Squenun 23, abril 2004
Editorial por
Antes del principio
Vuelve a comenzar el año y vuelve también Squenun.

Fotografía: Agustina Peluffo
Previa a cualquier aserción se halla una pregunta que puso en jaque a nuestra propia editorial: ¿por qué? Nada rentable es publicar una revista mensual sin ningún tipo de subvención, y los tiempos –grietas entre el estudio y el trabajo– para sacar una obra impecable parecen ser cada vez menores. Sin embargo, una satisfacción enorme nos inunda cada vez que nuestra revista sale de la imprenta, una que compensa el esfuerzo, una que es más grande que la de escribir, diseñar o sacar fotos: la de leer. Llegar a ustedes, y leer luego sus colaboraciones, sugerencias y cumplidos, es el mejor antídoto contra los reveses que se sufren como editorial de una revista independiente.
En este número, otro tipo de preguntas mucho más profundas se despliegan por las páginas de Squenun. Disparos agudos que indagan sobre el papel que pensamos desarrollar en nuestras vidas, y en este mundo que heredamos.
Según Camus cada generación se cree destinada a rehacer el mundo. Sin embargo, la de nuestros padres, al menos la de la mayoría de los nuestros, supo relativamente temprano que no podría hacerlo. Su tarea, empero, consistió en impedir que el mundo se deshaga. Herederos de una historia corrupta en la que se mezclaban revoluciones fracasadas, las técnicas enloquecidas, los dioses muertos y las ideologías extenuadas, apenas si alcanzaron a denunciar aquella incoherencia que presumía cambiar a Dios y a la metafísica por la técnica y la razón. Qué nos queda a los jóvenes, entonces, extraviados en un mundo en descomposición, entre los restos de filosofías en bancarrota. Pareciera que el escepticismo se agrava, y la resignación con que se asume el desastre en que se ha convertido el mundo se vuelve contagiosa.
Ese desconsuelo se adivina en algunos de los textos de este número. Uno se vale de una hermosa metáfora kafkiana para denunciar un estado de desconcierto. En una serie de interrogaciones remachadas, denota el pesimismo de aquellos que, perplejos, se marchitan ante la imposibilidad de toda meta y el fracaso de cualquier tipo de sueño. En otro, la versatilidad anárquica de Rayuela funciona de caja de resonancia para un debate sobre el intento trasgresor del hombre. La conclusión, que deja como única trasgresión posible el discernimiento de límites infranqueables en absolutamente todo, denota claramente la resignación generacional.
¿Habremos llegado al "mundo roto" que señaló Gabriel Marcel, en el que la realidad se desmorona a pedazos y el hombre desfallece, psíquica y espiritualmente escindido? Algo es seguro, de ninguna forma el mundo salvará, sin más, la crisis que atraviesa. Se requieren medidas, propuestas, compromiso.
Ante tal agobio, las graves palabras de Ernesto Sábato resultan siempre una bocanada de aire fresco: “Salgamos a los espacios abiertos, arriesguémonos por el otro, esperemos, con quien extiende sus brazos, que una nueva ola de historia nos levante”.
Vuelve a comenzar el año. Squenun, retoma el compromiso de extender sus brazos. Y sale.






