Squenun 23, abril 2004

Otoño Kafkiano por Diego Valente

“Como un camino en otoño: tan pronto como se barre vuelve a cubrirse de hojas secas”. La frase es de Franz Kafka y creo que con su increíble valor polisémico logra condensar en su brevedad esa sensación de negatividad e irreversibilidad frente a determinadas situaciones de la vida que está presente en los textos mayores del autor checo: La metamorfosis, El proceso y El Castillo. No es una novedad la admirable solidez conceptual de las obras de este escritor tomadas en conjunto (vale citar aquí a Albert Camus con respecto a dos de ellas: “El proceso plantea un problema que resuelve El castillo en cierta medida (.) El proceso diagnostica y El castillo imagina un tratamiento. Pero el remedio que se propone en él no cura. Lo único que hace es que la enfermedad entre en la vida normal. Ayuda a aceptarla.”) Sin embargo, resulta realmente impactante hallar de manera tan concreta y breve el sello kafkiano en esas líneas de aquel camino de otoño capaz de desafiar el poder de mil escobas. Y, personalmente, como me ocurre con la totalidad de su producción literaria, luego de leerla me veo envuelto en infinitos interrogantes. Son un puñado de esas preguntas las que quiero compartir con ustedes.

¿Qué se esconde realmente detrás de esta cruelmente bella y contundente metáfora otoñal?

¿Será una reflexión sobre paso del tiempo? Me refiero a la manera en que el tiempo nos condena a la vana ilusión de intentar vencerlo con liftings, maquillajes y demás espejismos. Tal como el rey griego Sísifo, que fue condenado a cargar eternamente hasta la cima de una montaña una pesada piedra que, inevitablemente, siempre volvía a caer obligándolo a retomar hasta el infinito su tarea.

¿Estaría Kafka pensando quizás en aquellos amores intensos que nos convencemos de haber olvidado pero reaparecen en nuestros pensamientos más profundos durante ciertas noches, sólo que convertidos en una visión igualmente hermosa pero inevitablemente melancólica y dolorosa?

¿Se referirá a las estructuras de poder que atraviesan de lado a lado nuestra sociedad (pienso en “Ante la ley”, parte clave del capítulo noveno de El proceso) y nos sentencian a cumplir sus dictámenes inamovibles? Claro que lo irónico del caso es que esas estructuras nos dan también la esperanza de que podemos cambiarlas en algo, nos hacen creer que tenemos un mínimo grado de libertad dentro de ellas, se vuelven soportables, cuando en realidad todo lo que vemos es un pequeño haz de luz a través de la cerradura de sus puertas infranqueables. Pero este haz, a nosotros, seres acostumbrados a la obscuridad, nos enceguece. Cito ahora a Adolfo Bioy Casares con otra frasecita como para reflexionar una revista entera: “Sé que alguien dijo que no hay nada peor que la esperanza”.

No lo sé. la verdad es que le doy vueltas al asunto y no encuentro respuestas. Tal vez, debido a que soy argentino y por más que luche y luche por barrer el conformismo él vuelve una y otra vez, me gusta pensar que la respuesta no existe, que realmente las significaciones de esta aseveración del autor de Carta al padre son infinitas y por lo tanto, también, inexistentes. Tal vez ahí radique el implacable valor de esas líneas.