Squenun 23, abril 2004
Mirando al cielo desde la tierra. Sobre Rayuela, de Julio Cortázar por Hernán Brignardello
“El absurdo es que no nos parezca absurdo… El absurdo es que salgas por la mañana a la puerta y encuentres la botella de leche en el umbral y te quedes tan tranquilo porque ayer te pasó lo mismo y mañana te volverá a pasar. Es ese estancamiento, ese así sea, esa sospechosa carencia de excepciones.”
Julio Cortázar, Rayuela.
Vivimos en cierta forma encerrados en cárceles que usualmente se tornan invisibles. Sus límites, lamentablemente, son mucho más fuertes que los de una hoja de papel, y su opresión mucho más imperceptible. De tanto en tanto algún pequeño quiebre nos permite vislumbrar la existencia de esas fronteras; Rayuela es sin ninguna duda uno de ellos. Cortázar conoce la existencia de estos límites, y si bien sabe que son difíciles de superar, se aboca a la valiente tarea de sacarlos a la luz, de hacerlos explícitos.
Rayuela ha sido históricamente un libro atravesado por la polémica. De un lado, aquellos que ven a la obra como un hito dentro del movimiento renovador que recorrió a la literatura latinoamericana en los '60, del otro, quienes piensan que la novela en cuestión no es más que ostentación, el alarde de un cuentista sumamente capaz que pretende haber escrito una novela de "vanguardia". La discusión en torno a Rayuela comienza en un punto particular, en el detalle para nada menor que será advertido aun por el lector menos avezado que tome la novela. Me estoy refiriendo, por supuesto, al llamado orden aleatorio de los capítulos del libro. Contrariamente a lo que muchos afirman, esta particular disposición en los capítulos de Rayuela no es un mero capricho del autor, como tampoco un índice de libertad absoluta para con el lector en su recorrido por la novela. Es, sin embargo, una forma fuerte y muchas veces poco valorada de argumentación. Al enfrentarse a un texto uno raras veces (o nunca) toma cuenta de la convención que rige al acto de lectura, del hecho de que el texto está planteando de manera fuerte la forma en que debe ser abordado. Por cierto, lo que Cortázar hace al introducir un orden distintivo en la lectura de su novela es dar cuenta de una dimensión que está presente en todo texto escrito, pero que en otras obras no es posible percibir con tanta claridad. La forma de la novela es algo que en general pretende mantenerse oculto dentro de la novela misma, intentando esconder los procedimientos, el código, que regula a la construcción y a la interacción del lector con el texto. Rayuela deja al desnudo la existencia de esta prefiguración, no escapa al código (esto seria imposible) pero lo violenta levemente dejando al descubierto sus operaciones. Nos demuestra, a su vez, que los sistemas por los cuales nos regimos son sumamente arbitrarios, que su constitución podría ser distinta, y que el hecho de estar inmersos en ellos limita nuestra capacidad de percepción e imaginación.
Los críticos de esta novela, por su parte, afirman que cualquier libro, no sólo Rayuela, permite ser leído de manera aleatoria. Esta afirmación resulta sin ninguna duda acertada, pero también es indudablemente ingenua. Lo cierto es que la mayor parte de los textos no escapan al ordenamiento usual, no invitan al lector a recorrer sus páginas en un orden distinto al ordinario, y por lo tanto no permiten dar cuenta de manera tan fácil de la existencia de una determinada disposición, de la convención que cimenta la estructura del texto y regula la relación del lector con éste. La existencia de esta serie de factores determinantes se vuelve entonces sumamente opaca, o parece quizás poco importante debido a su obviedad y es difícil por lo tanto que el lector pueda tomar conciencia de las restricciones que esto supone. Sencillamente, el hecho de ser capaces de percibir que Rayuela presenta un ordenamiento de sus capítulos distinto al habitual nos permite caer en la cuenta de que todo texto posee un determinado ordenamiento, y aún más, de que la forma en que éste se presenta suele ser en general bastante invariable. Esto no es sólo aplicable a la literatura, sino prácticamente a todos los ámbitos de expresión humana. En algunos casos la convención no intenta ocultar su rigidez, sino que la explicita al máximo, intentando borrar por completo las huellas de la subjetividad. El cientificismo exacerbado, erigiendo al método experimental en (supuesta) garantía absoluta de efectividad, es probablemente la forma más aberrante de esta miopía. Por otra parte, retornando al campo literario, estas restricciones no afectan sólo al lector, sino también al autor, quien se somete de forma indefectible a sus designios, muchas veces ignorándolo, creyéndose inocentemente libre y autoconsciente.
Cortázar da cuenta de las fronteras de la convención desde la convención misma. Pretende hacer conscientes a sus lectores de las limitaciones a las cuales se encuentran sujetos. Por momentos lleva la contradicción hasta extremos inauditos. Argumentar contra la palabra, a partir de la palabra misma. Argumentar contra el argumento. La lengua cumple un doble rol de liberadora y carcelera, y el solo hecho de estar expresando esta idea mediante ella (¿habrá quizás otra forma posible de hacerlo?) reafirma la validez de la condena. Todo lo que hay más allá de sus confines, lo que no es alcanzable por esta forma de razonamiento, difícilmente lleguemos alguna vez a conocerlo o a imaginarlo como mera posibilidad. Pero si podemos, al menos por momentos, tener conocimiento de la existencia de un umbral que no atravesaremos, saber que por desgracia nuestra percepción de este mundo se encuentra acotada por las mismas herramientas que nos permiten aprehenderlo. Nos permitimos por lo tanto soñar (torpemente) con una razón sin restricciones, donde los muros que hoy nos condicionan son derribados, aunque esto no sea más que una utópica mirada al cielo desde nuestro recortado espacio en esta tierra.






