Squenun 23, abril 2004
Contratapa por Diego Valente. Fotografía de Agustina Peluffo y Mercedes Turquet





Helena se detuvo un instante frente a aquel desolador museo de cactus, frente a aquella naturaleza muerta que parecía una postal irreal, un tétrico espejismo suspendido allí sobre la arena. Pero Helena, condenada como los pintores clásicos a buscar la belleza por sobre todo, sentía vida en esa taxidermia, advertía el movimiento que ocurría debajo de la inmovilidad, adivinaba los secretos canales de luz corriendo en el interior de aquellas ramas casi disecadas. Admiró como los cactus no necesitan más que algunas pocas gotas, mientras otras plantas se secarían allí deseando una lluvia imposible. Entonces pensó que los hombres también esperamos a lo largo de nuestras vidas esa tormenta definitiva que nos salve. Lo tristemente irónico es que esa agua que nos corresponde llegará. Sobre eso no hay dudas. Vendrá un minuto o un siglo después pero llegará. El problema, se dijo, es que por supuesto, ya será demasiado tarde.






