición de poder.

De allí en más y por demolición, blanqueó intempestivamente una relación otrora inválida con Mirta del Coto, veinteañera de caderas anchas y con particular devoción por las fellatios blitzkrieg en ascensores, pasillos y oficinas públicas. Su mujer, punto de fusión donde se licuaban todas las imperfecciones femeninas post parto, solo le era útil para cuidar de mala gana a dos críos de 6 y 8 años, además de soslayar, sin ese molesto pánico nostálgico por lo que nunca se ha tenido, las infidelidades con toda clase de chiquilinas cuasi analfabetas que por un par de zapatos nuevos eran capaces de empequeñecerse hasta casi desaparecer en la coyuntura de una bragueta perfumada; y ni que hablar de los períodos ausentes en el hogar, los malos tratos y las borracheras gramáticas en los pobretones cabarets de la zona. Cuestiones políticas, sociológicas o metafísicas, afuera. ¡Chapear con la impunidad es doblemente conspicuo, tío!

Fotografía por Mercedes Turquet

Hasta aquí, la autopsia de su psiquis y de su comportamiento. Obligado a contribuir con lapsus de sociabilidad no deseada, Carlos aguardaba junto a su fuerza de choque al encargado de movilizar las humanidades de cientos de militantes de las villas miseria en la región noroeste de la provincia de Buenos Aires. Se trataba de cooptar la voluntad de Rodolfo Becerra y su pueril excitación por ascender aceleradamente el grado político que sus piernas varicosas lograron edificar en innumerables combates callejeros, pintadas de madrugada, amenazas y estruendosas movilizaciones partidarias en épocas de elecciones. Sin embargo, no era la primera vez que la hiena solitaria, de pocas palabras y abrazo gestápico intentaba enterrar las ambiciones de alguien que ponía en peligro su status. Dos años atrás, desgastó y derribó psicológicamente a Roberto ”Púa” Martínez, amigo de un concejal ideológicamente cercano al intendente que solo anhelaba un poco de reconocimiento. De entraña humilde y lengua viperina, este inocente había lanzado un suspiro remoto por una falsa rubia suicida, de baja estofa, sobre la cual Carlos “Judas” Conforte moría por derramar su magma libidinoso.

Entre sus piernas depiladas, anoréxicas, los ojos de dos hombres adoctrinados por la erección interpelativa del triunfo en ciernes, jugaban a billar. Fue en un mitin partidario, en un salón disipado y vagamente prostituido de rouge, perfumes nacionales y celulares con pantallas de LCD. El camino estaba sepultado. Finalmente, el amigo “Púa” terminó obedientemente “suicidado” y con el cuello quebrado en un terreno pletórico de alimañas, arbustos secos y residuos patológicos cercanos al hospital Diego Thompson de San Martín. (Descripción fenomenológica de un espacio construido ad hoc: decadencia in progress…)

Ni gran patriarca del decadentismo decimonónico, ni dandy deslumbrante o derrochador dionisíaco estilo Wilde. Tan solo un hombre básico cuya alharaca publicitaria lo había transformado en un absoluto innegable de corrupción, violencia e impunidad.

— ¿ Cuándo viene el fracasado éste? Tengo ganas de agarrarlo del cuello y romperlo todo. El hijo de puta estuvo boqueando mal. San Martín es chico y acá nos conocemos todos.
— No te preocupes, Carlos — dijo Adrián con la complicidad propia de aquél que sabe que su solidaridad le redituará, de seguro, la facticidad del metálico en prospectiva.
— A éste lo guardamos por un rato largo.
— Además, yo sé dónde duerme este puto.

Crónicas de un bordeliner: Carlos Conforte no tenía un orden en cuanto a la discreción. Inspector municipal desde 2000 y voraz exégeta de la superioridad del más ladrón entre los ladrones, solía olvidar, en los intermedios de su razonamiento, a ex camaradas a los cuales dejó sin un centavo, a la intemperie emocional y presos de un auto exilio forzado en su propio barrio. Déjà vu en medio de seis o siete batallas de coldbeer. Aparece Becerra y las miradas se inyectan en sangre. Ingresa solo y, por mayor verosimilitud, vencido. Bajo el influjo de ese oscuro poder –que se siente pero no se ve–, los del absurdo se levantan y con inocencia invitan al recién llegado a conversar en la calle, fuera del nudo familiar que los contemplaba. Con resignación y disgusto, Rodolfo aceptó su destino y caminó como una sombra silenciosa por el empedrado de una ciudad fantasma. Si se pudiese deificar la incredulidad, aquel era el instante correcto; un cóctel de alimañas a punto de fagocitar el cadáver de su orgullo.

En el infierno había fiebre de fiesta aunque el bullicio, los tragos y las mujeres eran sólo para cuatro. El primer presentimiento del no-querido dio en el blanco. Su caída produjo una impresión profunda general. La grosera apariencia de Carlos Conforte hacia juego perfecto con el síndrome bipolar anímico que lo indujo a golpearlo en el perfil derecho sin cédula de aviso. Los demás escatimaron las palabras y le aplastaron el cuerpo complementariamente, luciendo el brillo miserable de sus zapatos bajo la campana de oscuridad que los cubría. Alejados, tranquilos y con el vicio formal del estatuto de la impunidad olvidado, atravesaron el sufrimiento de su potencial enemigo con espasmos de deleite, en medio del noble arte de la cobardía, con el súmmum del placer humano configurado en la temible amalgama de sangre, tierra y sudor ajeno.

Becerra quedó boca abajo entre innumerables estrellas de brillo tenue. Su pierna derecha estaba quebrada al igual que su mano izquierda. Sus pertenencias, en las manos de quien hace un tiempo atrás le había solicitado un suculento préstamo para pagar una deuda de juego. El abuso de confianza llegó inclusive a la extenuación amorosa de un perverso que, a fortiori, intentó seducir a su hija menor, una chiquilina de catorce años con el hímen intacto y la levadura hormonal aún en ciernes. No hubo escándalo, sólo promesas.

Impresión artística pura. El forastero permaneció encerado por un buen rato hasta que dos amantes lúbricos –dos traidores de jueves– lo hallaron en medio de su Kamasutra pobre. Llegó la policía y su ambular errante legitimó la huída, entre pueril y extática, de cuatro amigos condenados a su propia brutalidad.

Amontonamiento de sadismo y mentalidad básica luego de la acción cotidiana, voz grave de Carlos Judas Conforte y un imperativo que nadie se animó a omitir apenas comenzaron a hurgar en la billetera secuestrada.

— ¡La foto de la nena me la quedo yo!